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El comandante yanqui (Primera Parte)

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    Editor Jefe
  • may 29, 201210:43h
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por David Grann

Por un instante, se vió oscurecido por la noche habanera. Era como si fuese invisible, como lo había sido antes de llegar a Cuba, en medio de la Revolución. Entonces una ráfaga de luces lo iluminó: a William Alexander Morgan, el gran comandante yanqui. Estaba de pie, con la espalda contra la pared acribillada, en el foso vacío que rodeaba a La Cabaña —una pétrea fortaleza del siglo XVIII, en lo alto de un acantilado que vigila la bahía de la Habana, ahora convertida en prisión. Salpicaduras de sangre se secaban sobre el pedazo de terreno en que el amigo de Morgan había sido fusilado, momentos antes. Morgan, que tenía treinta y dos años, parpadeó frente a las luces. Se enfrentaba a un pelotón de fusilamiento.

Los tiradores miraron al hombre que les habían ordenado matar. Morgan tenía casi seis pies de altura, y los brazos y piernas poderosos de alguien que ha sobrevivido en la espesura. Con una mandíbula decidida, una nariz agresiva y una revoltosa mata de pelo rubio, tenía el aspecto galante de un aventurero de película, un recuerdo de eras pasadas, y sus fotos habían aparecido en periódicos y revistas alrededor del mundo. La imágenes más fascinantes —tomadas cuando luchaba en las montañas, con Fidel Castro y el Che Guevara— mostraban a Morgan, con una barba descuidada, sujetando una subametralladora Thompson. Aunque ahora estaba afeitado y vestido de presidiario, los ejecutores lo reconocieron como el misterioso americano que antaño había sido saludado como héroe de la Revolución.

Era el 11 de marzo de 1961; dos años antes Morgan había ayudado a derribar al dictador Fulgencio Batista, llevando a Castro al poder. Desde aquel entonces la Revolución se había fracturado, con sus líderes devorándose entre sí, pero la visión de Morgan delante de un pelotón de fusilamiento fue un shock. En 1957, cuando aún Castro era visto como un combatiente por la democracia, Morgan había viajado desde la Florida a Cuba y se había dirigido al monte para unirse a la fuerza guerrillera. En palabras de un observador, Morgan era “como Holden Caulfieldcon una ametralladora.” Era el único norteamericano en el ejército rebelde y fue el único extranjero, aparte de Guevara, un argentino, en alcanzar el más alto rango del ejército: Comandante.

Después de la Revolución, el papel de Morgan en Cuba despertó incluso más fascinación, a medida que la isla se veía cada vez más implicada en el conflicto mayor de la Guerra Fría. Un americano que conoció a Morgan dijo que había servido como “principal agente secreto” de Castro, y Time le llamó el “hábil doble agente, nacido americano” de Castro.

Ahora Morgan era acusado de conspirar para derribar a Castro. El gobierno cubano afirmaba que Morgan había trabajado en realidad para los servicios de información estadounidenses —y que era, en efecto, un agente triple. Morgan negó las acusaciones, pero incluso algunos de sus amigos se preguntaron quién era en realidad, y por qué había ido a Cuba.

Antes de que Morgan fuera llevado fuera de La Cabaña, un detenido le preguntó si había algo que pudiera hacer por él. Morgan contestó: “Si alguna vez sales vivo de aquí, cosa que dudo, intenta contarle a la gente mi historia”. Morgan comprendió que algo más que su vida estaba en juego: el régimen cubano distorsionaría su papel en la Revolución, si no lo borraba de los registros públicos, y el gobierno estadounidense amontonaría los documentos que le afectaban en archivos clasificados, o los “sanearía” escondiendo pasajes bajo tinta negra. Sería borrado —primero del presente, después del pasado.

El jefe del pelotón de fusilamiento gritó, “¡Atención!”. Los tiradores alzaron sus rifles belgas. Morgan temió por su esposa, Olga —a la que había conocido en las montañas— y por sus dos jóvenes hijas. Siempre se las había arreglado para torcer las fuerzas de la historia, y había hecho una petición de última hora para comunicarse con Fidel Castro. Morgan creía que el hombre que en el pasado le había llamado “amigo fiel” nunca lo mataría. Pero ahora los ejecutores estaban amartillando sus armas.

