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Fin de la era Mitterrand (III)

  • dic 30, 201122:40h
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En 1982, a raíz del atentado antisemita perpetrado en la rue des Rosiers, en el viejo barrio judío de París, François Mitterrand creó la Célula Antiterrorista del Gobierno, dirigida por el comandante Christian Prouteau. A partir de esta institución de carácter brumoso se desatará uno de los casos mediáticos más nocivos para la figura del Presidente. Entre 1983 y 1986 fueron grabadas más de tres mil conversaciones telefónicas en una flagrante violación a la intimidad, prolegómeno, por ejemplo, del actual escándalo que en Reino Unido implica hoy al diario News of the World. Sólo que en el caso francés las escuchas fueron ordenadas por el mismísimo Presidente —¡socialista!— de una república supuestamente preocupada por la libertad individual de los ciudadanos.

Uno de los principales afectados de aquella trama de escuchas subrepticias fue el periodista de Le Monde Edwy Plenel quien, entre otros temas, se había ocupado de investigar la implicación de los servicios secretos franceses (DGSE) en el atentado de julio de 1985 contra el Rainbow Warrior, un barco de la organización Greenpeace que permanecía fondeado en Auckland, Nueva Zelanda, y que pretendía zarpar hacia Mururoa, en la Polinesia francesa, para protestar contra los ensayos nucleares del gobierno socialista en la región. Años después, Edwy Plenel, periodista incómodo, defensor de “la libertad indócil de la información disidente”, cuyo teléfono había sido pinchado con el fin de conocer de dónde provenían sus fuentes, tuvo acceso a las fichas secretas que sobre sus conversaciones eran redactadas (la otitis de su esposa y el cumpleaños de su suegro tampoco escapan a los copistas) y terminó recreando este caso y otros turbios momentos de la presidencia de FM en su libro Le journaliste et le Président (Stock, 2006).

El otro intelectual implicado como víctima en el célebre “caso de las escuchas” fue Jean-Edern Hallier, escritor, periodista y hombre mediático que desde 1982 había amenazado que revelaría en un panfleto la existencia de Mazarine Pingeot, una hija que Mitterrand había tenido fuera de su matrimonio con Danielle, así como otros detalles de su pasado (su pertenencia a la extrema derecha de los años 30, la enfermedad ocultada al pueblo…), y que finalmente apareció un mes después de la muerte del presidente con el título L´Honneur perdu de François Mitterrand (Editions du Rocher, 1996). Tanto se había anunciado este provocador que FM, velando por lo más sagrado que tenía en vida, su pequeña hija de la vejez y la madre de ésta, ordenó a la Célula Antiterrorista de la Presidencia la inclusión de Hallier en las escuchas como una de las prioridades, en una contumaz labor de inteligencia. El 14 de mayo de 2008 el Tribunal Administrativo de París condenó al Estado Francés a indemnizar a los herederos del provocador periodista con noventa mil euros, después de haber conducido a prisión a Gilles Ménage, Jefe de Gabinete de FM y a Christian Prouteau, el conocido patrón del grupo de escuchas. Pero el daño ya estaba hecho. Mitterrand no había tenido escrúpulos a la hora de mezclar los asuntos personales con los del estado y había destinado buenas sumas de dinero de su caja especial, particular y secreta para sostener el aparataje de seguridad alrededor de su pequeña segunda familia. El mismo Hallier había sentenciado poco antes de morir: “Yo le podrí en vida la posteridad a François Mitterrand”.

La posterior muerte de Jean-Edern Hallier no ha hecho sino atizar las dudas: conducía su bicicleta por una estrecha carretera de provincia, un día de enero de 1997, cuando fue golpeado por un auto sin dejar ningún testigo del accidente. Muy curiosamente no se le practicó autopsia al cadáver, su rostro fue maquillado al extremo antes del velatorio sin la autorización de la familia; posteriormente y tras diversas justificaciones no se emprendió ninguna investigación policial. Otros epítetos reaparecieron a la hora de las justificaciones en cierta prensa domeñada, que siempre las hay: alcohólico, bandido, mitómano…, mientras se ocultaba que el día de su muerte su habitación en el hotel Normandy había sido violentada, su caja fuerte meticulosamente abierta y extraídos un millón de francos, un dibujo de Picasso y varios documentos con información sobre las intimidades de FM, de su cercano amigo Roland Dumas (quien aún justifica la acción de las escuchas secretas –Le Point, 2 de junio de 2011, p. 14) y de otros colaboradores en la punta de la pirámide del poder. Como argumentación y denuncia, queda el libro La mise à mort de Jean-Edern Hallier (Ed. Presses de la Renaissance, 2006), de Dominique Lacout y Christian Lançon, donde además se relata cómo el periodista fue acosado, seguido de cerca en plena calle por policías de paisano a quienes no les interesaba mucho ocultarse, presionado por los bancos y por el fisco, rechazado por las editoriales, abandonado por sus colegas más cercanos, impedido de publicar sus artículos en determinados medios…, algo verdaderamente propio de un estado a todas luces totalitario. Será el mismísimo Roland Dumas, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores y fiel amigo de FM quien narrará en su libro Coups et bléssures. 50 ans de secrets partagés avec François Mitterrand (Ed. Le Cherche Midi, 2011) la escena en que Hallier finge ceder ante tanta presión del Estado Total y entrega el manuscrito de su panfleto a los enviados del Presidente, a lo que seguirá la imagen de FM, extremadamente concentrado, lápiz en mano, meticuloso historiador que ausculta —y edita— al periodista díscolo.

