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Por qué los lectores no se ponen de acuerdo

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    Editor Jefe
  • may 02, 201211:16h
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por Tim Parks

“Me encanta el nuevo DeLillo.”
“Yo lo odio.”

Es una conversación familiar: gusto contra disgusto, sin posible resolución. O alternativamente: “No sé por qué Freedom te irrita tanto. A mí tampoco me gusto, ¿pero a quien le importa?”. Interés contra desinterés; como cuando tu esposa/hermano/amigo/colega divaga sobre algún ganador del Premio Booker o Pulitzer y te sientes vagamente culpable. “Claro,” concedes, “bien escrito, material intrigante.” Pero la verdad es que no podías encontrar energía suficiente como para acabar el libro.

Así que ¿hay algo que podamos decir acerca de tan distintas respuestas? ¿O sencillamente debemos aceptar que De gustibus non disputandum est? El hecho es que el tradicional análisis crítico, a pesar de lo mucho que puede ayudarnos a comprender una novela, rara vez puede alterar el color de nuestra respuesta inicial. Entusiasmo o desencanto pueden ser confirmados o atenuados, pero tan sólo excepcionalmente alterados. Decimos: James Wood/Colm Toibin/Michiko Kakutani admira el libro y ha dado razones convincentes para hacerlo, pero sigo sintiendo que es el peor tipo de literatura de masas.

Dejadme ofrecer una posible explicación que se ha estado desarrollando en mi cabeza desde hace un década y más. Es una creencia central de los sistemas basados en la psicología que cada personalidad se desarrolla dentro del campo de fuerza de una comunidad de origen, usualmente una familia, buscando su propia posición dentro de un grupo preexistente, o “sistema, ” compuesto muy probablemente de la madre, el padre, los hermanos y hermanas, y después de las tías, tíos, abuelos, y todo eso. La destacada psicóloga italiana, Valeria Ugazio, va aún más lejos sugiriendo que este “sistema” familiar también tiene “contenido semántico”; o sea que, axialmente, así como las conversaciones en familia establecen criterios para el elogio y la crítica de los miembros y no miembros de, un tema o problema particular acabará dominando.

En mi familia, por ejemplo, la cualidad que importaba más no fue nunca el valor o la independencia, el triunfo o el espíritu comunitario, sino la bondad, normalmente comprendida como renuncia. Mi padre era un pastor evangélico y mis dos padres formaban parte del Movimiento Carismático. Cada persona, cuestión política, era comprendida en términos del Bien o el Mal. En otra familia el aprecio podía girar principalmente en torno a, digamos, el valor e independencia que alguien ha mostrado, o hasta qué extremo otra persona es timorata y dependiente. En tal familia es justo asumir que una persona habría mostrado un destacado espíritu aventurero mientras que otra rara vez corre riesgos de cualquier tipo.

Así —de acuerdo con la teoría de Ugazio— los miembros de la familia tienden a manifestar las cualidades, positivas y negativas, en torno a las cuales giran las conversaciones del grupo. Por eso, en un momento dado de su adolescencia, mi hermano presumió de ser “malo” en los términos en que mis padres comprendían la palabra: se dejó crecer el pelo, bebió, fumó droga, se encerró en su cuarto con novias guapas, e incluso nos dijo, con una buena parodia de mueca maligna, que era demoníaco. Como el más joven de tres, vi mi propia adolescencia tomar forma bajo la constante presión paterna de escoger entre mi “mal” hermano y mi “buena” hermana, que tocaba la guitarra en la Iglesia y se vestía con ejemplar propiedad.

Cada miembro de la familia que crece, sugiere esta teoría, debe buscar una posición estable dentro de los valores polarizados con los que la familia está más preocupada. Personas que por alguna razón encuentran esto difícil, tal vez arrastrados emocionalmente de un lado e intelectualmente del otro, pueden a veces desarrollar síntomas de incomodidad psicológica; no pueden imaginarse dénde están dentro del grupo; lo que, en una familia, puede no estar lejos de decir que no saben bien quiénes son.

