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Narrando a Osama

  • pd
    Editor Jefe
  • ene 19, 201220:45h
  • 7 comentarios

por Ruth Franklin

En los días posteriores al 11 de septiembre, el entonces senador de Illinois, Barack Obama publicó un artículo en el Hyde Park Herald, su periódico local, enfatizando la “difícil tarea de comprender las fuentes de esa locura.” (La referencia llega a través de David Remnick, que cito el artículo en The Bridge, su biografía de Obama, y de nuevo el lunes en su reacción ante el asesinato de Osama Bin Laden.) “La esencia de esta tragedia —escribió Obama— deriva de una fundamental ausencia de empatía por parte de los atacantes: la falta de habilidad para imaginar, o conectar con, la humanidad y sufrimiento de los otros. Este fallo de la empatía,” continuaba, “esta insensibilidad ante el dolor de un niño o la desesperación de un padre, no es innata; ni, como nos muestra la historia, peculiar de una cultura, religión o etnia concretas.”
Estas líneas, debemos decirlo, no son particularmente agudas. La falta de empatía del yihadista hacia las víctimas de un ataque terrorista no es necesariamente un fallo de la imaginación; antes bien, el yihadista escoge dejar a un lado la empatía pues concentrarse en una recompensa cósmica antes que en los sufrimientos a corto plazo de los individuos es parte de los que significa ser yihadista.

Pero las palabras de Obama resuenan en el momento de la muerte de Bin Laden por otro motivo. No esperamos empatía de los yihadistas, pero sí es lo que buscamos en nuestros novelistas. Desgraciadamente, tan sólo un puñado de novelistas americanos han intentado escribir de cerca sobre los terroristas. Y sus esfuerzos han sufrido mucho precisamente por la falta de imaginación que Obama criticaba en los yihadistas, ofreciendo un acercamiento sorprendentemente pobre en torno a las fuentes de su locura. Una lista de lecturas sugeridas en torno a Bin Laden, publicada el lunes por el The New York Times no incluía ni una sola obra de ficción.

Parte del problema es la falta de conocimiento. Lo poco que “sabíamos” sobre Osama Bin Laden, ahora lo sabemos, estaba equivocado. No estaba oculto en alguna remota cueva en las montañas fronterizas de Pakistán-Afganistán, lejos de la civilización. En cambio, estaba en una McMansion pakistaní, un reducto de generosas proporciones rodeado de concreto y alambre de espino, situado a un paso de una prestigiosa academia militar en una ciudad de mediano tamaño. Es cierto, la inmediatez digital de la muerte de Bin Laden —desde los casi instantáneos informes del raid en la prensa electrónica a los divulgadísimos pantallazos Google Earth de su escondrijo— hacen que todo esto parezca extrañamente próximo. Pero nuestra imaginación colectiva sobre el funcionamiento interno de Al Qaeda se ha mostrado en profunda discordia con la realidad. Y, como los esfuerzos de los novelistas han mostrado, el lugar al que todavía no podemos llegar es la mente de un yihadista.

La más clara demostración de esto fue Terrorist de John Updike, novela del 2006, en la que el principal personaje —un adolescente árabe-americano dominado por un imán de centro comercial— se construye de manera tan incompleta que, como escribió James Wood en su reseña de la novela para The New Republic, los intentos de Updike para darle profundidad equivalen a “poner nata sobre un pastel hueco.” En comparación, el protagonista de American Taliban de Pearl Abraham, novela que apareció el año pasado, es imaginado de forma atrevida, y no es ciertamente un estereotipo: John Jude Parish es un surfista y skateboarder rubio que se ve vagamente arrastrado hacia el misticismo a la manera típica de un adolescente desocupado. Cuando una pierna rota lo obliga a alejarse de sus deportes, encuentra en el estudio del árabe la disciplina de la que carece su vida; su cambiante camino le lleva de la escuela de lengua árabe de Brooklyn a una academia islámica en Peshawar y, de allí, a un campo de entrenamiento de Al Qaeda. Pero Parish está tan lejos de ser un terrorista típico, su ruta es tan salvaje y fantástica que arroja poca luz sobre el fenómeno.

Se puede argumentar que los novelistas occidentales tienen mucho en su contra desde el mismo comienzo. ¿Podemos confiar en que un escritor llamado Updike o Abraham consiga penetrar en la mente de un yihadista? Aunque los dos tengan cosas de valor que decir, su incertidumbre sobre el tema se muestra a los largo de la página con la falta de precisión que cada uno de ellos aporta al entorno islámico que rodea a sus personajes. Una forma casi taquigráfica, gesticulando sobre cosas que creemos saber —cosas de las que hemos oído hablar—pero que no conocemos realmente. ¿Qué es en realidad un imán de centro comercial? ¿Cómo es una mezquita por dentro? Tenemos una descripción —una vista aérea de las escaleras, cruzando a través de una puerta doble, alfombras que necesitan ser aspiradas, y todo eso—pero es tan poco visceral que uno casi puede ver al novelista de pie detrás de la cortina, con su papel y lápiz, teniendo cuidado de anotar el salón contiguo de manicura y el establecimiento donde pagan cheques. Updike admitió que su investigación para la novela era superficial —e incluso consultó un libro llamado The Koran for Dummies.

