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Dos islas y una reina

  • Jun 11, 201217:06h
  • 16 comentarios

En ocasión del Jubileo de Diamante de S.M. Isabel II

Suelo decir que una de mis más definidas marcas de identidad es el haber nacido protestante en Trinidad, la ciudad más católica de Cuba —no tanto por la fe práctica de la gente, que acaso era tan laxa como en el resto del país, cuanto por lo que a tradiciones y costumbres respecta. Al aislamiento y la decadencia económica, responsables de la conservación física de un enclave colonial en pleno siglo XX, podía atribuírseles también el mantenimiento de una práctica religiosa que iba tornándose arcaica en otras partes, como eran, por ejemplo, las procesiones de Semana Santa que, para el tiempo de mi niñez, atraían a varios miles de peregrinos y turistas todos los años.

En mi casa, en cambio, se vivía un protestantismo rancio y ascético que se expresaba con el lenguaje bíblico del siglo XVI y que veía en la religiosidad circundante, más que mero folclore, la evidencia de una fe degenerada y la abierta práctica de un pecado nefando, la idolatría, que encabeza la lista de todas las prohibiciones del Dios único. Mi abuela, de buen talante, se resignaba a que nuestra familia —entre unas cuantas más que profesaban su mismo credo— estuviera destinada a ser luz en medio de las tinieblas de aquel pueblo de idólatras.

Sin embargo, nunca hubo signos de enemistad por cuenta de la religión. Gran parte de mi familia paterna seguía siendo católica, y así también la inmensa mayoría de nuestras amistades. No puedo hacer mía la experiencia de Bernard Shaw que describía su infancia protestante en Irlanda como una vida “en guarnición”. Nunca me sentí lejos de mis vecinos católicos ni de su práctica religiosa. No recuerdo la primera vez que asistí a misa, pero debe haber sido antes de cumplir los diez años y las procesiones me atrajeron siempre. Me acuerdo que un Martes Santo convencí a un tío abuelo, a quien todos llamábamos en casa Tío Reyes (por haber nacido un 6 de enero y responder al insólito nombre de Melchor Gaspar Baltazar de los Reyes), a que me comprara una vela y me llevara a “alumbrar” en la procesión. Anduvimos por un rato, en lo que me parecía un acto solemne y divertido, hasta que un golpe de viento me apagó la vela y eso lo tomamos como un aviso de regresar a casa, donde mi travesura terminó en exorcismo. Ni Tío Reyes se libró del regaño.

En verdad, no me gustaban las imágenes de los santos, que me parecían, y aún me parecen, grotescas; pero la majestuosidad de la liturgia eucarística católica —que entonces se decía en latín—, y todo el proceso ritual eran de una belleza convincente, muy superior, sin duda, a la austeridad de nuestro culto. Habiendo sido objeto de una severa educación religiosa —alguna vez he dicho que antes de los diez años me había leído la Biblia de tapa a tapa y esto no es una boutade—, la teología protestante, es decir, la interpretación del cristianismo que se derivaba de la Reforma, se ajustaba perfectamente a mi manera de ver el mundo, me parecía más racional y lógica, más cercana a la Escritura; pero la liturgia católica me fascinaba. ¡Si existiera una Iglesia que combinara ambas cosas!, me dije más de una vez, y hasta llegué a pensar que tal vez me tocara “inventarla”. Mi anhelo se materializó cuando, a los quince años, me encontré con la Iglesia Anglicana (que en Cuba y Estados Unidos adopta el nombre de Episcopal) y me di cuenta de que los ingleses habían resuelto ese problema hacía más de 400 años. Así entró Inglaterra en mi vida.

