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Los signos del derrumbe: una entrevista con Gerardo Muñoz

  • jul 10, 201217:16h
  • 2 comentarios

1. ¿Qué tienen en común los artistas de la exposición “Designing post-communism: Recent political imaginaries in Cuban contemporary Art”?

Los cuatro artistas de la muestra (Ezequiel Suárez, Filio Gálvez, Hamlet Lavastida y Rodolfo Peraza) representan un nuevo corte generacional. Salvo Ezequiel Suárez, los otros tres artistas de la muestra se pudiera decir que forman parte de una generación que, desde prácticas muy disímiles, tratan de explicitar los conflictos con la historia de la Revolución y sus imaginarios comunistas. Estos artistas trabajan con el pasado a la manera de un rompecabezas, o sea, reconstruyendo una totalidad luego de su derrumbe. Pero no lo hacen de una forma abstracta, sino que incurren en las prácticas y manifestaciones concretas, eso que Sheila Fitzpatrick refiere como el “deber-ser de la cotidianidad comunista”. De ahí que, por ejemplo, no sea el Che el referente central en la pieza de Peraza, sino el Manual de Educación Formal que deviene en plataforma de videojuego. En el caso de Hamlet, importa menos Fidel Castro como personaje que la materialidad de sus discursos en un Congreso Nacional de Educacion y Cultura de 1971. Por eso el concepto de la exhibición trata de tomar distancia de la “Ostalgie” y de eso que Iván de la Nuez ha venido pensando recientemente como la nueva tendencia del “eastern”. A contrapelo de estas corrientes, el postcomunismo es todavía un proyecto para pensar políticamente el universalismo que encarnó el comunismo. Este interés por investigar las manifestaciones concretas de la política comunista es quizás un nexo común entre estos artistas, aunque desde luego se pudiera analizar la manera en que el diseño regresa como práctica que articula estas temáticas.

2. ¿Puedes abundar sobre la relación entre estas alusiones cubanas al imaginario postcomunista y lo que ha sucedido en el arte de Europa del Este o China?

La relación de estos artistas con el postcomunismo y con la situación en Europa del Este (o en general todos los países que transitaron por la experiencia del comunismo real) es cercana en términos de sus prácticas. Son artistas que explicitan el mundo visual del comunismo con recursos irónicos y serios a la vez para descontextualizar críticamente la totalidad visual que encarnó el proyecto comunista. En este sentido las obras de Hamlet Lavastida o Rodolfo Peraza pueden ser pensadas a la par de las de artistas que surgieron en el Sots Art soviético o en los últimos años de la Alemania Democrática. Incluso hoy en día artistas como Dan Perjovschi o Ilya Kabakov continúan explorando la condición postcomunista desde este tipo de prácticas, que surgen como modos de explicar la situacion “excepcional” del Este.

El postcomunismo en este sentido, al menos como yo lo entiendo, se presenta no como fin de la historia como suelen decir algunos, sino más bien como exceso de volver a ver lo que aconteció en aquel relato. Por eso también el postcomunismo siempre ha tenido cierta incomodidad a la hora de ser estudiado desde las cátedras de estudios culturales, ya que se presenta como revisión de un proyecto globalizador, totalizante y universal que poco tiene que ver con la fragmentación que se impuso bajo las prácticas de las políticas de la diferencia o la tolerancia radical (deconstruccion, giro ético, debates de la memoria, etc). El postcomunismo como proyecto intelectual o artístico intenta dar cuenta del lugar del mayor fenomeno de cultura de masas del siglo XX en medio de una globalización capitalista destructiva que aparece bajo el signo de la culturización y multiplicidad de gobiernos locales.

3. ¿Cuál sería la relación entre estos jóvenes artistas y el llamado “Arte cubano de los 80″, que removió preocupaciones similares?

La relación entre estos artistas y la llamada “generación de los 80” es obvia. No es difícil ver la transformación de algunas obras de finales de los 80 de Glexis Novoa en las producciones de Hamlet Lavastida, así como algo de la dimensión lingüística de Arturo Cuenca en los carteles de Filio Gálvez. Pero más allá del tema de la influencia, lo importante para mí es la manera en que las prácticas de estos artistas en relación con el comunismo marca una diferencia con aquella generación.

El arte cubano de los 80 intentó pensar la perestroika y el deshielo soviético en tiempo real, ya que atravesaron por esa experiencia. Todavía se veía la posibilidad de un socialismo con rostro humano, por ejemplo. La cercanía al evento del 89 dio lugar a que lo leyeran como una celebración y hasta como una liberación, y para eso dispusieron de múltiples prácticas (la entrada del arte social, el kitsch, etc). Esta más reciente generación — artistas como Hamlet Lavastida, Rodolfo Peraza, y otros que no figuran en la muestra como Adrián Melis o Reynier Leyva Novo— se situan en una distancia que potencia ver aquel acontecimiento histórico y convertirse en investigadores del relato comunista. Tengo para mí también que el estado anímico de estos artistas al interrogar el imaginario socialista difiere del tono risueño y postmoderno de los ochenta. Cuando Hamlet Lavastida dice que a él lo que le “interesa es mirar el vómito de frente” da cuenta de la capacidad del arte para tomar muy en serio las maneras en que el poder comunista llegó a participar de ciertos dispositivos estéticos y discursivos. Ahí veo otra de las marcas que atraviesa a todos los artistas: al exceder el momento del derrumbe comunista, consiguen ver de otra manera sus signos.

4. ¿Cuál crees que ha sido la influencia de los nuevos medios digitales, blogosfera incluida, en el imaginario que tu exposición trata de mostrar?

En la pieza Juega y aprende (2008) de Rodolfo Peraza el contexto de las nuevas tecnologías en Cuba es notable, aunque en los otros artistas me cuesta precisar cuál sería un modo de pensar la mediación concreta entre las prácticas artísticas y el fenómeno de las nuevas tecnologías. Lo que sí se puede decir es que del mismo modo que las nuevas tecnologías han democratizado los saberes y las imágenes en la Cuba contemporánea, celulares y blogs mediante, estos artistas democratizan el saber a través de la representación de los conflictos del relato histórico de los últimos cincuenta años a la vez que nos obligan a repensarla. También pienso que la influencia no puede ser mediada instantáneamente porque los tiempos de las formas digitales (el blog, los tweets, la imagen tomada desde un teléfono celular) es distinto a la temporalidad que encierra una obra de arte. Si las nuevas tecnologías pasan por la inmediatez y lo efímero, en algunas prácticas artísticas, en particular la de Rodolfo Peraza, los nuevos medios se utilizan no sólo para detener el tiempo presente, sino justamente para interrogar los imaginarios del pasado. El espectador de una obra de Peraza no es simple consumidor de información, sino un sujeto al que se le exige reflexionar a varios niveles.

Fotos: Mickey Garrote.

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2 respuestas
Comentarios

  • Cloro Díaz Epóxido dice:

    Ostalgie. Falta un acento en un fenómeno.

  • Cloro Díaz Epóxido dice:

    La entrevista explicita claramente el contrapelo de la deconstrucción del Sots Art, a través del referente y el imaginario kitsch de la cotidianidad eastern. La ostagie descontextualiza el universalismo del vómito.