El primer truco

Cuando Morgan llegó a La Habana, en diciembre de 1957, estaba impulsado por la emoción de un secreto. Se aseguró de que no estaba siendo seguido a medida que se movía subrepticiamente a través de la capital iluminada por el neón. Presentada como el “Playland of the Americas,” La Habana ofrecía una tentación tras otra: el night club Sans Souci, en el que, en escenarios al aíre libre, las bailarinas de amplias caderas se movían bajo las estrellas al compás del cha-cha-cha; el Hotel Capri, cuyas tragaperras escupían dólares americanos de plata; y el Tropicana, donde clientes como Elizabeth Taylor y Marlon Brando disfrutaban de lujosos espectáculos que incluían a las Diosas de Carne.”

Morgan, por aquel entonces un gordito de veintinueve años, intentaba parecer tan sólo otro hombre en busca de placer. Llevaba un traje blanco de doscientos cincuenta dólares con una camisa blanca, y un par de zapatos nuevos. “Parecía un turista rico de verdad” —bromeó más tarde.

Pero, según miembros de su círculo íntimo, y el recuento no publicado de un amigo cercano, Morgan evitó el brillo de la vida nocturna de la ciudad, abriéndose paso hasta una calle de la Habana Vieja cerca de un muelle que le ofrecía una vista de la Cabaña, con su puente levadizo y sus paredes cubiertas de musgo. Se detuvo en una cabina telefónica, donde se encontró con un contacto llamado Roger Rodríguez, un estudiante radical de pelo negro con un bigote espeso, que había sido tiroteado por la policía en una manifestación política, y era miembro de una célula revolucionaria.

La mayor parte de los turistas ignoraban las numerosas desigualdades de Cuba, donde la gente a menudo vivía sin electricidad ni agua corriente. Graham Greene, que publicó Our Man in Havana en 1958, recordó después: “Disfrutaba de la atmósfera sórdida de La Habana y nunca permanecí suficiente tiempo como para volverme consciente de aquel triste trasfondo político de encarcelamientos arbitrarios y tortura.” Sin embargo Morgan se había informado sobre Batista, que había tomado el poder en un golpe, en 1952: como al dictador le gustaba sentarse en su palacio, comiendo suntuosamente y viendo películas de horror, y como torturó y mató disidentes, cuyos cuerpos a veces eran tirados en los campos, con sus ojos arrancados o con sus testículos aplastados metidos en su boca.

Morgan y Rodríguez siguieron caminando por la Habana Vieja y comenzaron una conversación furtiva. Morgan rara vez estaba sin un cigarrillo, y se comunicaba siempre en medio de una nube de humo. No sabía español, pero Rodríguez hablaba un inglés entrecortado. Se habían encontrado con anterioridad en Miami, haciéndose amigos, y Morgan creía que podía confiar en él. Morgan le confió que planeaba subir a la Sierra Maestra, una cordillera en la remota costa del sudeste de Cuba, donde los revolucionarios se habían alzado en armas contra el régimen. Pretendía alistarse con los rebeldes, que eran comandados por Fidel Castro.

El nombre del mortal enemigo de Batista llevaba consigo la emoción de lo prohibido. El 25 de noviembre de 1956, Castro, un abogado de treinta años y el hijo ilegítimo de un próspero terrateniente, había lanzado desde México una ambiciosa invasión de Cuba con tan sólo ochenta y un supuestos comandos, incluyendo el Che Guevara. Después de que su golpeado barco de madera se encallara, Castro y sus hombres vadearon con el agua al pecho, y llegaron a la playa en un pantano cuya enredada vegetación les rompió la piel. El ejército de Batista pronto los emboscó, y Guevara fue herido en el cuello. (Después escribiría: “Comencé inmediatamente a preguntarme cual sería el mejor día para morir, ahora que todo parecía perdido.”) Tan sólo una docena más o menos de rebeldes, incluyendo el herido Guevara y el hermano pequeño de Castro, Raúl, escaparon, y, exhaustos y delirantes por la sed —uno bebió su propia orina— huyeron hacia la Sierra Maestra.