Sin darme mucha cuenta me convertía no sólo a una Iglesia, sino también a una cultura, a una cosmovisión, de que la liturgia anglicana y el Libro de Oración Común (ese exquisito compendio del arzobispo Thomas Cranmer) eran portadores. El anglicanismo era la resultante, en el campo de la fe, de la vocación al equilibrio de un pueblo sabio. En medio de las guerras de religión que ensangrentaron el Renacimiento y escindieron a Europa entre católicos y protestantes, los ingleses optaron por una especie de “vía media” que conservaba lo mejor de ambos campos. Eso era realmente un reflejo de lo que había pasado en el ámbito más amplio de una civilización donde los valores latinos y germánicos se habían fusionado para dar lugar a una idiosincrasia de extraordinaria pujanza. Después, en el siglo XVII, habría de ocurrir lo mismo en el terreno de la política. Luego del fallido experimento de la república de Cromwell, los ingleses volvieron a la monarquía, pero despojada del poder absoluto que había llevado al cadalso a Carlos I y uncida al gobierno soberano del pueblo que expresaba su voluntad en una cámara que no haría más que ganar fuerza con el paso del tiempo. Al inventar la monarquía constitucional, los británicos habían hallado la solución para el conflicto milenario entre el caudillismo, que tanto arraigo ha tenido y tiene en los pueblos, y el gobierno democrático: el ejercicio un tanto deslucido de la administración pública respaldada por electores y sus derechos.

Este proceso de mi “conversión” se producía en el crispado ambiente de la Revolución cubana, gracias a la cual una democracia defectuosa había dado paso a un régimen despótico que instauraba, en la práctica, una autarquía. El totalitarismo comunista, una de las más perversas construcciones políticas del siglo XX, se había adueñado de mi país —por vía de un líder carismático— para una larga estada. Los que no habíamos podido escapar a tiempo, nos sentíamos atrapados en una cárcel gigantesca donde se demonizaba el pasado y se aspiraba, mediante brutales experimentos, a la creación del “hombre nuevo”. En medio de ese clima de asfixia yo decidí —cualquiera fuese el precio— no aceptar el “orden” que se nos imponía y que contaminaba como una plaga —con su arbitrariedad, su fealdad, su profunda vulgaridad— a la nación completa. Por el tiempo en que Cuba se convertía en una verdadera “Isla del Diablo”, yo empecé a mirar hacia esa otra isla “que roen los pesados mares” donde me parecía que se habían reunido, acendradas, todas las excelencias de Occidente. Allá, en el noroeste de Europa, Gran Bretaña se alzaba como la patria de mis sueños.

Geografía, historia y literatura británicas se convirtieron para mí, entonces, en rigurosa disciplina tanto como evasiva entretención: accidentes naturales, hechos históricos, personajes, obras literarias… iban creándome un perfil del país que había adoptado por mi libérrima elección como un rechazo consciente al que me había sido dado por la abrumadora determinación de unos hechos que me antecedían. A pesar de que, por algunas ramas de mi familia, podía contar hasta trece generaciones de cubanos, la tierra de mi nacimiento, en la que se había impuesto un sistema atroz, me resultaba cada vez más ajena, en la que más bien me sentía desterrado; un sentimiento que podría haber expresado con los conocidos versos de Burns “My heart’s in the Highlands, my heart is not here…” y no refiriéndome exclusivamente, desde luego, a las Tierras Altas de Escocia.

No conforme con estos saberes que iba adquiriendo como fruto de mi inadaptación, en 1967 quise compartir e institucionalizar esa pasión por otra cultura. Fue así que surgió la Great Britain’s Friends Society, que fundé con un grupo de amigos, estudiantes universitarios muchos de ellos. Sabíamos que en Cuba el Registro de Asociaciones estaba cerrado a nuevas inscripciones, especialmente si provenían de la iniciativa de unos particulares, pero el operar fuera de la ley no nos arredró, ni nos inhibió de redactar estatutos, crear una junta directiva, imprimir papel, recaudar dinero y nombrar un asesor legal. La embajada británica reaccionó con entusiasmo y nos empezó a inundar de propaganda y prensa. Me acuerdo de la llegada de aquellos sobres de manila que, a manera de divisa, traían impresos en letras grandes el anuncio de su cometido: “At Her Britannic Majesty’s Service”.

El British Council (organización encargada de divulgar los valores culturales británicos en el mundo) había dejado de funcionar en Cuba (volvería años después) y el agregado cultural de la embajada encontraba de pronto a unos entusiastas propagadores que, de paso, servían para justificar su labor. Empecé a recibir, gratuitamente, suscripciones de The Illustrated London News (revista de gran formato y mucha solera, lamentablemente desaparecida); The Economist, tanto en inglés como en una versión en español que se estuvo editando por esa época; In Britain, una publicación turística que recuerdo exploraba en cada número un condado de Gran Bretaña; así como ejemplares de diferentes diarios, entre los que se destacaba la edición dominical de The Times. Yo me encargaba de circular estos materiales entre los socios que pasaban de un centenar repartidos en varias ciudades del país.

