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Mi vida como bibliófilo

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    Editor Jefe
  • jul 12, 201222:42h
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por Julian Barnes

He vivido en los libros, para los libros y con los libros; en años más recientes, he sido suficientemente afortunado como para poder vivir de los libros. Y fue a través de los libros que me di cuenta por vez primera de que existían otros mundos más allá del mío; imaginé por primera vez lo que podía suponer ser otra persona; encontré por primera vez aquella íntima unión hecha cuando la voz del escritor se mete en la cabeza del lector. Fui tal vez afortunado porque los diez primeros años de mi vida no tuvieran la competencia de la televisión; y que cuando una llegase finalmente a casa, estuviera bajo el estricto control de mis padres. Los dos eran maestros, así que el respeto hacia el libro y lo que contenía era algo implícito. No íbamos a la iglesia, pero íbamos a la biblioteca.

Mis abuelos maternos también eran maestros. El abuelo tenía libros de Dickens y una Nelson’s Cyclopaedia en treinta pequeños volúmenes rojos encargados por correo. Mis padres tenían tenían libros más clásicos y variados, y más tarde se hicieron miembros de la Folio Society. Crecí asumiendo que todas las casas contenían libros, que era lo normal. Era también normal que se los valorase por su utilidad: para aprender de ellos en la escuela, para dispensar y verificar información, para entretener durante las fiestas. Mi padre tenía colecciones de Times Fourth Leaders; mi madre podría disfrutar de un Nancy Mitford. Sus estanterias también contenían los premios encuadernados en piel que mi padre había ganado en la Ilkeston County School entre 1921 y 1925, por “Competencia general” o “Excelencia general”: La cabalgata de la prosa inglesa, las obras poéticas de Goldsmith, el Dante de Cary, El último de los barones de Lytton, El claustro y el corazón de Charles Reade.

Ninguna de esas obras me excitaba como niño. Comencé a investigar las estanterías de mis padres (y las de mis abuelos y mi hermano mayor) cuando se me despertó el interés en el sexo. La biblioteca del abuelo contenía poca lubricidad excepto una o dos escenas en Bhowani Junction de John Masters; mis padres tenían la Historia del arte de William Orpen con varias importantes ilustraciones en blanco y negro, pero mi hermano era propietario de un ejemplar del Satiricon de Petronio, que era con mucho el libro más caliente en las estanterías de casa. Los romanos definitivamente tenían una vida mucho más alborotada que la que yo presenciaba alrededor mío en Northwood, Middlesex. Banquetes, esclavas, orgías, toda clase de cosas. Me pregunto si mi hermano se dio cuenta de que al cabo de un tiempo algunas de las páginas de su Satiricón casi se desprendieron del lomo del libro. Torpemente asumí que todos los clásicos antiguos debían tener un contenido erótico similar. Pase muchos aburridos días con Hesiodo antes de concluir que no era el caso.

La calle principal incluía un establecimiento al que nos referíamos como “la librería.” En realidad, era una tienda de objetos finos y papelería con una habitación en el altillo, la mitad de la cual estaba ocupada por libros. Algunos de ellos eran bastante respetables —clásicos Penguin, ficción de Penguin y Pan. Una parte de mí asumía que esos eran todos los libros que existían. Quiero decir, sabía que existían libros distintos en la biblioteca pública, y luego estaban los libros de texto, que de nuevo eran distintos; pero en términos del más amplio mundo de los libros, yo asumía que aquella pequeña muestra era de alguna manera representativa. Ocasionalmente, en otro suburbio o ciudad, podíamos visitar una librería “real,” que normalmente solía ser una sucursal de WH Smith.

La única fuente alternativa de libros llegaba si obtenías un premio escolar (yo estaba en el City of London, por aquel entonces en Dique Victoria, cerca del Puente de Blackfriars). A los vencedores les era permitido escoger sus propios libros, normalmente bajo supervisión paterna. Pero de nuevo, esto era un ejercicio de reducción más que una ampliación. Podía escoger sólo entre una selección disponible en una sala de exhibición en un bloque de oficinas de la Orilla Sur; un lugar a la vez ligeramente misterioso y completamente funcional. Era, descubrí más tarde, otra parte de WH Smith. Allí habían libros de peso y valor, el tipo de libro que debía ser admirado en lugar de, tal vez, ser leído. Tu premio escolar debía tener un valor particular, escogías un libro según precio, que entonces se desvanecía ante tu vista para reaparecer el día de los premios del Alcalde, cuando el Alcalde de Londres, con todos sus distintivos, te los entregaba en persona. Ahora incluía una página pegada en la página final describiendo tus logros, mientras que la portada de tela llevaba grabado el escudo de la escuela. Recuerdo poco de lo que obedientemente escogí guiado por mis padres. Pero en 1963 obtuve el Premio Mortimer de Inglés y, teniendo ya 17 años, fui por mí mismo a aquel depósito de seriedad donde encontré (¿quién metió la pata?) un ejemplar de Ulysses. Aún veo la desaprobadora expresión del Alcalde mientras su mano protectoramente enguantada me entregaba aquella sucia y célebre novela.

