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La inevitable levedad del ser

  • jul 16, 201216:09h
  • 6 comentarios

A Rafael Rojas

Entre los defectos del cubano suele destacarse su ligereza. Fernando Ortiz lo calificó de infantil; Jorge Mañach, de superficial; Cintio Vitier reconoció su apego a lo intrascendente. Exageran. El cubano no hace más que halagar, encarnándolo, al planeta que habita, cuya única responsabilidad es permanecer en vilo, dando vueltas sobre su propio eje, al tiempo que recorre el espacio.

Emilio Ballagas supo que todo era baile después de contemplar la luna, vestida con bata de cola, rumbear por la plaza del cielo al frente de una comparsa de estrellas. La música que deleitó a Pitágoras no excluye componentes rítmicos cubanos. Pobres de los hombres si los astros, lejos de jugar a la ronda, permanecieran inmóviles, abismados en sesudas consideraciones.

La ciencia ha revelado que el globo terráqueo pesa 8.000 billones de toneladas menos de las que se estimaba, que las constantes que rigen el orbe son volubles, que la ley de gravitación universal y la fuerza de gravedad ofrecen mediciones imprecisas, y que, hallazgo de hallazgos, el universo es plano.

No hay pueblo más digno de ser declarado “Hijo por excelencia del cosmos” que el cubano: una criatura que es ligera porque la Tierra es ligera, que ama el baile porque la Tierra y los demás cuerpos celestes bailan y le han inculcado ese amor; que no es profunda porque el universo es chato y que no es grave porque la fuerza de gravedad tampoco lo es. En resumen, una criatura que pesa más, en lo que el verbo “pesar” tiene de valer —y de valer a bailar no hay más que un paso, de baile, claro está—, que lo que Ortiz, Mañach, Vitier y otros han calculado.

El ave nacional de Cuba no debió ser el tocororo, aunque su plumaje asumiera los colores de la enseña patria luego de verla ondear en los campos de guerra, sino una de las trescientas especies de colibrí: el zunzuncito o pájaro mosca, peso pluma del cuadrilátero antillano, el ave más pequeña de que se tiene noticia, sólo visible en la región más occidental de la isla, única región del mundo donde vive, e incapaz de pesar más de medio gramo, es decir, sólo medio gramo más de lo que pesa el cubano promedio.

En 1887, deambulando por una feria ganadera celebrada en Nueva York, José Martí, el más grave de todos, el mayor de nuestros pesos pesados, observa un corrillo de vacas que apenas pueden disimular su nerviosismo ante Pedro, un torete impetuoso. Martí deduce, admirado, que sólo el peso de las ubres les impide volar, las sujeta a la tierra.

Él, a quien la República halagadora pero torpe privaría de todo vestigio de ingravidez, condenándolo a la mole de bronce o mármol, al ceño adusto y el índice amonestador, imaginaría un árbol en cuyas ramas volaría a posarse, de ser colibrí, “loco de luz y hambriento de verano”.

Ni el tocororo ni el colibrí sobreviven la jaula pero sólo el segundo es capaz de permanecer inmóvil en el aire, sin más apoyo que la velocidad de sus alas, como la propia nación cubana ante su destino. O volar raudo, como ninguna otra ave puede hacerlo, hacia un costado o el otro, incluso hacia atrás, como vuela la imaginación del cubano inconforme del presente al pasado, del pasado al presente, y de ambos al porvenir.

El horizonte volador, cosa de colibrí o de alguien que ve por los ojos de estas aves permite al lector de Teresa María Rojas burlar la fuerza de gravedad y ver cómo la línea del horizonte se incorpora para garabatear unos compases entre la tierra y el cielo.

El colibrí tiene la costumbre de materializarse y, acto seguido, desaparecer: le inquieta el deseo de hacerlo suyo que todo trasunta. La propia flor donde liba no parece sino querer sorberle entero, de ahí que la corola asuma perfil de boca y su gesto recuerde el de la criolla a punto de chupar un mamoncillo, pequeña fruta con la que el pueblo cubano ha temido siempre atragantarse.

Al cubano amigo de la austeridad, ávido de entornos donde prime lo solemne, habría que leerle algunos párrafos de María Zambrano, la filósofa española que vivió en Cuba y supo advertir la fatalidad y el encanto de nuestra ligereza:

Islas hay muchas, pero algunas se llevan la palma representando a las demás. Así, Cuba para la imaginación española: gracia y levedad, que coincide con la imagen que el cubano debe de tener de sí mismo, pues “pesado” es el atributo más denigrante, delito casi, en labios criollos. Se puede ser todo, pero ¡pesado!… No desacertada la nostalgia del hombre de tierra firme cuando la palabra Cuba liberaba en su alma una imagen leve…
Y así es la Isla cuando al fin se la ve; se la sigue buscando por un tiempo, pues su tierra a pesar de la intensidad de la luz o por ella, es más que corpórea, fantasmal. Eso tan raro que es un fantasma luminoso; un sueño que la luz del día no deshace. Las imágenes del sueño parecen salir de un fondo oscuro que les presta contorno; la imagen real de la tierra cubana emerge de la luz. Isla en la luz, más que en el mar, imagen inasible de una tierra que apenas pesa (…).