La embajada también enviaba fotos, a veces grandes y de gran calidad, como la de una escena de Sueño de una noche de verano en el teatro al aire libre de Regent’s Park, en Londres, que era realmente espectacular; otras veces eran fotos de eventos culturales, artísticos y deportivos: la inauguración de una biblioteca o de una sala de conciertos, testimonios de las competencias de Wimbledon o Derby… Un día, con mayores protecciones, recibí una foto oficial de la reina Isabel, con diadema y traje de ceremonia, la misma que podía verse entonces en cualquier embajada británica del mundo. Encontré —no me acuerdo ahora dónde— un marco trabajado y dorado al fuego que se avenía al tamaño del retrato de la reina y que luego colgué en el comedor de mi casa como un ostensible desafío. En el momento en que las fotos de los comandantes de la revolución Camilo Cienfuegos y Che Guevara (este último acababa de morir en Bolivia) eran los iconos de la tiranía, yo ponía en mi pared lo que algunos comunistas ortodoxos tenían por la quintaesencia de la reacción. Cuando a las puertas de muchas casas aún sobrevivía aquella ridícula chapilla que decía “Esta es tu casa, Fidel”, aquella foto proclamaba en mi hogar la soberanía de Isabel II.

Meses después, y luego del súbito arresto del abogado que nos representaba, una tarde de agosto de 1968 llegó la policía. Merendaba yo con unos amigos y miembros de nuestra sociedad, cuando un perentorio toque a la puerta vino a alterar drásticamente nuestras vidas. Todos los presentes, con excepción de mi madre, fuimos arrestados y a mí, esa noche, me condujeron a la ciudad de Santa Clara, que todavía entonces era la capital provincial, donde me interrogaron durante casi 24 horas. En el curso del interrogatorio, uno de los comisarios dijo algo que me dejó perplejo:

—Pensamos que usted puede ser un agente del imperialismo británico.

Tuve que hacer un gran esfuerzo por no echarme a reír. Me imaginé encarnando al personaje de Graham Green que, en La Habana de fines de los cincuenta, enmascaraba sus servicios para el MI6 con un negocio de aspiradoras. No creo que ellos se lo creyeran seriamente, pero la paranoia de un sistema totalitario no es de menospreciar. Debo haber preguntado por qué habían llegado a una conclusión tan absurda. El interrogador no supo en qué sustentarla, pero en la Cuba castrista ese requisito siempre ha sido superfluo y no ha librado a nadie de largas sentencias de prisión.

Me liberaron al anochecer del día siguiente, avisándome que quedaba sujeto a un juicio que no sabía cuándo ni dónde habría de celebrarse ni por qué cargos. Me pareció oportuno informar a la embajada británica de lo que acababa de ocurrir. El 13 de agosto me reuní con el agregado cultural que estimó que el embajador debía conocer aquel asunto de primera mano. Éste se encontraba de vacaciones y me recibió a su regreso, una semana después.

Richard Slater tenía entonces 53 años y un buen expediente en el servicio exterior, si bien era la primera vez en su carrera que se encontraba al frente de una misión. Aunque conocía bien a los comunistas —había prestado servicios antes en la URSS— no dejó de sorprenderle mi relato, al cual se mostró muy receptivo. Mi mayor interés era que los encargados de mi caso quedaran impuestos de la transparencia de nuestras actividades. El prometió que haría lo que pudiera por demostrar nuestra inocencia. En un momento de la conversación, una secretaria entró con una bandeja con café que yo, amablemente, rehusé tomar. Sin que lo motivara ningún esnobismo, el café nunca me había gustado y no se encontraba aún entre mis hábitos.

No sabría decir si el embajador hizo alguna gestión —que bien mirada podría hasta haber resultado contraproducente—, pero ningún cargo de espionaje apareció en el juicio que vino a celebrarse cuatro meses después y cuando ya me encontraba en la cárcel cumpliendo una sanción de dos años luego de haber estado diez días a la deriva en alta mar en el intento de escapar ilegalmente de Cuba, algo que entonces se consideraba un delito político. Sólo seis meses más vinieron a sumarse a mi condena por cuenta de la GBFS, no demasiado ciertamente. Para los estándares de Cuba, hasta podía presumir de haber salido bien librado.

