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Mi deseo para el 2012: indignados

  • ene 13, 201219:48h
  • 2 comentarios

Una amiga europea que recientemente visitó La Habana, me preguntó cuál sería mi mayor deseo para este 2012. Con seguridad, ella esperaba que yo le dijera los conjuros de siempre: el fin de la dictadura, democracia, paz, libertad, etc. Los deseos que hemos tenido decenas de miles de cubanos cada inicio de año y que, a pesar de todos los pesares, siguen pendientes. Tal vez los espíritus propiciatorios, esos que presuntamente participan o inciden en las aspiraciones humanas, necesiten percibir algo más de voluntad en los aspirantes… alguna señal que indique un poco más de bríos para hacer realizables los sueños, algo que permita cumplir lo que reza aquel viejo refrán: “ayúdate, y Dios te ayudará”.

Por eso le respondí a mi amiga, sencillamente, que para 2012 quería ver a Cuba llena de indignados. Y es que el día que eso suceda estaremos más cerca de esa democracia y esas libertades tan largamente anheladas. No me refiero a la indignación pueril de protestar en alguna cola o en cualquier esquina —en diferentes tonos de voz y dispuestos a callar cuando algún sujeto con pinta de policía política nos mira con insistencia—, por los problemas del transporte estatal, o por la contracción cada vez mayor de los mal llamados “subsidios” —método parametrador-distribuidor de la miseria nacional. Tampoco hablo de los comentarios más o menos cómplices sobre “lo malo que está esto”. Hace no menos de 20 años que estoy escuchando la frase “lo mejor que tiene esto es lo malo que se está poniendo”, o “nunca es más oscura la noche que antes del amanecer”, sin que haya existido el menor atisbo de mejoría o de luz. Antes bien se puede asegurar que todo a nuestro alrededor empeora y se oscurece. Así, es obvio que se precisa de un cambio; no ya por parte de una autocracia aferrada al poder que, naturalmente, se resiste a cambiar. Lo que precisamos es un cambio de actitud en los cubanos.

Mi deseo mayor para este 2012 es, entonces, que los cubanos comunes, esos que en todos los discursos son agrupados bajo la genérica denominación de “pueblo”, se decidan de una buena vez a hacer pública y manifiesta su indignación. Podríamos, por ejemplo, manifestarnos por las calles o frente a la sede del gobierno para reclamar el cese de la dualidad monetaria, teniendo en cuenta que los salarios se pagan en un tipo de moneda y la mayoría de los productos se comercializan en otro. De paso, sería pertinente reclamar también que los salarios dignifiquen el trabajo y sean fuente de bienestar y no una burla impresa en papel moneda. Podríamos exigir que se deroguen los retrógrados permisos de salida y todas las limitaciones migratorias que nos mantienen como esclavos reclusos de la plantación insular. Podríamos reclamar el sagrado derecho a la información, a la libre circulación de ideas, a participar en la toma de decisiones sobre nuestros destinos, a elegir qué tipo de educación queremos dar a nuestros hijos. Podríamos demandar, en fin, quién y cómo queremos que gobierne en nuestro país.

Si piensan que tales demandas exceden las cotas de indignación de algunos, quizás podríamos comenzar por protestar ante el aumento indetenible del precio de los alimentos, o por plantar cara ante los malos tratos de la mayoría los funcionarios públicos, o acusar públicamente a la corrupción que termina golpeando con más fuerza a los más desposeídos. Podríamos simplemente pedir la baja del CDR (los que aún son cederistas) o dejar de asistir a las asambleas de rendición de cuentas y a esa caricatura suprema de democracia: las “elecciones” de circunscripción. Porque —más allá de las manifestaciones de protesta que se producen en el Primer Mundo y que los medios de prensa oficiales tienen la desfachatez de divulgar aquí— si de algo no carecemos en Cuba es de motivos para estar indignados.

Por eso he modificado mis deseos para este año, convencida de que para que la democracia finalmente surja los cubanos deberemos dejar de mirar hacia afuera y hacia arriba esperando soluciones desde la solidaridad de otros, desde el gobierno cubano o desde Dios, y asumir lo que nos corresponde por responsabilidad y por derecho. Las recientes declaraciones del General-Presidente —en ocasión de la despedida a su homólogo, el dictador iraní de visita en Cuba para vergüenza nuestra— acerca de que la Conferencia Nacional del Partido Comunista a realizarse el 28 de enero no será más que el ordenamiento de la vida interna de esa organización (¿política?), supuestamente para dar cumplimiento a los lineamientos del pasado VI Congreso, da el tiro de gracia a las aspiraciones de amplios sectores moderados que todavía tenían la expectativa de un debate ciudadano en torno a las decisiones gubernamentales, entre ellos, algunos espacios de la Iglesia Católica que se han venido pronunciando por un diálogo “inclusivo y transparente” del gobierno con la sociedad cubana. Será interesante, ante las circunstancias, seguir a partir de ahora los editoriales de dichos espacios para conocer qué nueva propuesta nos hacen.

Así, pues, lo que deseo para este 2012 es eso: indignados. Miles y miles de cubanos indignados por más de medio siglo de estafa. Indignados, aunque sólo sea para salvar los despojos de vergüenza nacional que queden todavía tras décadas de dictadura.

Miriam Celaya
La Habana

Caricatura: Santana.

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2 respuestas
Comentarios

  • yanet dice:

    si, tienes mucha razón, no sin cierto grado de verguenza lo admito… hay que sacar el grado de indignación o de encabronamiento que todos llevamos dentro y que sólo explota en espacios inútiles para que realmente tengan alguna consecuencia más allá de la catarsis individual…
    ojalá y el 2012 haga tu deseo realidad

  • Sin Salida dice:

    Mas claro agua. El que no llora no mama.