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Sin desvanecernos: contra el mito de la decadencia norteamericana

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    Editor Jefe
  • feb 15, 201212:28h
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Por Robert Kagan

Nota del editor. En su discurso acerca del estado de la Unión del 24 de enero, el Presidente Barack Obama argumentó: “Quienquiera que os diga que América está decayendo o que nuestra influencia se desvanece, no sabe de qué está hablando.” De acuerdo a un informe de Foreign Policy, el Presidente estaba bajo la influencia del presente artículo, aparecido originalmente en The New Republic. Las opiniones de Robert Kagan sobre el papel de América en el mundo se ven ampliadas en un nuevo libro, The World America Made.

I
¿Está Estados Unidos en decadencia, como tantos parecen creer estos días? ¿O están los americanos en peligro de cometer un suicidio preventivo como gran poder, debido a un temor fuera de lugar sobre su propio poder en decadencia? Mucho depende de cómo contestemos estas preguntas. El actual orden mundial —caracterizado por un número sin precedentes de naciones democráticas; la mayor prosperidad global, incluso en medio de actual crisis mundial; y una larga paz entre los grandes poderes— refleja los principios y preferencias norteamericanos, y ha sido construida y preservada por el poder norteamericano en todas sus dimensiones políticas, económicas y militares. Si el poder americano decae, el orden mundial también decaerá con él. Será remplazado por otro tipo de orden, que reflejará los deseos y cualidades de otros poderes mundiales. O tal vez simplemente colapse, como el orden europeo colapsó en la primera mitad del siglo XX. La creencia, sostenida por muchos, de que incluso con un poder norteamericano disminuido “los fundamentos subyacentes del orden liberal internacional sobrevivirán y prosperarán,” como ha argumentado el politólogo G. John Ikenberry, es una ilusión agradable. La decadencia norteamericana, si es real, significará un mundo distinto para todos.

¿Pero qué tan real es? Gran parte de los comentarios de la decadencia americana descansan estos días en análisis bastante vagos, en impresiones de que Estados Unidos ha perdido su camino, ha abandonado las virtudes que lo hicieron exitoso en el pasado y le falta la voluntad para enfrentarse con los problemas. Los norteamericanos miran a otras naciones cuyas economías están ahora en mejor estado que la propia y parecen tener el dinamismo que América tuvo antaño, y se lamentan, según el título del último libro de Thomas Friedman, de que esos “solíamos ser nosotros.”

La percepción de decadencia hoy es ciertamente comprensible, dada la desgraciada situación económica desde el 2008 y los grandes déficits fiscales de la nación, que, combinados con el continuo crecimiento de China, India, Brasil, Turquía y otras economías, parecen amagar un significante e irreversible cambio en el poder económico mundial. Algo del pesimismo se debe a la creencia de que Estados Unidos ha perdido el favor, y en consecuencia la influencia, de gran parte del mundo, por sus varias respuestas a los ataques del 11 de Septiembre. Los centros de detención en Guantánamo, el empleo de la tortura contra sospechosos de terrorismo y la muy condenada invasión de Irak el 2003 han manchado la “marca” americana y mellado el “soft power” americano —su habilidad para atraer a otros hacia su punto de vista. Ha habido guerras llenas de dificultades en Irak y Afganistán, que muchos argumentan han probado los límites del poder militar, llevado por Estados Unidos más allá de sus capacidades, y debilitado la nación en su esencia. Algunos comparan Estados Unidos al Imperio Británico a finales del siglo XIX, con Irak y Afganistán como equivalentes a la difícil y desmoralizadora, para Inglaterra, Guerra de los Boers.

Con esta amplia percepción de la decadencia como telón de fondo, cada fracaso internacional de Estados Unidos tiende a reforzar esa impresión. Árabes e israelitas se niegan a hacer las paces, a pesar de las súplicas americanas. Irán y Corea del Norte desafían las demandas americanas de que cesen sus programas de armas nucleares. China se niega a dejar que su moneda gane valor. El fermento en el mundo árabe escapa el control americano. Cada día, según parece, trae nuevas pruebas de que ha pasado el tiempo en que Estados Unidos podía guiar al mundo y hacer que otros siguiesen sus órdenes.

No importa lo poderoso que ese sentido de la decadencia pueda ser, sin embargo merece un examen más riguroso. Medir los cambios del relativo poder de una nación es un asunto complicado, pero hay algunos indicadores básicos: el tamaño e influencia de su economía en relación con la de sus adversarios potenciales, el grado de influencia política que ostenta en el sistema internacional —que en conjunto forman lo que los chinos llaman el “poder nacional íntegro.” Y está el asunto del tiempo. Los juicios basados en pruebas de tan sólo unos pocos años son problemáticos. La decadencia de un gran poder es producto de cambios fundamentales en la distribución internacional de varias formas de poder que usualmente ocurren durante periodos de tiempo más largos. Los grandes poderes raramente decaen de forma súbita. Una guerra puede derribarlos, pero incluso eso es usualmente un síntoma, y la culminación de un periodo más largo.

La decadencia del Imperio Británico, por ejemplo, ocurrió a lo largo de varias décadas. En 1870, la parte británica de la manufactura mundial era superior al 30%. En 1900, era el 20%. En 1910 era menos de un 15% —muy por debajo de los ascendentes Estados Unidos, que habían subido en el mismo periodo de más de un 20% a más de un 28%; y también menos que Alemania, que había ido muy por detrás de Inglaterra a lo largo del siglo XIX pero la había alcanzado y superado en la primera década del siglo XX. A lo largo de ese periodo, la marina inglesa pasó de ser maestra sin rival de los mares a compartir el control de los océanos con poderes navales en ascenso. En 1883, Inglaterra poseía más navíos de guerra que todos los demás poderes combinados. En 1897, su dominio se había eclipsado. Los oficiales británicos consideraban a su flota “completamente anticuada” en el hemisferio occidental, superada por Estados Unidos, en el Asia Oriental por Japón, e incluso más cerca de casa por las flotas combinadas de Rusia y Francia —y eso antes del amenazador crecimiento de la marina alemana. Esta era una decadencia clara, mensurable, en dos de las más importantes medidas de poder a lo largo de medio siglo.

Algunos de los argumentos acerca de la relativa decadencia norteamericana estos días serían más potentes si no hubieran aparecido en vísperas de la crisis financiera de 2008. Así como una golondrina no hace primavera, una recesión, o incluso una severa crisis económica, no significa el comienzo del fin de un gran poder. Estados Unidos ha sufrido profundas y prolongadas crisis económicas en las décadas del 1890, en 1930 y en 1970. En cada caso, rebotó en la década siguiente y en realidad acabó con una posición relativa más fuerte que la que tenía frente a otros poderes antes de la crisis. Las décadas de 1919, 1940 y 1980 fueron los puntos altos del poder global y la influencia norteamericana.

