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Los e-books no arden

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    Editor Jefe
  • feb 24, 201215:05h
  • 2 comentarios

por Tim Parks

Entrevistado después de vencer el premio Costa de literatura Inglesa a finales de enero, el distinguido novelista Andrew Miller señaló que mientras asumía que pronto la narrativa popular sería leída en pantalla, creía y esperaba que la literatura seguiría siendo leída en papel. En su discurso de aceptación del premio Man Booker el pasado octubre, Julian Barnes hizo su propio alegato por la supervivencia del libro impreso. Jonathan Franzen también se declaró de la misma fe. En la universidad en que trabajo, algunos profesores, ancianos y jóvenes, reaccionan con desaprobación ante la noción de que alguien lee poesía en un Kindle. Es un sacrilegio

¿Tienen razón?

En términos prácticos, es demasiado fácil defender el e-book. Podemos comprar un texto instantáneamente en cualquier lugar del mundo donde nos encontremos. Pagamos menos. No gastamos papel, no ocupa espacio. El sistema wireless de Kindle mantiene la última página que leímos, incluso si abrimos el libro en un aparato lector distinto de aquel en el que lo dejamos. Podemos cambiar el tipo de letra de acuerdo con la luz y con nuestra vista. Podemos cambiar de fuente tipográfica de acuerdo a nuestros gustos. Amontonados en el metro, hacemos girar las páginas aplicando una ligera presión del pulgar. Tumbados en la cama, no tenemos el problema de tener que emplear las dos manos para mantener un grueso libro abierto.

Pero quiero ir más allá de lo práctico, hacia la misma experiencia de leer y nuestro compromiso con el texto. ¿Qué es lo que estos hombres y mujeres amantes de la literatura temen perder si la novela de papel realmente entra en decadencia? Seguramente no la portada, que a menudo no es más que un depósito de imágenes engañosas y avales tediosamente obsequiosos. Ni el placer de pasear dedos y ojos sobre un papel de calidad, algo que difícilmente cambia si uno lee a Jane Austen o a Dan Brown. Esperemos que no sea la calidad del papel la que determine nuestro aprecio por los clásicos.

¿Podría ser el hecho que el e-book frustra nuestra habilidad de encontrar líneas concretas recordando su posición en la página? ¿O nuestro amor por garrapatear comentarios (de elogio o disgusto) al margen? Es verdad que en el primer encuentro con el e-book nos volvemos conscientes de todos los hábitos que ya no son posibles, esas habilidades desarrolladas a lo largo de muchos años que ya no son relevantes. No podemos hojear tan fácilmente las páginas para ver donde acaba el capítulo en curso, o si este o aquel se van a morir ahora o después. En general, el e-book desanima el ojear, y aunque la barra en la parte baja de la pantalla muestra el porcentaje del libro que ya hemos completado y nos deja saber más o menos donde andamos, no tenemos el tranquilizador sentido que da el peso físico de la cosa (que orgullosos los niños cuando acaban su primer largo volumen), ni los placeres computacionales de los números de página (papá, hoy leí cincuenta páginas). Esto puede ser un problema para los académicos: es difícil dar una referencia correcta si no tienes páginas numeradas.

¿Pero son esas viejas costumbres algo esencial? ¿No estarán realmente distrayéndonos de la palabra escrita? ¿No existieron tal vez placeres específicos cuando se leían rollos de pergamino de los que no sabemos nada y sin los que vivimos felizmente? Ciertamente, hay quienes lamentaron la pérdida de la caligrafía cuando la prensa hizo a los tipos impersonales. Hay algunos que creyeron que los lectores serios siempre preferirían que los libros serios fueran copiados a mano.

¿Cuáles son las características centrales de la literatura como medio y forma artística? Al contrario que en la pintura, no hay imágenes físicas que contemplar, nada que impresione por sí mismo al ojo de la misma manera, dando la misma mirada. Al contrario que en la escultura, no hay un artefacto alrededor del cual pasear y que puedas tocar. No tienes que viajar para ver la literatura. No tienes que esperar en cola o estar en medio de la multitud, o preocuparte de conseguir un buen asiento. Al contrario que en la música, no tienes que respetar su tempo, aceptar una experiencia o una duración fija. No puedes bailar o cantar o tomarte una foto o hacer un video con tu teléfono.