Por aquel entonces comenzaba a ver los libros como algo más que simples y utilitarias fuentes de información, delicia o excitación. Ante todo estaba la excitación y el sentido de la posesión. Ser dueño de cierto libro —uno que habías escogido tú mismo— era definirte. Y esa autodefinición debía ser protegida, físicamente. Así solía cubrir mis libros favoritos (inevitablemente en rústica, debido a las necesidades financieras) con Fablon transparente. Primero pensé en escribir mi nombre —en una recientemente adquirida itálica manuscrita, en tinta azul, subrayada en rojo— en el interior de la portada. El Fablon era entonces cortado y adaptado para proteger también la firma interior. Algunos de esos libros —por ejemplo, las traducciones de clásicos rusos de David Magarshack para Penguin— siguen en mis estanterías.

La autodefinición era una forma de magia. Y entonces me fue lentamente presentado otro tipo de libro: el de los viejos, el de segunda mano, el libro usado. Recuerdo una línea de primeras ediciones de Auden en la estantería acristalada de un vecino: un hombre, además, que había conocido personalmente a Auden décadas atrás y e incluso jugado al cricket con él. Eso me parecía asombroso. Nunca había visto un escritor, o conocido a alguien que hubiera conocido un escritor. Podía haber oído uno o dos en la radio, visto uno o dos en televisión en una entrevista de “Face to Face” con John Freeman. Pero nuestra conexión familiar más cercana a la literatura era el hecho de que mi padre había enseñado Lenguas Modernas en la Universidad de Nottingham University, donde el profesor era Ernest Weekley, cuya esposa se había fugado con DH Lawrence. Oh, y mi madre había visto en una ocasión a RD Smith, el esposo de Olivia Manning, en un andén de la estación de Birmingham. Y sin embargo allí estaban los ejemplares propiedad de alguien que había conocido a uno de los poetas vivos más famosos del país. Aún más, aquellos libros contenían el eco de las palabras de Auden en la forma en que estas habían llegado por primera vez al mundo. Sentí su magia agudamente y deseé ser parte de la misma. Así, desde mis años de estudiante y como consumidor de libros, me convertí en un coleccionista de libros tanto como un consumidor de los mismos, y descubrí que no todas las librerías eran propiedad de WH Smith.

Durante la siguiente década o algo así —desde finales de los sesenta a finales de los setenta— me convertí en un incansable cazador de libros conduciendo hasta los mercados de los pueblos y las ciudades con catedral de Inglaterra en mi Morris Traveller y cargándolo con libros a un ritmo que iba más allá de cualquier posible rapidez como lector. Era un momento en que la mayor parte de los pueblos de un tamaño razonable tenían por lo menos una gran librería de segunda mano, a menudo bajo la sombra de la catedral o de la iglesia, tal y como lo recuerdo, se podía normalmente aparcar justo enfrente tanto tiempo como quisieras. Sin excepción, aquellas eran librerías independientes —a veces con una selección de libros nuevos en el frente— e inmediatamente me sentía en casa en todas ellas. La atmósfera, de entrada, era tan diferente. Allí los libros parecían ser apreciados, y formar parte de una cultura continua.

Por aquel entonces, probablemente prefería los libros de segunda mano a los nuevos. En EE UU eran referidos despectivamente como “previamente poseídos”; pero esa continuidad en la propiedad era parte de su encanto. Un libro dispensaba su explicación del mundo a una persona, después a otra, y así a lo largo de generaciones; diferentes manos sujetaban el mismo libro y sacaban del mismo a veces la misma, a veces una visión diferente de la sabiduría. Los viejos libros mostraban su edad; tenían humedades de la misma manera que los ancianos tienen manchas hepáticas. También olían bien —incluso cuando apestaban a cigarrillo y (ocasionalmente) a puros. Y de muchos podían manar cosas efímeras de un olor acre: antiguos anuncios editoriales, viejos marcadores —a menudo de compañías de seguros o de jabón Sunlight.

