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Un prefacio inédito de Guillermo Cabrera Infante*

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    Editor Jefe
  • Mar 01, 201220:51h
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Un prefacio en la quinta edición

Esta nota, presuntuosa hasta el delirio,
la encontré en El cartucho,
hundida en el olvido —¿o dejada a mi alcance?—.
Parece que Caín la preparó pensando
en un posible éxito de venta de su libro.
Es de una vanidad tan enorme que sería risible,
si no fuera patética.

Sé que debía haber hecho esto hace tiempo: desde el mes de (espacio en blanco), cuando Un oficio del siglo XX alcanzó su tercera edición de diez mil ejemplares a las tres semanas de estar en la calle la primera. No por este olvido, que fue el olvido de la pereza y no de la memoria, se me escapó la importancia que tiene para un autor (joven o viejo, es igual) que un libro suyo alcance tal atención. Todavía no me lo explico y ni siquiera la falsa modestia puede explicarlo. ¿Por qué Un ofidio (sic) es un libro con éxito? Ha habido numerosas —y por tanto simples— explicaciones, que me voy a permitir enumerar:

1) El libro tiene malas palabras
2) El libro contiene literatura erótica
3) El libro ha obtenido publicidad generosa
4) Es un libro de notas
5) La portada es llamativa
6) El título es eficaz
7) El tamaño es apropiado
8 ) El libro tiene un precio económico
9) El libro ha tenido suerte
10) El libro es un libro

Siete de estas diez explicaciones las he oído dondequiera, dos me las ha sugerido el momento, la última sirve para explicar por el absurdo lo inexplicable: ningún autor ha sabido jamás por qué se venden sus libros. Ha tenido, sí, oscuros presentimientos, vanas figuraciones, la sensación de poseer fórmulas intuitivas o científicas: nada de esto, sin embargo, explica el éxito —si es que esta palabra tiene algún significado todavía: Melville murió siendo un oscuro aduanero treinta años después de haber publicado Moby Dick, Stendhal fue leído, según su propia profecía hecha medio siglo atrás, “alrededor de 1890”, Kafka murió en la tisis y en el olvido. Frente a estos “grandes nombres” hay una multitud de pequeños autores que fueron niños mimados del éxito en su tiempo: el olvido actual es inversamente proporcional al renombre que tuvieron en vida: el gran éxito de librería de Francia por el tiempo en que nacía Henri Beyle fueron los veinte olvidados volúmenes de El gran Ciro, de una Madeleine de Scudery; las novelistas en vogue de los tiempos del joven Melville no las puede nombrar hoy el recuerdo; Franz Werfel fue amigo íntimo de su tocayo Kafka. ¿Qué significa el éxito? Es un licor fragante, una ilusoria droga, el anhídrido carbónico en el fondo del mar: se puede subir a la cabeza y puede enviciar y puede matar por asfixia: Françoise Sagan ve con dolor ella misma que cinco años después ya no significa nada.

Pero por otra parte, ¿por qué rechazar el éxito y el dinero como si quemasen? No puedo negar que me gustó que leyeran (y compraran, ¡por favor!) mi libro, este libro y sé que me obliga con ustedes: decía un amigo una vez: “cuando un escritor tiene un público es hora de que comience a pensar en escribir para él” (todavía no sé si este amigo de las Paradojas, esas muchachas contradictorias, quería decir que el escritor debía escribir para el público que ahora tiene o para sí: dejo en manos de la anfibología de la retórica esta duda metafísica). Pero quiero anunciarle que escribo para usted al tiempo que le digo, en confidencia: es por ti que escribo. ¿Qué mas? Nada más, excepto darte las gracias y repetir las palabras del escritor de este siglo que más detestó escribir sub specie eternitatis. Habla, en verso, Bertolt Brecht:

Enseñar sin discípulos
Escribir sin fama
Es difícil…

Ahora, hasta luego y gracias, tú.

G. CAÍN

La Habana, (en blanco) de 19 (en blanco)

* Acaba de salir el primer volumen de las Obras Completas de Guillermo Cabrera Infante, publicado por Galaxia Gutenberg. Por cortesía de su viuda, Miriam Gómez, reproducimos aquí uno de los textos inéditos recogidos en el tomo (pp. 1419-1421), una imaginaria reseña a la quinta edición de Un oficio del siglo XX, para acoger un gigantesco (y no menos imaginario) éxito de ese libro. Las circunstancia de esta broma deliciosa las deja claras Antoni Munné, editor del volumen, en su indispensable prólogo: “Entre los numerosísimos papeles, en su mayoría debidamente ordenados en carpetas, que verán la luz en próximos volúmenes de estas obras completas, hay un incontable material disperso que contiene todo tipo de anotaciones manuscritas en blocs y hojas sueltas, o de cuartillas mecanografiadas, que Cabrera Infante fue agrupando bajo el título de ‘El cartucho’. En medio de este apasionante material disperso, surgieron las dos páginas que cierran el volumen. Iban encabezadas por una nota sobre fondo azul que reproducimos en cursiva al principio del texto. Se diría que esta nota está escrita en una fecha muy posterior, porque ya habla de la existencia de ‘El cartucho’, una idea probablemente de los años ochenta, según nos cuenta Miriam Gómez”.

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