Este asunto de la existencia de una hija oculta y el modo en que durante años su padre veló porque no se filtrara a la gran prensa devendrá el punto más delicado —curiosamente por encima de las pruebas nucleares en el Pacífico o de la implicación francesa en la guerra civil en Rwanda y el consecuente genocidio— de la existencia política de Mitterrand, y algo que no escapa a los análisis sobre la izquierda en la actualidad, sobre todo tras el affaire de acoso sexual protagonizado por Dominique Strauss-Kahn, hasta hace muy poco vedette del socialismo galo. Muchos dicen que durante los debates pre-electorales de 1981, el Presidente Giscard d´Estaing ya sabía de la existencia de este secreto de familia, pero que por respeto y cortesía prefirió no utilizarlo en sus diatribas y debates contra el turbio y carismático líder socialista que llevaba años arañándole la carcasa al partido gaullista. En 1993, en su último Consejo de Ministros con integrantes únicamente de izquierda tras la derrota legislativa del 24 de marzo, FM da inicio a su filípica con la siguiente confesión: “Yo sé que muchos me reprochan mi gusto por el secreto. Sin embargo, hay que guardar bien una parte del secreto para existir” (FM: Les forces de l´esprit, edición compilatoria póstuma por el Institut François Mitterrand y la editorial Fayard, 1998).

Muy ligado a la cara secreta del Presidente estuvo François de Grossouvre —llamado “le ministre de l´intimité”–, un viejo amigo que tras tantas batallas a su lado (también de derecha antes de la guerra, también luchador por la Liberación unos años después…), llegó a ser su consejero especial con oficina en el Elíseo, cuando antes había sido encargado de las negociaciones con el Partido Comunista en 1965; personaje clave, como hombre de negocios y fortuna que fue, en el financiamiento de las campañas de 1974 y 1981, y luego responsable de las partidas de caza del rey socialista en Chambord, Marly y Rambouillet, y hasta comisionado oficioso para la seguridad en el Líbano, Siria, Túnez, Pakistán y otros territorios delicados, además de amigo íntimo de dictadores como Ben Alí y Omar Bongo. Pero la actividad fundamental de este “hombre de la sombra”, como también se le llamó, empezó a partir de 1974, cuando nace Mazarine, la hija oculta de Mitterrand, y de Grossouvre se hace acreedor del mérito y la función de convertirse en su padrino.

Era este curioso personaje quien acompañaba a Mazarine cuando, todavía niña, montaba en la finca de Souzy-la-Briche el caballo akhal teke que su padre le había regalado; y era él quien compartía el mismo edificio (11, Quai Branly) con Mazarine y su madre, Anne Pingeot, en sendos apartamentos pagados por el Estado francés. Cuando la periodista de Le Monde Raphaëlle Becqué entrevistó a François de Grossouvre, obtuvo una confesión resentida: “El secreto de mi relación con Él está allá arriba”, y señaló al apartamento de los altos. Dos años más tarde el suicidio de este guardador de secretos estremeció a la prensa, a la clase política y al mismo Presidente. Según Becqué en su libro Le dernier mort de Francois Mittérrand (Grasset-Albin Michel, 2010), la relación de este personaje con FM se había deteriorado con los años. De Grossouvre mantenía aún su oficina en el Palacio del Elíseo, servía de mensajero entre el Presidente y ciertos personajes de la política africana en una especie de —también subrepticia— diplomacia paralela, pero había perdido mucho de su peso de antaño. Laurent Fabius, Roland Dumas y sobre todo el Ministro del Interior Pierre Joxe, verdaderos hombres políticos y brazos fieles de FM se referían cada vez más a él de manera negativa, y el consejero-casi-en-desgracia, con una formación histórica de derecha, repudiaba cada vez más la entrada de elementos de izquierda en el gobierno. Otras versiones argumentan que De Grossouvre había deslizado entre sus acólitos la idea de emprender unas memorias (lo que incluía obviamente la existencia de la hija secreta de FM); o que citaba a cierta prensa adversa a su oficina oficial —entre ellos a Jean Montaldo, quien en 1994 publicara Mitterrand et les 40 voleurs en la casa editora Albin Michel— y les relataba detalles de las derivas del gobierno socialista, y que hasta se atrevió a coquetear con la derecha en la época de la segunda cohabitación, cuando a FM no le quedó más remedio que compartir cenas, reuniones y viajes con Édouard Balladour y su cohorte.

