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La muerte del ciberpaseante

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    Editor Jefe
  • feb 05, 201222:04h
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Por Evgeny Morozov

El otro día, mientras rebuscaba entre un montón de viejos artículos sobre el futuro de Internet, llamó mi atención un pequeño y oscuro ensayo de 1998 —publicado nada menos que en un sitio web llamado Ceramics Today. Celebraba el ascenso del “ciberflâneur” y presentaba un futuro digital brillante, rebosante de juegos, intriga y buena suerte, para ese misterioso personaje online. Esta visión del mañana parecía inevitable desde el momento en que “la ciudad y la calle eran para el paseante lo que Internet y la superautopista han llegado a ser para el ciberpaseante.”

Intrigado, decidí investigar qué había pasado con el ciberpaseante. Aunque encontré rápidamente otros comentaristas contemporáneos que creían que la flânerie [el paseo callejero] florecería en la Red, el lamentable estado del Internet actual sugiere que las cosas no podían haber ido peor. Los ciberpaseantes son escasos y raros, mientras que la simple práctica de la ciberflanerie parece exactamente lo opuesto de las redes sociales. ¿Qué se torció? ¿Debemos preocuparnos?

Entrar en la historia de la flânerie podría ser una buena manera de comenzar a contestar esas cuestiones. Gracias al poeta francés Charles Baudelaire y al crítico alemán Walter Benjamin, el flâneur ha sido visto como un emblema de la modernidad, su figura (predominantemente masculina) está ahora firmemente asociada al París del siglo XIX. El flâneur paseaba placenteramente a lo largo de sus calles y especialmente por sus galerías —aquellas vivas hileras de tiendas llenas de clase, recubiertas por techos de cristal— para cultivar lo que Honoré de Balzac bautizó “la gastronomía del ojo.”

Aunque no ocultase deliberadamente su identidad, el flâneur prefería pasear de incógnito. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman señaló en una ocasión: “El arte que domina el flâneur es el de ver sin ser visto mientras mira.” El flâneur no es un asocial —necesita de las masas para disfrutar— pero no se mezcla con ellas, prefiriendo saborear su soledad. Y tenía todo el tiempo del mundo: hay crónicas de flâneurs sacando a pasear tortugas.

El flâneur vagabundeaba por las galerías comerciales, pero no cedía a las tentaciones del consumismo; la galería era ante todo una ruta hacia una rica experiencia sensorial —y tan sólo después un templo del consumo. Su objetivo era observar, bañarse en la masa, oír sus ruidos, su caos, su heterogeneidad, su carácter cosmopolita. Ocasionalmente, narraba lo que veía —escrutando a la vez su yo privado y el resto del mundo— bajo la forma de pequeños ensayos para la prensa diaria.

Es muy fácil entender por qué el ciberpaseo parecía ser un concepto atractivo en los días iniciales de la Red. La idea de explorar el ciberespacio como un territorio virgen, aún no colonizado por gobiernos y corporaciones, era romántica; aquel romanticismo se reflejaba incluso en los nombres de los primeros navegadores (“Internet Explorer,” “Netscape Navigator”).

Comunidades online como GeoCities y Tripod eran las auténtica galerías de aquel periodo, comerciando con lo más oscuro y lo más raro, sin ningún tipo de jerarquía que lo clasificara de acuerdo a la popularidad o al valor comercial. En aquellos tiempos eBay era más rara que la mayor parte de los pulgueros, y pasear a lo largo de sus tiendas virtuales era más placentero que comprar cualquiera de sus artículos. Por un breve momento, a mediados de los noventa, parecía que Internet podía desencadenar un inesperado renacer de la flânerie.

Sin embargo, cualquiera que tenga esos sueños acerca del Internet como refugio para el bohemio, el hedonista y el raro probablemente no conoce las razones tras la desaparición del flâneur original.

En la segunda mitad del Siglo XIX, París estaba experimentando cambios rápidos y profundos. Las reformas arquitectónicas y urbanísticas adelantadas por el barón Huysmann durante el reinado de Napoleón III fueron particularmente importantes: la demolición de las pequeñas callejas medievales, el numerado de los edificios por motivos administrativos, la creación de boulevards amplios, abiertos, transparentes (creados en parte para mejorar la higiene, en parte para entorpecer las barricadas revolucionarias), la proliferación de la iluminación callejera de gas y el creciente atractivo de pasar el tiempo fuera transformaron radicalmente a la ciudad.