En su destacable libro Historias prohibidas y permitidas, Polaridades semánticas y patologías familiares, que debería aparecer en breve en inglés, Ugazio ofrece ejemplos de ese proceso en conocidas novelas: todos los miembros de la familia Karamazov, señala, pueden ser comprendidos colocándolos en el eje bien-mal: el retorcido Dimitri, el santo Alyosha, y el más complejo y indigno de confianza Iván, que oscila entre los extremos. En Tess de D’Urberville, por otra parte, los personajes son temerosos o atrevidos, pacientes o valientes, pusilánimes u osados. Desde luego tienen también otras cualidades; son gente compleja, completamente trazada, pero es su posición en el eje miedo-valor lo que resulta decisivo a medida que el complot se desarrolla. Los problemas morales en la obra de Thomas Hardy se presentan usualmente a si mismo en la formula: ¿Tengo el valor/atrevimiento de romper esta norma moral convencional?

Cuando escribo críticas uso ocasionalmente este tipo de aproximación para ayudarme a comprender a un escritor. Leyendo docenas de historias de Chéjov recientemente comprendí que el problema clave a lo largo de ellas era la pertenencia: los personajes se preguntan a sí mismos, ¿pertenezco, a esta familia/institución/clase social, o no? ¿Estoy excluido de esta relación, estoy meramente atrapado en este matrimonio? Muchos de los personajes centrales despliegan una ambivalencia acerca de si desean pertenecer al grupo o no: o incluso, quieren ser parte, pero entonces se sienten rebajados por esa participación; necesitan sentirse superiores al grupo o a la relación aparte de formar parte de ella, necesitan escapar, pero si lo hacen se encuentra inmediatamente ansiosos por regresar.

Hasta aquí todo bien. Pero llevemos el argumento un poco más lejos de lo que hace Ugazio. Los teóricos de sistemas (o “teóricos posicionistas” como exige la jerga más reciente) ven como la gente lleva constantemente posiciones desarrolladas dentro de la familia a un mundo más amplio. Algunos de ellos llegan al extremo de decir que la identidad no es nada más (¡y nada menos!) que la posición que uno adopta consistentemente, o intenta adoptar, en cada nueva situación. Como resultado de ello pueden ocurrir malentendidos —tal vez en el trabajo, o en una pareja recién formada— entre gente crecida con diferentes criterios para analizar la conducta. De ahí expresiones como: “No se de dónde viene”; “No lo capta, ¿verdad?”

¿Acaso entre escritores y lectores no se puede dar algo así como el fallo entre dos psiquis para conectarse? O alternativamente, ¿no puede acaso la psiquis del escritor y el lector conectarse poderosamente, pero en una pelea —y no en armonía?

Por ejemplo, no sólo un escritor como Chejov se centra constantemente en temas de pertenencia y escape, sino que lo hace de tal manera que despierta nuestra simpatía hacia la compleja estrategia del comportamiento que él personalmente siempre ha adoptado: una actitud de generosa implicación con otros mientras que no obstante salvaguarda una absoluta independencia y una cierta distancia y superioridad. Muchas de las historias de Chéjov, sobre gente desgraciadamente atrapada en relaciones por un lado, o totalmente excluidas de sus grupos de iguales por otro, pueden ser leídas como advertencias a él mismo (al autor) para no cambiar de estrategia. No todos los lectores pueden conectar con esto.

Veamos los casos de Thomas Hardy y D. H Lawrence. Como en Hardy, la escritura de Lawrence es extremadamente sensible a los temas del miedo y el valor. En Sons and Lovers el veto moral que Miriam coloca sobre el sexo antes del matrimonio es “desenmascarado” por su novio Paul como un mero miedo que encuentra coartada en una convención moral. En un gesto extremadamente atrevido, Paul declara que el enemigo es el miedo, no el sexo. La moralidad victoriana es puesta de cabeza; para aquellos que se aman, insiste Paul, hacer el amor es un imperativo moral. El miedo es una traición a la vida. Mientras escribía esta novela, recordamos, el autor se escapó con una mujer, animándola a abandonar a su esposo y tres hijos pequeños.

