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Una carta a Vera

  • pd
    Editor Jefe
  • ene 06, 201216:44h
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23 de octubre de 1942

Hartsville, South Carolina

Amor mío:

He tenido el más horrible de los viajes. Cuando me subía al coche cama en Nueva York resulta que mi cama estaba ya ocupada por otro pasajero horizontal, al que le habían vendido la misma plaza que a mí. Sin embargo, se lo tomó mansamente y tuvimos una amable charla esperando para ir al baño mientras los jefes de vagón resolvían nuestro pequeño problema. Finalmente fue enviado a otro coche mientras yo me recogía en mi legítimo lugar, cerca ya de la medianoche. No pude dormir en absoluto ya que en numerosas estaciones los salvajes sobresaltos y escándalos de la cópula entre vagones y su desbloqueo no permitían ningún descanso. De día, los bellos paisajes a duras penas aparecían tras grandes árboles en una profusión de formas —con sus sombras que parecían pintadas al óleo y un verde iridiscente que me recordaba o bien la imagen que conservo de los valles del Cáucaso o la vegetación sublimada de Potter (con un poco de Corot). Cuando me bajé en Florence me sorprendí de forma casi inmediata ante el calor y el sol, y la alegría de las sombras —parecida a la que uno siente cuando llega a la Riviera desde París. El tren llegó con una hora de retraso y, desde luego, el último autobús ya se había ido. Llame a Coker y me respondieron que me dirían algo después sobre un coche. Esperé, una hora y media, en un pequeño restaurante, cerca del teléfono, en un estado de creciente cansancio, sin afeitar e irritado. Finalmente una voz profunda me dijo en el teléfono que se encontraba en Florence por negocios, que era el profesor (no capté su nombre) en la Universidad, que le habían informado sobre la situación y que alrededor de las seis regresaría conmigo a Hartsville. La conferencia estaba programada a las ocho. Le pregunté, en una voz que me pareció apagada, cómo esperaba que le esperase (quedaban aún tres horas hasta las seis), y él alegremente me dijo que llegaría de inmediato y me llevaría a un hotel, no indicó cual, y yo no estaba muy seguro de haberle entendido correctamente. Me dirigí a la sala de espera cercana y comencé a esperarlo. Al cabo de un rato me pareció que un joven taxista, hablando con alguien en el teléfono para taxistas de la entrada (había salido, aburrido de los duros rígidos bancos), había pronunciado mi nombre. Me acerqué y le pregunté si había pronunciado mi nombre. Se trataba de un error. Había recibido una llamada de alguien llamado Yellowater, o algo así, remotamente similar en su sonido. Pero siendo charlatán, me informó que algún tonto, que había sido instruido por alguien de algún hotel para recoger a alguien en la estación del tren, había estrellado su coche golpeando un camión y le había pedido que se ocupase del trabajo. Me pareció que el nombre del hotel era exactamente el mencionado por la voz profunda y propuse, a su bastante breve consideración, la cuestión de que tal vez yo fuera la persona debía recoger. Resultó que el caballero iba a ir a Hartville, pero su colega no le había dado ni mi nombre ni el nombre del hombre que le había enviado, y ahora no había forma de alcanzarlo. Ya que nadie llegaba a recogerme y no tenía absolutamente ninguna idea de qué hacer (bueno, siempre podía alquilar un coche e ir a Coker, pero temía que el propietario de la voz profunda me siguiese buscando), decidí que por alguna razón yo era la persona en cuestión. Cuando fui depositado, junto a mi maleta, en el Salmon Hotel sucedió que nadie allí sabía nada. Mi última tenue conexión con Hartsville, representada por el conductor que me había traído, había desaparecido (le había dejado partir tontamente), y estaba dando vueltas por el lobby, con la espantosa sensación de que todo era un tremendo malentendido, que había sido traído allí en lugar de otra persona y que la Voz me estaba buscando contra toda esperanza en la estación de tren.

Pensándolo de nuevo, decidí llamar de nuevo a la Universidad, aunque sólo fuera para enterarme del nombre de la Voz. Cuando me acercaba a la oficina para la necesaria información, oí a una de las numerosas personas en la recepción decirle a otra que no comprendía cuál era el problema —¿por qué el taxi que había mandado a la estación no había regresado? Me metí en la conversación y pregunté de forma bastante desesperada si era a mí a quien esperaba. “Oh, no,” me dijo. “Estoy esperando a un profesor ruso.” “Pero yo soy un profesor ruso.” “Bueno, pues no lo parece,” me dijo entre risas, y todo se aclaró y nos abrazamos. Resultó ser un tal Ingram, profesor de teología, de buena naturaleza y simplemente agradable. Eran ya cerca de las cuatro y me prometió apenas acabase lo que estaba haciendo me recogería y me conduciría (cincuenta millas) a Coker. Intuyendo que no tendría tiempo de afeitarme antes de la conferencia (la cena estaba prevista a las seis y cuarto) salí a buscar un barbero. Me afeitó horriblemente, dejando mi nuez de Adán irritable, pues en la silla de al lado un niño chillón de cinco años se agarraba al barbero que trataba de alcanzar la parte trasera de su cabeza con las tijeras; en fin, que el anciano que me afeitaba estaba nervioso, le dijo al niño que se callase y me cortó ligeramente debajo de la nariz.