Morgan le dijo a Rodríguez que había seguido el progreso del alzamiento. Después de que Batista declarase equivocadamente que Castro había muerto en la emboscada, Castro permitió que el corresponsal del New York Times, Herbert Matthews, fuera escoltado hasta la Sierra Maestra. Amigo cercano de Ernest Hemingway, Matthews no tan sólo deseaba cubrir sucesos que cambiarían el mundo sino causarlos, y estaba cautivado por el alto líder rebelde, con su barba salvaje y su cigarro humeante. “La personalidad de ese hombre es abrumadora,” escribió Matthews. “He aquí un fanático educado, dedicado, un hombre de ideales, de valor.” Matthews concluyó que Castro tenía “ideas claras sobre la libertad, la democracia, la justicia social, la necesidad de restaurar la Constitución.” El 24 de febrero de 1957, la historia apareció en la primera plana del diario, intensificando el aura romántica de la rebelión. Después Matthews lo planteó así: “Una campana sonó desde las junglas de la Sierra Maestra.”

Aún así ¿por qué estaría un americano dispuesto a morir por la Revolución cubana? Cuando Rodríguez insistió a Morgan, este le dijo que quería tanto estar del lado correcto y correr el riesgo, pero también quería algo más: venganza. Morgan contó que había tenido un amigo americano que había viajado a La Habana y sido asesinado por soldados de Batista. Después, Morgan dio más detalles a otros en Cuba: su amigo, un hombre llamado Jack Turner, había sido capturado cuando contrabandeaba armas para los rebeldes, y fue “torturado y arrojado a los tiburones por Batista.”

Morgan le dijo a Rodríguez que ya había tomado contacto con otro revolucionario, que había arreglado pasarlo a las montañas. Rodríguez reaccionó desconcertado: el supuesto rebelde era un agente de la policía secreta de Batista. Rodríguez advirtió a Morgan de que había caído en una trampa.

Rodríguez, temiendo por la vida de Morgan, se ofreció a ayudarlo. No podía llevar a Morgan a la Sierra Maestra, pero podía llevarlo hasta el campamento de un grupo rebelde en las Montañas de Escambray, que cruzaba la parte central del país. Esas guerrillas estaban abriendo un nuevo frente, y Castro les había dado la bienvenida a la “lucha común.”

Morgan quedó con Rodríguez y un conductor para el viaje de doscientas diecisiete millas. Como Aran Shetterly detalla en su incisiva biografía The Americano (2007), el coche llegó pronto a un puesto de control militar. Un soldado miró dentro a Morgan con su traje brillantes, el único traje que parecía tener. Morgan sabía lo que pasaría si le detenían —como había dicho Guevara, “en la revolución se vence o se muere”— y había preparado una coartada, en la que era un hombre de negocios americano camino de ver unas plantaciones de café. Tras oír la historia, el soldado les dejó pasar, y Morgan y sus coconspiradores salieron al camino, hacia el Escambray, donde el aire se volvía más frío y fino, y donde las cimas de tres mil pies de altura tenían un siniestro tinte púrpura.

Morgan fue llevado a descansar a una casa franca, después conducido a una montaña cerca de la ciudad de Banao. Un campesino condujo a Morgan y Rodríguez a través de parrales y platanales hasta que llegaron a un claro remoto, flanqueado por pronunciadas pendientes. El campesino hizo un sonido como de trino, que resonó a través del bosque y fue contestado por un silbido lejano. Un centinela apareció. Y Morgan y Rodríguez fueron conducidos a un campamento montado entre torrentes, con hamacas y unos pocos rifles anticuados. Morgan pudo contar sólo una treintena de hombres, muchos de los cuales parecían recién salidos de la secundaria y tenían el aspecto enflaquecido, descompuesto de los supervivientes de un naufragio.

Los rebeldes miraron a Morgan inseguros. Max Lesnik, un periodista cubano a cargo de la organización de la propaganda, pronto se reunió con el grupo, y recuerda preocuparse acerca de si Morgan era “algún tipo de agente de la CIA.”

