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Cuba y la tercera etapa del comunismo

  • May 06, 201222:28h
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A medida que Cuba se desliza, a paso de tortuga titubeante, hacia un sistema totalitario con microeconomía de mercado, la castrocracia dominante, que intenta ubicarse en algún sitio político entre China y Corea del Norte, corre el riesgo de no ser absuelta por la historia y quedar cercenada por un cuchillo de palo similar. Me refiero a la cultura del neocomunismo, ese nuevo fantasma que recorre al mundo académico de los países de Europa occidental y los Estados Unidos.

Tras la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama parodió a Marx en su artículo The End of History? (1989), luego ampliado y desarrollado en forma de libro tres años después, y dio un gran empujón teórico al desarrollo del entonces incipiente movimiento de los neoconservadores, quienes trataron de elaborar un soporte filosófico a la etapa de supremacía de las democracias capitalistas. Pero el surgimiento inevitable del supercapitalismo y el incremento en las desigualdades económicas en los últimos veinte años le ha restado empuje y vigencia a las ideas de los “neocons”. Por el otro lado, la falta de una propuesta política por parte de los remedos de la izquierda marxista en los albores del posmodernismo y los desastres administrativos y fiscales de la socialdemocracia europea han llevado a un desencanto total con las opciones tradicionales que presentaba esta tendencia, paralizada ante el fracaso del “estado de bienestar” en todas sus acepciones.

Para llenar este vacío han surgido las nuevas teorías elaboradas por un grupo de teóricos autoproclamados “neocomunistas”, unos muy nuevos y otros más viejos pero con aires renovados, cuyo más sólido exponente intelectual es el francés Alain Badiou, quien ha bautizado a este nuevo proceso, en su tratado The Communist Hypothesis como la tercera etapa del comunismo.

Este movimiento ha ganado en popularidad entre los grupos estudiantiles del mundo occidental, incluyendo a Latinoamérica (tanto, que hace un par de años Hugo Chávez se molestó en responderles). Gana su legitimidad por constituir un ideario sin vinculación a ninguna idea sustentada por el poder y no buscan la modificación del capitalismo, sino su destrucción. No se conecta con el “comunismo real” y trata de evitar el revisionismo histórico, de hecho hablan, en oposición a la sentencia de Marx parafraseada por Fukuyama del “regreso de la historia” pero como algo que se urde a partir de ahora, y urgen a sus seguidores a adoptar el “olvido activo” para no tener que lidiar con el fracaso y la historia criminal de la extinta Unión Soviética.

Para este grupo que, salvo Judith Balso, está compuesto por ese anatema de la corrección política posmoderna, el “hombre blanco occidental”, integrado principalmente por el esloveno Slavoj Zizek, el británico Terry Eagleton, el belga Bruno Bosteels, los italianos Gianni Vattimo y Antoni Negri, y el americano Michael Handt, Cuba es una molestia teórica.

Como rechazan las ataduras con los gobiernos comunistas convencionales que dominaron a Europa y como algunos de ellos en su momento idealizaron al castrismo cuando este se presentaba al mundo tras una fachada timocrática (que quiere decir un sistema de gobierno basado en el honor y la tradición de los héroes políticos y culturales que conforman su ideario, o sea, Mella, Martí, Marx y Maceo repetidos hasta el cansancio como ejemplos de autores intelectuales reencarnados en la figura del Che Guevara y los eslóganes esquineros de Fidel Castro), pero que ahora hace una transición hacia un sistema en la que supuestamente el mercado puede coexistir con la ausencia de la democracia, no solamente quieren disociarse de ella, sino evitar todo eco que pueda tener en sus seguidores latinoamericanos. El éxito de la castrocracia, basado en su capacidad mimética y su total desinterés en el bienestar del pueblo, para mantener el poder, es una cuestión embarazosa para los “neocoms”. Tampoco puede olvidarse que para estos adalides de la restauración de la izquierda europea occidental, el Tercer Mundo, que incluye al llamado Socialismo del Siglo XXI de Chávez y sus adláteres, no puede ofrecer a la corte teórica mas que un taparrabos de ideas.

El movimiento neocomunista es un movimiento fuerte, con un cuerpo de ideas sólido y atractivo para muchos, porque representan una forma seria de oposición al supercapitalismo, al menos en el plano ideal. Sus proponentes son gente bien informada y brillante, desde el cuidadoso ideólogo Alain Badiou, hasta el contradictorio, populachero y vocinglero filósofo de fachada “pop” Slavoj Zizek. Circo y academia se combinan para atraer masas y pensadores. Si bien su influencia actual se limita a las instituciones universitarias, y es probable que no pase mucho mas allá de eso, no es algo desdeñable.

Por su parte Cuba, desechada por el neocomunismo, apoyada pasiva e indiferentemente por gran parte de su población, con un papel mucho menor en el mapa político mundial, y quizá mas adecuado a su realidad, de lo que soñara su ególatra líder, pero sin una esfera pública en la cual se pueda producir un verdadero debate sobre su pasado y su futuro político, cultural y económico, pudiera traducir el éxito de la castrocracia de mantenerse en el poder por mas de medio siglo, en convertirse, como ha advertido Rafael Rojas, en un “mercado sin república”, o, dicho en otras palabras, en un sistema en el cual se perpetuaría la supremacía del poder sobre la ley.

Roberto Madrigal
Cincinnati

PD: A los interesados en abundar sobre este tema, fuera del contexto cubano, les recomiendo dos artículos (aquí y y aquí) de Alan Johnson recientemente publicados en World Affairs. (N. del E.)

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