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En venta las medallas

  • ene 18, 201221:23h
  • 4 comentarios

Grados militares, estrellitas, distinciones de mayor o menor importancia: condecoraciones que remiten a glorias pasadas. Junto a los libros que se venden en la Plaza Vieja —y las postales turísticas con el rostro del Che— tenemos el mayor mercado de medallas de todo el país. Si en Alemania oriental cayó el muro y después el comercio de las insignias ganó la calle, aquí éste ha surgido frente a los ojos de quienes prendieron esas calaminas sobre las solapas. Muchos trabajadores de vanguardia, soldados mutilados y federadas combativas que recibieron tales honores prefieren hoy intercambiarlos por pesos convertibles. Mercadean en moneda fuerte el objeto que los distinguía como modelos sociales a imitar.

Sobre un tapete rojo, carente ya de cualquier sobriedad, se exhiben los emblemas de una nación sofocada entre diplomas y distintivos. La herencia soviética nos dejó esta larguísima fila de órdenes, distinciones, ramas de olivo, laureles de blando metal, certificados de destacado, hoces y martillos pintados en rojo y escudos de la república impresos sobre zinc. Una parafernalia del reconocimiento que calcó el kitsch y la desmesura llegados desde el Kremlin. En aquellos años nadie quería quedarse sin su condecoración, pues esas distinciones se trocaban por prebendas o privilegios. En las asambleas donde se entregaba un refrigerador o una lavadora, los aspirantes al electrodoméstico iban con su ristra de galardones colgada en la camisa. La reunión se convertía así en un ring de méritos, en un carnaval de hazañas exageradas. Pero eso fue hace mucho tiempo…

A estas alturas de tan escéptico 2012, la estética de aquellas insignias nos provoca una mezcla de curiosidad y extrañeza. Algunos vagabundos de la Habana Vieja se las colocan sobre el pecho para que los sonrientes turistas les regalen unas monedas. También, escondidas en el fondo de innumerables gavetas, yacen muchas de aquellas reliquias por la indiferencia o la decepción de su beneficiario. Otras —sencillamente— tienen un precio. Se venden en el mercado de antigüedades junto a muestras numismáticas del siglo XIX o cámaras Leica octogenarias. Los compradores sopesan las medallas, le regatean al vendedor, para al final descartar o llevarse el frío metal que contiene tanto pompa como fracaso; esplendor y caída.

Yoani Sánchez
La Habana

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4 respuestas
Comentarios

  • Lucien dice:

    Aqui en los EE.UU hay muchas personas condecoradas y que conservan las medallas. Lo insolito de Cuba no son las medallas, sino el hecho de venderlas.

  • cubanoenmadrid dice:

    Recuerdo a una comunista retirada de mi familia, que tenía en su haber mas de diez medallas. En una ocasión la invitaron a un encuentro de Federadas y a su regreso olvidó la caja con las condecoraciones en un coche.
    Luego andaba como loca buscando al cochero para recuperarlas pero no recordaba su cara. Yo solía decirle “Lo encontrarás fácil. Cuando veas una yegua condecorada con la orden Ana Betancourt ese es tu cochero” jaja

  • german dice:

    si eso lo vi en la catedral pero sobre un tapiz rojo con un viejo que las vendia pero crei que eran falsas pues nadie les paraba bolas , nunca me gane una , pero podia haber comprado alguna de vanguardia ,por un chavo , y a lo mejor ese corto canas como un transtornado por esa medalla jajajaj yo se lahubiera comprado por menos de un minuto de trabajo que pais que gente pero que gente

  • ADVIL PM dice:

    “Aqui lo que importa es el cash”, dijo el ex-general que combatia el capitalismo.

    Buen post Yoani!

  • matronize