Lorraine Adams, cuya novela del 2004, Harbor, es a la vez el libro más realista y exitoso dentro de este pequeño grupo de novelas sobre el terrorismo, apela a la credibilidad del lector estableciendo la identidad de su protagonista como su carácter definitorio —es un refugiado argelino que acaba en Boston después de ser polizón en un barco— antes de enrumbar hacia la Yihad. Cuando un escritor piensa lo suficiente acerca de los apuros de su personaje —desde el daño físico que sufre por las condiciones del barco a la constante confusión de su ajuste a América— los lectores no sentimos aprensión acerca de si ha hecho o no sus deberes. (Tal vez no sea casual que Adams haya sido también una antigua reportera, ganadora del Premio Pulitzer, que ha cubierto el contraterrorismo y tenido acceso a material recogido por el FBI). Pero su libro, como el de Abraham, trata sobre un terrorista accidental, un hombre que es sobre todo arrastrado por los demás. Tal vez un yihadista intencional representa una barrera imaginativa demasiado difícil de cruzar.

Updike dijo en una entrevista que sólo podía sentirse cómodo escribiendo sobre un personaje americano. “Con tantos periodistas y otros novelistas que se ocupan de ello, no hay necesidad de comprender a un terrorista saudí, sirio o palestino,” declaró. “Otros pueden hacerlo mejor.” Pero el problema es que el mercado norteamericano no está precisamente saturado de novelas de árabes sauditas, sirias o palestinas que exploren los motivos de los terroristas locales. Algunas antologías han aparecido a lo largo del último año, incluyendo Beirut 39, una colección de jóvenes escritores del mundo árabe, y Tablet and Pen de Reza Aslan, un grueso volumen que incluye favoritos sentimentales como Khalil Gibran y Naguib Mahfouz así como autores más incisivos. Pero las antologías son panoramas, no estereoscopios. La imagen que presentan es amplia, no profunda. Beirut 39 facilita una tentadora muestra de una novela llamada The Twentieth Terrorist del escritor saudita Abdullah Thabit, un antiguo extremista que ha recibido cartas amenazantes y amenazas de muerte por revelar detalles del adoctrinamiento ideológico. Pero el libro aún no ha sido traducido en inglés; tan sólo algunas páginas están disponibles.

Desde luego, la literatura no debería ser parte de las políticas de la identidad. Los mejores escritores —David Mitchell sacó brillantemente adelante su reciente relato épico sobre el Japón del siglo XVIII— son auténticos ventrílocuos, capaces de hablar en nombre de personajes con los que comparten poco en la superficie. Pero la lógica nos indica que sería imposible escribir una novela auténticamente grande acerca de una cultura sobre la que conocemos poco, porque la ficción realista requiere una precisión que puede ser obtenida únicamente a través de un contacto integral. ¿Podría Dostoievski haber escrito Crimen y castigo sobre un estudiante en Helsinki en lugar de San Petersburgo? ¿Qué pasaría si Flaubert hubiera convertido a Madame Bovary en una esposa rural de los Appalaches? Ninguna investigación y preparación puede igualar la inmersión total en un mundo.

Pero incluso la inmersión tiene sus límites. En un momento de buena racha cósmica, la última edición de Words Without Borders, la revista de Internet dedicada a la literatura traducida, incluye ahora escritos de Afganistán. El número incluye algunos excelentes trabajos, incluido el cuento de un muy joven escritor, Mahmud Marhun donde se describe el monólogo interno un yihadista que se descubre excluido del paraíso y otro relato destacable de Zalmay Babakohi, un emigrante que ahora vive en Canadá. Incluso esas obras retroceden ante una visión cercana de Bin Laden. La historia de Babakohi, The Idol’s Dust, describe la destrucción por los talibanes de los Budas de Bamyan, las esculturas gigantes que antaño se alzaron en la parte central de Afganistán. En la visión de Babakohi, el polvo de los Budas se asienta sobre los talibanes y los cubre; cuando intentan frotarse para limpiarse, descubren que se han transformado en ídolos. Finalmente la noticia de la situación llega al “comendador de los creyentes,” y el mullah a cargo de la operación recibe la orden de presentarse en persona. Cuando aparece, temblando de miedo, ante su líder, viéndole en persona por vez primera, está tan asombrado que no puede hablar. Todo lo que ve del Comendador —y lo único que vemos a través de los ojos del mullah— es el mismo polvo del ídolo en la frente del Comendador.

Ilustración: Aman Mojadidi: After a Long Day’s Work (A Day in the Life of a Jihadi Gangster Foto Series)

* Este artículo fue publicado originalmente el 4 de mayo de 2011 en la versión electrónica de The New Republic. Traducción exprés: Juan Carlos Castillón.

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7 respuestas
Comentarios

  • LECTOR dice:

    Pues si fue casual, lo que hay es que arreglar la errata y no se hable más.