La literatura está hecha de palabras. Pueden ser habladas o escritas. Cuando son habladas, el volumen, la rapidez y el acento pueden variar. Cuando están escritas, las palabras pueden aparecer en tal o cual tipografía sobre cualquier material, con cualquier paginación. Joyce es tanto Joyce en Baskerville como en Times New Roman. Y podemos leer esas palabras a cualquier velocidad, interrumpir o leer tan frecuentemente como escojamos. Cualquiera que lea Ulises en dos semanas no ha leído más ni menos que el que lo lea en tres meses, o tres años.

Tan sólo la secuencia de las palabras debe permanecer inviolada. Podemos cambiar todo sobre un texto excepto las mismas palabras y el orden en que aparecen. La experiencia literaria no descansa en un momento de percepción, o en cualquier contacto con un objeto material (incluso menos en la “posesión” de hermosas obras maestras en nuestras estanterías), sino en el movimiento mental a lo largo de una secuencia de palabras de principio a fin. Más que cualquier otra forma artística es un material puramente mental, tan cercano al que uno puede obtener del mismo pensamiento. Memorizado, un poema es una pieza literaria en nuestras cabezas tanto como lo es en el papel. Es cierto que poseer el objeto —Guerra y Paz o Moby Dick— y organizar estos y otros clásicos de acuerdo con la cronología y la nación de origen nos da una ilusión de control: como si hubiéramos “adquirido,” “digerido” y “colocado” un pedazo de cultura. Tal vez por esto la gente se siente apegada a ellos. Pero de hecho todos sabemos que una vez acabada la secuencia de palabras y el libro cerrado que está en nuestro poder es muy difícil, maravillosamente difícil concretar, una riqueza (o a veces una irritación) que no tiene nada que ver con el pesado bloque de papel en nuestras estanterías.

El e-book, al eliminar todos los cambios en la apariencia y el peso del objeto material que tenemos en nuestra mano y desanimando cualquier cosa menos nuestra atención en donde estamos en la secuencia de las palabra (la palabra una vez leída desaparece, la página que llega aún tiene que aparecer) podría resultar más cercano que el libro de papel a la esencia de la experiencia literaria. Ciertamente ofrece un compromiso más austero, directo, con las palabras que desfilan ante nosotros que el ofrecido por el tradicional libro de papel, sin concedernos la gratificación fetichista de cubrir nuestras paredes de nombres famosos. Es como si uno se liberase de todo aquello ajeno y molesto que rodea al texto para concentrarse en el placer de las mismas palabras. En este sentido, el paso del papel al e-book no es distinto al momento en que pasamos de los libros ilustrados para niños a la versión adulta de la página que es tan sólo texto. Este es un medio para adultos.

Añádase la facilidad de transporte del e-book, su vocación cosmopolita (¿podría el Telón de Acero haber dejado fuera los e-books?), su indestructibilidad (los e-book no pueden quemarse), su promesa de que todos los libros serán capaces de permanecer para siempre disponibles y, lo que es más importante, a precios razonables, y se vuelve cada vez más y más difícil entender por qué los aficionados a la literatura no dan una bienvenida más generosa al fenómeno.

Este artículo fue publicado el 15 de febrero de 2012 en The New York Review of Books. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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2 respuestas
Comentarios

  • PolO dice:

    ¡Viva Kindle!
    Ya se venden más eBooks que sus primos de papel; hoy un Juan de los Palotes cualquiera puede publicar sin costo alguno

  • menendag05 dice:

    Viejo lector y aficionado al disfrute de contemplar la estantería, ordenarla y clasificarla , un placer añadido si se quiere a la lectura y su contenido, me costó un poco entrar al mundo de los Ebook. Sin embargo, confieso que las ventajas son evidentes. Siempre me preocupaba que un nuevo desplazamiento en mi vida un tanto nómada, implicaría la pérdida de la colección, porque su transporte sería engoroso y caro.
    Cuesta un poco acostumbrarse a la tecnología y las continuas trampas de los que ofertan los ejemplares, pero finalmente, creo que, al menos , para mi, será la biblioteca del futuro
    Pericles