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Un viaje al pueblo del Conducator

  • dic 30, 201122:19h
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Una mañana de viernes C. y M. me recogen con su coche de mi casa de Bucarest. Con mucho retraso sobre el horario previsto emprendemos el viaje a la ciudad de Scornicesti, en la región rumana de Oltenia. Allí nació, cuando aún era pueblo, Nicolae Ceasescu. Mediante diversas maniobras administrativas, Ceausescu convirtió Scornicesti en ciudad. Mandó construir fábricas y un campo de fútbol ejemplar para el equipo local, que fue aupado a la élite por el patrocinio del régimen y llegó a codearse con los grandes de Bucarest, Timisoara o Craiova.

Después de sortear las obras en el camino de entrada, es precisamente el estadio nuestra primera parada. Antes hemos visto vastas fábricas abandonadas, nada nuevo en Rumanía si no fuera porque están al lado de casas bajas de pueblo y no de bloques como es habitual. A la altura del recinto de hormigón nos abatimos a la derecha, dejamos el coche en el aparcamiento desierto y caminamos hacia el estadio. En una de las esquinas exteriores se ven ventanas abiertas con ropa tendida. Rodeamos el campo en busca de alguien que nos explique el misterio. ¿Quién vive en el primer piso del estadio? Cruzamos el fondo. En el bajo de la otra esquina hay un taller de coches, pero está vacío y nadie responde a nuestro saludo. O al de C. y M. Yo he tenido una noche aciaga, he dormido poco y me doy cuenta de que no encuentro ningún placer en husmear entre las ruinas del comunismo. Seguimos rodeando el estadio y a la altura de general vemos una puerta abierta. Es una imprenta, o una copistería. Nos reciben mal. Nos piden que nos identifiquemos y yo callo y me aparto a un lado: no tengo ganas de hablar, menos aún de sacar el carné de periodista. C. y M. cuentan algo, pero nadie les escucha y nos marchamos sin saber más. Continuamos la vuelta y en el otro fondo damos con una fábrica de confección. Las mujeres que allí cosen son mucho más amables y nos ayudan a entenderlo todo. Las ropas tendidas son de familias pobres alojadas en el estadio por los servicios de beneficencia del ayuntamiento. Viven en los apartamentos donde vivían los jugadores en los años 80, en la mejor época del club. ¿Y los negocios de los bajos? No son una consecuencia del abandono del estadio, ya estaban allí cuando el equipo estaba entre los mejores de Rumanía. También podemos entrar al campo, pisar la hierba mal cortada y pasearnos entre las gradas de hormigón. Una de las mujeres nos enseña la única puerta abierta. Pisamos la hierba mal cortada, nos paseamos entre las gradas vacías de hormigón, que según Wikipedia tienen capacidad para 18.000 aficionados. Subimos a la tribuna, donde debió de sentarse Ceausescu, y pienso que debería escribir algo. Sólo que no me interesa lo más mínimo; no siento el menor placer en el descubrimiento del estadio fantasma, de las familias pobres alojadas por el ayuntamiento y su ropa tendida, de los destartalados negocios en los bajos del campo.

El cielo está raso, hace sol y mucho frío. C. y M. están mucho más entusiasmados que yo, y C. dice que parecemos una brigada de árbitros inspeccionando el campo y me hace reír. Al salir nos topamos con un hombre tan deteriorado como el paisaje, que fuma. Es muy amable y nos cuenta cómo fue Scornicesti cuando uno de sus hijos mandó en el país. El estadio casi se llenaba en los grandes partidos. Los restaurantes eran mejores que en la capital de Oltenia, Craiova, trescientos mil habitantes por los menos de quince mil de Scornicesti, las tiendas estaban más llenas que en ningún otro lugar de Rumanía y C recuerda cómo venía desde Craiova con su padre a comprar Pepsi y carne de pollo. La amabilidad y la franqueza del hombre agradan a C. y M. Yo sólo puedo ver su gorro raído y las arrugas como zanjas en la cara, y me molesta su resignación, su condición de sujeto absolutamente pasivo de la marcha de la historia. Tanto que me habría gustado el encuentro hace unos años, cuando la exposición a estos hombres desolados me hacía sentir un desgarro placentero, cuando su autenticidad me parecía una forma de sinceridad imposible de encontrar en circunstancias mejores. Ahora siento que debo volver cuanto antes al centro moderno y frívolo de Bucarest, a Castellón, a Madrid, y que alguien me afee la barba de dos días, los zapatos desgastados.

Después de despedirnos volvemos al coche y avanzamos hasta el centro de Scornicesti. C. y M. conocen la casa de Ceausescu, una construcción tradicional con tejado de madera rodeada de un patio verde con un busto mal hecho del dictador. Mal hecho, como todo lo que hicieron, como todo lo que ha concretado el comunismo en el poder. Se acaba diciembre, hace poco que se ha muerto Kim Jong Il y pienso en lo patético del personaje y de su obra, de su padre antecesor y de su hijo sucesor, pero sobre todo de la expresión vigilante y aterrada de quienes le acompañan en sus looking-at-things. Y descubro que el comunismo ya no tiene para mí ninguna gracia, especialmente el comunismo rumano, incapaz de hacer otra cosa que el ridículo.

Dejamos la casa natal del campesino inculto que llegó a dictador. Nos acercamos al centro y las casas dejan sitio a los bloques, que querían haber nacido en una ciudad. Paseamos entre los pisos, dos mujeres gordas en chándal se gritan a la puerta de una tienda a oscuras. Encontramos el ayuntamiento, y aquí ya no puedo evitar hablar. En un despacho desangelado junto al más desangelado vestíbulo un hombre está sentado detrás de su escritorio con la radio encendida. Como una letanía que no espera respuesta, le digo que soy periodista y querría ver a alguien que me hablara de la ciudad, de los tiempos de Ceausescu, de su evolución, de su futuro. Pero el alcalde y su segundo ya se han ido. Él es un simple recepcionista y no puede ayudarme.

Salimos a la calle sabiendo que no hay nada que hacer en Scornicesti. O sí, tomar un café y fumar un cigarrillo en un bar, en uno de esos bares inalterados desde que eran la envidia de la Rumanía del Conducator. En un local oscuro con muebles de madera dos mesas juegan en silencio a backgammon —ellos lo llaman table. Los manteles son rojos y están llenos de quemaduras de cigarro. Sólo hay hombres en el bar, fuera de la camarera. Es una chica joven y guapa, de expresión despierta. M. bromea pintando un escenario de novela: el apuesto joven español que conquista a la joven local, que se la lleva con él a la ciudad y le ofrece una vida mejor. Y le reconozco que muchas veces me imaginé en el papel de amante redentor en mis vieja excursiones por la Rumanía de provincias. Pero ya no, y menos aquí. Hoy en Scornicesti sólo pienso en las secuelas del comunismo, en la desgracia asumida de las víctimas que se han quedado y en lo ridículo de venir aquí. La arqueología socialista ha dejado de interesarme, es sólo la mentira desnuda, el fracaso consumado y despojado de épica, porque las fronteras están abiertas. Quiero irme.

Marcel Gascón
Bucarest

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