Al leer el extraño Study of Thomas Hardy de Lawrence, podemos ver cómo estaba intensamente concentrado en el mundo imaginativo de Hardy; los dos compartían la misma necesidad de encontrar una posición respecto al miedo (uno piensa en un poema como “Snake”). Pero lo que Lawrence odiaba de Hardy era que sus personajes tan a menudo escogiesen no ser valientes, o que cuando son osados y desafiaban las convenciones el gesto sea presentado meramente como atrevido y sean destruidos por el mismo. Siempre tiene que “colocarse con lo normal contra la excepción,” se queja Lawrence. Es como si Hardy se recordase a sí mismo constantemente, a través de su lectura, de todas las razones por las que había permanecido tanto tiempo dentro de un matrimonio desgraciado y por qué siempre insiste en ser visto en la Iglesia incluso cuando no cree en Dios.

Es interesante que en su momento las novelas de Hardy fueran severamente criticadas como inmorales, porque sugerían que la forma en que la sociedad aplastaba los pecadores y sobre todo a los adúlteros era cruel. Hoy día tal crítica no existe y todos (excepto, tal vez, evangélicos como mis padres) están con gusto del lado de Tess, Jude y con todas las otras víctimas de la severidad victoriana de Hardy. Tenemos una forma distinta de ver la vida porque crecimos en sistemas distintos. Lawrence, por otra parte, no ha disfrutado de tal cambio en la respuesta del lector, Es tan franco como un cuentistas, tan determinado a seguir su camino, y tan alegremente despreocupado cuando un personaje pusilánime es apartado a un lado por cualquiera que tenga el valor de vivir la vida plenamente; uno piensa en el pobre Banford en The Fox, despachado sin piedad porque está en el camino de la boda entre Henry y March, o de hecho en el mismo Profesor Weekley, al que Lawrence priva de una esposa extraordinaria.

Lo que sugiero es que gran parte de nuestra respuesta a las novelas puede tener que ver con el tipo de “sistema” o “conversación” dentro del que crecimos y dentro del que tenemos que tomar una posición y establecer una identidad. Dostoievsky me resulta siempre e inmediatamente conmovedor. La cuestión de si alinearse con el bien o el mal, con la renuncia o con la indulgencia, me agarra de golpe y me devuelve derecho a mi adolescencia. Y también despreció el final de sus libros donde el pecador se arrepiente, se arrodilla y ve el error de sus elecciones en un éxtasis de auto humillación. Amo a Dostoievsky, pero discuto furiosamente con él. Lo mismo que con un autor como Coetzee en Disgrace. Me siento encerrado en la misma conversación. Más allá de cualquier cuestión de “gusto”, esos libros me son importantes.

Por otra parte, cuando leo, digamos, al escritor noruego Per Petterson, que de nuevo se preocupa principalmente del miedo, la vulnerabilidad frente a los elementos y el terror de ser abandonado por aquellos en los que más ha confiado, admiró inmensamente su escritura, pero me es difícil interesarme. Cuando se me pidió en dos ocasiones que revisase a Petterson leí cada palabra cuidadosamente y con placer y di a las novelas el elogio que merecían, pero no me apartaría de mi camino para leer otro de sus libros. Su mundo, la perturbadora imaginería que traza, el ritmo y paso de sus frases, se encuentran muy lejos de mis intereses. Las afinidades, como afirma Goethe, son importantes. Pocas obras de arte pueden tener una atracción universal.

Tal vez a eso me refería cuando sugería hace ya algún tiempo que la decisión de un lector de no acabar una novela no debía ser considerada como una crítica irrefutable. Hablando de lo cual, muchos años atrás, después de que mi novela Europa, ya publicada en Inglaterra, fuera sometida a dictamen para una edición estadounidense en Doubleday, recibí de Nan Talese una de esas cartas de rechazo que ningún lector puede olvidar fácilmente. Europa es un recuento obsesivo, rencoroso pero que espero entretenido de la forma en que un hombre lidia con un amor frustrado, con el protagonista, siempre dolorosamente consciente de que no debería quejarse, porque el amor en cuestión era un affaire en el que traicionaba a su esposa. Dudas acerca del bien y el mal, la renuncia y la indulgencia. Podía comprender, respondió Talese, asumiendo erróneamente que el libro era autobiográfico, por qué alguien podía necesitar escribir tal cosa, pero no podía imaginar por qué alguien podría alguna vez querer leerlo. Días después estaba entre los preseleccionados para el Booker Prize. Esa talentosa editora simplemente no estaba en la misma conversación. Afortunadamente para mí, un par de miembros del jurado de los Booker lo estaban.

Este artículo fue publicado originalmente en The New York Review of Books. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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