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La paranoia del Estado

  • Abr 24, 201215:59h
  • 2 comentarios

Mi nombre ha quedado estampado en un churroso “Libro de incidencias” del portal del muelle de la lanchita de Regla. Todavía en la casa sentí esa extraña híper atención sobre algún detalle, que siempre después termino descubriendo que era intuición, y fue mientras guardaba en la mochila las tijeras grandes, las que uso para cortar el pelo, en vez de las chiquitas, que usó para las uñas, los hilos, y que no pude encontrar. A mí no me gusta tirar de los hilos, ni morderlos, y en esta ocasión había guardado una aguja y unos hilos en la mochila, además de las tijeras, por si acaso en la calle se me volvían a zafar las tiras de tela cosidas a mis zapatos, que se anudan al tobillo como los de las bailarinas.

Toda esta serie de menudencias las cuento para explicar por qué en mi mochila había unas tijeras en su estuche rojo, y junto a ellas, una aguja, hilos de colores. Yo no pensaba abordar hoy la lanchita de Regla, hasta que Alfredo nos ha invitado a pasear por la Habana Vieja y después de caminar por la Plaza Vieja y perseguir palomas hemos pensado en terminar el paseo en el Cristo de la Habana. Antes me he parado enfrente del Castillo de la Fuerza, y me he acordado de la Cantidad Hechizada, he tratado de pensar en Cuba. Concebir Cuba después de que mi amigo Mario me ha echado en cara mi escasez de patriotismo, porque hace tiempo que olvidé la flor de la pitahaya, el zunzún, la caña de azúcar. Pero a pesar de que he estado cerca de escuchar de nuevo el alma de Cuba saliendo por alguna grieta sulfurosa desde el Hades, ese Hechizo de la Cantidad porfiando con la educación revolucionaria no ha podido librarme del absurdo estatal unos pasos más adelante. Tenía sed y por eso aparecí en el portal del Muelle de la lanchita con un refresco de limón enlatado. Ante toda la parafernalia de seguridad y policías demasiado jóvenes portando armas, esperando para revisar mi mochila, me he sentido conducida al paleo-encéfalo, preguntándome de cuántas formas una lata de refresco podría ser un arma. No he tenido ningún reparo en mostrar el interior de la mochila, de hecho había olvidado las tijeras, hasta que el guardia de seguridad me ha mostrado un cartel que decía que con ese tipo de instrumentos no se puede atravesar la bahía.

—Está bien —le dije yo—, se las dejo y las recojo a la vuelta.

El guardia quiso que le mostrara el carnet de identidad y esa me pareció una solución para poder dejar las tijeras a buen recaudo hasta que regresáramos. Cuando me lo devolvió y yo le ofrecí las tijeras, me dijo:

—No…, pero yo no puedo responsabilizarme con las tijeras.

—¿Y entonces por qué me ha pedido el carnet y ha escrito mi nombre en su “Libro de Incidencias”?

Y adivinen qué me ha dicho:

—Porque es una incidencia.

—¡Yo apenas estoy en el portal…

Insistir en la injusticia de haber escrito mi nombre en un libro tan capcioso, tan sospechoso, me ha parecido tan absurdo que no me ha quedado más remedio que acostumbrarme a la desagradable sensación de haber dejado mi nombre abandonado. Como confío mucho en él, espero que regrese a mí con la misma delicadeza e ingenuidad con que lo he dejado en algún lugar del destino, en alguna membrana del tiempo, membrana espacial. Tratándose de Cuba hay que tener mucho cuidado.

Nunca antes había tenido esa sensación de dejar mi pobre nombre abandonado.

Lilianne Ruiz
La Habana

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2 respuestas
Comentarios

  • Pan con gorgojos dice:

    Y por supuesto el dia que sea necesario podrán decir que es “una delincuente habitual” o como diría el Cardenal Ortega “una antigua delincuente.”

  • beltrán dice:

    ¡Qué poética la represión! ¡Qué suave y delicada la monada!