castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Cultura

PD en la red

¿Cuál es la importancia de Virgilio Piñera en la historia de la poesía cubana?

  • mar 12, 201211:25h
  • 5 comentarios

Antón Arrufat nos cuenta que Virgilio Piñera nunca decía “he escrito un poema”; tenía con su poesía una curiosa manía de discreción. Rodríguez Feo tuvo que insistirle para que publicara, en 1969, La vida entera. (La aparente ambición de ese título se esfuma al enterarnos de que se trataba de una broma gay: “la vida entera” era el modo sintético en que Arrufay y Estorino declaraban que a un paseante ocasional particularmente agraciado valdría la pena dedicarle toda la existencia). Para colmo, está esa nota introductoria donde su autor se atribuye el título de “poeta ocasional”. Parece otro de sus gestos irónicos, pero es la primera vez en la literatura cubana que un escritor se cambia la chaqueta de Poeta por el traje gastado de “alguien que escribe poemas”. Porque tras esta modestia, real o aparente, hay una definición estética: Piñera escribía poemas, no libros de poesía. Y no veía el mundo como un poeta, sino como alguien que escribe poemas.

Si Lezama es el Poeta, Piñera son los poemas. Algunos se le perdían o los botaba, otros los regalaba a sus amigos. Los pocos que parecían importarle se los sabía de memoria. Eran las pruebas de una voz que poco a poco se fue despojando de las virtudes del canto. Como dice Rolando Sánchez Mejías, quizás el ars de Piñera fue “el arte de graznar”, ese chillido de arpía con que quebró el cristal de la lírica cubana. Entre nuestros poetas, es Virgilio quien “rompe la vajilla”: fuera los paisajes idílicos, fuera las églogas, fuera la retórica del alma en pena. Bienvenido el cuerpo, los lugares comunes, las frases hechas: tras sus graznidos está el proyecto de una poesía inseparable de la vida, que no ceda ante el juego de las suplantaciones líricas ni escamotee las zonas turbias de lo real.

El gran tema de la poesía de Piñera es lo que él mismo llamó, a propósito de la literatura argentina, el tantalismo: la contradicción entre la mediocridad omnipresente de la realidad y las coartadas literarias que buscan evitarla, el afán de la otra vida, la veneración de una “segunda naturaleza”. Porque Virgilio no se hacía ilusiones con lo cubano: “Sería ridículo, sin haber tenido el apogeo de una cultura pasar como los retóricos de una decadencia. Imposible a las altura que estamos continuar con las soluciones de hace un lustro y medio; entonces ellas funcionaban; hoy no serían sino peso muerto. Orígenes tiene que superar ese delicuescente marbete de morceaux choisis con que se adornan las culturas cuando, habiendo cumplido su fase dinámica entran a esa elegante pero estéril postura de la momia”.

La historia de la literatura cubana moderna es, en gran parte, la narración de esa disputa: el Flaco contra el Gordo, Virgilio solo contra Orígenes. Infiltrado primero en la manière retórica de su adversario, mimetizado en un hermetismo superficial y parodiando a sus admirados sonetistas franceses. Eso no quiere decir, como he leído en alguna parte, que Piñera haya empezado escribiendo “poemas origenistas”: incluso los que publicó en Orígenes tienen un peculiar pulso narrativo. Tampoco hay que olvidar que en los predios de la mitología clásica las Furias (título de su primer poemario) se oponen a las Gracias. Pero es cierto que todavía a principios de los años 40 Piñera solía alternar la alta retórica con la crítica del artificio. Hasta que un día descubrió que todo aquello era mentira, tantalismo puro, y dio la patada del elefante. Su manifiesto Terribilia meditans es mucho más que una crítica a Lezama (para empezar, abusa de la primera persona del plural). Tiene la beligerancia de los panfletos, pero no busca tanto provocar como despertar. “La historia de la poesía en Cuba —dice Piñera— es la de una sostenida resonancia, y la de un gran sueño. La resonancia es Europa; el gran sueño, lo que se ha operado oníricamente, olfatoriamente, al faltarnos el punto de apoyo inevitable de una cultura tradicional”. Cuba se le aparece a Piñera como otra Cuba, aquella divinidad romana que se ocupaba de cuidar el sueño de los niños, y nuestros poetas son como réplicas de Rip van Winkle, siempre de codos en el puente, igual que Milanés. El tantalismo insular, el encantamiento bucólico de “lo cubano”, que había resistido airoso los ataques prosaicos de Mañach, se derrumba finalmente ante el trabajo de zapa hecho por Piñera. “ES por eso que nos preguntamos, con toda ansiedad, si el instrumento es para después de la realidad o la realidad para después del instrumento”

