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Retrato del libro como cómplice

  • May 17, 201212:40h
  • 4 comentarios

A mi amigo Pedro Yanes, que me indujo a escribir esta historia.

Por el tiempo en que me preparaba para ingresar en la universidad, en 1967, publicaron en Cuba la Historia de la literatura universal del belga Paul Van Tieghem, traducida y ampliada en español por Rafael Tasis. El libro, como cualquier otro de su clase, escrito con la ambición de darle cabida a todos los escritores y obras importantes desde la antigüedad, no dejaba de ser un catálogo de nombres y fechas en que se intercalaban las rotundas opiniones del autor. Sin embargo, para un adolescente interesado en el tema podría resultar un útil índice referencial. Servía también a los fines de un obligado canon de lecturas. Tal vez ése era su propósito.

Cuando al año siguiente entré en prisión —que, en más de un sentido, sería para mí una valiosa academia— pedí que me llevaran el libro de Van Tieghem, el cual me acompañó todo el primer año que pasé en el llamado “plan de reeducación”. Al decidir extinguir mi sanción entre los “plantados”, dejé todos mis libros, por temor a perderlos, con uno de mis compañeros reclusos. No bien llegado al Centro de Seguridad No. 4 (que más de 40 años después sigue funcionando como establecimiento penal) y antes de entrar con mi nuevo uniforme amarillo en confinamiento solitario (donde pasé un mes de castigo por haberme declarado en rebeldía), pregunté qué libros me dejaban tener en mi nueva situación. No me olvido que el oficial a quien le hice la pregunta me respondió: “De todo, ¡hasta la Biblia!”.

Un mes después, en enero de 1970, me hacían llegar —no me acuerdo ahora por qué vías— los libros que había dejado en el reclusorio anterior. Entre ellos venía el texto de Van Tieghem, al que acudí muchas veces en busca de algún dato, en medio de las otras lecturas y estudios que emprendí en esos 18 meses que aún habría de pasar en la cárcel. De esa época son unos cuidadosos subrayados en rojo que hacía, auxiliado por una regla, de la información que quería destacar; por ejemplo, del más célebre de los poetas persas resalté lo siguiente: “La forma epigramática de las cuartetas, llamadas ruba’i, ha ganado celebridad universal en la obra de Omar KHAYYAM (?-1123), gracias principalmente a la traducción (o mejor re-creación, infiel en muchos aspectos al original) que de sus Rubaiyat dio el poeta inglés Fitzgerald en el siglo XIX”; o, en otro momento, sobre una de las características de la poesía china antigua: “Estas poesías de la época de Wu están recopiladas en gran parte en un libro, el Yo-fu, nombre que ha designado desde aquel momento a toda colección de poesías acompañadas de música. La tradición hace remontar a este reinado el origen de la poesía como género independiente”.

El último año, de relativo ocio, que viví en Trinidad luego de mi salida de prisión (de mayo de 1971 a mayo de 1972) comencé, por propia iniciativa y sin que mediara ninguna remuneración, mi trabajo de traductor. Me estrené en este oficio del que he vivido por los últimos treinta años con un libro sobre los rollos del mar muerto (The Meaning of the Dead Sea Scrolls de A. Pawell Davies, que puedo ver desde aquí, mientras escribo. La búsqueda de citas de Filón de Alejandría, Flavio Josefo y Plinio el Viejo (que ciertamente habían sido traducidas al español de sus lenguas originales hacía mucho y que quería glosar para mi traducción), me llevó a recurrir al prior de los dominicos en el convento de San Juan de Letrán en La Habana. En respuesta a mi solicitud, el P. Domingo Romero (áspero español de Zamora) me invitó buscar —en tanto la ordenaba— en lo que llamaba la “expoliada” biblioteca del convento, la cual llevaba más de una década cerrada.

Pasé todo el verano del 72 clasificando el polvoriento y derrumbado fondo de la biblioteca de los frailes dominicos por el método decimal de Dewey, que me era algo familiar y para lo cual, además, tomé un cursillo en la Biblioteca Nacional. Al cabo de tres meses —y luego de una vasta selección negativa— se alineaban alrededor de 5.000 volúmenes en una elegante estantería de caoba; pero sin que allí hubiera ni rastro de los textos que me interesaban. Mi trabajo de bibliotecario (casi más bien de arqueólogo) me consumía el día entero. Por la noche, en mi celda, le daba los toques finales a mi traducción sobre los rollos del Mar Muerto. Entre los libros que me acompañaban, junto con algunos diccionarios y unas cuantas novelas, estaba —ya pueden suponerlo— el libro de Van Tieghem.

En septiembre de 1972 ingresé en el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, con el devoto propósito de convertirme en sacerdote de la Iglesia Episcopal. El seminario (institución gobernada por presbiterianos, metodistas y episcopales) tenía un alto nivel intelectual, casi tan alto como la perversidad de algunos hijos de puta que lo dirigían. Allí, en mi cuarto del amplio pabellón de los alumnos solteros —que durante el primer año no compartí con nadie— seguía estando el ejemplar de Historia de la literatura universal que ahora se avecindaba a mi Nuevo Testamento en griego, a la gramática de esta lengua, a la Historia de la Iglesia de Williston Walker, entre unos cuantos libros, propios o prestados, que constituían los fundamentos de mi currículo.