Hace menos de una década, la mayor parte de los observadores no hablaban de la decadencia norteamericana sino de su continuada primacía. El 2002, el historiador Paul Kennedy, que a finales de los ochenta escribió un muy discutido libro sobre el “ascenso y caída de los grandes poderes,” América incluida, declaraba que nunca en la historia había existido tan gran “disparidad de poder” como entre Estados Unidos y el resto del mundo. Ikenberry coincidía en que “ningún otro gran poder” había tenido “tan formidables ventajas en su capacidad militar, económica, tecnológica, cultural o política… La preeminencia del poder norteamericano carece de precedentes.” El 2004, el pundit Fareed Zakaria describió a los Estados Unidos disfrutando de una “amplia unipolaridad” como algo no visto desde Roma. Pero tan sólo cuatro años más tarde Zakaria estaba escribiendo sobre el “mundo post americano” y el “ascenso del resto,” y Kennedy estaba discurseando de nuevo acerca de lo inevitable de la decadencia americana. ¿Habían cambiado los fundamentos del relativo poder norteamericano en tan pocos años?

La respuesta es no. Comencemos con los indicadores básicos. En términos económicos, y a despecho de los actuales años de recesión y crecimiento lento, la posición norteamericana en el mundo no ha cambiado. Su parte del Producto Interno Bruto mundial ha permanecido sorprendentemente estable, no sólo durante la pasada década sino durante las pasadas cuatro décadas. En 1969, Estados Unidos producía aproximadamente una cuarta parte de la producción económica mundial. Hoy sigue produciendo aproximadamente una cuarta parte, y sigue siendo no sólo la economía más grande sino también la más rica del mundo. La gente está correctamente asombrada por el ascenso de China, India y otras naciones asiáticas cuya parte de la economía global ha estado subiendo de forma continuada, pero esto ha sido hasta ahora casi enteramente a expensas de Europa y Japón, que tienen una parte decreciente en la economía global.

Los optimistas respecto al desarrollo de China predicen que superará a Estados Unidos como la economía más grande del mundo en algún momento durante las dos próximas décadas. Esto podría significar que Estados Unidos se enfrentará a un creciente desafío a su posición económica en el futuro. Pero el mero volumen de una economía no es por sí mismo una buena medida del poder total dentro del sistema internacional. Si fuera así, la China de principios del siglo XIX, por aquel entonces la economía más grande del mundo, hubiera sido el poder predominante en lugar de la postrada víctima de naciones europeas más pequeñas. Incluso si China alcanza de nuevo ese pináculo —y los líderes chinos se enfrentan a obstáculos significativos para mantener indefinidamente el crecimiento de la nación— seguirá estando muy por detrás de Estados Unidos y Europa en términos de PIB per cápita.

La capacidad militar también importa, como aprendió la China del siglo XIX y como bien saben los líderes chinos de hoy. Como Yan Xuetong indicó recientemente, “la fuerza militar apuntala la hegemonía.” En esto Estados Unidos permanece sin rival. Es con mucho y de lejos la nación más poderosa que el mundo ha conocido, y no ha habido decadencia en la capacidad militar relativa de Estados Unidos —al menos no aún. Los americanos gastan ahora menos de 600 billones de dólares al año en defensa, más que el resto de todos los otros grandes poderes combinados. (Esta cifra no incluye el despliegue en Irak, que está en terminando, o las fuerzas de combate en Afganistán, que probablemente disminuyan en los próximos dos años.) Además, lo hace consumiendo menos del 4% del PIB anual —un porcentaje más alto que los otros grandes poderes, pero en términos históricos más bajo que el 10% del PIB que Estados Unidos gastó en defensa a mediados de los cincuenta y del 7% que gastó a finales de los ochenta. El mayor gasto minusvalora la actual superioridad americana en capacidad militar. Las fuerzas americanas de tierra y aire están equipadas con el armamento más avanzado, y son las más experimentadas en combates reales. Pueden derrotar a cualquier contrario en una batalla abierta. El poder naval americano sigue siendo el predominante en cualquier región del mundo.

Al menos según esos patrones militares y económicos, Estados Unidos hoy no es ni remotamente como Inglaterra alrededor del 1900, cuando la relativa decadencia de aquel Imperio comenzó a hacerse evidente. Es más como Inglaterra alrededor de 1870, cuando el Imperio estaba en lo más alto de su poder. Es posible imaginar un tiempo en que este deje de ser el caso, pero ese momento aún no ha llegado.

¿Qué pasa con el “ascenso del resto” —la creciente influencia de naciones como China, India, Brasil y Turquía? ¿No recorta eso la influencia y el poder norteamericanos? La respuesta es: depende. El hecho de que otras naciones del mundo disfruten periodos de elevado crecimiento no significa que la posición de América como poder predominante esté en declive, o incluso que “el resto” esté acercándose en términos de poder total e influencia. La participación de Brasil del producto bruto mundial era poco más de un 2% en 1990 y permanece en un 2% hoy. La gente, especialmente en el mundo de los negocios, está naturalmente excitada ante estos mercados emergentes, pero sólo porque una nación sea una atractiva oportunidad de inversión no significa que sea un gran poder en alza. La riqueza importa en la política internacional, pero no hay una correlación simple entre crecimiento económico e influencia internacional. No está claro que una India más rica hoy tenga más influencia en el escenario mundial que la India más pobre en los cincuenta, con Nehru, cuando era la líder del movimiento de los No Alineados, o que Turquía, a pesar de toda la independencia y brillo del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, realmente tenga más influencia hoy que hace una década.

En cuanto al efecto de esas economías crecientes en la situación de Estados Unidos, todo depende de quien crezca. El problema para el Imperio Británica a principios del siglo XX no era su substancial declive en relación a Estados Unidos, un poder generalmente amistoso cuyos intereses no estaban fundamentalmente en conflicto con los ingleses. Incluso en el hemisferio occidental, el comercio inglés aumentó a medida que cedía el dominio a Estados Unidos. El problema era la relativa decadencia inglesa con respecto a Alemania, que buscaba la supremacía en continente europeo y buscaba competir con Inglaterra en alta mar, y en ambos aspectos amenazaba la seguridad central de Inglaterra. En el caso de Estados Unidos, el dramático y rápido ascenso de las economías alemana y japonesa a lo largo de la Guerra Fría redujo la primacía americana mucho más que el reciente “ascenso del resto.” La participación americana del producto bruto mundial, cerca del 50% después de la Segunda Guerra Mundial, cayó aproximadamente un 25% a principios de los setenta, donde ha permanecido desde entonces. Pero ese “ascenso del resto” no debilitó a Estados Unidos. Si acaso, lo reforzó. Alemania y Japón eran, y son, aliados democráticos cercanos, pilares del orden mundial norteamericano. El crecimiento de sus economías inclinó la balanza contra el bloque soviético y ayudó a traer su fin.