De regreso a mi casa en 1971 reanudé mi interrumpida relación con la embajada británica, ya sin que mediara ninguna agrupación. Por más de dos años, el cuadro donde había estado la foto de la reina —requisado entre otras cosas por la policía— se había mantenido vacío colgado en la pared: un mudo acto de protesta con que mi madre había querido denunciar el atropello de que habíamos sido víctimas. Al tiempo de mi vuelta —acaso atendiendo a mi expresa solicitud— el agregado cultural me enviaba otro retrato de Isabel II que volvía así a ornar el comedor. No recuerdo si era idéntico al que habían incautado. Si mi memoria no me traiciona, en éste la reina lucía el traje y las insignias de la Orden de la Jarretera. Era una foto contemporánea. En ese momento, ella tenía 45 años.

Casi al fin de esa década salí de Cuba para Europa. A poco de llegar a París en noviembre de 1979, me sumé a la pequeña comunidad anglicana que se reunía en una moderna capilla de la calle Auguste de Vacquerie, a un par de cuadras del Arco del Triunfo de la Estrella. A John Livingstone, pastor de aquella comunidad, hombre de gran simpatía y calidez, le parecía increíble que mi amor por su país me hubiera llevado a la cárcel. Un día me preguntó si me gustaría visitar Gran Bretaña.

—Desde luego, pero ahora no dispongo de medios.

—Nuestra comunidad correrá con los gastos.

Gracias a esa generosidad, volé a Londres a fines de febrero de 1980 para una visita de dos semanas y apenas unos días antes de venir a Estados Unidos. En pleno invierno, con algunos días muy plomizos, la capital inglesa no se entregaba al visitante con la misma espontaneidad que París, Barcelona o Madrid. Era más reservada, sin que por ello resultara hostil. No puedo decir, sin embargo, que me defraudara: era dueña de un encanto menos glamoroso, pero no menos entrañable. Huésped del Rdo. David Haughton, párroco anglicano que se había ofrecido como mi anfitrión y a quien desde entonces cuento entre mis amigos, dediqué aquellos días —solo o en su compañía— a visitar museos y monumentos.

Una mañana me encontré nuevamente con Richard Slater, que para entonces era “Sir” y estaba jubilado del servicio exterior (su carrera había terminado abruptamente poco después de que Idi Amín lo declarara persona non grata y lo expulsara de Uganda donde había sido Alto Comisionado). Le había escrito días antes y me invitó a almorzar en el Club de la Mancomunidad, en su noble edificio de la Ave. Northumberland, el mismo que en la década del 90 sufriría una “modernización” interior que lo convertiría en un lugar horrible. Habían pasado once años desde nuestro encuentro en La Habana y el ex diplomático, aunque igualmente afable, me pareció un hombre fatigado. Se interesó en lo que había sido mi vida en todo el tiempo transcurrido desde aquella primera entrevista en su embajada. Y hablamos, por supuesto, de Cuba, de la que él conservaba un cariñoso recuerdo a pesar del castrismo. Al final del almuerzo, pedí un café. Advertí entonces un brillo ligeramente pícaro en la mirada de Sir Richard.

—¿Cuándo se reconcilió con sus raíces? —me preguntó sonriente.

Ya hacía unos años que tomaba café, pero su pregunta tenía mayor alcance. Tal vez era demasiado pronto para la asunción de esa identidad por la que él indagaba. Debo haberle respondido algo sin mucha convicción. Aunque él murió más de veinte años después y pese habernos carteado algunas veces, no volvimos a vernos en ninguno de mis otros viajes al Reino Unido. Su recuerdo perdura en mi memoria asociado a dos mañanas —soleadas ambas, una en La Habana y otra en Londres— a un café —rehusado y compartido— y a una pregunta de raíces.