  • juan carlos castillón dice:

    La errata fue casual. Trabajo estas traducciones de madrugada, después del trabajo de verdad. Por lo demás no es peor que las erratas de varios periódicos que confundieron los nombres a la hora de anunciar la muerte de Obama, perdon Osama. No le busques cinco pies al gato…. no los tiene.

  • Leah dice:

    De acuerdo 100 % con Alina y Francotirador. Nada mas que agregar.

  • Francotirador dice:

    De acuerdo con Alina. Es dificil meterse en la mente de una gente tan compleja y malvada de mente como estos terroristas que prefieren inmolarse junto con sus victimas y no les importa a cuantos civiles matan.
    OBL no hubiera podido esconderse en Paquistan si no hubiera tenido un padrino dentro de las fuerzas militares de ese pais. Cerrado en una mansion que sobresalia por sobre todas las demas del barrio a solo metros de la escuela elite de las fuerzas armadas de Paquistan. Es obvio para cualquiera que tenga dos dedos de frente, que este tipo tenia ayuda de alguien dentro de los militares o de los servicios de inteligencia de Paquistan.
    Con esa cara tan conocida por todo el mundo solo con la descarada complicidad de los paquistanies pudo haber sobrevivido tanto tiempo escondido dentro de una ciudad de ese tamaño.
    A la luz de estos hechos, la verdad es que no se comprende porque todavia USA continua enviando millones de dolares en ayuda a esta gente de Paquistan.

  • Alina Brouwer dice:

    Hace un tiempo, un tio mio. un EX SEAL que estuvo en Afganistan a principios de la guerra, me contaba que tenian batallitas y escaramuzas con los talibanes y que cuando capturaban a los mismos y estos veian que a los americanos les daban medallas, los talibanes tambien comenzaron a pedir sus medallas. Los americanos se soprendian ante tales peticiones. Lo talibanes les decian que ellos tambien querian medallas, porque ellos tambien habian peleado. No entendian que habian bandos diferentes, no podian comprender que las medallas eran de sus enemigos. Esta historia tan simple, muestra la desconeccion absoluta de esas personas con el resto del mundo, no es su culpa por supuesto. Mi tio, ahora retirado y director de un hospital en un estado de la America profunda, me conto que estas personas han estado en guerras entre unos y otros desde siempre, y que lo ven como cassi como una manera de vivir. Lo que es aprovechado por mentes como la de OBL, que supo capitalizar la situacion y convertirse en una especie de dios en esa parte del mundo.
    Tratar de entender la mente de un yihadista es casi un ejercicio al vacio, es como tratar de entender a los yihadistas castristas, ese fanatismo por la figura de un personaje como otro cualquiera.
    Gracias, muy bueno el articulo.
    Mi opinion: Siempre supe que OBL estaba escondido en alguna ciudad, con todas las comodidades que el le negaba a sus seguidores. Solamente aquellos que no conocen como funcionan las mentes de los “dirigentes terroristas” pensarian que estaba escondido en una montanya. Que le haya zumbado a la mujer delante de los seals para tratar de salvar su pellejo o al menos para tratar de ganar tiempo y echar mano a alguna arma, como la ak47 que tenia junto a el no debe sorprender a nadie tampoco. Ernesto Guevara alias Che, tambien se entrego vivo, desppues que pedia sangre, muerte y destruccion para otros. Cuando agarraron a Guevara, este pidio que no lo mataran, alegando que valia mas vivo que muerto. Que valiente el muchachon no? Guevara, como OBL son los tipicos “bullies”, los tipicos abusadores, que casi siempre, son unos cobardes de marca mayor. No hay peor acto de cobardia que secuestrarr a personas. Ese es el tope de la cobardia.
    He escuchado que el terrorista OBL estaba absolutamente sorprendido de la presencia de los seals alli. Eso me da a pensar que OBL estaba, como suponemos algunos, en ese territorio protegido por algun alto militar. Con lo cual OBL esperaba que estaria alli por los siglos de los siglos hasta que desde aquella guarida, hubiese terminado con America?
    Absurdo. Solo en una mente que delira se podria cocinar tal idea.
    Creo que a los escritores se les hace dificil entretener la idea de la vida real de un yihadista, la mente de una persona adoctrinada y fanatica no funciona de la misma manera que una mente normal acostrumbrada al debate. Mucho menos los americanos, quienes viven en una sociedad abierta, les es muy dificil , o casi imposible diria yo, comprender como funciona un fanatico. Un fanatico no piensa.
    Un saludo,
    A.B.

  • Ein zuverlaessiger Freund dice:

    Aunque parezca un typo, la referencia a Obama Bin Laden es de bastante mal gusto.

  • espn4 dice:

    En el articulo original dice: “The conventional wisdom about Osama bin Laden, we now know, was all wrong…” En la traduccion: ‘Lo poco que “sabíamos” sobre Obama Bin Laden, ahora lo sabemos, estaba equivocado…’ Cambiar Obama por Osama puede ser casual pero es desagradable.