Ingram llegó justo a tiempo y precisamente cuando doblábamos la primera esquina una esbelta dama nos llamó desde la acera. Cuando nos detuvimos estaba avergonzada y dijo que había confundido nuestro coche con un taxi y (todo el mundo aquí es muy charlatán) añadió que estaba tratando llegar a la Universidad de Coker, donde estudiaba su hija, y temía llegar tarde a la conferencia de un escritor ruso. El día estaba obviamente lleno de coincidencias caprichosas, y allí estábamos los tres rodando por la autopista, hablando sobre el cristianismo y la guerra —una buena pero quizás aburrida conversación, que duró hasta Hartsville. A las seis en punto fui llevado a un magnífico edificio, la magníficamente columnada mansión de la señora Coker (la nuera del fundador, el alcalde [James] Coker), y permanecí allí como invitado hasta el martes. Tan pronto como irrumpí allí me dijo que en diez minutos los invitados en mi honor llegarían, así que me bañe a toda velocidad y me puse mi smoking armadura. Te quiero. La camisa salió tan almidonada que los gemelos no lograron pasar a través de los ojales y acabé con uno de ellos rodando bajo la cama (apenas hoy lo he podido encontrar). Finalmente, viendo que eran ya las seis y veinte, pasé de los gemelos y bajé [al salón] sin que pudieran verse las mangas. La intuición me empujó a mostrar la falta de gemelos y entonces los gemelos de otra persona aparecieron y, ante la aprobación general, una de las damas (aunque no de las más guapas) me los colocó en mis puños acartonados. A partir de aquel momento todo se deslizó suave y exitosamente.

La fotografía no había sido enviada, así que no era una sorpresa que la universidad esperase un caballero con la barba de Dostoyevski, el bigote de Stalin, el pince-nez de Chéjov y una blusa a la Tolstoi. Los libros aún no habían llegado tampoco (llegaron el viernes. He estado escribiendo esta carta durante dos días, querida mía ya son las diez de la noche del sábado). Por esa razón el decano Green me presentó a la audiencia de forma bastante vaga. Hablé del “sentido común” y la cosa salió bastante bien, incluso bastante mejor de lo que normalmente suelo esperar.

Después del almuerzo (el día siguiente) el biólogo de la universidad me condujo en su coche hasta los bosques cercanos, o mejor dicho, hasta las arboledas cercanas al lago, donde recogí varias hespérides destacables y varios tipos de piérides. Es difícil expresar la excitación de vagabundear a través de esta extraña hierba azulada, entre los arbustos en flor (uno de los arbustos estaba lleno de bayas brillantes, como si hubieran sido coloreadas con una pintura púrpura barata —realmente chocante ese matiz químico, pero el árbol más abundante del área es un tipo de pino particularmente delicado). Hacia el oeste las plantaciones de algodón, y la riqueza de los numerosos Cokers que parecen ser propietarios de medio Hartsville, está fundada en esa misma industria del algodón. Es tiempo de cosecha, y los “negritos” [“darkies” en el original] (una expresión que me sacude, recordándome de forma vaga el patriarcal “zhidok” [judío] de los terratenientes de la Rusia occidental) recogen los campos, consiguiendo un dólar por cada cien “bushels” —estoy informando estos hechos interesantes porque se han pegado mecánicamente en mis orejas. Hoy, después de la “Tragedia de la tragedia”[1] salí a coleccionar de nuevo —y de nuevo fue maravilloso, y después del almuerzo apareció un ministro presbiteriano, Smyth; es un apasionado coleccionista de mariposas e hijo del famoso leptiropedista Smyth del que sé un montón (se especializó en los esfíngidos). Los dos con redecillas, el ministro y yo, nos dirigimos a una nueva localización a pocas millas de distancia y estuvimos buscando mariposas hasta pasadas las cuatro. A las cinco el mejor jugador de tenis de la universidad, un botánico, me recogió y tuvimos un agradable partido (los pantalones cortos blancos fueron útiles) hasta las seis, tras lo cual hubo una cena (he llevado smoking tres días seguidos) y la habitual recepción académica en la universidad. Dicho sea de paso, el último conferencista invitado fue el bastante rarito Charles Morgan.

Ya estoy loco de impaciencia por regresar a ti y al museo y, tan sólo cuando avanzo entre los arbustos en busca de alguna Techla siento que ha valido la pena venir hasta aquí. Uno de los Cokers me dijo que cuando estaba despidiéndose de su esposa, que se iba a Europa en el Bremen, un alemán que estaba a su lado agitaba su pañuelo con todas sus fuerzas y chillaba “Geh zu zeine Kabine, ich bin müde!” [Vete a tu cabina. Estoy agotado]. Durante las tardes aquellos que tienen hijos rara vez salen (a pesar de su riqueza) porque no tienen con quién dejarlos; los sirvientes negros nunca duermen en sus casas —no está permitido— y no pueden tener sirvientes blancos porque éstos no trabajan con los negros. Hay Tíos Tom sentados en cada esquina.
Te beso, querida mía —y por favor no creas que estoy persiguiendo a las mulatas de por aquí. Suelen ser del tipo Miss Perkins, y las jóvenes tienen esposos apasionados; no veo apenas chicas estudiantes. Por aquí se come satisfactoriamente.

[1] Una de las conferencias escritas por el autor para un ciclo de charlas en la Universidad de Stanford, durante el verano de 1941.

* Esta carta fue originalmente publicada en The New Yorker, junto con otras pruebas del arte epistolar del autor. Traducción: Juan Carlos Castillón.

Foto: Cyllopsis pertepida avicula (V. V. Nabokov, 1942)

PD: Vladimir Nabokov en Penúltimos Días.

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