Pasaron muchos años de un exilio que ha transcurrido casi enteramente en Nueva York y en su periferia, y en el cual Cuba, la isla a la que nunca más he vuelto, iba adquiriendo una importancia en mi vida que yo no imaginaba: era como un mundo sepultado que empezara a emerger bajo mis pies, o una entidad subrepticia que, al igual que en los cuentos de magia, se hubiera ido apoderando de mi espíritu para imponer una profunda certeza de pertenencia, la convicción de un definido arraigo; substancia primordial ligada a las primeras emociones, a las pasiones básicas, que fluía en mi interior como la sangre. La otra isla —de verde grama y de magníficos poetas, de ponderado equilibrio político— seguía siendo mi patria de elección, aunque tampoco viviera en ella, si bien de vez en cuando la visitaba. Allá donde la primera era interna y oscura, ésta era visible y diáfana, vinculada sobre todo a los libros; donde una era tendencia e ímpetu irracional, la otra significaba serenidad y vocación a la mesura. Una era una tierra castigada cuyo rostro visible era el de un ogro siniestro, suma de mis detestaciones. A la otra la encarnaba una mujer que seguía suscitando mi admirada y devota simpatía, aunque ya no tuviera su retrato en mi casa.

En el verano de 1998 tuve la oportunidad de ver a Isabel II a pocos pasos de distancia. Como miembro del equipo de prensa de la Conferencia de Lambeth, fui invitado a asistir al garden party que la reina le ofrecía en Buckingham a todos los obispos de la Comunión Anglicana y a sus cónyuges. Más de 1.500 personas inundamos el vasto traspatio del palacio al fondo del cual hay un pequeño lago bordeado de árboles con gran variedad de aves. Poco antes de las 4:00 P.M., los beefeaters, o alabarderos de la guardia real, empezaron a despejar el terreno frente a las gradas de la terraza de mármol por donde debía descender, minutos después, la soberana.

Recuerdo lo que siguió como envuelto por una atmósfera de levedad y teñido por una luz que me convence sin esfuerzo de haber habitado un particular cuento de hadas. La multitud de obispos con sotanas moradas y de mujeres con sombreros se ha quedado silente y de alguna manera paralizada como si fueran no más que el fondo de una brillante ilustración. Una vez que concluye el himno nacional, la reina, acompañada del príncipe Felipe y del príncipe Andrés, desciende al patio a encontrarse con los líderes anglicanos con quienes tomará el té esa tarde en la Tienda Real, que se encuentra en un extremo del terreno. Avanza lentamente, tal vez algo hierática, aunque sin perder su naturalidad. Delante de ella, una suerte de ujieres de chaqué, algunos de los cuales tienen caras de jóvenes campesinos en ropas de domingo, van abriéndole paso al tiempo que dicen: room to Her Majesty, room to Her Majesty, lo que fuerza al gentío a comprimirse aún más. Miro en ese momento a los beefeaters y me parecen sotas de baraja. La reina pasa junto a mí y es como si se hubiera animado un retrato que recuerdo muy bien, aunque ha transcurrido el tiempo y ella tiene ahora más de 70 años. Al fondo, junto al pequeño lago al que me acerco un momento después, un clérigo, de traje negro y alzacuello, indiferente al espectáculo que tiene lugar a sus espaldas, se entretiene, sentado en el suelo, en dibujar en un cuaderno a las aves que revolotean a su alrededor. Advierto en él un notable parecido con Lewis Carroll.

En días pasados he visto, al igual que media humanidad, la apoteosis de esta mujer menuda y dedicada que ha entrado tan dignamente en la ancianidad. Sesenta años consecutivos al servicio de su país le han valido estos grandiosos festejos con que una nación entera reitera su devoción y su agradecimiento a quien mejor la encarna, genuino afecto popular que sólo puede explicarse con la palabra “comunión”, que es de naturaleza religiosa, vínculo que trasciende las ordinarias lealtades políticas. Por contraste, no he podido dejar de pensar en mi patria profunda, donde un régimen decrépito aún se mantiene para envilecimiento general. Allá en lo íntimo, una desazón, cierta inconformidad, viene a enturbiar ligeramente el entusiasmo que me suscita este jubileo de diamante en que el himno nacional británico —que es homenaje y voto de adhesión al monarca— ha estado en las voces de todos. Una y otra vez hemos oído cantar God Save the Queen y, viendo el éxito de la larga carrera de Isabel II, habría que admitir que Dios ha cumplido bien su tarea de guardarla.

Vicente Echerri
Nueva York

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16 respuestas
Comentarios

  • Isis Wirth dice:

    Ja ja ja, Jacobo, muy bueno. No, yo no soy “monárquica”. Preferiría a Thomas Paine. Saludos,

  • Jacobo dice:

    Espero, mi Reina, que esté Ud junto a Thomas Paine y no en el entorno de Adams Sr.

    “People, he was certain, would always be attracted to the trappings of majesty.” decía Adams.