La isla en peso no es un arrebato surrealista sino una elaborada respuesta a esa pregunta, el primer intento radical de nuestra poesía por poner el “instrumento” en función de la “realidad”. Piñera sabe que no basta con escandalizar a los origenistas recordándoles que “en el falo de un negro la Creación se muestra”. No es suficiente con oponer una antimitología antillana a la mitología origenista. También la voz deberá ilustrar la escritura sin proyecto, descomponerse, trascender el alejandrino. Romper el instrumento: convertir el poema en mascarada fónica, en jerigonza pura. Y es así como Virgilio se interna en el inframundo poético de una cubanidad menos etérea que el mimbre airoso con que Vitier teje lo cubano: es el descenso a Pocito, “do la Evabarajera Baró/ dice el padosa/ el pretesén y el pornivé;/ te lo dice sentainstaladanalgadamente/ sobre el periespíritu de Patracleo”.

En los cinco famosos poemas fechados en 1970, “Papreporenmedeloquecanunca”, Lady Dadiva”, “Una flechapasandogato”, “Decoditos en el repuén” y “Si muero en la carretera”, Piñera descoyunta nuestro lenguaje poético, “desfosiliza” la poesía cubana. En otros de esa misma época (“Una noche”, “Y cuando me contó”, “Tararí tarará”) ensaya la antipoesía: su voz no tiene ya ni el más ligero dejo de engolamiento lírico. Hasta que consuma el tránsito del coloquialismo al idiolecto, esa “lengua de Virgilio” que Antonio José Ponte celebra como el gran logro de nuestro escritor: poner a los lectores a hablar en el idioma del poeta.

El “festín para existencialistas” que Vitier, horrorizado, veía tras La isla en peso acabó en una orgía canibalesca: Virgilio abre y cierra nuestras más radicales incursiones en el prosaísmo. (¿Acaso en poemas como “Los muertos de la patria” y “Cuando vengan a buscarme” no tenemos, condensada, toda la poesía civil de Padilla?) Esperemos que dentro de unos años nuestros profesores de literatura abandonen los prejuicios origenistas y se dediquen a explicar las relaciones entre La isla en peso y “La gran puta”, por ejemplo, en vez de repetir los ascos de Vitier.

A partir de 1971, año en que fue condenado al ostracismo absoluto, Piñera dejó de pensar en términos de libro, mucho menos en términos de poemario. Confiaba en que la posteridad se dedicaría a juntar poemas suyos como un ramillete (y ahora, en su centenario, vemos que tenía razón). De ahí esa costumbre de adosarle una fecha a cada uno de sus poemas como alfileres de una colección entomológica: fechados, le recordaban al autor su condición de materia perecedera. Un poema tras otro, un año tras otro, una misma corriente, un flujo vida-obra. Uno de nuestros grandes poetas cumplía así su contradictorio destino de clásico y de poeta ocasional, al mismo tiempo, sin libros definitivos, regurgitando a cada rato desde el turbio vivero de lo inédito.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

Foto: Virgilio Piñera, por Mario García Joya.

