castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Fin de la era Mitterrand (II)

  • Dic 23, 201100:27h
  • + comentarios

No sólo sus enemigos lo llamaban Mazarino, subrayando el parecido entre Mitterand y aquel político plebeyo que primero sirvió al Papa y luego al reino de Francia. Sucesor del cardenal Richelieu, Mazarino sorteó intentos de asesinato y de expulsión del poder, y al final salió airoso. Mazarino y Maquiavelo eran los sobrenombres con que la clase política y los periodistas menos indulgentes se referían al Presidente, mientras el pueblo, cariñosamente, lo llamaba Tonton, como a un tío querido que envejece sin remedio. Maquiavelo había escrito en 1521: “no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo”, y a Mitterrand el sayo no le quedaba demasiado holgado. Cuando en 1956 sus compañeros de causa Alain Savary y Pierre Mendès-France entregan sus carteras ministeriales en gesto de desacuerdo con la violencia del gobierno de Guy Mollet en Argelia, FM decide permanecer, defender el derecho de la metrópoli a aplicar mano dura contra los revoltosos e ir preparando su nicho de poder ahora que el socialista Mendès-France, su tutor, ha salido del ruedo político.

Para Jacques Chaban-Delmas, ex Primer Ministro del gobierno Pompidou y rival político que lo escrutaba con lupa y decencia, FM “estaba marcado por una ambición inflexible, algo que sin lugar a dudas me impactó” (Mémoires pour demain, Flammarion, 1997). Y no se trata aquí de una ambición grotesca de oro y república bananera, sino de un deseo de poder ciertamente inusual en el político letrado, aquel que sería el Presidente-culto, el amigo de los escritores, el hombre apacible…, al menos para ese casi anciano que se presentó ante el pueblo con un par de rosas en la mano el día de su investidura.

Muchos de sus seguidores matizaban el sobrenombre de El Florentino con la fusión de dos grandes personajes en uno solo: el político Maquiavelo y el artista Miguel Ángel, ambos estrechamente ligados a la ciudad de Florencia. Pero lo cierto es que en FM se combinaba la capacidad seductora con la habilidad para maniobrar con rivales y colaboradores, el verbo eficaz con una cierta falta de escrúpulos ante determinadas circunstancias. El propio De Gaulle, temprano, tuvo la intuición del peligro que FM representaba. Después de la etapa Vichy, FM se integra de lleno a la Resistencia y cuando en diciembre de 1943 viaja a Argel y logra entrevistarse con De Gaulle el choque de trenes de las personalidades es visible para muchos. El General se muestra seco, poco dado a permitir la entrada de este nuevo cuadro de cuello y corbata en su círculo. Según Chaban-Delmas “De Gaulle veía en Mitterrand a un ambicioso en exceso y lo mantenía a distancia”. La historia le daría la razón al viejo combatiente: el mismo Chaban-Delmas, gaullista de todos los tiempos, cuenta que al otro día de la elección, en mayo de 1981, se presentó en el Elíseo para la correspondiente felicitación protocolar, a lo que FM reciprocó con la confesión de que su ambición era reformar tan profundamente la sociedad de tal manera que el Larousse le dedicara toda una página, allí donde a de Gaulle sólo le habían concedido una columna.

La labor de zapa, convencimiento y unión de FM no había sido un juego de niños. Salidos todos de la guerra y en un momento de esplendor para gaullistas y comunistas, el sendero de sus pretensiones de centro-izquierda se hacía arduo. A partir de 1947, como Ministro de Combatientes y Víctimas de la guerra, FM focalizó su empeño debilitador en el Partido Comunista Francés. Según Georges Beauchamp, su jefe de gabinete de entonces, FM consideraba que hacer desaparecer al PCF era imposible, pero que el verdadero logro estaría en reducirlo a un 10%. Al gaullismo lo conocía de cerca, pues con muchos de ellos había participado en la Resistencia; al marxismo, en cambio, lo consideraba una buena construcción intelectual, aunque totalmente inadecuada para manejar los asuntos de la nación…, y en ambos descubría sus resortes totalitarios. De ahí el doble mérito de su carrera de unificador. FM era un lector de buenos libros pero no era un teórico en nada. No pretendamos encontrar tras su paso una estela sólida en el plano de la teoría del socialismo, algo que, en cambio, no debería ser tarea descabellada ante un intelectual tan lúcido y un político de tantas batallas. Como venía de afuera, a la hora de conciliar y de negociar sabía atacar los sectarismos de maoístas, pro-soviéticos y otras tendencias dentro de la izquierda, convirtiendo a esta en una masa, si no uniforme, al menos capaz de una alianza que rebajase por doble partida (1981 y 1988) el peso histórico de ese tractor llamado gaullismo, y que al fin lo llevara al gobierno. Desde entonces no ha habido en el hexágono un político de peso que conduzca a la izquierda a situaciones de poder.

