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Acuse de recibo: un texto de Arturo Arango sobre el disenso

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    Editor Jefe
  • Mar 01, 201221:08h
  • 3 comentarios

Acuse de recibo: Desiderio & Arango

De: Desiderio Navarro
Asunto: Vistos desde distintos ángulos: Encuentro de Criterios sobre “El sentido de la esfera pública en Cuba” y lanzamiento del número 37 (4ª época) de la revista Criterios en el 40 Aniversario de la publicación
Para: “Criteria”
Fecha: jueves, 1 de marzo, 2012 09:04

Las sillas, el piso y el espacio en general del Centro Teórico-Cultural Criterios resultaron insuficientes para el numeroso público asistente, eminentemente juvenil, que por más de tres horas participó con gran interés en ambas actividades. Lamentablemente, decenas de personas no pudieron entrar.
Incluimos aquí el texto leído por Arturo Arango en su intervención: “Notas sobre el disenso”.

Fotos de Jorge Luis Baños Hernández, IPS – Inter Press Service

Notas sobre el disenso [1]

Por Arturo Arango

Todos los días, desde hace más de una década, mi amanecer transcurre ante la pantalla de la computadora. Primero que el café o el desayuno, están las informaciones. Es un hábito que puede ser nocivo, perturbador. Unas palabras, algunas líneas, logran con frecuencia cambiar el humor del día, y casi siempre para mal. Sin embargo, mi cabeza necesita esa ubicación, reconocer zonas del contexto en el que actuará durante algunas horas. Sé que me estoy aproximando a un contexto con altas dosis de virtualidad, de manipulación: en verdad, lo que puedo conocer no son más que opiniones en torno a esta realidad en que vivo. Como soy un hombre formado en el intercambio con ficciones, también espero un giro en el curso de ciertos acontecimientos, una sorpresa que genere una dosis de adrenalina mayor para mi despertar.

La rutina misma, su desgaste, me han permitido conocerme mejor, indagar en ese sujeto que espera algún milagro ante la pantalla iluminada. El sentimiento de decepción se ha vuelto tan sistemático como mis acciones. Dado que recibo mensajes de amigos que viven en Cuba o en otras partes del mundo, y que nuestro generoso servidor Cubarte nos permite acceder a la Intranet y también a diarios como El País o La Jornada, esa decepción tiene dos caras. En torno a una, que llamaré exterior, tengo más curiosidad que ilusiones; en torno a la otra albergo sentimientos más conflictivos, en los que se confunden la decepción y la esperanza.

En relación con Cuba, lo que mi inconciente espera continúa irrealizado: mi ansiedad, me doy cuenta, tiene que ver más con el medio que con el mensaje; con la forma del discurso que con el relato con que da comienzo el día. Lo digo muy directamente: espero cambios que se realicen, ante todo, en la forma como los órganos de poder político (Partido, Estado, gobierno) intervienen en la esfera pública.

Trato de decirlo de otra manera, de invertir el punto de vista: los cambios que necesitamos, los que ya están en marcha, me parecen insuficientes y, sobre todo, contradictorios, a veces hasta reaccionarios (en el sentido en que comprendo esa palabra) si no se democratizan los modos de participación en la esfera pública: los modos en que, en un proyecto de sociedad que espero sea de una vez por todas democrático, esa esfera sea pública en un sentido horizontal, en la que “han de estar repartidas por igual no sólo las posibilidades de escuchar y de formarse un juicio privadamente, sino también las posibilidades de expresarse” y de “ser escuchado” (Peters).

Desde mi punto de vista, más que una “actualización del modelo económico”, en Cuba ocurre una disputa por la hegemonía, idea que se refuerza por el hecho de que los cambios parecen emprendidos desde el pragmatismo tecnocrático, sin un programa ideológico que los sustente. Al menos, eso es lo que sabemos a partir de lo que el Partido ha hecho público. La pregunta: ¿Hacia qué tipo de sociedad nos encaminamos? contiene otras muchas interrogantes, como ¿qué clase o grupo social detentará el poder? ¿Cómo se ejercerá ese poder? ¿Quiénes serán sus aliados, quiénes sus enemigos? De acuerdo con Chantal Mouffe, “todo orden es la articulación temporal y precaria de prácticas contingentes. Las cosas siempre podrían haber sido de otra manera, y todo orden se basa en la exclusión de otras posibilidades”.[2] Me parece evidente que la reconfiguración de ese orden, que implica un período, ya prolongado, de dilema nacional, de elección de ese orden posible por encima de otros órdenes probables, requiere de la participación efectiva del mayor número de actores sociales, es decir, una expansión de las opciones para que tales actores se expresen y, sobre todo, para que sean escuchados, tenidos en cuenta, aquellos que pudieran convertirse en “los de abajo”, o continuar siéndolo quizás de una manera más definitiva.