Publicado en
5 respuestas
Comentarios

  • Bueno, entiendo perfectamente lo que quieres decir. Dicho así aclara mucho. Pero de verdad, Ernesto, la obra de Virgilio, para ser comprendida, no necesita para nada la comprensión de la mezquindad de Vitier al juzgarla. Mal iría una obra que necesitara de tales recursos para su comprensión. La obra de Virgilio, para ser comprendida, necesita más el conocimiento del Vitier poeta que del Vitier miserable crítico. A Vitier como hombre ya lo tenemos acotado. Se acotó él mismo sin ambages durante su vida (aquella magnífica investigación tuya sobre su epistolario con Florit nos aclaró uno de sus rincones más turbios, por cierto) Insisto, entiendo lo que quieres decir, lo que dices. Sólo temo lo que pueda empobrecernos el hecho de entrar en la obra de Virgilio desbastando su perimundo poético. Como si su obra sólo pudiera emerger de lo otro abatido, sólo pudiera hacerse valer en tales condiciones. Sé que en el fondo no es esa tu intención primera, pero tu entrada, no sé por qué, parecía invitarme a tal dilema. Por eso hice el apunte que hice.

  • pd dice:

    En efecto, hay sitio para todo, pero hay también vías excluyentes. Un canon implica el agon. Yo creo que para entender por qué Virgilio es un gran poeta cubano resulta importante entender la mezquindad de Vitier como crítico a la hora de juzgarlo.

  • Ernesto, aun compartiendo gran parte de lo que dices, ¿por qué me siento inducido por tu texto a apreciar a Virgilio sobre las bases del menosprecio o el desprecio a Orígenes y especialmente a Vitier? En cualquier caso, ¿pudo Virgilio indagar, avanzar en su “protoantipoesía” sin su cuestionamiento a Orígenes? Sin ese contrario de enormes resonancias, ¿se hubiera Virgilio interesado en componer su fragmentaria pero contundente diatriba antiorigenista? Yo creo que la isla, con una imago poética tal vez desproporcionada teniendo en cuenta su edad y su tamaño, tuvo en esa generación (todos incluidos) un momento de concreción muy importante. Pero la concreción en poesía no pasa de ser la alineación de numerosas puertas que, sólo entreabiertas, jamás describirán una línea recta. La línea lezamiana: “el punto que vuela”, tenía un magnetismo enorme porque su vuelo, afinadísimo, perseguía la “definición mejor” de una poesía para la isla entroncada (y no “apófitamente” al modo de una exótica orquídea, sino raigalmente) en lo más esencial de la cultura universal. Mas el trazo serpenteante de ese punto en vuelo por fuerza dejaría los lóbulos necesarios, higiénicos, para representaciones menos afinadas, tal vez más divertidas: Virgilio con un olifante en la orquesta de Stravinsky o Guillén con la tumbadora acompañando a Lorca… Virgilio fue un gran poeta que captó perfectamente los excesos de un país que, según sus propias palabras: tan joven, no sabía definir; y tal vez por ello, debía inhibirse de máscaras apolíneas y aceptar el sino dionisíaco que lo reconciliaría consigo mismo en el teatro de la vida, del absurdo. Lezama y los demás origenistas creyeron estar en el umbral de aquella definición mejor: la lira de Apolo (re) afinada en la revelación cristiana, capaz de entonar su propia música con las notas de siempre pero regodeadas en lo atípico de una isla irreverente. Sí, hay fértil irreverencia tanto en Orígenes como en Virgilio, sólo que con diferentes intensidades, y, sobre todo, con un muy diferente nivel de afinación. Lo que no entiendo es la necesidad que parecemos tener de mantear a uno con la túnica ensangrentada del otro. Debería haber, creo yo, ocasión para todo lo que atesore una calidad inquietante. Virgilio la tiene y los demás origenistas también. Para que Virgilio sea un gran poeta ¿es necesario que no lo sea Vitier? Para que Virgilio haya dado con una vía en la poesía cubana ¿hace falta que no lo haya hecho Lezama? Hay sitio para todo. ¿O no?

  • sonora y matancera dice:

    dentro de la VirgilAncia, todo… fuEra de la PiÑera, nada
    …o en otras palabras, de no haber existido hubiera sido obligarorio inventarlo porque era-es urgente necesidad agarrarnos a su genial y ocasional ira poética dentro de la jungla de inspirados y bellos Poetas cubanos.

    muy buen artículo, EHB

  • matronize