castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Fin de la era Mitterrand (y VI)

  • ene 28, 201200:58h
  • + comentarios

François Mitterrand es, además, el Presidente de los libros y de los escritores. Alguna enseñanza a largo plazo habrá dejado este lobo de la política para que, a pesar de sus supuestas diferencias ideológicas, Nicolás Sarkozy se empeñe ahora mismo en dar una imagen de cultura, invite a sus escritores vivos más afines —algunos de ellos traspasados, como jugadores de fútbol, de las filas del mitterrandismo— y apele a ciertos escritores muertos cuyos nombres ya bastan para dar una imagen de inteligencia y sabiduría.

En el fondo, dicen muchos, FM era un escritor fracasado. Los fanáticos de las estadísticas consideran que durante sus dos mandatos más de doscientos escritores de varias nacionalidades visitaron el Elíseo invitados a la mesa del Presidente. Jacques Attali, Roland Dumas, Jack Lang…, los chicos de su séquito, competían entre ellos para determinar quién le traía más escritores al rey socialista —como si se tratara de gambas o de los hortelanos que tanto gustaba engullir; escritores como pájaros cazados. Cuenta Jean Daniel, otro ego gigante de la izquierda francesa, en un testimonio publicado en 2006 por el Institut François Mitterrand, que cada vez que se desplazaba al extranjero el Presidente indicaba a Jack Lang, su Ministro de Cultura, que le arreglara encuentros con sus escritores favoritos: William Styron, Saul Bellow, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes…, a quienes gustaba epatar con sus conocimientos culturales y con su amplia memoria en el recitado de versos de… Lamartine; como mismo en 1994, en viaje oficial a Samarcanda, Uzbekistán, FM se había virado hacia su joven Ministro de Finanzas (en plena cohabitación con Balladour) y, suponiéndolo sobre la línea de los gustos literarios del gaullismo, le había espetado: “Por supuesto que a usted le gusta Malraux”, a lo que el atónito funcionario le respondería: “No Presidente, prefiero a Hemingway”. “Tenía la impresión de estar pasando un examen —confesó más adelante este otro joven cuadro—; después de Hemingway me habló de Céline, de Camus, de Queneau e incluso de Cendrars…” Hoy día el asombrado interlocutor de Samarcanda, más conocido como Nicolás Sarkozy, rememora aquella escena con el mismo desconcierto y cierto deje de nostalgia.

En cuanto a los escritores muertos, lo primero que Miterrand adoraba era el contacto con sus viejos libros. Según Michel Charasse —otro de sus chicos, el mismo que por su condición de francmasón decidió no entrar a la iglesia de Jarnac para la última ceremonia a su tutor, y que es célebre por haber tenido que ocuparse de Baltique, la perra labrador del Presidente, fuera del recinto, en el duro frío de enero, mientras los otros rezaban—, FM era un “tocador de libros”, un apasionado del libro-objeto, alguien que gustaba frecuentar los viejos anticuarios parisinos en busca de algún ejemplar que le hiciera salivar. Lo otro eran sus tumbas, las tumbas de los escritores: Bernanos, Mallarmé, Romain Rolland… En una entrevista publicada por la revista Lire en octubre de 1978, unos años antes de su llegada al poder, FM no esconde su curiosidad por el fenómeno de la muerte, esta vez combinada con una muestra de respeto ante los gestores de escrituras: “Adónde fueron a parar los cuerpos de aquellos inventores de mundos: esta es una pregunta que me interesa. Quien ama a la muerte, ama a la vida” –sentenciaba.

Uno de los escritores de mayor estirpe con los que FM tuvo trato fue el alemán Ernst Jünger: fiel soldado, exaltador de la estética de la guerra, antidemócrata por excelencia, coleccionista de coleópteros, lúcido memorialista, amante de los rododendros, excelso estilista…, uno de esos personajes más que complejos, polémicos, poliédricos, que ilustran el pasado siglo, con el que —por muchas razones, y una de ellas fue el oportunismo mitterrandianno— el Presidente francés se identificó. En 1984, junto con el Canciller alemán Helmut Kohl y con el propio Mitterrand, Jünger participó en el homenaje a las víctimas de la Primera Guerra Mundial en Verdún, otro de los guiños solapados del Presidente francés a su adorado Pétain. En uno de esos encuentros, el francés le confesó: “En tiempos de Napoleón usted sin dudas hubiera llegado a mariscal”.

