castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Las palabras silenciosas

  • pd
    Editor Jefe
  • abr 24, 201220:19h
  • + comentarios

por Michelangelo Antonioni

El silencio

Al comienzo de un diálogo, breve, durante el cual se aclara una situación de ruptura disimulada por ambos cónyuges durante años. La costumbre de siempre, la pena de siempre. Pero ahora que finalmente —por casualidad— han comenzado a sincerarse, la mujer quiere llegar al fondo.
—Admite que se acabó. Así todo estará claro y sabremos qué hacer. Basta con saber lo que se quiere. ¿No es así? Responde: ¿no es así?
El hombre asiente sin pronunciar palabra. Ella también calla. Ahora que todo está claro, ahora que son sinceros, no tienen nada más que decirse.
La historia de dos cónyuges que no tienen nada más que decirse. Grabar de una vez y para siempre no sus diálogos, sino sus silencios, sus palabras silenciosas. El silencio como dimensión negativa de la palabra.

* * *

La riña

Leyendo a Borges me topo con la noticia (literaria) de una contienda entre musulmanes e hindúes en la cual queda involucrado el protagonista del relato. Una contienda colosal, en la que se enzarzan unas tres mil personas, cuenta Borges.
Recuerdo otra noticia (auténtica) fechada la última noche del año 63, en Roma. Un centenar de personas que se golpean sin que nadie haya sabido nunca por qué.
Tratándose de gente inmune al fanatismo religioso, la chispa debió haber sido de otro tipo, y probablemente casual y banal. Creo que no es fácil cuando hay tanta gente involucrada en una riña individuar los oponentes ni la razón misma que ha dado origen al pleito. Es una razón que se desmenuza entre tantas otras ligadas a acontecimientos localizados en espacios mínimos.
Veo a esta gente turbulenta dándose golpes de ciego sin saber por qué. Son impulsados por una violencia secreta que no tiene necesidad de razones.

Una película que termina al amanecer en una Roma sucia y vacía.

* * *

Tres días

Recuerdo el prado verde, la casa rojiza, el pavimento de ladrillos cocidos al sol en medio de la hierba. También la muchacha estaba llena de sol. Un sol nórdico como ella. No la había visto nunca antes, me sonreía con mucha naturalidad y yo también le sonreía, pero dejé de hacerlo de pronto para preguntarle si quería venir a vivir conmigo. Un profundo estupor le iluminó la cara. Pero no tan profundo como la pregunta a quemarropa justificaba.
Luego vino a vivir conmigo. Duró tres días. Y fueron tres días de profundo estupor.

* * *

Mataron a uno

Mataron a uno en Ferrara haciéndolo caer con el auto en el Po de Volano. En invierno, con la niebla que difumina el paisaje. El auto se ha quedado toda la noche bajo el agua, con los faros encendidos.

La historia de este hombre resumida en ese momento conclusivo dice bien poco. Algo más debe suceder en aquel lugar, en el curso de esa misma noche, a la luz de aquellos faros bajo el agua. Es demasiado sugestiva esa claridad acuosa, que se agita en la niebla como tras un vidrio esmerilado, para no utilizarla. Y además, debe pasar algo nuevo en la estructura del relato que parta de un hecho —grave como un delito— para llegar a otro que no tiene nada que ver con el primero, sólo que se ilumina con su misma luz.

* * *

¿Ganas de…?

Se da perfecta cuenta de que le ha causado dolor. Dejar a un amante después de seis años de vida en común no es cosa de broma. Y por ello recomienda a sus amigos que se mantengan cerca, que lo ayuden a superar estos malos momentos. No ha pasado un día y ya están todos encima de ella como cuervos. La llaman por teléfono, le piden citas, le escriben notas, incluso le envían flores. Es la primera vez en su vida que recibe flores. Cuando pide noticias del ex amante le responden que está bien, y no logra saber si dicen la verdad. Tiene ganas de sincerarse con él personalmente, pero tomaría su gesto como que ella ha recapacitado, lo cual traería como resultado abrir una situación ya cerrada. Es extraño, sin embargo, que él no dé señales de vida. La asalta la sospecha de que quizás han sido los amigos que le han contado quién sabe qué cosas, tal vez que ella lo engañaba. Decide dirigirse al hijo de él, un adolescente de diecisiete años. Es un tipo sencillo, explícito, que la interrumpe enseguida:
—¿Para qué lo buscas? ¿Tienes ganas de follar?
Ella da media vuelta hacia él. Y le sale una vos áspera, ajena.
—¿Ganas de…?
El muchacho sale tirando la puerta. Y es ese golpe el que la hace entender sin posibilidad de equívoco que su vida ha cambiado realmente, que vuelve a comenzar de cero. Que está sola y no debe tener piedad. Que no será ese sentimiento el que la ayude en la vida.

* Fragmentos del libro Quel bowling sul Tevere (Einaudi, 1983). Traducción de Ernesto Hernández Busto.

Publicado en
0 respuestas
Comentarios

  • matronize