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El archipiélago civil

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    Editor Jefe
  • dic 23, 201119:05h
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por David Remnick

La noche del 20 de noviembre, dos semanas antes de las elecciones para la Duma estatal, Vladimir Putin dejó a un lado las preocupaciones del Kremlin y se fue al Olympic SportComplex para ver la pelea definitiva: una de pesos pesados, “sin reglas”, entre un ciclópeo ruso llamado Fiódor (el último emperador) Yemelianenko y un autodenominado anarquista de Olympia, Washington, llamado Jeff (el hombre de nieve) Monson. El encuentro era retransmitido a nivel nacional por Rossiya-2, una de las principales cadenas de televisión. Putin, con un traje azul y sin corbata, estaba en las primeras filas. Siempre le ha gustado proyectar una postura machista de muzhik, de hombre de verdad. Se ha fotografiado montando caballos a pecho descubierto, persiguiendo tigres, disparándole a una ballena con una ballesta, pilotando un avión de caza, nadando en un río siberiano, conduciendo un coche de Formula Uno, siendo amigo de Jean-Claude Van Damme y circulando con una banda de moteros. En una ocasión, en la televisión nacional, trató de retorcer una sartén con sus manos desnudas. No llegó a hacerlo pero el esfuerzo fue reconocido. Y ahora las peleas de ultimate fighting: la masa cervecera de veinte mil ciudadanos —algunos prósperos, otros menos— estaba formada por los suyos. La gente de Putin.

Yemelianenko y Monson eran toscamente equivalentes: cabezas afeitadas, dos enormes sacos de roca, aunque el ruso era distinguible por su piel sin marcas; Monson tenía tatuajes desde los tobillos hasta el cuello, incluyendo dos en un cirílico comprensible para la masa —svoboda y solidarnost. El gesto no le sirvió nada. Casi desde el principio el ruso dominó el combate. Yemelianenko, con una patada diestra y poderosa, partió un hueso en la pierna de Monson, causando que el americano cojease penosamente. Pero incluso a pesar de que Yemelianenko se impuso, reduciendo claramente a Monson a una macha de carne hinchada sangrante —motivo de placer para la muchedumbre— era difícil saber si Putin lo estaba pasando bien. La cámara le apuntaba de vez en cuando. A duras penas le traicionaba una sonrisa. Su cara, ahora pulida por el Botox y los rellenantes (eso se dice), es más enigmática que nunca. Además, tenía grandes preocupaciones. Sabía que, no importa lo mucho que sus operativos intentasen conseguir el voto en las provincias y manipular los resultados, el partido del Kremlin, Rusia unida, iba a perder terreno.

Al final del encontronazo —con una decisión unánime a favor de Yemelianenko— el primer ministro subió a través de las cuerdas para homenajear al perdedor y felicitar a su compatriota. Para entonces, los segundos americanos ayudaban tiernamente a su guerrero a llegar a los vestuarios. Monson ya no podía andar. Sus labios estaban abultados como los neumáticos de una bicicleta.

Putin tuvo palabras agradables para Monson (un hombre de verdad) y rindió a Yemelianenko la más alta felicitación de la masculinidad rusa, llamándolo un “nastoyashii Russki bogatyr” —un genuino héroe ruso. A medida que Putin hablaba, y según lo veía la audiencia nacional, muchos en medio del público comenzaron a abuchear y silbar. Esto nunca le había pasado a Putin con anterioridad, ni una vez en ninguno de los términos de cuatro años como presidente, nunca en los más de tres años como primer ministro. Y sin embargo ahora, habiendo anunciado su intención de reasumir la presidencia en marzo, posiblemente durante otros doce años, estaba experimentando una inconfundible ola de burlas.