A los pocos meses de estar en el seminario —exactamente en marzo de 1973— conocí a Roberto Valero, entonces un joven de 17 años que cursaba el pre-universitario. Recordaré siempre sus ojos deslumbrantes y su intensa curiosidad intelectual. La amistad entre nosotros prosperó pronto. Él tenía pasión por la naturaleza —las montañas, las cavernas, el mar— y una genuina vocación literaria. Solía venir a verme al seminario y dejaba flores silvestres en mi ventana cuando no me encontraba. Un día, de visita en mi cuarto, se puso a revisar mis libros de estudiante y reparó en el de Van Thiegem. Lo estuvo manoseando con vivo interés y, a la hora de volverlo a su puesto, me dijo:

—Sé que nunca me lo vas a prestar; pero si alguna vez te deshaces de él, acuérdate de mí. Ya es muy difícil conseguirlo.

En febrero de 1975, yo abandonaba el seminario luego de que la facultad me suspendiera por haber denunciado, desde el púlpito de la capilla, el horror del presidio político y el silencio cómplice de las iglesias. Me fui a vivir a La Habana, al Centro Diocesano de la Iglesia Episcopal, en cuyas instalaciones residí los últimos cuatro años que estuve en Cuba. Mi vocación religiosa, hasta entonces bastante firme, empezó a verse insidiosamente agredida por la literatura. Lo que yo tenía, desde niño, por una segunda naturaleza, comenzó a exigir mayores fueros. Escribir no era ya un quehacer subalterno, sino una tarea de primera importancia a la que sólo se oponía mi pereza. Mi estudio del Centro Episcopal no tardó en convertirse en una capilla literaria, frecuentada por escritores y aspirantes a serlo. Un día Roberto —que ya estudiaba en la Universidad de La Habana— me trajo a Reinaldo Arenas, a quien había conocido por unos amigos de Holguín. Arenas se hizo un habitué de este círculo literario (en el que nunca, acaso lamentablemente, tuvieron lugar las orgías frenéticas que él le adjudica en sus memorias a un personaje que se me parece). Los textos literarios fueron desplazando en mi interés a los tratados teológicos que me habían cautivado por los últimos años. Entre mis libros seguía estando la Historia de Van Tieghem que alguna vez me servía para apoyar un dato o una cronología.

Salí de Cuba para Madrid en octubre de 1979. Aunque Roberto me acompañó hasta el aeropuerto, días antes de mi viaje fui a Matanzas para llevarle algunos objetos personales, incluidos algunos libros, entre ellos el que me pidiera años atrás en mi cuarto del seminario. Poco más de seis meses después, y gracias a los sucesos que dieron lugar al puente marítimo Mariel-Cayo Hueso, Roberto y yo nos encontrábamos en Miami para luego terminar viviendo juntos por unos pocos meses en Nueva York.

En octubre de 1980, él ingresó con una beca en la Universidad de Georgetown, en Washington, D.C., y su mujer en Cuba —con quien nunca volvería a reunirse— empezó a enviarle, con fidelísima dedicación, sus libros a Estados Unidos. Entre ellos vendría aquel ejemplar del libro que tan singular complicidad había tenido en mi vida y que ya no era mío. Alguna de las veces que visité a Roberto en Washington, en el nuevo hogar que había fundado con María Badías, debo haberlo visto entre sus anaqueles. No sé si alguna vez llegué a decirle que me habría gustado recuperar aquel libro que ya tenía para mí un valor puramente afectivo; no lo creo. Una sola insinuación me habría valido la más rotunda negativa. Debía entender que los regalos eran irrevocables.

Pasó más de una década. Roberto Valero falleció prematuramente —víctima del mal de la época— en 1994. Poco más de un año antes, como pude constatar después de su puño y letra, había comenzado una lectura rigurosa del libro de Van Tieghem, que conllevaba el ambicioso proyecto de leer muchas de las obras fundamentales que éste citaba y con las cuales se sentía en deuda. Son de entonces, calculo, algunos de los subrayados y anotaciones que aparecen en esa letra descuidada y algo infantil que nunca le abandonó; otras anotaciones más viejas se remontan sin duda a sus años de estudiante en Georgetown.

Pocos meses después de su muerte, fui a Washington a visitar a su viuda, con quien, a lo largo de los años, me ha unido una gran amistad. Fue una reunión triste, en una casa llena de recuerdos del desaparecido —que había sido como la encarnación de la alegría. Casi a punto de despedirme, María me señaló hacia la biblioteca de Roberto, investida ya de un aire de abandono, y me dijo.

—Si quieres llevarte algunos libros.

Yo pasé la vista sin propósito, movido más por el deseo de ser atento que por un auténtico interés y, de pronto, tropecé con el lomo marrón del libro de Van Tieghem.

—Éste tan sólo, que alguna vez fue mío.

Años después, le hice reparar cuidadosamente la encuadernación sin cambiarle las tapas originales. Ya nunca lo consulto, aunque alguna vez, como ahora, movido por una inefable nostalgia, lo abro y lo manoseo. Me doy cuenta de que hace mucho dejó de ser un libro para ser un objeto memorable que, calladamente, da testimonio de buena parte de mi vida.

Vicente Echerri
Nueva York

4 respuestas
Comentarios

  • Jacobo dice:

    Hermoso relato. Lo felicito

    Saludos, Jacobo

  • paco jode dice:

    esto tan bonito deja con la boca abierta a mas de uno…. lo fuerte que puede ser el mensaje que un libro encierra y los vericuetos que recorre en nuestras vidas…. usted es un hombre feliz, lo se porque lo traiciona su forma de escribir….

  • Maria Silvia dice:

    Bello testimonio Vicente. Un buen libro siempre es un amigo. Y no hay nada mas hermoso para validar una amistada que regalar tu libro preferido.

  • Anónimo dice:

    Hermoso y desgarrador.
    Mis respetos,
    Gerardo Fernández Fe.