Al sopesar el impacto de las economías crecientes de otros países en la actualidad, uno tiene que hacer el mismo tipo de cálculos. El crecimiento de la economía brasileña, o de la india, ¿disminuye el poder global americano? Ambas naciones son amigas, y la India es cada vez más un socio estratégico de Estados Unidos. Si el futuro competidor de EE UU en el mundo es probablemente China, entonces una India más rica y poderosa sería una baza, no un riesgo, para Estados Unidos. En definitiva, el hecho de que Brasil, India, Turquía y Sudáfrica estén disfrutando un periodo de crecimiento económico —que puede o no durar indefinidamente— es o irrelevante para la posición estratégica de América o lo beneficia. En la actualidad, se puede decir que tan sólo el crecimiento de la economía china puede tener implicaciones para el poder americano en el futuro, y hasta ahora tan sólo los chinos convierten parte de su creciente fuerza económica en fuerza militar.

II
Si Estados Unidos no está decayendo según estos patrones básicos del poder, ¿no es menos cierto que su influencia ha disminuido, que le cuesta cada vez más conseguir resultados en el mundo? La casi universal idea preconcebida es que Estados Unidos ha perdido realmente influencia. Cualquiera que sea la explicación —decadencia norteamericana, el “ascenso del resto,” el aparente fracaso del modelo capitalista norteamericano, la naturaleza disfuncional de la política americana, la creciente complejidad del sistema internacional— es ampliamente aceptado que Estados Unidos ya no puede dar forma al mundo para que éste se ajuste a sus intereses e ideales como antaño. Cada día parece traer más pruebas, a medida que las cosas que suceden en el mundo parecen a la vez contrarias a los intereses norteamericanos y más allá del control norteamericano.

Y desde luego es cierto que muy a menudo Estados Unidos no es capaz de conseguir lo que quiere. Pero es que nunca pudo. Muchas de las impresiones de hoy sobre la decadencia de la influencia norteamericana están basadas en una falacia nostálgica: que hubo un momento en que Estados Unidos podía dar forma al mundo de acuerdo con sus deseos, y podía conseguir que otras naciones hiciesen lo que se quería que hicieran, y, como el politólogo Stephen M. Walt indicó, “administrar la política, la economía y los arreglos de seguridad de casi todo el mundo.”

Si vamos a sopesar la posición relativa de EE UU hoy, es importante reconocer que esa imagen del pasado es una ilusión. Ese tiempo nunca existió. Tendemos a recordar los primeros años de la Guerra Fría como un momento de completo dominio global norteamericano. No fue así. Estados Unidos consiguió algunas cosas extraordinarias en aquella era: el Plan Marshall, la OTAN, las Naciones Unidas, el sistema económico de Bretton Woods dieron forma al mundo tal y como lo conocemos hoy. Y sin embargo por cada gran triunfo a principios de la Guerra Fría, hubo por lo menos un retroceso igualmente monumental.

Durante los años de Truman, tuvimos el triunfo de la revolución comunista en China en 1949, que funcionarios norteamericanos vieron como un desastre para sus intereses en la región y que realmente se probó costosa; a falta de algo mejor, fue un factor importante pues empujó a Corea del Norte a atacar al Sur en 1950. Pero como concluyó Dean Acheson, “el ominoso resultado de la guerra civil china” se había probado “más allá del control de los Estados Unidos…,” producto de “fuerzas que este país intentó influenciar pero no pudo.” Un año después llegó el ataque norcoreano contra Corea del Sur, no previsto y para el que no se estaba preparado, y la intervención americana, que, después de más de 35.000 norteamericanos muertos y casi 100.000 heridos, dejó la situación casi exactamente igual a como había sido antes de la guerra. En 1949 llegó incluso la peor de las noticias: la adquisición soviética de la bomba atómica y el final del monopolio nuclear sobre el que se basaba la estrategia militar americana y el presupuesto de defensa.

Un año después, el famoso documento estratégico NSC-68, advertía de la división creciente entre la fuerza militar norteamericana y sus compromisos estratégicos globales. Si las actuales tendencias continúan, declaraba, el resultado supondría “una seria decadencia en la fuerza del mundo libre en relación con la Unión Soviética y sus satélites.” La “integridad y vitalidad de nuestro sistema,” declaraba el documento, estaban “en mayor peligro que nunca antes en nuestra historia.” Douglas MacArthur, en su discurso programático en la Convención Nacional Republicana en 1952, lamentaba el “alarmante cambio en la balanza del poder mundial,” “el peso ascendente de nuestros compromisos fiscales,” el poder creciente de la Unión Soviética, “y nuestro relativo declive.” En 1957, la Comisión Gaither informó que la economía rusa estaba creciendo mucho más rápido que la de Estados Unidos y que en 1959 Rusia sería capaz de alcanzar suelo americano con cien misiles balísticos intercontinentales, lo que empujó a Sam Rayburn, portavoz de la Cámara, a preguntarse, “¿Para que sirve una buena economía y un presupuesto balanceado, si perdemos nuestra vida nacional y los rublos rusos se convierten en la moneda del país?”

Tampoco Estados Unidos fue siempre capaz de persuadir a otros, incluso a sus más cercanos aliados, de hacer lo que quería, o de dejar de hacer lo que no quería. En 1949, Acheson intentó y fracasó en impedir que aliados europeos, incluyendo a los ingleses, reconociesen a la China comunista. En 1954 la administración Eisenhower fracasó en cumplir sus objetivos en la Conferencia de Ginebra sobre Vietnam y se negó a firmar los acuerdos finales. Dos años después trató de impedir que los ingleses, franceses e israelitas invadiesen Egipto por el cierre del Canal de Suez, tan sólo para verles lanzar una invasión sin la aprobación de Washington. Cuando Estados Unidos se enfrentó con China por las islas de Quemoy y Matsu, la administración Eisenhower intentó y fracasó en obtener una prueba de apoyo por parte de los aliados europeos, haciendo que John Foster Dulles temiese que la OTAN “comenzaba a desmoronarse.” A finales de los cincuenta, Mao creía que Estados Unidos era un superpoder en decadencia, “temeroso de aceptar nuevos compromisos en el Tercer Mundo y cada vez más incapaz de mantener su hegemonía sobre los países capitalistas.”

¿Y qué pasaba con el “soft power”? ¿No era acaso cierto que, como el politólogo Joseph S. Nye Jr. había argumentado, Estados Unidos solía “conseguir lo que quería en el mundo” debido a los “valores expresados” por la cultura americana tal y como se reflejaba a través de la televisión, las películas y la música, y por lo atractivo de sus políticas doméstica y exterior? Esos elementos del soft power hacían que otros pueblos alrededor del mundo quisieran seguir a Estados Unidos, “admirando sus valores, emulando su ejemplo, aspirando a su nivel de prosperidad y apertura.”

