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Una postal de Navidad

  • dic 31, 201114:02h
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Tendrían que pasar muchos años para que yo pudiera leer “Las siniestras Navidades”, de Gabriel García Márquez. En aquel exquisito artículo el Gabo despotricaba de la manera occidental de celebrar el nacimiento de Cristo. No comparto muchas de sus ideas, pero admito la maestría de su prosa, es así. Mientras el escritor criticaba la avalancha de consumo que se practica detrás de cada Nochebuena hasta llegar al Día de Reyes, miles de cubanos fueron perdiendo la alegría de compartir junto a la mesa lo que pensaban era un acto de comunicación humana sin más pretexto que eso: el compartir.

El acto solemne de pensar o creer que el Nazareno nació un 25 de diciembre, y antes de medianoche, bien vale arrimar el menudo de la cartera y comprar un asado, una botella de vino, y pasarla en familia. Deja sus dividendos comerciales, pero no es ni más ni menos que el acto primitivo de apedrear un animal y verlo asarse entre las brasas, dentro de la cueva. Insisto en que sigue siendo un acto de comunicación humana, diga lo que diga el Gabo, escóndase donde se esconda para beber esas botellas de whisky que dice haber consumido, según artículos parecidos.

Mis Navidades primeras tienen que ver más con la miseria que con la pobreza. Más con la oralidad de mis abuelos y mis vecinos de hace treinta y pico de años que con cierta parafernalia, brilladera y jolgorio que he visto desde hace una década acá. Pero son mis Navidades. Para mi abuelo Clemente, un canario venido a menos como leñador en una cooperativa pesquera de la Revolución, las Navidades se concretaban en el influjo de vocablos que soltaba como un santo rosario: turrones de Gijona (o de Alicante), peras en almíbar, albaricoques, manzanas, vino de La Rioja (“siempre un riojano”, decía, “nada como un riojano”), un pavo, un ganso, o un guanajo… Y después, cuando se cubanizó por completo, un puerco asado a la púa y servido en una yagua, ahumado con hojas de guayaba y ron (Palmacristi, Paticruzao, y a falta de fondos para algo digno, aguardiente Pitirre).

¿Navidades o Bacanales? Para los guajiros que me rodearon al nacer las Navidades eran sólo una noche, lo demás eran unos velones llevados por señoras adustas y luctuosas, una estrella dorada colocada en lo alto de la iglesia del pueblo de Pilón, que nadie se atrevía a prohibir, y un Nacimiento adornado a la manera del cura de turno.

Esa suerte de fiesta pantagruélica fue rodando de boca en boca, y aunque con los años mi familia se fue volviendo más pobre, mis tíos se encargaron de llevar a cada ejemplar suyo el atado de palabras que nos conectaba con el abuelo Clemente, aunque ellos mismos recordaran poco de aquel idilio en un pueblucho arrimado a la Sierra Maestra y maldecido desde siempre por los tiroteos entre casquitos y rebeldes, los desmanes de Sosa Blanco, los otros fusilamientos sin comprobar en el enero victorioso, el ahorcamiento de chivatos y las furnias de los nuevos actores.

Mi madre se llevó de casa el manual de las libaciones, del hartazgo y las tentaciones, y cada año, cada noche decía de las Navidades. Entonces vine a nacer en un macizo cañero irrigado por el río Cauto. Por supuesto, en el año 71 hablar de Nochebuena o Navidades era una burla a los Diez Millones que no se habían logrado el año anterior.

Yo sé que ahí se jodieron mis Navidades. En el cuartón, asentamiento o barrio cañero en que nací sólo se hablaba de la Zafra del Pueblo. Esperar Nochebuena era un sacrilegio, me han dicho, pero allí coincidían los días finales del año y los preparativos para la zafra que empieza con el frío de enero (así es la naturaleza), y mis Navidades se limitaron a la Bota cañera que el coloso azucarero “Urbano Noris” (de San Germán) entregaba a mi padre. A saber: 20 latas de carne rusa, 20 latas de leche condensada, varias barras de membrillo y de naranja, tomate o guayaba, una lata de galletas de sal, sardinas en conservas, aceite, varias botellas de ron, chocolate (¿era en polvo, en barra?, no recuerdo ni puedo preguntar ya por eso)… Seguro había otros productos, yo sólo recuerdo la mesa atestada con una pila de cosas que venían a paliar la escasez del año, pues aunque se habla de una abundancia que vivieron muchos citadinos, vivir en un enclave cañero no tenía nada de las bucólicas novelas de Manual Cofiño o Reynaldo González, en que se describen los campos de Cuba.

Entonces vino el hueco negro en mi cabeza. Yo perdí el centro de mi familia. Vino una ruptura aderezada con alcohol, golpes a mi madre, y la escapada a otro pueblo perdido. Fue como un pantallazo en negro, porque nunca más oí hablar de Navidades hasta bien entrados los años noventa.

En Santiago de Cuba, becado en la Universidad de Oriente, una hermosa muchacha me invitó a quedarme en la ciudad ese fin de año y enseñarme otras Navidades y linduras que un guajiro nunca había visto. La Catedral estaba abarrotada, y aunque todavía estábamos asomando la cabeza entre las sábanas rotas del Período Especial, la gente vestía lo mejor que podía (ellos, no yo).

Entonces conocí el rito a la cubana: un arbolito con bolitas y cubitos brillantes, unos monitos de yeso, un montón de paja, un pesebre y un hombrecito de cerámica (dizque el Niño Jesús, ¡bueno!), y una noche con gente sentada a la mesa orando entre la pobreza, pero rodeados de platos humeantes de congrí oriental, una pierna asada en caldero (mechada con aliños, yerbas y licores), y ensaladas y dulces. No me van a creer que por vergüenza a parecer más hambriento de lo que estaba, comí poco, pero degusté como un gourmet.

Fue una conversación tranquila en una casa de familia pobre, mas no en la miseria. Habían recibido 50 dólares americanos, cuando no había que cambiarlos en CADECA, y quisieron hacer de samaritanos en el barrio del Tivolí. Estas fueron mis otras Navidades. Después han venido algunos plagios, mis amagos por parecer, por inventar, por salvar una familia que fui armando a base de tropezones. Mi hijo de 8 años ya pregunta qué haremos para Nochebuena, ya tengo la tendencia del regalo de Día de Reyes.

Una vez asamos un pescado y bebimos un vino nacional. En ese tiempo habían liberado a Castillito, un socio del barrio que se implicó en la película de una balsa, un motor fuera de borda, el sueño americano —y dos ahogados. Como a las 7 de la noche estuvo en casa a traerle al niño un regalo que había hecho entre barrotes. Nos miramos, mi mujer y yo, y no lo dejamos ir, ni él puso muchos pretextos.

Le inventamos que todos los años celebrábamos la Nochebuena y la Nueva, qué cuánto gusto en invitarlo, y comenzamos a inventarnos nuestras Navidades. Cuando la mesa estuvo lista, pusimos aquel pescado de tres libras en una bandeja, rodeado de verduras y ajos y cebollas. Oramos y a Castillito se le humedecieron los ojos: confesó que ahí comenzaban sus primeras Navidades. Nosotros lo animamos a comer y nos mirábamos tratando de no atragantarnos con la masa blanca de aquel pez, poniendo las espinas a un lado de la mesa.

Luis Felipe Rojas
Holguín

* Este artículo se incluye en el número 12 de la revista independiente Voces, editada en La Habana, que se lanzará esta noche.

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