Desde la Guerra Hispanoamericana, Estados Unidos se había mezclado a menudo en los asuntos cubanos, tratando la Isla como una colonia. El Presidente Dwight D. Eisenhower había apoyado ciegamente a Batista —creyendo que sabría “como tratar a los comunistas,” como planteó al Vicepresidente Richard Nixon— y la CIA había activado operativos a todo lo largo de la Isla. En 1954, en un informe clasificado, un general americano advirtió que si Estados Unidos quería sobrevivir la Guerra Fría necesitaba “aprender a subvertir, sabotear y destruir a nuestros enemigos con métodos más astutos, sofisticados y efectivos que los empleados en contra nuestra.” La CIA llegó hasta el extremo de contratar a un famoso mago, John Mulholland, para que enseñase a los operativos juegos de manos y distracción. Mulholland creó dos manuales ilustrados, que se referían a las operaciones encubiertas como “trucos.”

A medida que la CIA intentaba comprobar la amenaza a Batista, sus operativos intentaban penetrar las fuerzas rebeldes en las montañas. Entre otras cosas, los agentes se creían que había reclutado o hecho pasar por reporteros. Mulholland advirtió a los operativos que “incluso más práctica es necesaria para interpretar una mentira hábilmente que la requerida para decirla.”

Los rebeldes también tenían que estar seguros de que Morgan no era un agente de la KGB, o un mercenario trabajando para la inteligencia militar de Batista. En la Sierra Maestra, Castro había descubierto recientemente que un campesino en sus filas era un informante del Ejército. El campesino, tras ser convocado, cayó de rodillas, pidiendo que la Revolución se ocupase de sus hijos. Después le dispararon en la cabeza.

Morgan fue entonces llevado a ver al comandante del grupo rebelde, Eloy Gutiérrez Menoyo. De veintitrés años, habla calmada y delgado, Menoyo tenía un rostro largo, hermosos escondido detrás de unas gafas oscuras y una barba, que le daban aire de fugitivo. La CIA indicó después en su informe sobre él, que era un joven inteligente, capaz, que no cedería “bajo técnicas de interrogatorio normales.”

Cuando era niño, Menoyo había emigrado de España —un ceceo seguía vagamente presente cuando hablaba español— y heredado la postura militante de su familia contra las tiranías. El mayor de sus hermanos había muerto, a los dieciséis años, combatiendo a los fascistas durante la Guerra Civil Española. Su otro hermano, que había venido también a Cuba, había sido abatido mientras conducía un asalto al palacio de Batista en 1957. Menoyo había identificado el cuerpo en la morgue de La Habana antes de dirigirse a las montañas. “Quería continuar la lucha de mi hermano” —recordaba.

A través de un traductor, Morgan le contó a Menoyo su historia acerca de querer vengar la muerte de un amigo. Morgan contó que había servido en el ejército estadounidense y era hábil en las artes marciales y el combate cuerpo a cuerpo, y que podía entrenar a los inexperimentados rebeldes en guerra de guerrillas. Había más en un combate que disparar un rifle, argumentó Morgan; como dijo más tarde, con las tácticas correctas podían “meterle el miedo en el cuerpo” al enemigo. Para demostrar sus proezas, Morgan tomó prestado un cuchillo y lo lanzó contra un árbol a treinta yardas de distancia. Golpeó el blanco tan correctamente que a algunos rebeldes se les escapó un sonido de admiración

Aquella tarde discutieron sobre si Morgan podía quedarse. Morgan parecía simpático —“como un cubano,” en palabras de Lesnik. Pero muchos rebeldes, temiendo que fuera un infiltrado, querían devolver a Morgan a La Habana. El jefe de inteligencia del grupo, Roger Redondo, recuerda: “Hicimos todo lo posible para que se fuera.” Durante los días siguientes, le hicieron marchar incesantemente arriba y abajo de las laderas montañosas. Morgan estaba tan gordo, bromeó un rebelde, que debía ser de la CIA.

Morgan pasaba hambre y se cansaba, repetía a gritos las pocas palabras españolas que había aprendido, “No soy mulo”. En un momento dado, los rebeldes le condujeron a una parcela de arbustos venenosos, que le picaron como avispas y provocaron que su pecho y cara se inflamasen gravemente. Morgan ya no podía dormir de noche. Redondo recuerda que cuando se quitaba su sudada camisa blanca, “le compadecíamos. Era tan blanco y se había vuelto de un rojo subido.”

