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El Papa “peregrino” y la Virgen “mambisa”

  • Mar 26, 201216:11h
  • 11 comentarios

Ya viene llegando (el Papa). Irá a Santiago (la cuna). El 26 (como siempre). Lo invitan el Gobierno y la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba para celebrar los 400 años del hallazgo de la imagen de la virgen María en la Bahía de Nipe, hecho verídico y trascendental en la historia nacional.

El embajador de La Habana ante el Vaticano comentaba de este modo las excelentes relaciones entre la Iglesia católica y el gobierno de Raúl Castro: “estamos hablando el mismo idioma y no hay por qué no hablar el mismo idioma. Lo que persigue la Revolución cubana es lo mismo que persigue la Iglesia católica”. La afirmación podría escandalizar a los católicos cubanos opositores del castrismo y a los revolucionarios cubanos indiferentes u hostiles a la Iglesia católica, pero es justa y diplomática. Lo que persiguen por igual la Revolución y la Iglesia es nuestra adhesión sincera a su autoridad doctrinal. De esa adhesión, precisamente, derivan todo su poder.

No se entienden las palabras del embajador cubano porque no se entiende tampoco la Revolución cubana. Sus partidarios y detractores continúan concibiéndola como un movimiento social, una insurrección, un gobierno, un período histórico, unos cambios profundos en las estructuras económicas, políticas y sociales de Cuba en la segunda mitad del siglo XX, un proceso complejo que se agota o transforma poco después de su triunfo o prosigue hasta hoy. Pero la Revolución cubana no es un proceso complejo liderado por Fidel (antes, durante y después de 1959), sino la interpretación ortodoxa de ese proceso como realización de la voluntad popular, el destino nacional y la justicia social. No hay forma de localizar en el tiempo el momento preciso de esa realización porque ella no acontece en el tiempo, sino en el discurso del líder. Su reino no es de este mundo. A semejanza del Dios que nos propone el dogma de la Santísima Trinidad, la Revolución, Fidel y el Discurso de Fidel son el Dios y las tres personas sagradas de la trinidad revolucionaria.

Si uno cae en la cuenta de que la Revolución es sólo ese esfuerzo interpretativo que intenta hacer coincidir los fusilamientos masivos de 1959 con la voluntad popular, la confiscación de propiedades con la justicia social, la creación del partido único con los designios martianos, y así con cada acto nimio o trascendental del poder, se hace más fácil entender los objetivos que persigue. La Revolución es el discurso legitimador de la tiranía castrista y se manifiesta a sus devotos en los textos y símbolos, en los ritos y leyendas, en la iconografía profusa y las puestas en escena que “revelan” el carácter nacionalista, socialista y popular del poder. Como estos actos generan una miseria material y moral evidente, la subsistencia del castrismo depende del poder de convencimiento que tiene la interpretación de sus actos en clave trascendental. Lo que persigue la Revolución es nuestra fe en ese carácter trascendental de un poder a todas luces despótico, absolutista y sectario, interesado en primer término en su propia reproducción.

¿Persigue la la Iglesia católica lo mismo que persigue la Revolución cubana? Por lo pronto, es innegable que están hablando el mismo idioma.

La desaparición del campo socialista en 1989 trajo una pérdida sensible del poder del castrismo, parcialmente resarcida por la ayuda material de la Venezuela de Chávez y el ascenso regional del llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Pero fueron las complicaciones de salud de Fidel Castro en el año 2006 las que debilitaron seriamente la capacidad de innovación, improvisación y reproducción del discurso legitimador revolucionario. Las reformas económicas de Raúl, por su parte, vinieron a minar un poco más su coherencia. Es en este contexto de precariedad económica, debilitamiento ideológico e incoherencia doctrinal que la Iglesia católica ensaya sus avances en Cuba en una alianza estratégica con el poder establecido.

Como en el Seiscientos, la Iglesia cumple hoy en Cuba labores asistenciales que las prestaciones sociales del estado socialista ya ni siquiera aparentan e interviene a favor de los presos políticos triturados por el régimen como alguna vez lo hizo a favor de los esclavos maltratados por sus amos. No es que intente liberarnos del totalitarismo (la Iglesia no se mete en política) sino encaminarnos a todos, víctimas y victimarios, por el sendero del Señor, conocido localmente como el camino del perdón y la reconciliación. La devoción de Cachita y las virtudes teologales se ofrecen hoy a cumplir la misión que alguna vez tuvieron el comunismo científico y la moral socialista hasta la llegada imprevista del Periodo Especial, un término tan en deuda con el doublespeak orwelliano como las “liberaciones” de presos hacia España y la “invitación” a abandonar el recinto de Dios cursada a 13 disidentes por sus hermanos de las brigadas antimotines, a pedido del Arzobispado de La Habana. En la población, es cierto, nadie cree en nada ni en nadie, pero todos asisten a las marchas convocadas por las organizaciones de masas y las organizaciones de misas que han terminado confundiéndose y confluyendo en sus rituales y sitios de devoción.