De nuevo la verdad histórica es más complicada. Durante las tres primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, buena parte del mundo no admiraba a Estados Unidos ni trataba de emularlo, y no estaba particularmente complacida con la forma en que se conducía en temas internacionales. Sí, la prensa americana repartía cultura americana, pero repartía imágenes que no siempre eran elogiosas. En los cincuenta el mundo pudo ver imágenes televisadas de Joseph McCarthy y la caza de comunistas dentro del Departamento de Estado y Hollywood. Las películas americanas retrataban el sofocante conformismo capitalista de la nueva cultura corporativa americana. Las novelas más vendidas como The Ugly American pintaban el retrato de la intimidación y la grosería americanas. Estaban las batallas sobre la segregación de los cincuenta y los sesenta, las imágenes globalmente transmitidas de blancos escupiendo sobre escolares negros y de la policía azuzando a sus perros contra manifestantes negros. (Esos también “solíamos ser nosotros”). Dulles temía que el racismo de América estaba prácticamente “arruinando” la imagen global norteamericana, sobre todo en el llamado Tercer Mundo. A finales de los sesenta y principios de los setenta llegaron los disturbios de Watts, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, el tiroteo de Kent State, y después el escándalo de Watergate, que sacudió al gobierno. No eran el tipo de imágenes que podían provocar amor hacia Estados Unidos en el resto del mundo, no importa cuántas películas de Jerry Lewis y Woody Allen hubiera en los cines parisinos.

Tampoco gran parte del mundo encontraba la política americana particularmente atractiva durante aquellos años. Eisenhower anhelaba “conseguir que alguna de la gente en esos países desolados nos quisiera en vez de odiarnos,” pero los derrocamientos orquestados por la CIA de Mohammed Mossadegh en Irán y Jacobo Arbenz en Guatemala no ayudaban. En 1957, manifestantes atacaron la caravana del vicepresidente en Venezuela, chillando, “¡Nixon, vete!”, “¡Fuera perro!”, “¡No olvidamos Guatemala!” En 1960, Jrushchev humilló a Eisenhower cancelando una cumbre cuando una avión espía fue derribado sobre Rusia. Más tarde aquel mismo año, en su camino a una visita de “buena voluntad” en Tokio, Eisenhower tuvo que dar marcha atrás en medio vuelo cuando el gobierno japonés le advirtió que no podía garantizar su seguridad contra estudiantes que protestaban contra el “imperialismo” norteamericano.

Los sucesores demócratas de Eisenhower no lo hicieron mucho mejor. John F. Kennedy y su esposa fueron amados durante un tiempo pero el lustre norteamericano se desvaneció tras su asesinato. La invasión de República Dominicana por Lyndon Johnson en 1965 fue condenada no tan sólo en América Latina sino también por los aliados europeos. De Gaulle advirtió a funcionarios americanos que Estados Unidos, como “todos los países que han tenido exceso de poder,” ha llegado a “creer que la fuerza puede resolverlo todo” y pronto aprendería que ese “no era el caso.” Y desde luego llegó Vietnam —la destrucción, las escenas de napalm, la matanza de My Lai, la incursión secreta a Camboya, el bombardeo de Hanoi, y la percepción general de un superpoder colonialista occidental machacando a un pequeño pero desafiante país del Tercer Mundo para someterlo. Cuando el vicepresidente de Johnson, Hubert Humphrey visitó Berlín Occidental en 1967, el centro cultural americano fue atacado, miles de estudiantes protestaron las políticas americanas y se barajaron rumores de intento de asesinato. En 1968, cuando millones de jóvenes europeos salieron a la calle no estaban expresando su admiración por la cultura americana.

La gran mayoría de las naciones alrededor del mundo tampoco trataba de emular el sistema norteamericano. En las primeras décadas de la Guerra Fría, muchos se vieron atraídos hacia las economías china y soviética controladas por el Estado, que parecían prometer crecimiento sin los molestos problemas de la democracia. Las economías del bloque soviético habían crecido con índices tan altos como las occidentales durante gran parte de ese periodo, en gran parte debido a una fuerte demanda dirigida por el Estado hacia la industria pesada. De acuerdo con Allen Dulles, el director de la CIA, muchos líderes del Tercer Mundo creían que el sistema soviético “tenía mucho más que ofrecer en forma de resultados rápidos que el sistema estadounidense.” Dictadores como Nasser en Egipto y Sukarno en Indonesia encontraban el sistema dominado por el Estado especialmente atractivo, pero también lo hacía Nehru de la India. Los líderes del emergente Movimiento de los No Alineados —Nehru, Nasser, Tito, Sukarno, Nkrumah— expresaban poca admiración por las formas americanas.

Además, tras la muerte de Stalin la Unión Soviética y China se enzarzaron en una dura carrera para ganarse el Tercer Mundo, iniciando “giras de buena voluntad” y facilitando programas de ayuda propios. Eisenhower reflexionó que “la nueva línea comunista de dulzura y luz era tal vez más peligrosa que su propaganda en tiempos de Stalin.” Las administraciones de Eisenhower, Kennedy y Johnson se preocuparon constantemente acerca del giro a la izquierda de todas aquellas naciones, y prodigaron ayuda para el desarrollo sobre las mismas con la esperanza de ganar corazones y mentes. Encontraron que la ayuda, aunque ansiosamente aceptada, no garantizaba ni fidelidad ni aprecio. Uno de los resultados de la animosidad del Tercer Mundo fue que Estados Unidos perdió de forma clara influencia en las Naciones Unidas a partir de 1960. La Asamblea General de la ONU, antaño el lugar en que la guerra americana en Corea había sido legitimada, a partir de los sesentas y hasta el final de la Guerra Fría se convirtió en un foro para constantes expresiones de antiamericanismo.

A finales de los sesenta, Henry Kissinger desesperaba sobre el futuro. La “creciente fragmentación del poder, la gran difusión de la actividad política, y las más complicadas pautas del conflicto y la alineación internacionales,” escribió a Nixon, habían reducido drásticamente la capacidad de los superpoderes para influenciar “las acciones de otros gobiernos.” Y las cosas tan sólo parecían hacerse aún más difíciles a medida que llegaban los setentas. Estados Unidos se retiró derrotado de Vietnam, y el mundo vio la primera renuncia de un presidente americano enfangado en un escándalo. Y entonces, de forma tal vez tan significativa como todo lo demás, los precios del petróleo se pusieron por los cielos.