Cuando vi por primera vez el video de YouTube del suceso —un video viral que recorrió toda Rusia— pensé inmediatamente en el desfile del Primero de Mayo de hace veintiún años, cuando de pie en la Plaza Roja vi como miles de personas de pronto dejaron de marchar sobre los adoquines, miraron a Mijaíl Gorbachov y al resto de la dirección soviética en lo alto de la tumba de Lenin, y gritaron su rabia. Algunos gritaron “Renuncia.” “Vergüenza debía darte.” Desplegaron pancartas en las que se leía “Abajo el Imperio y el Fascismo Rojo” y “Comunistas, no os hagáis ilusiones. Estáis en quiebra.” Ondearon las banderas de las repúblicas bálticas que se estaban separando. Ondearon las banderas rojas de la Unión Soviética con la hoz y el martillo cortados. Un sacerdote ortodoxo ruso sujetaba una pancarta que decía, “Mijaíl Serguéievich, Cristo ha resucitado.” Con la ayuda de unos prismáticos, tuve una excelente vista de la expresión de Gorbachev, y de la de los otros líderes, mientras se movían confusos en estado de shock. Aún no había Botox en Moscú, y aquellos hombres estaban visiblemente alarmados. Después de más de veinte minutos, cuando el indomable desfile mostró signos de no acabar, Gorbachev llamó a los líderes y se escabulleron de la tumba y a través de una puerta trasera de regreso al Kremlin.

A finales de los ochentas y durante los noventas, la televisión estatal estaba electrizada con discusiones, verdades, ironía, histeria y escándalo. Con Putin, las noticias televisivas son exquisitamente monitoreadas y tan aburridas que no hay quien las vea. A menudo puedes decir lo que quieres por escrito, en la radio y en la red, pero la televisión estatal es, para el Kremlin, lo que cuenta. La noche de la pelea, los burócratas que dirigen Rossiya-2 conocían su trabajo; cuando mostraron después la grabación de los momentos más importantes, limpiaron el sonido de los abucheos. Uno de los líderes del grupo juvenil pro-Putin organizado desde el Kremlin, llamado Nashi declaró que el griterío en la arena no era nada más que la impaciencia de los fans que querían llegar a los baños. Pero en el video viral la insatisfacción era clara. El principal blogger y activista de la oposición, Alexei Navalny, tituló su febril post “El fin de una época.”

NO ES el fin de una época. Sería apresurado, de hecho, declarar este suceso el comienzo del fin. Cualquier comparación con los sucesos del Primero de Mayo de 1990, mucho más con la plaza Tahrir, el pasado invierno —un suceso constantemente debatido en los círculos políticos de Moscú— deja a un lado el hecho de que millones de rusos siguen siendo apolíticos, están atomizados y han aprendido a vivir con un sistema que les da pocas garantías legales pero les ofrece posibilidades económicas. Sin embargo, antes de las elecciones de la Duma algo estaba claro. A pesar de los altos índices de aprobación de Putin —sesenta y algo por ciento, por debajo de los ochenta y tantos de 2007— el pueblo ruso ya no puede ser presentado como uniformemente bovino y apático, anestesiado por la estabilidad. Rusia Unida está pagando el precio de su comportamiento cínico, como si tuviera toda clase de derechos y de sus relaciones colosalmente corruptas con las industrias del petróleo, el gas y la madera. Viktor Shenderovich, que antes de ser vetado por el régimen de Putin, era un comediante político subversivo en la televisión, escribió en el Website Daily Journal que el primer ministro, que presume de su populismo, se había topado en la arena Olympic no con la intelectualidad liberal harta sino con el narod, el pueblo. “Después de estos significativos abucheos y del grito de ‘piérdete‘ el fin del putinismo puede estar muy cerca o muy lejos.” escribió. “Carece de sentido intentar adivinar el momento. Pero es un hecho que un punto de no retorno ha sido cruzado.”

Las predicciones pueden ser el juego de los deseos. El abucheo en la arena Olympic se vio presagiado por numerosos otros sucesos, sobre todo después de que Putin anunciase, en septiembre, que había decidido “años atrás” que aspiraría a la presidencia el próximo marzo, dejando aún más claro que Dimitri Medvedev, el presidente desde 2008, iba a caer aún más profundamente en el bolsillo de Putin, y convertirse en primer ministro. Pareció que mucha gente no podía soportar la presunción, la desvergonzada predestinación. En la ciudad siberiana de Kemerovo, aficionados en un concierto de la banda Time Machine abuchearon al maestro de ceremonias cuando éste anunció que Rusia Unida estaba tras el acontecimiento; en Chelyabinsk, en los Urales, los aficionados al jockey callaron a gritos al capitán de un equipo que tenía que leer un comunicado de apoyo a Rusia Unida. Los noticieros y blogs informativos en lengua rusa están llenos de ese tipo de informes, y van en aumento.