La versión oficial de la muerte de François de Grossouvre refiere un suicido por causas depresivas, a la imposibilidad del anciano para soportar los achaques de la vejez, pero otras voces hablan de asesinato solapado, basadas en el modo en que su apartamento de funciones fue revisado y vaciado por la policía secreta en la noche del 7 de abril de 1994 —mucha de su papelería permanece desaparecida en la actualidad, incluidas sus supuestas memorias— y en las consideraciones de ciertos forenses que hallaron pruebas de una luxación absurda con hemorragia en el hombro izquierdo del fallecido, el brazo contrario al que supuestamente llevaba el arma pues era diestro de nacimiento. Raphaëlle Becqué prefiere no ser tan concluyente y aboga más bien por la teoría de una decepción cuasi-amorosa y a la idea de una muerte a la japonesa, un seppuku, un suicidio acusador en un lugar que de por sí delata al autor intelectual, al culpable que sólo será juzgado por una justicia moral. François de Grossouvre se había dado muerte ante su propia mesa de trabajo en palacio con una .357 Magnum Manurhin sin que ningún miembro de la escolta y de la vigilancia externa haya escuchado la detonación y, según un testimonio recogido por Becqué, horas antes le había espetado a una secretaria: “Este hombre no quiere a nadie. Desconfíen de él. Sólo piensa en sí mismo, sólo se quiere a sí mismo”.

Cuando François de Grossouvre es velado en la iglesia de Lusigny, FM no es invitado pero de todos modos asiste. La familia del occiso se mantiene severa y alejada del Presidente, y al final alguien le hace saber que no será bienvenido en el entierro. Raphaëlle Becqué prefiere la teoría de la responsabilidad moral de FM ante tal desgracia, de su abandono al viejo amigo. Según la periodista, este rey shakesperiano del socialismo francés “no quería ver en ese suicidio en el Elíseo su propia acusación, el efecto devastador de su seducción, los estragos perversos de su cultura del imbroglio”.

Pero otras voces discrepan. El historiador Dominique Venner, autor de Histoire critique de la Résistance y director de la Nouvelle Revue d’Histoire llega a hablar de flagrante asesinato y no de suicidio (Radio Courtoisie, 24 de mayo de 2011), como mismo el periodista Eric Reynaud había calificado el suceso de “crimen de Estado” en su libro Suicide d´État a l´Élysée, la mort incroyable de François de Grossouvre, (Ed. Alphée, 2009), algo que Patrick de Grossouvre, hijo mayor del occiso, no pone en duda cuando en el programa Zone d’ombre del 7 de agosto de 2010, en Europe 1 Radio, admite que por aquella época su padre consideraba a Mitterrand “un peu méprisant à son égard” (un poco despectivo hacia él) y se opone vivamente a la idea difundida por los medios del gobierno de un François de Grossouvre altamente depresivo, algo que obviamente justificaría su suicidio.

(Continuará…)

Gerardo Fernández Fe
París

Foto: Mitterrand en campaña; a la derecha, con barba, François de Grossouvre (Corbis).

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1 respuestas
Comentarios

  • Anónimo dice:

    Sobre el chequeo ordenado por FM al periodista incómodo JE Hallier, según el posterior testimonio de Daniel Gamba, uno de los miembros del equipo de inteligencia al servicio del Presidente, en su libro Interlocuteur privilégié, j’ai protégé Mitterrand (JC Lattès, 2003), “nos bastó sembrar algunas anomalías en su vida. Hasta que no se es víctima, uno no puede imaginar el poder de este hostigamiento: salir de tu casa y encontrar dos ruedas de tu auto pinchadas, recibir llamadas a cualquier hora sin que nadie te responda, encontrarte a menudo a una misma persona en un mismo día sin que esto se deba al azar (en el mercado, en un café, en el autobús…)”…
    Saludos
    G.