Negar o limitar esos espacios, esas opciones, es contrarrevolucionario, en tanto paraliza los fundamentos mismos de la idea de sociedad en que nos hemos empeñado, pone límites, impide la crítica contra la hegemonía de un nuevo poder económico que ya está operando desde las prácticas capitalistas. Por el contrario, si queremos prolongar este socialismo deberíamos concebirlo sobre todo como democracia, lo que requerirá de abrir esos espacios, inventar formas distintas de participación, aún más cuando, como se reconoce públicamente, “ha surgido un pensamiento crítico —de izquierdas— del modelo vigente y de algunas de las nuevas políticas, opuesto a la disidencia, que discute problemas de representatividad respecto a la expresión de la propia diversidad revolucionaria”.[3]

Insisto en la necesidad de pensar socialismo (o cualquier otra variante no capitalista) y democracia como dos instancias que se potencian y necesitan mutuamente. Sin democracia, la idea de una sociedad distinta se traiciona a sí misma. Pero la democracia necesita ser reconfigurada, es preciso romper un molde que sólo reproduce las formas de dominación capitalistas. También creo, de nuevo con Chantal Mouffe, que “la objetividad social nunca se puede constituir por completo, a resultas de lo cual el consenso totalmente inclusivo y la democracia absoluta no se pueden lograr nunca”. Los recurrentes llamados a una “reconciliación nacional” divulgan siempre su rostro más amable, a la vez que, deliberadamente o no, ocultan el más oscuro: en torno a qué centro de poder se reconstituirá el equilibrio nacional. Para continuar con el ensayo que vengo citando, “tenemos en efecto muchos ejemplos históricos de situaciones en las que la crisis del orden dominante conduce a soluciones de derecha”. Y el propio prefijo supone una conciliación previa: ¿cuál sería entonces el punto 0 de la ruptura? ¿Suponemos que la nación estaba conciliada en 1912, en 1933, en 1958?

Las dificultades para esa otra manera de pensar la esfera pública a la que trato de aproximarme son mayores cuando, además de esa izquierda crítica, se ha fortalecido en los años más recientes “una nueva oposición que se considera a sí misma como democrática liberal, con visibilidad internacional y apoyo de gobiernos y otras fuentes extranjeras que se oponen al proceso político cubano”.[4]

Pero a pesar de ese pensamiento de derecha, que tiene su espacio de difusión principal dentro de la Isla mediante la red, y que cada vez es más activo e intolerante, estoy convencido de que la esfera pública cubana necesita incluir el disenso.

Llegado este punto, es necesaria una breve digresión semántica. En Cuba, la conversión del término “disidente” en sinónimo de oposición contrarrevolucionaria opera también a favor de la demonización del disenso, y en contra no ya de su necesidad sino, incluso, de su legitimidad. Es una palabra que el pensamiento revolucionario cubano se ha dejado arrebatar, y que es imprescindible recuperar. De esta manera, el disenso ha sido víctima del “empleo de un vocabulario con fuerte carga moral”, lo que, de acuerdo con Peters, “obliga a aquellos a quienes se dirige la palabra a meterse en el lenguaje preestablecido y con ello asumir tácitamente ciertas premisas de valores”.

Tengo la impresión de que para los cubanos es cada vez más evidente la imposibilidad de diálogo entre la izquierda y la derecha radical. No existe entre ellas la opción de “domar” los conflictos, de hacerlos “fuctíferos”, es decir, no hay espacio para un “entendimiento discursivo” entre quienes aspiran a reinstalar el capitalismo y quienes negamos esa alternativa de futuro. Ante esa oposición, sin embargo, no creo que las mejores vías de enfrentamiento políticas y éticas sean el silencio mediático y la represión.