Ya en 1962, tras la reforma de la Constitución a favor del sufragio universal, Mitterrand se cree en condiciones de lanzarse a la carrera por la presidencia, esta primera vez en contra de su enemigo de siempre: Charles de Gaulle. En el intento recorre el país y toca a las puertas de las viejas asociaciones de prisioneros de guerra, focos muy vitales de donde podría surgir un partido sólido, antigaullista ante todo y con afanes reivindicativos para la izquierda. Archivos secretos de la CIA desclasificados y publicados por Vincent Nouzille en su libro Des secrets si bien gardés (Fayard, 2009) dan cuenta de que el 22 de noviembre de 1970, en un almuerzo privado FM sostuvo un diálogo con el diplomático norteamericano Allen Holmes, a quien manifestó su vieja animadversión hacia de Gaulle, quien “por razones políticas” no le había concedido su merecido estatus de compañero de lucha durante la Resistencia. “Es tiempo de reorganizar la izquierda —le confiesa—. Yo obligué a de Gaulle a una segunda vuelta (…) Seré candidato y seré reelecto” —tras lo cual el embajador Dick Watson reportará a sus superiores en Washington sobre el carácter ambicioso y carismático del futuro líder de la izquierda, tan diferente a un De Gaulle que antes había sido considerado como un “egocéntrico intratable”. Apenas seis meses después de aquellas confidencias campestres, FM se imponía ante los suyos en el famoso congreso de Epinay.

En 1974 la izquierda tampoco triunfa en las Presidenciales, pero el bagaje de FM no deja de enriquecerse. A la altura de abril de 1981, con su apariencia sobria y sus artes seductoras, ha sido capaz de galvanizar una buena parte de la izquierda militante, de la intelectualidad y de la clase trabajadora, mientras la derecha se escinde cada vez más entre los seguidores del Presidente Giscard y quienes apostaban por una nueva ficha, la de Jacques Chirac. Así llegamos a la primera victoria electoral de la izquierda después de dos décadas de devaneos, al ambiente eufórico con que se abre el film États d´âme. “Creo que en este periodo van a ocurrir muchas cosas” —vaticina el personaje de Bertrand, el idealista líder de un nuevo centro de creación cultural, una especie de altermundialista en germen.

Y en efecto, mucho de nuevo y de sorprendente tendrá lugar. Apenas un año después de la llegada de FM a la presidencia se produce un cambio radical hacia una política de austeridad económica. En sintonía con aquel término, La Terreur, con que la historia ha denominado a la etapa más cruenta de la Revolución de 1789, aquí podemos hablar de La Rigueur. Aumentan los impuestos, el costo de la electricidad, del gas, del teléfono, del transporte ferroviario, de las bebidas alcohólicas…, a través de diez medidas adoptadas por el consejo de ministros y furiosamente condenadas por las organizaciones sindicales y patronales. En la portada de Libération del 26 de marzo de 1983 sólo pueden leerse tres letras de tamaño gigante: DUR; duro, muy duro, y el sentimiento de traición abarrota las conversaciones de café, los coloquios en el comedor de las fábricas, a la hora del almuerzo. Y como guinda simbólica al pastel del estado de bienestar, una de las medidas encrespa a las clases media y alta. En plena llegada de la primavera todo candidato a turista no puede sacar del país más de dos mil francos al año, además de observar estupefacto cómo su tarjeta de crédito se convierte en papel mojado apenas cruza la frontera nacional. No por gusto la opinión pública se muestra alarmada. Términos como “leyes feudales”, “cartilla de racionamiento”, “registros en las aduanas” vuelven a escucharse en el hexágono. Se habla de nacionalización de las vacaciones: el hecho de que cerca de ocho millones de franceses se vean obligados a convertirse en turistas locales, a abarrotar en contra de su voluntad las playas y los campos de sus compatriotas.

Ha caído el franco, han huido los capitales, ha aumentado la inflación, se ha llegado a la cifra de dos millones de desempleados, pero entre bambalinas FM está ocupado en algo más ambicioso, el ajuste francés con vista a la apertura hacia Europa, lo que significa a todas luces apostar por la modernización del país. FM vela primero que todo por el fortalecimiento de la relación entre Francia y Alemania, paso inicial para la formación de una Europa unida, a pesar de los demonios de toda clase (el antigermanismo habitual de la izquierda histórica, el ascenso del nacionalismo furibundo de la mano de Jean-Marie Le Pen…) que como nubarrones amenazantes sobrevolaban la región después de 1914 y 1939. Nada más explícito que la foto de FM y el canciller Helmut Kohl, tomados de la mano cual dos escolares, en el cementerio de Verdún a finales de septiembre de 1984: fiel prolegómeno a los actuales besos entre Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, ambos abocados a la salvaguarda de la Vieja Europa.

Aquí se inicia el legado más visible y mediático de Mitterrand: en el fortalecimiento de su país de cara a la constitución de una Europa sólida y unida, en la entrada de Francia a la era de la modernización, en espera de ese siglo XXI que en 1984 se veía tan lejano; y en el plano nacional, en la demostración de que la alternancia de partidos en el poder no sólo es posible —algo ciertamente inconcebible unos años atrás—, sino necesario. Eufórico, Jack Lang, viejo colaborador del Presidente, evocará aquel 10 de mayo de 1981 como el día del “paso de la sombra a la luz”. Pero resulta que las sombras también devienen legado, si no visible, al menos sensible, en eso que la ciencia del vino llama retrogusto, un raro sabor de boca —que en este caso es una amarga sensación terciaria—, incluso treinta años después.

(Continuará…)

Gerardo Fernández Fe
París

Publicado en
0 respuestas
Comentarios