El último problema señalaba una nueva dificultad significativa: la incapacidad de Estados Unidos para ejercer su influencia en el Medio Oriente. Hoy la gente señala el fracaso americano de llevar a israelitas y palestinos a un acuerdo negociado, o para administrar la tumultuosa “Primavera Árabe”, como un signo de debilidad y decadencia. Pero en 1973 Estados Unidos no podía siquiera impedir que las mayores potencias de Oriente Medio entrasen en guerra. Cuando Egipto y Siria lanzaron su ataque sorpresa sobre Israel, fue también una sorpresa para Washington. Estados Unidos eventualmente tuvo que ir a la alerta nuclear para impedir la intervención soviética en el conflicto. La guerra condujo al embargo petrolero, la creación de la OPEC como fuerza mayor en los asuntos mundiales y la súbita revelación de que, como planteó el historiador Daniel Yergin, “incluso el mismo Estados Unidos era ahora, finalmente, vulnerable.” El “principal superpoder mundial” había “sido empujado a la defensiva, humillado, por un puñado de pequeñas naciones.” Muchos americanos “temieron que el fin estuviera cerca.”

En los setentas, la dramática alza de los precios del petróleo, unida con las políticas económicas en vigor durante la guerra de Vietnam, llevaron a la economía americana a una severa crisis. El Producto Nacional Bruto cayó un 6% entre 1973 y 1975. El desempleo se duplicó del 4.5% al 9%. El pueblo americano sufrió colas en las gasolineras y el nuevo fenómeno económico de la estagflación, que combinaba una economía estancada con una inflación alta. La economía americana pasó por tres recesiones entre 1973 y 1982. La “crisis energética” fue entonces para los americanos lo que la “crisis fiscal” representa hoy. En su primer saludo televisado a la nación, Jimmy Carter lo llamó “el más gran desafío con el que nuestra nación se enfrentará a lo largo de nuestras vidas.” Era especialmente humillante que la crisis fuera causada en parte por dos aliados cercanos de los norteamericanos, la familia real saudí y el Shah de Irán. Como Carter recordó en sus memorias, el pueblo americano “resintió profundamente que la nación más grande sobre la tierra fuera fastidiada por unos pocos estados desérticos.”

El punto más bajo llegó en 1979, cuando el Shah fue derribado, la revolución islámica radical conducida por el Ayatollah Jomeini llegó al poder, y cincuenta y dos americanos fueron tomados como rehenes y mantenidos como tales durante más de un año. La crisis de los rehenes, como observó Yergin, “transmitió un poderoso mensaje; que el cambio de poder en el mercado de petróleo mundial de los setentas era tan sólo parte de un drama mayor que tenía lugar en la política global. Estados Unidos y Occidente, parecían decir, estaban realmente en decadencia, a la defensiva, y, según parecía, era incapaz de hacer nada para proteger sus intereses, ya fueran económicos o políticos.”

Si uno quisiera presentar la decadencia norteamericana, los setentas serían el momento para hacerlo; y muchos lo hicieron. Estados Unidos, creía Kissinger, evidentemente había “superado su punto histórico más alto como tantas civilizaciones anteriores… Cada civilización que ha existido ha acabado por hundirse. La historia es la narración de esfuerzos fracasados.” Fue en los setentas cuando la economía americana perdió su abrumadora primacía, cuando el excedente del comercio americano comenzó a convertirse en un déficit, cuando el gasto en programas de bienestar social se hinchó, cuando el oro y las reservas monetarias americanas se vaciaron.

Con las dificultades económicas llegaron la inseguridad política y estratégica. Primero llegó la creencia en que la ola de historia estaba con la Unión Soviética. Los mismos líderes soviéticos creían que “la correlación de fuerzas” favorecía el comunismo; la derrota americana y la retirada de Vietnam condujo a los funcionarios soviéticos, por vez primera, a creer que podían realmente “vencer” en el largo combate de la Guerra Fría. Una década después, Paul Kennedy presentaba a ambos poderes sufriendo de “sobrecarga imperial,” pero sugería que era completamente posible que Estados Unidos fuera el primero en hundirse, siguiendo una larga tradición de imperios exhaustos y arruinados. Se había mutilado a sí mismo gastando demasiado en defensa y tomando demasiadas responsabilidades globales. Pero en dos años el Muro de Berlín cayó, y dos años después la Unión Soviética se hundió. La decadencia había tenido lugar en otro sitio.

Entonces llegó el milagro económico japonés. Un “ascenso del resto” comenzó a finales de los setenta y continuó durante la próxima década y media, cuando Japón, con los otros “tigres asiáticos,” Corea del Sur, Singapur y Taiwán, parecían estar a punto de eclipsar a los Estados Unidos económicamente. En 1989, el periodista James Fallows argumentaba que la economía japonesa dirigida por el estado era claramente superior a al capitalismo laisser-faire de los Estados Unidos y estaba destinado a superarlo. Japón iba a ser el próximo superpoder. Mientras Estados Unidos se había arruinado combatiendo la Guerra Fría, los japoneses se habían quedado con todos los juguetes. Como el analista Chalmers Johnson indicó en 1995, “La Guerra Fría se acabó, y Japón ha vencido.” Incluso en el momento en que Johnson mecanografiaba esas palabras, la economía japonesa estaba cayendo en espiral en un periodo de estancamiento del que aún no se ha recuperado.

Con la Unión Soviética desaparecida y con China aún por demostrar el poder para permanecer de su boom económico, Estados Unidos pareció ser el “único superpoder” mundial. Y sin embargo, incluso entonces era digno de nota lo poco exitoso que era Estados Unidos lidiando con varios problemas globales bastante serios. Los americanos vencieron la Guerra del Golfo, ampliaron la OTAN hacia el Este, llevaron eventualmente la paz a los Balcanes, tras mucha sangre, y, a lo largo de gran parte de los noventa, condujeron al mundo a adoptar el “consenso de Washington” en economía —pero algunos de esos triunfos comenzaron a deshacerse y se vieron igualados por fracasos igualmente significativos. El consenso de Washington comenzó a colapsar con la crisis financiera asiática de 1997, donde los consejos americanos fueron vistos generalmente como equivocados y dañinos. Estados Unidos falló en detener o incluso retardar significativamente el programa de armas nucleares de Corea del Norte e Irán, a pesar de declarar de forma repetida su intención de hacerlo. El régimen de sanciones impuesto contra el Irak de Saddam Hussein fue a la vez fútil y, a finales de la década, colapsaba. Estados Unidos y el mundo no hicieron nada para prevenir el genocidio en Ruanda, en parte porque un año antes Estados Unidos había sido expulsado de Somalia tras una fracasada intervención militar. Uno de los esfuerzos más importantes de Estados Unidos en los noventa fue el esfuerzo para apoyar una transición en la Rusia postsoviética hacia la democracia y el capitalismo de mercado libre. Pero a pesar de facilitar billones de dólares e incontables cantidades de consejos y experiencias, Estados Unidos volvió a encontrarse con que las cosas en Rusia estaban más allá de su control.