La tecnología y el cambio social también surtieron sus efectos. La llegada del tráfico hizo del paseo contemplativo algo peligroso. Las galerías fueron pronto reemplazadas por tiendas por departamentos más grandes, utilitarias. Esa racionalización de la vida urbana empujó a los flâneurs al clandestinaje, forzando a algunos de ellos a una forma de “flânerie interior” que alcanzó su apogeo en el auto impuesto exilio de Marcel Proust en su habitación forrada de corcho (situada, irónicamente, en el boulevard Haussmann).

Algo similar ha sucedido en Internet. Trascendiendo su identidad juguetona original, ya no es un sitio para pasearse sino un lugar para hacer cosas. Casi nadie “surfea” ya la red. La popularidad del “app paradigm,” con el que las aplicaciones de teléfono móvil y las tabletas nos ayudan a realizar lo que queremos sin abrir nunca el navegador ni visitar el resto del Internet, ha hecho el ciberpaseo menos probable. Que gran parte de la actividad online ahora gire en torno a las compras —de regalos virtuales, de mascotas virtuales, de regalos virtuales para mascotas virtuales— tampoco ha ayudado. Pasear por Groupon no es tan divertido como pasear a través de una galería, en línea o no.

El tempo de la red hoy es igualmente distinto. Hace una década un concepto como “real-time Web,” en que cada tweet y puesta al día del status es instantáneamente catalogado, puesto al día y contestado, era impensable. Ahora es el cliché de moda de Silicon Valley.

No es una sorpresa: a la gente le gusta la velocidad y la eficiencia. Pero las viejas páginas que se cargaban lentamente, acompañadas por el ruidillo funky del modem, tenían su propia y rara poesía, abriendo nuevos espacios para el juego y la interpretación. Ocasionalmente, esa lentitud podría avisarnos del hecho de que estábamos delante de una computadora. Bueno, esa tortuga ya no está ahí.

Mientras tanto, Google, en su búsqueda por organizar toda la información del mundo, hace innecesario visitar individualmente los websites de la misma manera que el catálogo de Sears hizo innecesario visitar las tiendas físicas hace varias generaciones. La última gran ambición de Google es contestar a nuestras preguntas —sobre el clima, el cambio de la moneda, el partido de ayer— por sí mismo, sin necesidad de visitar ningún otro site en absoluto. Plantéale una pregunta a la página inicial de Google y tu respuesta aparece en lo alto de los resultados de la búsqueda.

Que esos atajos dañen a la competencia en la industria de las búsquedas (como alegan los competidores de Google) no es lo importante; cualquiera que imagine buscar información en términos puramente instrumentales, y vea la Internet como poco más que una gigantesca maquina de preguntas y respuestas, es improbable que construya espacios digitales acogedores para el ciberpaseo.

Pero si Internet hoy tiene un barón Haussmann, ese es Facebook. Todo lo que hace posible el ciberpaseo —soledad e individualidad, anonimato y opacidad, misterio y ambivalencia, curiosidad, correr riesgos— está siendo asaltado por esa compañía. Y no es una compañía cualquiera; con 845 millones de usuarios activos en todo el mundo, allá donde Facebook va, va el Internet.

Es fácil culpar al modelo comercial de Facebook (por ejemplo, la pérdida del anonimato en línea permite ganar más dinero de publicidad), pero el problema es más profundo. Facebook parece creer que hay que acabar con los peculiares ingredientes que permiten la flânerie. “Queremos que todo sea social,” dijo en [el programa de] “Charlie Rose” Sheryl Sandberg, jefa de operaciones de Facebook, hace algunos meses.

Lo que esto significa en la práctica fue explicado por su jefe, Mark Zuckerberg, en el mismo programa. “¿Te gusta ir al cine sólo o quieres ir al cine con tus amigos?” preguntó, para contestar inmediatamente su propia pregunta: “Quieres ir con tus amigos.”