Once años después, en la etapa más cruenta de su enfermedad, y nuevamente acompañado por Kohl, con quien programaba la gestación de la Nueva Europa, FM se desplazó a Wilflingen justo cuando a Jünger se le celebraba su centésimo cumpleaños. Para Julien Hervier, investigador y principal traductor de Jünger al francés, en entrevista con Philippe Lançon en Libération el 28 de febrero de 2008, en aquel encuentro confluía el enfermo casi terminal de cáncer que Mitterrand era y un anciano sabio a quien le interesaban los relatos de los sobrevivientes, de las personas que regresaban de un coma, de los que habían caído de una montaña…, de todos aquellos que habían pasado por el mítico túnel que conduce a la muerte y que, para asombro de los curiosos, habían experimentado cierto placer, cierta paz, y luego cierta tristeza a la hora del despertar. Ese mismo día, con la expresión “Aquí está un hombre libre”, FM publicaría en el Frankfurter Allgemeine Zeitung una apología a Ernst Jünger en la que habla de Goethe, de Hölderlin, de Nietzsche, de Stendhal…, y donde elogia en su amigo “una noción de Progreso que rechaza las profecías de Hegel y de Marx, y el pesimismo de Spengler”.

Y es, pues, en este mismo periódico alemán donde, al otro día del fallecimiento de Mitterrand, aparece una entrevista a Jünger en la que cuenta que, en uno de sus encuentros en Wilflingen, después de conversar sobre Léon Bloy, Rivarol y Drieu La Rochelle (a quien Jünger visitó varias veces en París durante la Ocupación), el Presidente elogió su biblioteca, pero admitió que no le gustaba Saint-Simon, una de las lecturas caras al alemán; seguramente —intenta explicarse el escritor— debido al coté démocratique del líder socialista. Luego el anciano reconoce: “Intenté compartir con Mitterrand mi entusiasmo por esas formas absolutas, y sus consecuencias para la Historia, que son la Corte Francesa del Ancien Régime, la Flota Inglesa y el Estado prusiano, en los que la tradición del mando y de la obediencia era vivaz”. De no haber fallecido ya en el momento de este comentario, y de haber asumido sin prejuicios la sentencia de su sempiterno rival Charles de Gaulle, François Mitterrand debió haberle respondido al alemán con esta vieja línea de antes de la Segunda Guerra: “La verdadera escuela del mando es la cultura general”.

Bien distante del tono elogioso de Jünger estará en 2005 el número 34 de la revista marsellesa Agone, cuyo dossier especial lleva un título severo: “François Mitterrand, el rey del lifting”. Por otro lado, aunque en sintonía, un francotirador como Philippe Sollers no tiene reparos a la hora de llamarlo La Momia en su novela Studio, de 1997, en la que lo retrata como un necrófilo, retoma aquellas célebres palabras del Presidente moribundo: «creo en las fuerzas del Espíritu», «no os abandonaré jamás», para luego, de labios de su personaje Stein, espetarle en la cara: «la Momia no pensaba; calculaba, se valía de la astucia, olfateaba, anticipaba, dividía, reinaba, pero en el fondo, al pensar se volvía opaco. Consideraba a los filósofos inútilmente complicados y sin importancia, algo que, entre nosotros, es cierto la mayoría de las veces. En cambio, el gran gurú, la magia, tendencia a la estafa, habladurías, polvos de pseudo-orgías, todo lo divertía, todo le parecía plausible». Diez años más tarde, ahora desde sus memorias, Sollers narra su único par de encuentros con el Presidente-que-quiere-agradar a los escritores. “No me gustaba Mitterrand, pero me intrigaba —confiesa en Un vrai roman (Ed. Plon, 2007)—, y, teniendo en cuenta la mediocridad política ambiente, aquel mediocre sinuoso me intriga aún”. Por su parte, el juicio de Raymond Aron en sus memorias es centrado, crítico del político, elogioso con el Presidente letrado: “Se parece a los grandes hombres de la III y la IV República, prendado de bellas letras, con un talento de pluma que gusta cultivar”. Y el de Gabriel García Márquez es más que eufórico, hiperbólico: “No sólo era un excelente escritor, sino que formaba parte de aquellos que escriben todos los días de su vida, como lo hacen los grandes”.

Imposible entonces deslindar escritores y escrituras de la figura de este presidente de izquierdas que reaccionó muy y mucho como un apparatchik, como un homonculus de la Guardia Suiza de los tiempos de Luis XIV (aquellos que husmeaban por los corredores) y del Opus Dei del siglo XX, como una entidad primordial e incognoscible; él, quien apenas unos meses antes de morir admitía en entrevista a Elie Wiesel su deseo de «confiar a la escritura la tarea de ordenar su vida»… Rodeado de libros de todos los espesores, FM no pudo evitar que la posteridad descubriera aquella carta en la que, con tan solo veintiún años, le preguntara de modo retórico a su prima Marie Claire Sarrazin: “¿Cómo Dios ha podido crear el mundo sin que yo esté en el origen?”.

Tal vez la mejor definición haya sido la otro de sus rivales, Jacques Chaban-Delmas, ex Primer Ministro del gobierno Pompidou, quien también lo describiría como un rey, “pero si realeza hubo –insiste–, fue la de un rey de Shakespeare, ahogado por la sombra, rodeado de clanes y de intrigas”.

Gerardo Fernández Fe
París

Publicado en
0 respuestas
Comentarios