Dulce María Loynaz advirtió que a la criatura de isla “si es flor, no la sujeta la raíz; si es pájaro, su cuerpo deja un hueco en el viento”. Y añadió: “Los ríos de la isla son más ligeros que los otros ríos. Las piedras de la isla parece que van a salir volando”.

Si de polvo estamos hechos —y el polvo de Cuba, por ser de isla, es del más liviano— no es posible esperar que quienes nacen en ella lejos de revolar permanezcan estáticos, olviden algo que los indocubanos supieron y que sólo siglos después Friedrich Nietzsche iba a corroborar: “La profundidad está arriba”.

De niño me enseñaron que para cazar un colibrí no hay arma más efectiva que un puñado de polvo arrojado al aire, capaz no sólo de cerrarle el paso al ave sino de, tocando a las puertas de sus ojos —o cegándole la pluma iridiscente, por donde también ve—, atontarla y convencerla de que el horizonte no está en lontananza sino debajo de ella, en la tierra contra la que precipitadamente, de ser golpeada, vendrá a estrellarse.

“Un puñado de polvo arrojando un puñado de polvo a otro”, me digo hoy, avergonzado: así también se caza al cubano. Así también, indisponiéndolo consigo mismo y con sus compatriotas, polvo contra el polvo, se lo aniquila o se lo encierra en un galpón de la Historia donde a duras penas sobrevive bebiendo el néctar de una flor enferma, la nostalgia; o el de una flor terrible, la mentira.

José Lezama Lima narra la visita a Pinar del Río, la provincia más occidental de Cuba, de una pareja de recién casados que duerme sobre

la blandura
carnal de las hojas de tabaco

y ve “un colibrí muerto de éxtasis cuyo pico

se hundía en el azucarado polen
y parecía más vivo y coloreado
cuanto más muerto.

Para concluir:

Allí aprendió la “petit Louise”,
que la muerte es un éxtasis,
que la vida consiste en dormir
en la carne de las hojas de tabaco,
en la evaporación universal.

No está mal que así viva —y muera— el pueblo cubano.

Orlando González Esteva
Miami

* Este texto ha sido incluido en Los ojos de Adán (Pre-Textos, Valencia, 2012), el más reciente libro del autor, que nos ha dado permiso para reproducirlo aquí.

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6 respuestas
Comentarios

  • oscar canosa dice:

    Estee, se le olvido la venganza, entre la nostalgia y la mentira, Sr.

  • oscar canosa dice:

    Precisamente por su ligereza es que Va a sobrevivir.

  • Maite Díaz dice:

    Qué bonito…es casi como un programa “nacional”, otro, con toques de antropología estructural y un poco de realismo socialista, que medio siglo son muchos años. Faltó la versión esotérica que define a Cuba como “un escorpión mal aspectado”, (por lo de las referencias a la flora y la fauna y las estrellas)pero esa imagen no es buena para el producto de lo cubano.

  • Darwin dice:

    Muy bonito texto aunque roza lo ñoño… Martí, ese piquinini, tenía el alma de plomo. Eso no se puede negar. El que sí era ligero con carajo era Gundlach, el testaferro de los pájaros tropicales. Sólo comía semillas

  • Miguel Iturralde dice:

    cavecanem,

    El sr. González Esteva se refiere a un colibrí en particular (una de las trescientas especies… dice el artículo). Si no me equivoco, es uno que de adulto alcanza un peso de unos 1.5 gramos. Es endémico de la zona occidental e Isla de Pinos. Saludos.

  • CAVECANEM dice:

    me acabo de enterar que Cabaiguán pertenece a Occidente. Y que los zunzunes que revoleteaban por los rosales de la vieja Esperanza eran, ya que no hologramas creados por mi imaginacion, aves de paso, exiliadas chispas pinareñas, plumados buscapiés sin brújula, zigzagueantes navegantes ignorantes de cualquier cartografía insular…y que aquellos que vi en Caibarién o Colón eran el colmo de la audacidad, las avanzadillas quizá de esa invasión a la inversa. Cierto que no vi colibríes en Velazco o Gibara pero Oriente siempre me ha disgustado, sin que pueda ahora precisar por qué, así que nunca andaba yo como para mirar pájaros…
    Coincido en que el tocororo debe ser “asignado a otras funciones”; tal vez “pájaro invisible” que es lo que mejor le cuadra dado lo improbable de su avistación. De chamas, ver un tocororo siempre nos arrancaba incrédulos “un tocororo, un tocororo, asere!” y empujones y miradas jubilosas y afirmativas para confirmar que el bicho tricolor estaba realmente en la mata de almendras. El tocororo es una bomba…no se mueve, no canta, no estoy seguro de si come fruta aunque picotee las almendras. Está pa bonito y lucir oficial. Solo le falta la guayabera. El zunzun en cambio, no para; tiene gracia, es largo de pico, “de pico fino”, mamador y deflorador, le priva el azuquita, dificil de definir, inconstante, cuando parece que lo viste ya se fue a otra cosa, mariposa. Leve, chiquito, murmurador, picaflor, danzarín. Aletea en aletheia…afuera, en lo abierto, descubierto, sin dobleces. A lo cubano.

  • matronize