Las implicaciones son claras: Facebook quiere construir un Internet en el que ver películas, oír música, leer libros e incluso ojear no tan sólo se haga abiertamente sino además socialmente y en colaboración. A través de astutas asociaciones con compañías como Spotify y Netflix, Facebook creará poderosas (pero latentes) incentivos que hará que los usuarios abracen voluntariamente la tiranía de “lo social,” hasta el punto en que practicar cualquiera de esas actividades por uno mismo se hará imposible.

Ahora bien, si el Sr. Zurkerberg realmente cree lo que dice sobre el cine, hay una larga lista de films que me gustaría pasar a sus amigos. ¿Por qué no llevarles a ver “Satantango,” una película de arte y ensayo en blanco y negro, de siete horas, del autor húngaro Bela Tarr? Bueno, porque si haces una encuesta entre sus amigos, o cualquier otro grupo suficientemente amplio de personas, Satantango” casi siempre perderá frente a algo más mayoritario, como “War Horse.” No puede ser la primera elección de todo el mundo pero tampoco será ofensiva —esa es la tiranía de lo social en lo que a ti respecta.

¿Además, no es acaso obvio que consumir el gran arte en solitario es cualitativamente distinto de consumirlo socialmente? ¿Y ante todo, a que ese miedo a la soledad? Es difícil de imaginar a grupos de flâneurs recorriendo en manada las calles de París, como si estuvieran en una audición para otra secuela de “The Hangover.” Pero para el Sr. Zuckerberg, como lo reconoció en el programa de Charlie Rose, “uno se siente mejor conectado a toda esa gente. Tienes una vida más rica.”

Es esta idea, que la experiencia individual es de alguna manera inferior a la colectiva, la que sustenta la reciente adhesión de Facebook al “compartir sin fricciones,” la idea de que, desde ahora, sólo tenemos que preocuparnos de las cosas que no queremos compartir; todo lo demás se compartirá automáticamente. Para tal fin, Facebook anima a sus socios a crear aplicaciones que comparten automáticamente todo lo que hacemos: los artículos que leemos, la música que escuchamos, los videos que vemos. No es necesario decir que compartir sin fricciones también hace más fácil que Facebook nos venda a los publicitarios, y para los publicitarios vendernos a su vez sus mercancías.

Esto podría valer la pena si el compartir sin fricciones mejorase nuestra experiencia en línea, después de todo, incluso el flâneur del siglo XIX se enfrentaba a pósteres publicitarios y murales en sus paseos por la ciudad. Tristemente, compartir sin fricciones tiene los mismos inconvenientes que la “poesía sin esfuerzos”: sus productos finales son a menudo intolerables. Es una cosa encontrar un artículo interesante y escoger el compartirlo con amigos. Es algo muy distinto inundar a tus amigos con todo lo que pasa a través de tu navegador confiando que escojan algo interesante de pasada.

Aún peor, cuando ese esquema de compartir sin fricciones sea completamente operativo, probablemente leeremos todas nuestras noticias en Facebook, sin dejar nunca sus confines para visitar el resto de la red; varios medios noticiosos, incluyendo The Guardian y The Washington Post, ya tienen aplicaciones de Facebook que permiten a los usuarios leer sus artículos sin ni siquiera visitar sus websites.

Como el popular blogger tecnológico Robert Scoble explicó en un post reciente donde defendía el compartir sin fricciones: “El nuevo mundo consiste en ti abriendo Facebook y todo aquello que te interesa apareciendo en la pantalla.”

Esta es la actitud que está matando el ciberpaseo: lo que importa en los vagabundeos del flâneur es que no sabe qué es lo que le importa. Como el escritor alemán Franz Hessel, un colaborador ocasional de Walter Benjamin, indicó, “para dedicarse a la flânerie, uno no debe pensar en nada demasiado definido.” Comparado con el universo altamente determinista de Facebook, incluso el poco imaginativo eslogan de Microsoft en los noventas —“¿Dónde quieres ir hoy?”— suena excitantemente subversivo. ¿Quién se hace esa pregunta en la era de Facebook?

Según Benjamin, la triste figura del hombre-anuncio era la última reencarnación del flâneur. De alguna manera, todos nos hemos convertido en hombres anuncio, paseándonos por las cibercalles de Facebook, con anuncios invisibles colgando sobre nuestras identidades en línea. La única diferencia es que la naturaleza digital de la información nos permite consumir alegremente canciones, películas y libros de la misma menera que los anunciamos: inconscientemente.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The New York Times. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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