    ¿Entrampada Ud junto a Echerri por “los encantos” de la Majestad?

    Siguiendo los consejos de Adams hoy tendríamos a un presidente afroamericano con peluca blanca empolvada.

    Saludos Reina

  • Isis Wirth dice:

    Sí, un artículo muy bello. Dice Jacobo en los comentarios que la Rev. americana estuvo alentada por ideas que remiten a la Rev. francesa.
    En este artículo, “A Weakness for Royalty. A Vindication of John Adams”, http://www.weeklystandard.com/articles/weakness-royalty_646846.html?page=1

    se alude a ello, por medio de Thomas Paine respecto de John Adams.

  • Otro Anónimo dice:

    No podría estar más de acuerdo con el Anónimo monárquico. Prefiero mil veces las monarquías constitucionales europeas que las repúblicas de quita y pon de América Latina.

    @Jacobo, usted no fue catecúmeno marxista pero ciertamente debe revisar sus conocimientos de historia. Los Habsburgos perdieron el trono austríaco poco después del fin de la Primera Guerra Mundial. Austria se convirtió en república el 12 de noviembre de 1918.

  • Jacobo dice:

    Continúo:
    y verá que bien funciona, independiente del tipo de gobierno.

    La revolución cubana no es una revolución, sino un asalto al poder para sustituir un gobierno que empezaba a dar pasos en democracia por un régimen totalitario. Eso es un paso aatrás, no cuenta como revolución. Como tampoco la bolchevique, excepto que a Lenín se le hubiera ocurrido implantar el capitalismo liberal, cosa que no hizo.

    La Revolución Francesa, esa si, aún con su Terror y todo. La liberación americana estuvo alentada por ideas surgidas en ese hecho histórico.

    Y no me acuse de marxista, ni de haber aprendido ningún catecismo revolucionario ni nada de eso. Además Marx no se equivocó en todo. Un judío alemán no es un indio con levita. Yo no me he graduado en ninguna escuela revolucionaria como Ud dice. Espero me acuse ahora de agente castrista. Es la norma, en personajes como Ud.

    Saludos

  • Jacobo dice:

    Al “Anónimo” que responde a Iluminado y a mi.
    Las “monarquías” que Ud menciona en su respuesta, es decir Suecia, Noruega, Holanda, Inglaterra y Japón (pudiera agregarle España, Holanda, Dinamarca, Austria, etc.) son monarquías virtuales, representativas de una tradición, pero no de poder efectivo. Son en realidad sistemas de gobierno parlamentario donde el partido con mayoría nombra a un primer ministro. Es decir, regímenes democráticos con elecciones libres. ¿En que mundo vive Ud?
    Monarquías reales encontramos hoy en los países árabes del Golfo Pérsico. ¿Le gustaría que le obligaran a vivir en uno de ellos y ser ud, por ejemplo…una mujer…o un cristiano?

    Es una cosa de mente lisa decir que si en Cuba hubiera una monarquía como en Noruega estarían mejor. En Cuba SI hay una monarquía, la monarquía de los Castro, con Fidel I gobernando. Además, el problema de Cuba no es de tipo de gobierno, sino genético. Sustituya a todos los cubanos de la isla por noruegos, o suecos, o finlandeses y ver

  • Anónimo dice:

    @ Jacobo,
    según su línea de pensamiento tan marxista
    “…la Historia no se puede frenar, siempre sigue su marcha sin pausa. Esa monarquía francesa que tenía ahogada a la burguesía y al pueblo francés fue hecha polvo. Dió lugar al nacimiento del capitalismo…”

    La revolución cubana, socialista, que a su vez hizo polvo a la burguesía debe ser alabada, no es así? Nadie, en efecto, puede detener el curso de la historia.

    Se ve que le enseñaron muy bien en la escuela revolucionaria, aprendió al dedillo el catequismo marxista eso aunque se considere “contrario” al régimen. No, fíjese que piensa como un marxista, un comunista. Primero la burguesía “hace polvo” al feudalismo para a su vez ser “hecha polvo” por el proletariado. Viva la Revolución! Abajo el feudalismo, la monarquía y ah, sí, abajo la burguesía también, un poco después!
    Yo sigo insistiendo, Cuba estaría mucho mejor hoy día como Monarquía (fíjense en Noruega) que como república. Además, ya tenemos a nuestra reina cubana, a María Teresa de Luxemburgo. Cuando se ponga mala de verdad la cosa, creo que sería prudente ofrecerle que venga a reinar en Cuba.