El cuerpo de Morgan también ofrecía pistas de un pasado violento. Tenía marcas de quemaduras en su brazo derecho, y un cicatriz de cerca de un pie cruzaba su pecho, sugiriendo que alguien lo había cortado con un cuchillo. Había una pequeña cicatriz bajo su barbilla, otra cerca de su ojo izquierdo, y varias en su pie izquierdo. Era como si hubiera sufrido años de maltratos en la jungla.

Morgan soportó cualquier prueba a la que los rebeldes le sometieron, perdiendo en el camino treinta y cinco libras. Después escribiría que se había vuelto irreconocible: peso tan sólo 165 libras y tengo barba.” Redondo recuerda: “El gringo era duro, y los hombres armados del Escambray acabaron por admirar su resistencia.”

Varias semanas después de que Morgan llegase, un ojeador avisó de algo que se movía entre los distantes cedros y plantas tropicales. Empleando binoculares, localizó seis hombres, con uniformes caqui y amplios sombreros de paja, llevando rifles Springfield. Una patrulla del ejército de Batista.

La mayor parte de los rebeldes nunca habían estado en combate. Morgan los describiría después como “doctores, abogados, granjeros, chicos, estudiantes y ancianos unidos.” El vigía tocó la alarma y Menoyo ordenó que todo el mundo tomase posiciones alrededor del campamento. Los rebeldes no debían disparar, explicó Menoyo, a menos que él lo ordenase. Morgan se acostó al lado de Menoyo, sujetando uno de los pocos rifles semiautomáticos. Mientras los soldados se acercaban, sonó un disparo. Era Morgan.

Menoyo maldijo entre dientes cuando los dos bandos comenzaron a disparar. Las balas partieron árboles por la mitad y un humo amargo se extendió sobre la ladera. El tronar de las armas hizo casi imposible el comunicarse. Un soldado de Batista fue herido en el hombro, una mancha escarlata se extendió por su uniforme, y rodó ladera debajo de la montaña como una roca. El comandante de la patrulla del ejército retiró al soldado herido y, con el resto de sus hombres, se retiró a la espesura, dejando un rastro de sangre.

En la súbita paz, Menoyo se volvió a Morgan y gritó: “¿Por qué coño disparaste?”

Cuando le dijeron entonces a Morgan en inglés lo que Menoyo decía, pareció sorprendido. “Pensé que nos habías dicho que disparásemos cuando viéramos sus ojos,” dijo. Nadie había traducido la orden original de Menoyo.

Morgan había cometido un error, pero tan sólo había acelerado el inevitable combate. Menoyo le dijo a Morgan y al resto que se fueran: cientos de soldados de Batistas pronto vendrían a por ellos.

Los hombres metieron apresuradamente sus pertenencias en mochilas hechas con sacos de azúcar. Menoyo tomó consigo un medallón que su madre le había dado, representando la Inmaculada Concepción. Morgan amontonó sus propios recordatorios; fotografías de un niño y una niña. Los rebeldes se dividieron en dos grupos y Morgan partió con Menoyo y otros veinte, marchando más de cien millas a través de las montañas.

Se movían normalmente de noche; después, al amanecer, encontraban un sitio protegido y comían los pocos víveres que tenían, durmiendo por turnos mientras los centinelas vigilaban. Morgan, que llamaba a uno de sus rifles automáticos su niño, siempre mantenía su arma cerca. Cuando la oscuridad regresaba, los hombres volvían a marchar, escuchando el sonido de los pájaros carpinteros, el ladrido de los perros y su propio respirar exhausto. Sus cuerpos se debilitaron por el hambre y las barbas cubrieron sus caras creciendo como una jungla. Cuando un rebelde de diecinueve años cayó y se rompió el pie, Morgan lo agarró, asegurándose de que no se quedase atrás.

Una mañana en la marcha, un rebelde estaba forrajeando comida cuando vio cerca de doscientos soldados de Batista en un valle cercano. Los rebeldes se enfrentaban a la aniquilación. A medida que el pánico se extendía, Morgan ayudó a Menoyo a trazar un plan. Prepararían una emboscada, escondiéndose detrás de una serie de grandes piedras, en una formación en U. Era esencial, dijo Morgan, dejar una ruta de escape. Los rebeldes se acostaron detrás de las piedras, sintiendo el calor de la tierra contra sus cuerpos, sus rifles listos contra la mejilla. Antes, algunos de los jóvenes había profesado una alegre indiferencia frente a la muerte, pero su brío se desvaneció a medida que se enfrentaron ante la perspectiva.