Aun entendido como el simple desacuerdo con “el sentir o parecer de alguien”, el disenso ha conocido a lo largo de las últimas décadas casi todas las formas de acallamiento, distorsión y manipulación que describe Peters. Eliminar esos procedimientos, deshacerlos, implicará una refundación no sólo de los medios de difusión, sino de todas las formas en que se interviene en la esfera pública.

Creo también que quienes estamos convencidos de la necesidad de esos cambios hacia una nueva democracia, y nos sentimos comprometidos con ellos, no podemos cometer el error de esperar a que se realicen solo o principalmente desde arriba. Esperar nos convertiría en cómplices de la verticalidad y el autoritarismo que también son la negación de la idea del socialismo. La activa presencia de muchos de los actores de esa nueva izquierda en Internet es prueba de que los cambios en Cuba son más diversos, y mayores, que los que se programan desde los centros del poder político. En esos espacios, mayoritariamente, se formulan “las experiencias de privación, sufrimiento e injusticia que reciben menos atención que otras en las vías establecidas de la formulación de intereses”, o se identifican “los problemas desatendidos”, y se ponen “en circulación propuestas innovadoras de solución de problemas” (Peters), lo que también viene ocurriendo en zonas destacadas del arte y la literatura cubanos contemporáneos.

Pero la expansión de esas ideas, de ese otro pensamiento necesario, puede ser muy limitado. Incluso, es difícil conocer cuán precario es, o acaso si su difusión es mayor de lo que suponemos. En todo caso, puedo especular que tales discursos (como los que provienen del arte y la literatura) se inscriben tan solo en esferas específicas a las que accedemos principalmente intelectuales o profesionales conectados a la red, y a circuitos de reenvíos de correos electrónicos.

Debemos tener en cuenta, además, que “la esfera pública es entendida en la concepción enfática como un elemento por así decir pre- o incluso anti-institucional” (Peters). Aceptar el disenso, aprovechar su conflictividad productiva, implicaría, además, reconocer que él ocurre, primero, en un espacio exterior a las instituciones, las que deberían estar preparadas, según esta normatividad, a crear un ámbito discursivo que incluya una disidencia generada por sus prácticas pero surgida fuera de sus fronteras. Un espacio, también, que no se agote en sí mismo y que pueda ser creador de nuevas formas de relaciones entre lo hegemónico y lo que necesariamente será antihegemónico.

Excluir el disenso es, sobre todo, desatender los reclamos, las expectativas, las necesidades de una parte, mayoritaria o no, de los ciudadanos. Si estamos de acuerdo con que “la formación de opinión y voluntad públicas debe desembocar en una toma de decisión institucionalizada”, entonces es necesario normar de formas más inclusivas el modo como se constituyen la “opinión y voluntad públicas”. El sentido final de esa normativa no sería ya la esfera pública, sino la toma de decisiones, o, lo que es lo mismo, el gobierno, que resultaría radicalmente democratizado.

El socialismo democrático sería, en última instancia, aquel donde los gobernantes, en lugar de mandar, obedezcan la voluntad mayoritaria de aquellos a quienes representan.

[1] Leído en el panel sobre la esfera pública en Cuba organizado por el Centro Teórico Cultural Criterios como parte de la celebración de su aniversario 40, La Habana , 28 de febrero de 2012.
[2] Chantal Mouffe: “Crítica como intervención contrahegemónica”, consultado en la página http://eipcp.net/transversal/0808/mouffe/es, del Instituto Europeo para Políticas Culturales Progres.
[3] Julio César Guanche: “Esto no es una utopía: lo nuevo, lo viejo y el futuro en Cuba”, Temas, sección El Catalejo, 20 de febrero de 2012.
[4] Idem.

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3 respuestas
Comentarios

  • Pepe el Balsero dice:

    Esperemos ahora a que Rafa Rojas le dedique unos minutos a este engendro de ARANDO en el mar: lo hace conceptualmente tierra, a este pobre esclavo que no sabe qué hacer hace siglos para justificar su servidumbre al Tirano.

    Yo, al menos, no puedo leer a ARANDO sin saltarme algunas lineas: es ilegible.

  • Veroco dice:

    Qué manera más complicada de decir “dentro de la revolución, todo…”

  • Gabriel dice:

    ¡Menudo rollo!

    Al final lo que propone Arturo es la libertad de expresión dentro del Castrismo.

    Como si eso fuese posible.

    El día que exista libertad de expresión en Cuba el Castrismo colapsa.