  • Jacobo dice:

    Muy bello artículo de Vicente Echerri.

    En cuanto a lo que dice Iluminado parece haber algo de cierto. Echerri es un conservador muy honesto y sincero en sus ideas, pero tal parece que le hubiera gustado vivir bajo una monarquía europea. Solo habría que preguntarle…¿en cual grupo social dentro de esa monarquía?…me imagino que como miembro de la aristocracia, el clero o la Corte, nunca como vasallo.

    En sus variados comentarios sobre la revolución francesa se manifiesta de igual forma. Hubiera deseado que hoy en día reinara un Luis 64, con peluca empolvada y ordenando desde Versalles. Con la corte, el clero y la aristocracia, parásitos todos, participando en las esplendorosas fiestas que tanto impresionan a Echerri.

    Pero es que la Historia no se puede frenar, siempre sigue su marcha sin pausa. Esa monarquía francesa que tenía ahogada a la burguesía y al pueblo francés fue hecha polvo. Dió lugar al nacimiento del capitalismo, que no se podía desarrollar bajo la tiranía monárquica y necesita de libertad –aunque sea en parte simbólica– para su pleno desarrollo.

    Saludos y lo felicito.

  • Anónimo dice:

    Iluminado,
    que prefiere ser usted, un “ciudadano libre” cubano o un “súbdito y vasallo” noruego? Venga a Cuba y pregunte y verá que le responden. Es que hay monarquías y monarquías. Suecia, Noruega, Holanda, Inglaterra y Japón son monarquías. Haití, Nigeria, Perú, Bulgaria y Cuba etc, son repúblicas. Saque usted la cuenta.

  • iluminado dice:

    es que a usted le gusta ser subdito y vasallo, por eso le gusta la monarquia…..solo piense, si una monarquia sirviara para algo los americanos tuvieran una……los fundadores de usa bien pudieran haber dejado a la mnarquia britanica aqui…..y hacerse miembro de la “mancomunidad britanica”….por que no lo hicieron……oprtunidad tuvieron…..al contrario los echaron de aqui y fundaron la republica que somos hoy….

  • Anonimo standard dice:

    Mis respetos Sr. Echerri.
    Un articulo con cuerdas y tonos muy .
    Me encantaría ver completamente alumbrada esa esquinita de su prosa en que dice “y en el cual Cuba, la isla a la que nunca más he vuelto, iba adquiriendo una importancia en mi vida que yo no imaginaba: era como un mundo sepultado que empezara a emerger bajo mis pies”

    Sirva este comentario de cirio propiciatorio.

  • Hola, Vicente. Me gustó mucho tu artículo. A mí también me encantaba ir a “alumbrar” en las procesiones de Semana Santa en Trinidad. Cuando sabía que me iban a llevar, me pasaba todo el día excitado, esperando que llegara la noche. Uno sentía la mística de aquello, estaba en el aire. Y aunque la vida me ha alejado de la fe católica, siempre guardo un recuerdo agradable de aquel tiempo. ¿Recuerdas el pregón de los muchachos que vendían aquellas velas preciosas, adornadas con labrados y cintas de colores? ¡A diez y a quince la vela, a escoger colores!. Saludos desde México DF.

  • Cagüento y Ptolomeo   dice:

    Muy interesante este articulo. Te mantiene impaciente por seguir leyendolo.

  • Veroco dice:

    Pero si el mismo nombre lo dice, anglicano. Es meramente la Iglesia de Inglaterra.

  • Anónimo dice:

    No cabría invitar a un noble europeo a hacerse cargo de la isla de Cuba? Eso fue, por ejemplo, lo que hicieron los Noruegos cuando alcanzaron su independencia de Suecia en 1905. Le ofrecieron el trono a Carlos de Dinamarca, que juró como Haakon VII. Ahora comparen donde está Cuba y donde Noruega? Qué sistema es mejor, la república o la Monarquía?

  • Gabriel dice:

    No creo que un anglicano sea un híbrido entre católico y protestante. Mas bien es un católico que tiene como cabeza de la iglesia al rey mas que al Papa. Por eso el anglicanismo tiene el defecto de no ser universal, es decir, no ser católico.