Tampoco los líderes norteamericanos, incluso en el supuesto punto más alto del predominio global, fueron mucho más exitosos resolviendo el problema israeli-palestino que ahora. Incluso con una economía en crecimiento y un presidente querido trabajando honestamente para concluir un acuerdo, la administración Clinton acabo con las manos vacías. Como cuenta el antiguo mediador de paz en el Medio Oriente Aaron David Miller, Bill Clinton “se preocupó más y dedicó más tiempo y energía en la paz árabe-israelita que cualquiera de sus predecesores,” y fue admirado y apreciado por israelitas y palestinos —y sin embargo mantuvo “Tres cumbres en seis meses y fracasó en todas ellas.” El periodo de Clinton culminó con el colapso de las conversaciones de paz y el comienzo de la segunda Intifada palestina.

Incluso la popularidad era evasiva en los noventas. En 1999, Samuel P. Huntington etiquetó América como el “superpoder solitario,” ampliamente odiado a lo largo del globo por su conducta “intrusa, intervencionista, explotadora, unilateralista, hegémonica, hipocrita.” El ministro de asuntos exteriores francés criticó el “hyperpoder” y deseó abiertamente un mundo multipolar en que Estados Unidos ya no fuera dominante. Un diplomático británico le dijo a Huntington: “Sólo se puede leer acerca del deseo mundial de un liderazgo americano en Estados Unidos. En todas las demás partes se lee acerca de la arrogancia y unilateralismo americano.”

Esto era, desde luego, un sinsentido. En contra de lo que afirmaba el diplomático británico, muchos otros países buscaban a Estados Unidos liderazgo, protección y apoyo, en los noventas y a lo largo de la Guerra Fría. El punto no es que América siempre haya carecido de influencia global. En realidad, a partir de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ha sido el poder predominante en el mundo. Ha tenido enorme influencia, más que ningún poder desde Roma, y ha realizado mucho. Pero no ha sido omnipotente —nada más lejos de ello. Para sopesar acertadamente si Estados Unidos está en decadencia, necesitamos tener una perspectiva temporal que sirva de comparación. Comparar la influencia americana hoy con un pasado mítico de abrumador dominio puede tan sólo engañarnos.

Hoy Estados Unidos carece de la habilidad para conseguir sus objetivos en muchos asuntos, pero esto no le ha impedido disfrutar de muchos éxitos, y sufrir tantos fracasos como en el pasado. Con todo y la controversia, Estados Unidos ha resultado más exitoso en Irak que en Vietnam. Ha sido tan incapaz de contener las ambiciones nucleares iraníes como en los noventas, pero gracias a los esfuerzos de dos administraciones, ha establecido una red global en contra de la proliferación más efectiva. Sus esfuerzos para desarraigar y destruir Al Qaeda han sido especialmente exitosos, especialmente cuando se los compara con los fracasos a la hora de destruir redes terroristas y detener ataques en los noventas —fracasos que culminaron en los ataques del 11 de Septiembre. La habilidad para emplear aviones no tripulados es un adelanto sobre otros tipos de armamento —misiles de crucero y ataques aéreos— empleados para atacar terroristas e instalaciones en décadas anteriores. Mientras tanto, las alianzas de EE UU en Europa siguen siendo sanas; ciertamente no es culpa de América que la misma Europa parezca más débil que antaño. Las alianzas de América en Asia se han hecho más fuertes durante los últimos años y Estados Unidos ha sido capaz de reforzar sus relaciones con India, que antes habían sido tensas.

Así visto, los resultados son mixtos, pero siempre lo han sido. Ha habido momentos en que Estados Unidos ha sido más influyente que ahora y momentos en que lo ha sido menos. El esfuerzo por influir siempre ha sido difícil, lo que puede explicar por que, en todas las décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los americanos se han preocupado por su decadente influencia y mirado con nerviosismo como otros poderes parecían subir a sus expensas. Las dificultades dando forma el ambiente internacional en cualquier era son inmensas. Pocos poderes lo intentan siquiera, e incluso los más fuertes rara vez consiguen todos o incluso muchos de sus objetivos. La política exterior es como darle a una bola de béisbol: si fallas el 70% de las veces, vas al Museo de la Fama.

III
Los desafíos de hoy son grandes, y el ascenso de China es el más obvio. Pero no son mayores que los desafíos a lo que Estados Unidos se enfrentó durante la Guerra Fría. Tan sólo en retrospectiva puede la Guerra Fría parecer fácil. Los americanos al final de la Segunda Guerra Mundial se enfrentaron con una gran crisis estratégica. La Unión Soviética, aunque sólo fuera en virtud de su tamaño y localización, parecía amenazar centros vitales estratégicos en Europa, el Medio Oriente y el Este de Asia. En todas esas regiones, se enfrentaba a naciones devastadas y postradas debido a la guerra. Para enfrentarse a ese desafío, Estados Unidos tenía que proyectar su propio poder, que era grande pero limitado, en cada una de esas regiones. Debía formar alianzas con poderes locales, algunos de ellos antiguos enemigos, y facilitarles asistencia económica, política y militar para ayudarlos a mantenerse en pie y resistir la presión soviética. En la Guerra Fría, los soviéticos mantenían influencia y presionaban los intereses americanos sencillamente estando quietos, mientras que Estados Unidos tenía que moverse. Es necesario señalar que esa estrategia de “contención,” ahora santificada por su éxito aparente, molestó a algunos influyentes observadores en su momento como completamente inviable. Walter Lippmann la atacó como “mal concebida,” basada en “esperanzas,” cediendo la “iniciativa estratégica” a los soviéticos mientras Estados Unidos agotaba sus recursos tratando de establecer “estados satélite, gobiernos títeres” débiles, inefectivos y poco confiables.

Hoy, en el caso de China, la situación ha dado la vuelta. Aunque China es y será mucho más rica, y manejará una mayor influencia económica en el mundo de la que la Unión Soviética manejó nunca, su posición geoestratégica es más difícil. La Segunda Guerra Mundial dejó a China en una posición comparativamente débil de la que ha estado intentando recuperarse desde entonces. Varios de sus vecinos son naciones fuertes que tienen lazos estrechos con Estados Unidos. Tendrá muchas dificultades convirtiéndose en un estado hegemónico regional mientras Taiwán permanezca independiente y estratégicamente unida a Estados Unidos, y mientras fuertes poderes regionales como Japón, Corea y Australia continúen alojando tropas y bases americanas. China necesita por lo menos algunos aliados para tener alguna oportunidad de empujar a Estados Unidos fuera de sus puntos fuertes en Pacífico occidental, pero ahora mismo es Estados Unidos quien tiene aliados. Es Estados Unidos quien tiene sus tropas desplegadas en bases avanzadas. Es Estados Unidos quien disfruta en la actualidad del dominio naval en las aguas clave y las vías marítimas a través de las que China debe comerciar. En suma, la tarea de China como gran poder en ascenso, que es empujar a Estados Unidos fuera de su actual posición, resulta mucho más difícil que la tarea de EE UU, que es mantener lo que ya tiene.

