castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Cultura

PD en la red

Lorenzo García Vega, in memoriam

  • Jun 03, 201223:11h
  • 6 comentarios

Desmintiendo el tópico de que las humanidades son el coto cerrado de ociosos que no necesitan de su licenciatura para vivir, mi amigo Carlos tuvo una larga serie de trabajos a lo largo de sus estudios. El primero de esos trabajos fue como bag boy en Publix —los bag boys son esos chicos que están junto a las cajas registradoras y ayudan a llenar las bolsas de los clientes y llevarlas hasta sus coches. Un buen día entró en la librería y me dijo, con una mezcla de sorpresa e indignación: “No te lo vas a creer pero uno de mis compañeros de trabajo conoció a Lezama Lima y estuvo en Orígenes… ¿Tendrás por ahí algo de Lorenzo García Vega?” Yo, por mi trabajo, ya sabía de García Vega. Y sabía también que, pese a sus demasiados años, seguía trabajando de bag boy. Presumió en varias entrevistas de ser el bag boy más viejo de todo el condado Miami-Dade. Presumía todavía de ello el 2004, en las primeras páginas de su autobiografía El oficio de perder.

Por la época en que Carlos me soltó la pregunta, a mediados de los ochenta, estaban disponibles dos libros de Lorenzo editados por Monte Ávila, titulados Rostros del reverso y Los años de Orígenes. Todavía no se había antologado su poesía (en Poemas para penúltima vez, de 1991), ni habían aparecido Variaciones a como veredicto para sol de otras dudas (1993) o Vilis (1998), tampoco había llegado aún el momento de su gran explosión argentina: cuatro libros en cinco años.

(Un pequeño aparte sobre Vilis. En la década del noventa, el pintor Ramón Alejandro hizo las veces de editor y publicó con su dinero, yo diría que sin ayuda alguna, una serie de autores de distintas generaciones, edades y tendencias que le gustaban. Se trataba de pequeñas ediciones hechas en un buen papel de tonos mates y alto gramaje, ilustradas por el mismo Alejandro. Uno de esos hermosos libritos —y el diminutivo aquí se refiere necesariamente a lo breve de las ediciones, no a la calidad de lo recogido en ellas— era de García Vega: cayó como un ovni en el panorama literario cubano; molestó a alguna gente, aburrió a otras; entusiasmó a unos pocos fieles que siguen defendiéndolo como un gran escritor.)

Como a tantos otros personajes de la literatura cubana, también a García Vega lo conocí desde mi mostrador de librero. Sé que tuvo largas conversaciones con otros autores, que despachaba normalmente con Carlos Victoria, que fue generoso en consejos a los jóvenes. Conmigo fue sencillamente cortés. Supongo que el hecho de estar yo detrás de un mostrador y cambiar libros por dinero le permitía verme como un mercenario más del mundo del libro y, aunque a veces hablamos de libros, no puedo presumir de su amistad. Además, en aquel momento, antes de su redescubrimiento argentino, García Vega era también alguien que a menudo, por debajo de un carácter afable y amistoso —conmigo siempre lo fue— podía mostrar la acidez del que siente que ha perdido su tren, que se ha quedado atrás, reducido injustamente a la categoría de autor secundario, antologado sobre todo para completar la escena de otros autores mayores. Afortunadamente estaba equivocado. Su tren aún no se había ido.

Que iba a tener éxito pasada la setentena era algo que probablemente ni se imaginaba en los aquellos años, cuando las únicas ediciones de sus libros eran tomos de de páginas amarillentas y tenía que pedirle a su amigo Benigno N., que vivía en Caracas, que pasara por Monte Ávila y mirase de conseguirle en su almacén algún ejemplar de Los años de Orígenes.

Esa fue por mucho tiempo su gran obra, aquel libro por el que sería recordado y necesariamente mencionado por todos los historiadores de la literatura interesados en Lezama y Orígenes. El libro pesaba sobre el autor como una losa, que a partir de cierto momento evitó referirse a los temas allí tratados. Con el tiempo se convirtió, desde luego, en un libro de culto, un texto marginado que le trajo más prestigio —y problemas— que lectores; y que convirtió esos escasos lectores en devotos, como pasa con todos los libros de culto. Un libro que era a la vez crónica veraz —todo lo veraz que pueda ser la memoria personal—, y un experimento narrativo, anatemizado por algunos miembros del grupo en cuestión, que no pudieron soportar los amargos retratos de Veguita, el neurótico sin remedio. Pasado de mano en mano, prestado con la advertencia de que debía ser devuelto, leído y releído por todos los lezamianos que podían encontrarlo, Los años de Orígenes fue finalmente reimpreso hace sólo unos años, cuando ya tenía la grandeza del mito, en Argentina. Allí también le publicaron primero sus memorias, después su novela(?) Devastación del Hotel San Luis, y redescubrieron su poesía, propiciando que su obra fuera redescubierta también en España, donde el 2011 se publicó su homenaje a Marcel Duchamp, Palíndromo en otra cerradura. Unos editores argentinos apostaron, y ganaron, por un talento que había pasado años llenando bolsas en Publix. A veces las historias, incluso las de los escritores exilados, pueden tener un final feliz. Y qué final más feliz para un escritor que ser leído por uno de los públicos más exigentes de su idioma y acabar siendo aceptado por éste.

Muchos escritores cubanos de generaciones recientes han vuelto sobre su obra y han imitado sus giros, su extraña sintaxis, sus obsesiones y sus ritornellos. García Vega entra ahora en esa posteridad de la que tanto se burló, pero que tanto lo preocupó, más allá de sus muecas irónicas y su perfil irreverente. En eso también era, quizás a su pesar, el último origenista.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Foto: Pedro Portal.

Publicado en
6 respuestas
Comentarios

  • Guillermo Tell dice:

    William, de tanto tratar de verla (VILIS y mas VILIS) casi me enfermo del higado, chico…

  • william dice:

    Guillermo Tell y RC deberian ver mejor la escritura de LGV; la parte final de su obra es la de un genio original; veanla, me dicen y dejen de opinar en el aire

  • oscar canosa dice:

    IMO, el era un Grande, Lezama un Eterno, Cubanos.

  • Guillermo Tell dice:

    Con respecto a este escritor repito a Borges:
    “No he merecido su literatura”.
    Me parece un vanguardista rezagado.
    Alguien que nunca encontro la forma ni la voz.
    Lo curioso es el rescate que quieren hacer de él a falta de escritores malditos de esa especie de cadena de mediums de la literatura cubana negadora:
    CASAL-PINERA…y faltaba un eslabon, y alli inventaron a Lorenzo Garcia Vega.
    El tiempo, con el olvido, siempre se ocupa de esas nimiedades.

  • Veroco dice:

    Y demuestra lo mierderos y piñeros que son los cubanos. Casi lo dejan podrir porque no rindió pleitesía a Orígenes.

  • RC dice:

    Muy buen retrato, y muy atinadas opiniones. A mi juicio, LGV era un escritor de segunda fila, aunque su libro sobre Orígenes es de lo mejor que se haya podido escribir sobre el asunto. Pero el propio Lorenzo debía su fama a ese monstruo que lo obsesionaba…