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‘El estilo en Cuba: la Quinta de San José’ por María Zambrano

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    Editor Jefe
  • jul 16, 201217:38h
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Por María Zambrano

Difícil es definir el estilo, tan difícil como permanecer insensible ante su presencia; no discernirlo en las cosas que lo tienen, pues nada fascina tanto. Ciertas épocas de la Historia son perdurables por haberlo logrado en extremo, como ciertas mujeres famosas cuyo predominio en la vida social de su tiempo y su recuerdo imborrable no pueden ser debidos a la belleza natural sin más, sino a que fueron la encarnación de un estilo o le crearon. Ciertas ciudades, ciertos palacios y aún casas sin pretensiones; ciertos rostros y figuras y hasta plantas y flores. Pues el estilo resplandece a veces en una sonrisa, en una línea sutil, impalpable y hasta en un cierto “no sé qué”.

Toda obra humana persigue un estilo, aunque no lo logre, ni aún lo sepa. Todo aquel que construye, o traza una línea apetece perdurar si no en los siglos, en la mente de quien lo contemple. En el fondo, nadie quiere producir —cuando de obras visibles se trata— sino una imagen; una imagen perdurable. Cuando alguien pregunta: “¿Le gusta a Ud. la ciudad?”, La Habana, por ejemplo, está preguntando en realidad, si de su visión, múltiple y confusa —como es siempre la visión espontánea— le ha quedado una imagen clara, armoniosa y perdurable; si se la lleva en los ojos y aún más adentro; en la memoria y en el ensueño; si después de haberla visto, cree haberla soñado.

Pues, las necesidades prácticas que parecen regir cada día más la vida no podrán borrar esa otra previa que los hombres sienten de quedarse con la imagen de lo visto; y de exigir que se aproxime cuanto sea posible a las imágenes dibujadas que alberga su alma. Abrimos los ojos ante la realidad, aún la más cotidiana, con la esperanza de encontrar en ella la realización de algún ensueño no declarado o su pasto. Y así, las ciudades, los edificios que hoy con frenético impulso se levantan en esta Era que pasará a la historia con el doble nombre de Era de las Edificaciones y de las Destrucciones, caerán, si algún día, el hombre que las hizo y las habita, se da cuenta de que no sirven a sus ojos, de que sólo funcionan en el estricto sentido de las necesidades vitales… ¡Vitales! ¡Aún más vital es esta necesidad de fondo inabarcable de proveerse de imágenes, de imágenes que fascinan, que atraen, que consuelan y apaciguan; de vivir entre esa suma de armonía, de gracia conjugada con la necesidad que es el estilo.

El estilo no es la persecución de una línea arbitraria, ni de una imagen hija de una quimera. Por el contrario, algo consigue tenerlo cuando ha resuelto armoniosamente el conflicto entre la necesidad elemental y la necesidad de belleza; cuando, obediente a la función que la obra desempeña, obedece igualmente a esa cifra secreta que todo paisaje físico y social alberga en su seno.

Y así, el estilo viene a ser un lenguaje. Si sabemos leer en las cosas que lo tienen, descubriremos no sólo los ensueños y anhelos de quienes las fabricaron y usaron, sino también su vida, su vida en la expresión más vulgar, que ha dejado justamente de ser vulgar para quedar ennoblecida y hermoseada. El estilo ennoblece la necesidad; no la ignora, simplemente la eleva a la categoría de las cosas inventadas.

Los países no son excepción de esta Ley del estilo. Por el contrario, se podría decir de un país que ha entrado en posesión de su Carta de Independencia, que tiene un nombre propio dentro de la Historia, cuando además de producir riqueza, de gozar de independencia política, de tener voz y voto en el concierto de las Naciones, posee un estilo. Todavía más, aún antes de gozar de estos beneficios, existe históricamente si tiene un estilo. Tal es el caso de Cuba, cuya imagen peculiar llena de encanto, se adelantó en mucho a su independencia política. Cuando Cuba alcanzó su independencia, tenía su estilo hacía largo tiempo, su estilo… esa imagen que el viajero llevaba consigo, esa imagen que acompañaba al criollo por tierras lejanas y que trasmitía a los extraños; esa imagen que se anticipa al conocimiento físico y que produce nostalgia aún en quienes no han gozado de su presencia.

Coincidente con la emancipación de la Isla, allá en la vieja España corría una versión fabulosa, casi mítica de su rara hermosura. Isla y por ello lugar de gracia y maravilla. Las islas sugieren en la mente del hombre de tierra firme la imagen de una vida libre de cuidado, entregada al disfrute de la belleza, reminiscencia del paraíso, Isla perdida. Y aquellas sombras de lo que falta en una vida, donde todo ha de ser conquistado, se unen formando un ensueño muy preciso y resplandeciente.