¿Pueden hacerlo los Estados Unidos? En su humor pesimista de hoy, algunos norteamericanos lo dudan. En realidad, dudan que Estados Unidos pueda permitirse seguir interpretando en cualquier parte del mundo el papel predominante que ha interpretado en el pasado. Algunos argumentan que aunque la advertencia de Paul Kennedy sobre la sobrecarga imperial no hubiera sido correcta en 1987, sí describe de forma correcta la actual situación de América. La crisis fiscal, el sistema político bloqueado, las varias enfermedades de la sociedad norteamericana (incluyendo el estancamiento salarial y las desigualdades en los ingresos), las debilidades del sistema educacional, la infraestructura en vías de deterioro —todo esto es citado estos días como razones por la que Estados Unidos necesita retirarse internacionalmente, retirarse de algunos compromisos en ultramar, centrarse en “construir nación en casa” en lugar de intentar seguir moldeando el mundo como lo hizo en el pasado.

De nuevo, estas suposiciones comunes requieren algún examen. De un lado, ¿qué tan “sobrecargado” está Estados Unidos? La respuesta, en términos históricos, es no, no tanto como la gente imagina. Consideremos la importancia directa del número de tropas que Estados Unidos despliega en ultramar. Oyendo el debate de hoy, un podría imaginarse que había más tropas comprometidas fuera que nunca antes. Pero este no es ni remotamente el caso. En 1953, Estados Unidos tenía casi un millón de tropas desplegado en ultramar —325.000 en combate en Corea y más de 600.000 estacionadas en Europa, Asia y otras partes. En 1968, tenía cerca de un millón en suelo extranjero —537.000 en Vietnam y la otra mitad estacionada en otras partes. Por contraste, el verano de 2011, en el punto más alto del despliegue americano en sus dos guerras, había cerca de 200.000 efectivos estacionados en Europa y el Este de Asia. En total, e incluyendo otras fuerzas estacionadas alrededor del mundo, eran cerca de 500.000 las tropas desplegadas en ultramar. Esto era más bajo incluso que los despliegues en tiempo de paz durante la Guerra Fría. En 1957, por ejemplo, había cerca de 750.000 soldados desplegados en ultramar. Tan sólo en la década entre la fractura del imperio soviético y los ataques del 11 de Septiembre la cantidad de tropas desplegadas en ultramar fue más baja que ahora. La comparación es aún más chocante si uno toma en consideración el crecimiento de la población americana. Cuando Estados Unidos tenía un millón de tropas desplegadas en ultramar en 1953, la población total americana era tan sólo de ciento sesenta millones. Hoy, cuando hay tan sólo medio millón de tropas desplegadas en ultramar, la población americana es de trescientos trece millones. El país es dos veces más grande, con la mitad de tropas desplegadas hace cincuenta años.

¿Y el gasto financiero? Muchos parecen creer que el costo de esos despliegues, y de las fuerzas armadas en general, en uno de los mayores causantes de los crecientes déficit fiscales que amenazan la solvencia de la economía nacional. Pero tampoco ese es el caso. Como el antiguo director del presupuesto Alice Rivlin ha observado, las amenazadoras proyecciones de déficit futuros no son “causadas por el creciente gasto en defensa,” mucho menos por los gastos en asistencia extranjera. Los desbocados déficit proyectados para los años aún por llegar son sobre todo el resultado del gasto en títulos inflados. Incluso los más draconianos recortes en el presupuesto de defensa producirían tan sólo ahorros anuales de tan sólo cincuenta a cien billones de dólares, una pequeña parte —entre el 4 y el 8%— del trillón y medio de déficit anual con el que se enfrenta Estados Unidos.

El 2002, cuando Paul Kennedy se maravillaba de la habilidad americana para seguir siendo “el superpoder mundial más tacaño,” Estados Unidos gastaba alrededor del 3.4 % de su PIB en defensa. Hoy gasta un poco menos del 4%, y en los años por venir, es probable que vuelva a bajar de nuevo —de nuevo “tacaños” según los estándares históricos. El costo de permanecer como el poder predominante en el mundo no es prohibitivo.

Aún más, si somos serios respecto a este ejercicio contable, los costos de mantener esta posición no pueden medirse sin considerar el costo de perderla. Algunos costos de reducir el papel norteamericano en el mundo son, desde luego, no cuantificables. ¿Cuánto vale para los americanos vivir en un mundo dominado por democracias en lugar de por autocracias? Pero algunos de los costes potenciales pueden medirse, si alguien se molesta en intentarlo. Si la decadencia del poder militar americano produjese una ruptura del orden económico internacional que el poder americano ha ayudado a mantener; si las rutas y los caminos dejaran de ser seguros, porque la marina estadounidense ya no fuese capaz de defenderlos; si explotasen guerras regionales entre los grandes poderes porque ya no se vieran limitados por el superpoder americano; si los aliados americanos fueran atacados porque Estados Unidos pareciera incapaz de venir en su ayuda; si la naturaleza generalmente libre y abierta del sistema internacional lo fuera menos —si todo eso pasase, habrían costos apreciables. Y no es demasiado difícil imaginar que estos costos serán mayores que los ahorros ganados cortando la defensa y los presupuestos de ayuda al exterior en cien billones de dólares al año. Se puede ahorrar dinero comprando un coche usado sin garantía y sin ciertas características de seguridad, ¿pero qué pasa cuando tienes un accidente? La fuerza militar americana reduce el riesgo de accidentes evitando el conflicto, y baja el precio de los accidentes al reducir la oportunidad de perder. Esos ahorros necesitan ser también parte del cálculo. Como un simple problema de dólares y centavos, podrá ser mucho más barato preservar el actual nivel de implicación americana en el mundo que rebajarlo.

Tal vez la mayor preocupación subyacente en el humor decadente suelto hoy por el país no es realmente si Estados Unidos puede permitirse seguir interpretando su papel en el mundo. Es si los americanos son capaces de resolver algunos de sus problemas económicos y sociales más inmediatos. Como muchos estadistas y comentaristas han preguntado, ¿pueden los americanos hacer lo que hay que hacer para competir efectivamente en el mundo del siglo XXI?