Así solía conducir hasta Salisbury, Petersfield, Aylesbury, Southport, Cheltenham, Guildford, entrando en habitaciones traseras y almacenes cerrados y depósitos cada vez que podía. Me sentía menos cómodo en lugares que olían a buenas encuadernaciones, y que sabían demasiado bien el valor de cada producto en existencia. Prefería el democrático desorden de una tienda cuyo contenido estaba a penas ordenado y en donde las gangas eran posibles. En aquellos días, incluso en tiendas que vendían libros nuevos, no existía aquel feroz cambio rápido de inventarios que las modernas administraciones centralizadas imponen. Hoy en día, la vida promedio en la estantería de un novela encuadernada —asumiendo en primer lugar que llegué a una estantería— es de cuatro meses. Entonces los libros permanecían en las estanterías hasta que alguien los compraba, o podían ser puestos a disgusto en una rebaja, o llevados al departamento de segunda mano, donde podían descansar durante años. Aquel libro que no podías permitirte, o que no estabas seguro de querer de verdad, a menudo seguía estando allí en tu próximo viaje el año siguiente. Las librerías de segunda mano también enseñaban la lección del escritor que ha pasado de moda. Charles Morgan, Hugh Walpole, Dornford Yates, Lord Lytton, Mrs Henry Wood —habían metros y metros de ellos allí, esperando que la moda cambiase. Rara vez lo hacía.

Compraba con un hambre que reconozco, mirando al pasado, que era una forma de necesitad: bien, la bibliomania es una condición reconocida. La compra de libros ciertamente consumía más de la mitad de mis ingresos. Compré primeras ediciones de los escritores que más admiraba: Waugh, Greene, Huxley, Durrell, Betjeman. Compré primeras ediciones de poetas victorianos como Tennyson y Browning (ninguno de los cuales había leído) porque me parecieron extraordinariamente baratos. La línea divisora entre libros que me gustaban, libros que pensé que me gustarían, libros que esperaba que me gustaran y libros que no me gustaban ahora pero que pensé que podrían gustarme en algún lejano futuro era rara vez clara.

Coleccioné King Penguins, libros de Batsford sobre el campo y la serie Britain in Pictures editada por Collins en los cuarentas y cincuentas. Compré panfletos de poesía y enciclopedias encuadernadas en cuero editadas por Larousse; libros en cartoné y recuerdos victorianos; diccionarios anticuados y ejemplares encuadernados de revistas desde Cornhill a Strand. Compré un ejemplar de Sensation!, la primera edición belga del Scoop de Waugh. Creé incluso una categoría llamada “Libros raros”, que emplee para justificar compras excéntricas como Pig-Sticking o Hog-Hunting, de Sir Robert Baden-Powell, Physical Energy de Bombadier Billy Wells, o La Guide to the Hand and Tap-Dancing Made Easy por “Isolde” de Chario. Todos permanecen aún en mis estanterías, aunque rara vez consultados. También compré libros que era insensato comprar, ya fuera en aquel momento o en retrospectiva —como los tres volúmenes (primera edición con sobrecubierta de papel, y definitivamente no leídos por el anterior propietario) de las memorias de Sir Anthony Eden. ¿Cuál era el sentido de todo esto?

Mi caso empeoraba ante el hecho de que yo era, en la jerga del negocio, un completista. Así, por ejemplo, porque admiraba algunas de las obras de Shaw que había visto, acabé con varios pies de su obra, incluyendo sus oscuros panfletos sobre el vegetarianismo. Dado que Shaw era tan popular, y sus impresiones adecuadamente amplias, nunca pagué mucho por esa colección. Lo que significa que cuando, treinta años después, siendo menos amable con el didactismo de Shaw y su plenamente previsible humor, decidí venderla, obtuve una clara pérdida.

Ocasionalmente me tocaban excitantes descubrimientos. En la parte trasera del almacén de F. Weatherhead & Son de Aylesbury, encontré un ejemplar de los primeros dos cantos del Don Juan de Byron, publicados sin el nombre del autor en 1819. Aquella rara primera edición, encuadernada en tela azul, me costó 62 peniques y medio. Me gustaría pretender (como ocasionalmente hice) que fue mi conocimiento especializado en la bibliografía de Byron lo que me llevó a verlo. Pero eso sería ignorar la nota a lápiz del vendedor dentro de la portada (“Cantos I y II aparecieron en Londres en julio de 1819 sin el nombre del autor o del librero en un delgado quarto”). El precio en consecuencia no podía tratarse de un descuido; más probablemente era una indicación de que el libro había estado en las estanterías durante décadas.