Islas hay muchas, pero algunas se llevan la palma representando a las demás. Así, Cuba para la imaginación española: gracia y levedad, que coincide con la imagen que el cubano debe de tener de sí mismo, pues “pesado” es el atributo más denigrante, delito casi, en labios criollos. Se puede ser todo, pero ¡pesado!… No desacertada la nostalgia del hombre de tierra firme cuando la palabra Cuba liberaba en su alma una imagen leve, impalpable como la de una muchacha apenas mujer. La levedad, cifra del encanto que proviene de una esencia apenas incorporada, como la muchacha en quien florece con toda su fuerza la feminidad sin más cuerpo que el preciso para que sea visible.

Y así es la Isla cuando al fin se la ve; se la sigue buscando por un tiempo, pues su tierra a pesar de la intensidad de la luz o por ella, es más que corpórea, fantasmal. Eso tan raro que es un fantasma luminoso; un sueño que la luz del día no deshace. Las imágenes del sueño parecen salir de un fondo oscuro que les presta contorno; la imagen real de la tierra cubana emerge de la luz. Isla en la luz, más que en el mar, imagen inasible de una tierra que apenas pesa. Posada sobre las aguas como una imagen descendida de ese su cielo, tan cercano; sostenida en el cielo más que fijada en las entrañas de la tierra. En los días luminosos del invierno, se la siente pender del cielo rozando apenas el mar como imagen apenas concretada, sombra del sueño de un Demiurgo enamorado de la luz y no muy entusiasta de que su obra se fijara en la Tierra; de que mis obras “pesen”.

Obediente a lo más secreto en lo más visible, a esa imagen de la propia Isla, el arquitecto español, y el criollo, levantaron las ciudades, las Iglesias, las casas residenciales y también las casas de los pobres. Todo respondía a la levedad de la Isla, hasta en el horror de la piedra desnuda en el gusto del color que extendían sobre toda superficie. Colores leves; y usados, azules, esos azules cubanos que son como la librea de la servidumbre a su cielo. Y amarillos, como el cielo a veces se pone un instante tan solo, fugitivo a la caída de la tarde y otro instante más largo cuando todo el levante es un mar de oro, como si el Sol se hubiera, él también, vuelto líquido.

Y la gracia de la palma real, casi invisible, pura línea, inspiró también al arquitecto, al maestro de obras, al albañil mismo que cumplía su tarea sabiendo que aquellos techos y aquellas paredes no eran fortín contra una naturaleza ceñuda. La casa cubana, como la andaluza, como la griega, como la caldea, es lo contrario de un castillo o de una fortaleza; son los muros que se conjugan con la luz; por eso la columna es elemento esencial. Ven el centro, el patio, espacio ofrecido en una suprema cortesía a la luz, al aire, a las estrellas. Las casas del Norte deben de venir de la cueva prehistórica, como se ve en esas cuevas gigantescas que son los templos góticos. La del Mediodía, nacida en el Mediterráneo, viene del oasis de sombra y frescura; son oasis recubiertos a medias; su centro es el patio donde el agua salta de una fuente o brota de un manantial. Es la casa del agua, verdadera Diosa de los países del Sol.

Pero nada es igual exactamente de un país a otro. La unidad genérica se diversifica en especies, en familias, hasta en ejemplares únicos. Lo más original es siempre la realización de un canon. Y es en estas realizaciones ejemplares, canónicas dónde podemos, si sabemos, leer la vida, toda la vida de un país; su pasado, allí retenido, y su futuro, pues ¿habrá futuro si se rompe con el pasado? ¿Habrá futuro sin madre?

De ahí el goce y la alegría de descubrir lugares donde el pasado de Cuba se ha remansado, gozoso de que se le guarde. Tal ciertas casas que todavía conserva la Isla; entre ellas me aparece como la cifra de la Cuba verdadera, real, la Quinta de San José, enclavada en el reparto de Pogolotti.

No es obra del azar; unas manos que saben y sienten la han ido llevando hacia su perfección. Y al verla se dice: “Así debió de ser exactamente, ella y la vida en Cuba”. La imagen coincide con la nostalgia que la precediera; es la realización de lo que se esperaba por quienes llegaron a la Isla habiéndola soñado.