Resulta reveladora la explotación descarnada de la devoción popular y la pasión nacionalista en que se encuentran asociados el Gobierno y la Iglesia a propósito de esta visita a la isla de Benedicto XVI. Emulando el discurso revolucionario, los obispos cubanos han encontrado conveniente extremar el nacionalismo católico y nos proponen a la Virgen como figura central en la independencia de Cuba. El Papa ”peregrino” y la Virgen “mambisa” se dan cita en los espacios icónicos de la Revolución y hacen su mismo recorrido desde Santiago —la cuna— hasta La Habana —la sede—, dándose un baño de pueblo revolucionario y devoto.

Ignoro si la Iglesia católica cree que puede sustituir el falso mesianismo castrista por su propio mesianismo y ofrecerle a los cubanos del siglo XXI su Doctrina Social como una alternativa política. Se acerca el Papa a la verdad cuando afirma que en Cuba “es hoy evidente que la ideología marxista, tal y como fue concebida, ya no responde a la realidad”. Hace mucho descubrimos que la teocracia cristiana, como las otras teocracias, únicamente responde a los intereses particulares de la jerarquía eclesiástica, no a las aspiraciones de los individuos en la sociedad moderna. Es comprensible el temor de la Iglesia católica y del Gobierno revolucionario ante las sociedades fundadas en el respeto a los derechos y libertades individuales, pues con ellas llega, inevitablemente, la pérdida gradual de su influencia social. Sin rebaños no hay pastores, eso lo saben por igual el General Presidente y el Arzobispo de La Habana. A ambos les urge reanimar la devoción popular en torno a los símbolos de la fe que administran. Es un detalle irrelevante que esa devoción no tenga otro fundamento real que la declaración de Juan Moreno, negro, natural del Cobre, de 85 años, senil, o los discursos de Fidel Castro, blanco, natural de Birán, de 85 años. Lo importante es el show, las imágenes, los símbolos del rebaño y los pastores reunidos en la plaza en torno al Papa “peregrino” y a la Virgen “mambisa”. La Revolución y la Iglesia están “hablando el mismo idioma y no hay por qué no hablar el mismo idioma. Lo que persigue la Revolución cubana es lo mismo que persigue la Iglesia católica”.

Jorge Salcedo
Boston

Foto: EFE.

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11 respuestas
Comentarios

  • ADVIL PM dice:

    OK. Gracias Veroco, no sabia que Cachita tenia nombre compuesto.

  • Veroco dice:

    El nombre completo de Cachita es María de la Caridad. ¿Ya?

  • ADVIL PM dice:

    Gracias Pulido. Pero sigo sin saber la respuesta a mi pregunta: cual fue la virgen que se aparecio en la Bahia de Nipe? Si fue Maria o Cachita la Munequita?

    El texto de Salcedo es excelente!

  • rolandopulido dice:

    No podría estar mas de acuerdo con Salcedo. Quiero aclararle a Advil PM que María era María y que la Cachita de Cuba, es una muñequita de mal gusto hecha de madera, nada que ver con María.

  • gf dice:

    “Sin rebaños no hay pastores”

  • Alexis Callado dice:

    El drama cristiano entre libre albedrío y predestinación divina reaparece también en el debate entre libertad y determinismo social. Como la providencia cristiana, la historia se manifiesta por signos: “las condiciones objetivas”,” “la situación histórica” y otros presagios e indicios que el revolucionario debe interpretar. La interpretación del revolucionario es, como la del cristiano, a un tiempo libre y determinada por las fuerzas sociales que sustituyen a la providencia divina. El ejercicio de esta ambigua libertad implica riesgos mortales: equivocarse, confundir la voz de Dios con la del diablo, significa para el cristiano la pérdida del alma y para el revolucionario la condena histórica. Nada mas natural, desde esta perspectiva, que la deificación de los jefes: a la consagración de los textos como escrituras sagradas y santas y a esto sigue fatalmente la consagración de los interpretes y ejecutores. Así aparece la vieja necesidad de adorar y ser adorado. Padecer por la Revolución equivale al suplicio gozoso de los mártires cristianos.
    Octavio Paz

  • RC dice:

    Excelente análisis!

  • Francisco Escobar dice:

    Con esa hermeneutica nihilista solo se puede llegar hasta el frivolo umbral de la ideologia y su juego de supersticiones. Tanto la doctrina social de la Iglesia como la dialectica de la Revolucion Cubana requieren un analisis mas asintotoco que analogico….
    Salcedo quiso hacer una buena salsa pero metio los dedos y contamino el caldo…

  • ADVIL PM dice:

    Asi mismo, hablan el mismo idioma para atraer a la plebe y perpetuarse.

    Duda, que como ateo que soy no tengo claro: cual virgen fue la que se aparecio en la Bahia de Nipe, Maria o Cachita?

    Pensaba que era Cachita…

  • Pedro Julio Suarez dice:

    Felicitaciones a Jorge Salcedo por este articulo, pura verdad, me lo guardo como material de estudio.

  • Niurki dice:

    Siempre Salcedo la pone como es!! <>