La única respuesta honesta es ¿quién sabe? Pero si la historia americana sirve de alguna manera como guía, hay al menos algunas razones para tener esperanzas. Los americanos han experimentado esta intranquilidad antes, y muchas generaciones anteriores también sintieron esa falta de vigor y de pérdida de virtudes: allá por 1778, Patrick Henry lamentaba la pérdida de la gloria pasada de la nación, “cuando el espíritu americano estaba en su juventud.” Muchas veces a lo largo de los dos últimos siglos cuando el sistema político fue disfuncional, estaba estancado sin esperanzas, y era aparentemente incapaz de encontrar soluciones a aplastantes problemas nacionales —de la esclavitud y después la Reconstrucción, a las dislocaciones de la industrialización y el fin del siglo XIX y la crisis del bienestar social durante la Gran Depresión, a las confusiones y la paranoia de los primeros años de la Guerra Fría. Cualquiera que recuerde honestamente los setentas, con Watergate, Vietnam, la stagflation, y la crisis energética, no puede realmente creer que nuestras presentes dificultades carecen de rival.

El triunfo en el pasado no garantiza el triunfo en el futuro. Pero algo parece claro a partir de la evidencia histórica: el sistema americano, a pesar de todas y a menudo sofocantes cualidades, ha mostrado también una mayor capacidad para adaptarse y recuperarse de las dificultades que muchas otras naciones, incluyendo sus rivales geopolíticos. Esto indudablemente tiene algo que ver con la relativa libertad de la sociedad americana, que recompensa a los innovadores, a menudo fuera de la estructura de poder existente, por crear nuevas maneras de hacer las cosas; y con el relativamente abiertos sistema político de América, que permite movimientos para ganar presión e influenciar la conducta del establishment político. El sistema americano es lento y torpe en parte porque los Padres Fundadores lo diseñaron así, con una estructura federal, controles y balances, y una Constitución escrita y una Carta de Derechos —pero el sistema posee también una destacable habilidad para realizar cambios cuando la válvula de escape parece esta a punto de explotar. Tienen lugar “elecciones críticas” ocasionales que permiten el triunfo de las transformaciones, dando nuevas soluciones políticas a viejos y aparentemente insolubles problemas. Desde luego, no hay garantías; el sistema político no pudo resolver el problema de la esclavitud sin guerra. Pero en muchos grandes problemas a lo largo de la historia, los americanos han encontrado una forma de alcanzar e implementar un consenso nacional.

Cuando Paul Kennedy se maravillaba ante el continuo éxito del superpoder americano allá por el 2002, también hacía notar que una de las principales razones había sido la habilidad de los americanos para superar lo que le había parecido a él en 1987 como el problema insoluble de una crisis a largo plazo. Los hombres de negocios y políticos americanos “reaccionaron con fuerza al debate sobre la ‘decadencia’ entrando en acción: cortando costos, haciendo a las compañías más ligeras y agresivas, invirtiendo en nuevas tecnologías, promoviendo una revolución en las comunicaciones, recortando los déficit del gobierno, todo lo que ayudó a producir significantes avances anuales en la productividad.” Es posible imaginar que los norteamericanos pueden superar también este último desafío económico.

También es razonable esperar que otras naciones, como en el pasado, tendrán dificultades por sí mismas. Ninguna de las naciones que ahora disfrutan de milagros económicos está libre de problemas. Brasil, India, Turquía y Rusia tienen historias llenas de baches que sugieren que la ruta a seguir no será un simple y suave ascenso. Hay una pregunta real sobre si el modelo autocrático de China, que puede ser tan efectivo para tomar decisiones estratégicas sobre la economía a corto plazo, puede a largo plazo ser lo suficientemente flexible como para permitir su adaptación a un entorno cambiante, en lo internacional, lo económico, político y estratégico.

En suma; puede ser algo más que suerte lo que ha permitido a Estados Unidos en el pasado a superar las crisis y emerger de las mismas más fuerte y sana que otras naciones mientras sus varios rivales han flaqueado. Y puede ser algo más que un simple deseo el creer que puede hacerlo de nuevo.

Pero aquí hay un peligro. Que mientras tanto, mientras la nación continua debatiéndose, los americanos se convenzan a sí mismos que la decadencia es realmente inevitable, o que Estados Unidos puede apartarse un rato de sus responsabilidades globales mientras ordena su propia casa. Para muchos americanos, aceptar la decadencia puede aliviarlos de las cargas morales y materiales que han descansado sobre ellos desde la Segunda Guerra Mundial. Muchos pueden desear inconscientemente un regreso a las cosas tal y como eran en el 1900, cuando Estados Unidos era rico, poderoso y no se responsabilizaba por el orden mundial.

El supuesto subyacente de tal camino es que el presente orden mundial persistirá más o menos sin el poder americano, o al menos que lo hará con muchos menos dosis del mismo; o que otros se ocuparán de ello; o simplemente que los beneficios del orden mundial son permanentes y no requieren un esfuerzo particular por parte de nadie. Desafortunadamente, el actual orden mundial —con sus extensas libertades, su prosperidad generalizada y su ausencia de conflicto entre los grandes poderes es tan frágil como único. Preservarlo ha sido un combate en cada década, y seguirá siendo un combate en las décadas que vendrán. Preservar el actual orden mundial requiere de un constante liderazgo y compromiso norteamericanos.

Al final, la decisión está en manos de los norteamericanos. La decadencia, como Charles Krauthammer ha observado, es una elección. No es un destino inevitable —al menos no todavía. Imperios y grandes poderes se alzan y caen, y la única cuestión es cuándo. Pero el cuándo importa. Que Estados Unidos comience a decaer a lo largo de las próximas dos décadas o no lo haga en los dos próximos siglos importará mucho, tanto a los americanos como a la naturaleza del mundo en que vivan.

* Este ensayo fue publicado originalmente en inglés en The New Republic, el mes pasado. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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2 respuestas
Comentarios

  • Zeitgeist dice:

    Este articulo esta tan lleno de argumentos irrelevantes, falaces y/o engañosos que no vale la pena perder el tiempo en refutarlos.

    En cuanto a la hegemonia economica, ha sido tan precepitoso el alza de la economia de los BRIC’s (crecimiento de 10%) en relacion con USA (3%, y va que chifla) que solo un ciego negaria que ha ocurrido.

    Que no se refleje en las cifras que Kagan ha escogido (cuidadosamente) no tiene nada de particular. Recuerdese aquello de “lies, damned lies, and statistics”.

    Mejor leer el libro de Arvind Subramanian “Eclipse: …”, que presenta un punto de vista diametricamente opuesto al de Kagan, pero sustanciado con serios y solidos argumentos, no cuentitos de camino de esos que embelesan a la derecha quimerica, creyente en “the New American Century”.

  • Isis Wirth dice:

    Gracias. No conocia este ensayo.