Sin embargo, de las misma manera cometía serios errores. Por ejemplo, ¿por qué compré, en DM Beach de Salisbury, Oliver Twist en su edición mensual original, tal y como fue publicada por Bentley’s Miscellany? Fue una buena idea porque estaban en perfectas condiciones, con hermosos grabados, cubiertas y anuncios. Fue una mala idea porque una de las partes (o la primera o la última) faltaba —de ahí lo asequible del conjunto. Fue una idea optimista porque estaba seguro de que conseguiría encontrar la parte perdida en algún momento de mi vida de coleccionista. Es innecesario decir que nunca lo logré y que esta estupidez me reprendió durante años desde mis estanterías

Hubo momentos en que me di cuenta de que el mundo de los libros y el coleccionismo de libros no era exactamente como yo lo había imaginado. Mientras me familiarizaba con los famosos casos de falsificación de libros, siempre pensé que los coleccionistas eran gente honesta y directa (solía creer lo mismo sobre los jardineros). Entonces, un día, me encontré en Lilies in Weedon Buks —”sólo con cita previa”— un mansión victoriana de 35 habitaciones tan llena de libros que una visita llevaba gran parte del día. En su sección de primeras ediciones encontré un libro que había perseguido años: Vile Bodies de Evelyn Waugh. Le faltaba la sobrecubierta (lo que era normal —pocos de los primeros compradores de Waugh dejaron de descartar las sobrecubiertas), pero estaba en una condición prístina. El precio era… increíblemente bajo. Entonces leí la pequeña nota escrita a lápiz que explicaba el por qué. Era la escritura, y llevaba la firma, de Roger Senhouse, el editor de Bloomsbury que fue el último amante de Lytton Strachey. Decía —y citó de memoria: “Esta segunda edición fue dejada en mis estanterías en lugar de mi primera edición.” Me sentí profundamente alterado. Claramente no se trataba de un acto espontáneo. El culpable debía haber llegado a casa de Senhouse con su ejemplar escondido en él —asumí que era un él y no una ella— y después se las había arreglado para cambiarlo cuando nadie estaba en la habitación. ¿Quien podía haber sido? ¿Me sentiré alguna vez tentado hacia este tipo de acciones? (Sí, después lo fui —me refiero a tentado.) ¿Y podría alguien hacerme esto a mí y a mi colección algún día? (No, hasta donde yo sé.)

Más recientemente escuché otra versión de esta historia, desde un punto de vista distinto. Un lector mandó a un escritor vivo bastante famoso un ejemplar de una de sus primeras novelas (una cuya primera edición estaba por debajo de los mil ejemplares), pidiendo una firma e incluyendo los gastos de franqueo. Después de un tiempo, llegó un paquete conteniendo la novela, debidamente firmada por el autor —excepto que este se había quedado la valiosa primera edición y mandado en su lugar una segunda edición.

En aquel entonces, cazar un libro implicaba muchas millas, acumulaciones lentas y frecuentes frustraciones; el efecto colateral era una tendencia, cuando fracasabas encontrando lo que querías, a comprar sin ton ni son un variado montón de cosas para probar que tu viaje no había sido inútil. Esta forma de comprar ya no es posible, o ha dejado de parecer sensata. Todas aquellas tiendas viejas, laberínticas y bien situadas ya no existen. Aquí está lo que dice The Book-Browser’s Guide to Secondhand and Antiquarian Bookshops (segunda edición, 1982) de Roy Harley Lewis sobre DM Beach de Salisbury: “Hay librerías en lugares tan valioso que los propietarios podrían conseguir una pequeña fortuna vendiéndolos y trabajando desde casa… Mientras que el precio de la propiedad en Wiltshire no puede compararse con (digamos) Londres, esta maravillosa esquina en High Street es una enorme ventaja para cualquier librería.” Beach cerró en 1999; Weatherhead’s (que tenía sus propias bolsas impresas) en 1998; The lilies –que estaba llena de raras exhibiciones como la máscara mortuoria de John Cowper Powys y “el reloj que perteneció a la gente que puso el motor en el barco en que se ahogó Shelley” —ya no está. Cuanto más general y más grande, más vulnerable, parece haber sido la regla.