Escondida al fondo de un ancho parque, la casa de “San José” aparece como en un sueño al visitante que tiene la fortuna de que ante él se abra su puerta. Una puerta simple, con esa sobriedad de lo que no tiene necesidad de anunciar lo que encierra. Así es en los sueños y en las viejas Leyendas del Oriente; un viajero pasa indiferente y distraído a lo largo de un muro que nada precioso parece encerrar; un presentimiento agita, sin embargo, su ánimo y levanta los ojos; y entonces, una puerta cede, como obediente a un conjuro que le abre un lugar encantador, mi espacio diferente de todos donde la belleza rige. Aparece una avenida al final; la casa de rosadas columnas entre los laureles que le sirven de fondo; no se está cierto de que la casa esté de verdad allí y hay que avanzar y ver que se abre otra puerta, pasado el pórtico de columnas y por seguir hasta el patio azul, donde el galán de noche, la diamela y el jazmín hacen del aire un vehículo de comunión con la vida sutil y secreta de las plantas. Y, lentamente, como si fueran surgiendo por sí mismas, con esa infalibilidad de las cosas que están en su lugar y son como deben de ser, van surgiendo los azulejos del zócalo, la fuente, los lavamanos de mármol adosados a las paredes, el tejadillo que sombrea un lado del patio, las puertas abiertas en esa corola del medio punto, tan cubano; la palma, la gracia leve, como la respiración de una deidad que hubiese encontrado allí su morada.

El interior de la casa; sus galerías, sus salones, bibliotecas y estudios, sin aire alguno de dictar lección ofrecen un ejemplo, museo viviente de la casa señorial del dieciocho que la vida del diecinueve enriqueció con un sutil refinamiento y el veinte con el necesario confort. Muestra así en una perfecta continuidad la vida cubana en su más puro estilo, sin desmentirse a través de dos centurias.

Museo viviente del estilo de Cuba; del estilo logrado hecho ya cifra. Los muebles, lejos de robar espacio aquí dónde el espacio es lujo imprescindible, lo dejan ampliamente. Alacenas, consolas, espejos, cuadros, distribuyen el espacio modulándolo, lo que es el secreto de toda composición plástica acabada; que el espacio llegue a cobrar valor musical y sea como una cadencia que todo lo envuelve. Desde cualquier rincón la impresión es la misma; la cadencia que se despliega en variaciones.

A la hora en que la destrucción amenaza a las más bellas y puras muestras del estilo cubano, la presencia viviente de esta Quinta de San José adquiere categoría de ejemplo. Al vivir con estilo sustituye hoy el vivir con lujo y tanta distancia hay de los uno a lo otro que viene a ser lo contrario. En una casa con estilo el lujo no se nota; el precio se ha transformado en valor; el “tanto ha costado” ha dejado el paso a lo que vale, a lo que es. En la obra de estilo y aún en la vida de quienes lo tienen, hasta el esfuerzo mismo queda escondido; la armonía parece haberse producido por sí misma y sostenerse en ella misma. En verdad, sucede lo contrario; lo que es lujo solamente cuesta lo que fue su precio que el tiempo desvaloriza. Más, el sostener un estilo es siempre obra de sacrificio. No hay estilo sin sacrificio; consumo de medios materiales, derroche de cuidado y atención, renuncia a lo que podría producir…, pues la belleza necesita espacio y tiempo a más de inteligencia y devoción como semidiosa que es. Sin los altos laureles, sin el espacio que aísla esta Quinta, su encanto moriría asfixiado. La belleza requiere “espacio vital”. De allí que el mantenimiento de un estilo sea no sólo de valor estético, sino moral y allá en el fondo aliente una cuestión de deber, religiosa —escrupulosamente sentida. Sin esa conciencia vigilante, moral, no hay estilo que no se deshaga entre el vaivén de los tiempos cargados de dificultades. El esfuerzo tenaz e invisible guiado por la inteligencia y el sentido del deber con su Patria, ha sostenido sin duda, a la señora María Teresa de Rojas, heredera de una vieja estirpe cubana, y a Lydia Cabrera, hija de uno de los más ilustres fundadores de la nacionalidad, en esta obra de estilo. No es la única muestra nacida del desvelo y de la devoción inteligente de estas dos damas, esta Quinta que habitan y que los viajeros enterados piden conocer al llegar a la Isla. En la vieja Habana, el Palacio de Pedroso muestra el rostro señoril y lleno de gracia de la vieja Cuba… ¡la vieja Cuba!; junto a ella, respirando su gracia contenida, sentimos intensamente alentar el futuro de Cuba, su pervivencia, su conquista de un lugar en la historia.

Bohemia, La Habana, 21 de mayo de 1952.

PD: Incitados por el artículo de González Esteva, nos ha parecido oportuno rescatar este texto. Para ver estas y otras fotos: Pierre Verger en la Quinta de San José.

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