Morgan se preparó para el combate. Se había implicado en un conflicto extranjero, y ahora todo corría riesgo. Estaba en el mismo apuro que Robert Jordan, el protagonista americano de Por quien doblan las campanas, que, ayudando a los republicanos en la Guerra Civil Española, debe volar un puente: “Tenía una sola cosa por hacer y debía pensar en ella… preocuparse era tan malo como tener miedo. Hacía las cosas más difíciles.”

Los soldados de Batista se acercaron al puente. Aunque los rebeldes podían oír a las ramas romperse debajo de las botas de los soldados, Menoyo ordenó a sus hombres aguantar el fuego, asegurándose que esta vez Morgan lo entendiese. Pronto, los soldados enemigos estuvieron tan cerca que Morgan podía ver los cañones de sus armas. A Castro le gustaba decir “Patria o Muerte,” Finalmente Menoyo dio orden de disparar. En medio de los gritos, sangre y caos, algunos de los rebeldes se retiraron, pero como Shetterly escribió, “vieron a Morgan al frente de todos, avanzando, completamente centrado en la lucha.”

Los soldados de Batista comenzaron a huir. “Se replegaron,” recuerda Armando Fleites, un médico que estaba con los rebeldes. “Fue una victoria total.”

Más de una docena de soldados de Batista estaban heridos o muertos. Los rebeldes, que tomaron las armas de los soldados muertos, no habían perdido ni un solo hombre, y después enrolaron a Morgan para les enseñase mejores formas de lucha. Un antiguo rebelde recuerda “Me entrenó en la guerra de guerrillas: cómo emplear distintas armas, cómo poner bombas.” Morgan entrenó a los hombres en judo y enseñó como respirar bajo agua empleando una caña hueca. “Habían tantas cosas que él conocía y nosotros no,” dijo el rebelde. Morgan sabía incluso algo de japonés y alemán.

Aprendió español, convirtiéndose en miembro con pleno derecho del grupo, llamado el Segundo Frente Nacional del Escambray. Como otros rebeldes, Morgan hizo juramento de “luchar y defender con mi vida este pequeño pedazo de territorio libre,” de “proteger todos los secretos de guerra,” y de “denunciar a los traidores.” Morgan ascendió rápidamente, primero mandando media docena de hombres, después dirigiendo una columna mayor, y, finalmente, presidiendo sobre varios kilómetros de territorio ocupado.

A medida que Morgan ganaba batallas, las noticias de su curiosa presencia comenzaron a filtrarse. Una estación radial rebelde cubana informó que los rebeldes “dirigidos por un americano,” habían matado cuarenta soldados de Batista. Otro noticiero saludó a un “yankee combatiendo por la libertad de Cuba.” El periódico de Miami, El Diario de las Américas, declaró que el americano había estado con los Rangers que desembarcaron en Normandia y abrieron el paso a las fuerzas aliadas destruyendo instalaciones nazis en la costa francesa antes del Día D.

Agentes de inteligencia estadounidense y cubana también comenzaron a hablar sobre un comando yankee. El verano de 1958, la CIA comunicó rumores sobre un rebelde, “identificado únicamente como El Americano,” que había interpretado un papel crítico “planificando y llevando a cabo actividades guerrilleras,” y que había liquidado virtualmente una unidad batistiana dirigiendo a sus hombres en una emboscada. Un informante dentro de un grupo revolucionario cubano le dijo al FBI que El Americano era Morgan. Otro dijo que Morgan había “arriesgado su vida numerosas veces” para salvar a rebeldes y era considerado “como un héroe entre sus fuerzas por su bravura y atrevimiento.” Los informes eventualmente provocaron una discusión entre las agencias gubernamentales estadounidenses —incluyendo a la CIA, el Servicio Secreto, la Inteligencia militar, y el FBI—para determinar quién era William Alexander Morgan, y para quién trabajaba.

(Continuará…)

* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la más reciente edición del semanario The New Yorker. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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