Coleccionar también ha sido algo que Internet cambió por entero. Me llevó tal vez doce años encontrar una primera edición de Vile Bodies por aproximadamente 25 Libras. Hoy, 30 segundos con abebooks.co.uk te darán dos docenas de primeras ediciones de variada condición y precio (las más caras, con aquellas rarísimas sobrecubiertas de papel de Waugh, van des de los 15,000 a los 28,000 dólares). Cuando la gran novelista inglesa Penelope Fitzgerald murió, decidí comprar como homenaje primeras ediciones (con sobrecubierta) de sus últimas cuatro novelas —las dos que establecieron su grandeza. Todo esto me llevó menos tiempo de lo que cuesta en estos días aparcar cerca del lugar en que solía estar la Librería Beach. Y mientras que puedo extenderme sobre el “romance” y la “afortunada casualidad del descubrimiento” —y sí, había romance— el viejo sistema no era efectivo ni desde el punto de vista del tiempo ni del costo.

Me convertí en alguien menos coleccionista de libros (o tal vez fetichista de los libros) después de publicar mi primera novela. Tal vez, en algún nivel inconsciente, decidí que puesto que ahora producía mis propias primeras ediciones necesitaba menos las de otras personas. Comencé incluso a vender libros, algo que en otros momentos me hubiera parecido inconcebible. Eso no detuvo mi ritmo de adquisiciones; sigo comprando libros más aprisa de lo que puedo leerlos. Pero de nuevo, esto me parece completamente normal: qué extraño sería tener alrededor tuyo tan sólo los libros que tuvieras tiempo de leer durante el resto de tu vida. Y sigo fuertemente unido al libro físico y la librería física.

Las actuales presiones sobre ambos son enormes. Mi última novela te habría costado £12.99 en una librería, la mitad (más gastos de envío) en Internet, y tan sólo £4.79 como descarda de Kindle. Los costos son incomparables. Sin embargo, afortunadamente, la economía nunca ha controlado completamente ni la lectura ni la compra de libros. John Updike, al final de su existencia, se puso pesimista sobre el futuro del libro impreso:

¿Quién, en ese impensable futuro
cuando yo este muerto, leerá? La página impresa
fue tan sólo una breve maravilla que duró medio milenio…

Yo soy más optimista tanto respecto a leer como respecto a los libros. Siempre habrán no lectores, malos lectores, lectores gandules —siempre lo hubo. Leer es una habilidad para la mayoría pero un arte para las minorías. Nada puede aún remplazar la exacta, complicada, sutil comunión entre un autor ausente y un lector en trance, presente. Tampoco creo que el e-reader sustituya nunca completamente al libro físico —incluso si lo hace numéricamente. Cada libro se siente y parece distinto una vez en tus manos, cada descarga de Kindle es y parece exactamente igual (aunque tal vez el e-reader pueda llegar a tener algún día una función “olor,” en la que harás clic para conseguir que tu libro electrónico de Dickens apeste a papel húmedo, hongos y nicotina).

Los libros deben ganarse su existencia —y también las librerías. Los libros deben ser cada vez más deseables: no objetos de lujo, pero sí bien diseñados, atractivos, que nos hagan desear el cogerlos, comprarlos, darlos como regalo, guardarlos, pensar en volverlos a leer, y recordar años después que esa fue la edición en que encontramos por primera vez lo que descansaba dentro. No tengo prejuicios de ludita contra la nueva tecnología, sino que simplemente los libros parecen contener conocimiento mientras que los e-readers parecen contener información. Los premios escolares de mi padre están ahora en mis estanterías, 90 años después de que se los ganase. Prefiero leer los poemas de Goldsmith así antes que on line.

El escritor y diletante norteamericano Logan Pearsall Smith dijo en una ocasión. “Algunas personas piensan que la vida es lo importante; pero yo prefiero la lectura.” La primera vez que me topé con esto pensé que era ingenioso, ahora lo encuentro —como me suele pasar con los aforismos— una astuta falsedad. La vida y la lectura no son actividades separadas. La distinción es falsa (como cuando Yeats imagina tener que escoger entre la “perfección de la vida, o la del trabajo”). Cuando lees un gran libro, no te escapas de la vida, te sumerges más profundamente en ella. Puede ser un escape artificial —a países distintos, costumbres, formas de hablar— pero lo que estás haciendo esencialmente es ir más lejos en tu comprensión de las sutilezas de la vida, las paradojas, alegrías, dolores y verdades. Leer y vivir no están separados, son simbióticos. Y para esa seria labor de descubrimiento imaginativo y autodescubrimiento, existe y se mantiene como un símbolo perfecto el libro impreso.

Este artículo fue publicado originalmente en The Guardian. Traducción de Juan Carlos Castillón.

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