Una semana después del incidente en la arena Olympic, llamé al terrible portavoz de Putin, Dmitri Peskov. Alto y mostachudo, Peskov es la proyección ideal de su hombre; espabilado, parlanchín, profesional y sutilmente atemorizante. Cuando miente, sabe que tú lo sabes, y tú sabes que él sabe que tú lo sabes. La sonrisa también conduce otro mensaje a los visitantes extranjeros: Así que somos cínicos ¿acaso ustedes no?

Cuando le pregunté a Peskov sobre el abucheo, desentrañó una retorcida tesis sobre cómo el público podría haber reaccionado ante la imagen de Monson siendo ayudado hasta los vestuarios: “Le llamamos después, y dijo que es normal que en América, cuando el derrotado deja la sala, le abucheen.” Peskov, siendo tan hábil y tan moderno como el régimen al que sirve, después pasó de las mentiras descaradas sin sentido a permitirse por lo menos algo de verdad. “También oí como algunas voces, tres o cuatro hombres,” dijo. “Alguien gritó ¡Putin, vete!”

Cuando le pregunté por qué la televisión estatal había alterado el sonido durante las repeticiones, dijo, “Lo pasaron sin ruido.”

Sí, ¿pero por qué?

“No lo sé con exactitud,” contestó Peskov. “Lo decidió el editor.” Peskov no podía dejar de sonreír ante esa falta de sinceridad. ¿Y por qué canceló Putin una cita dos noches después para participar en un concierto antidroga en San Petersburgo? En lugar de eso, el Kremlin envió al primer ministro delegado, Dmitri Kozak, para representar a Rusia Unida y así el pobre Kozak fue quien soportó los insultos. “No se suponía que Putin asistiese —dijo Peskov—, créeme.”

RECIENTEMENTE pasé frente al 38 de la calle Petrovka —los cuarteles de la Policía— y crucé la calle para ir a la sede de Memorial, un grupo por los derechos civiles que comenzó en 1987. Eran los primeros días de la glasnost, cuando todo tipo de neformaly, grupos cívicos informales, con nombres como Tribuna de Moscú y el Club de Iniciativas Sociales, podían súbitamente florecer. Los organizadores de Memorial, algunos de ellos antiguos disidentes y prisioneros políticos, comenzaron con la idea de que el progreso era imposible sin la conmemoración adecuada de los horrores del pasado soviético. Los activistas de Memorial recogieron decenas de miles de firmas en peticiones apremiando al Partido Comunista a que construyese un monumento a las “víctimas de la represión ilegal” en tiempos de Stalin. Tras una serie de manifestaciones, convenciones y encuentros con el liderazgo del Kremlin, Memorial se extendió a decenas de ciudades provinciales.

Gorbachov estaba convencido de que, para reformar el país, tenía que ganarse la clase intelectual, y en 1988 apoyó la idea del monumento en una reunión del Partido Comunista. Pero era ambivalente respecto a la propia fundación Memorial, a la que veía, con razón, como la semilla de una oposición política más amplia que acabaría cuestionando la legitimidad del mismo sistema. “Debemos de alguna manera quitarle fuerza a Memorial, darle realmente un carácter local,” declaró al Politburó. “Esto no tiene que ver con Memorial, es una tapadera para algo más.” Gorbachov no reprimió Memorial, pero al grupo no le fue permitido registrarse, una maniobra burocrática que limitó su habilidad para recoger fondos y operar cómodamente. En el funeral de Andrei Shajárov, en 1989, Gorbachov le pregunto a la viuda de Sajárov, Elena Bonner, si había algo que pudiera hacer por ella. Ella respondió: “Registrar Memorial.”

Memorial sobrevivió. La Unión Soviética no. En la nueva central de Memorial, financiada en parte por la Fundación Ford y la USAID, me mostraron la biblioteca y los archivos, donde, durante las últimas dos décadas, los académicos investigaron para cientos de nuevas publicaciones sobre el pasado soviético. Un archivista abría cajones llenos de pañuelos, dibujos y otros modestos artefactos, creados, a escondidas, por los prisioneros del Gulag. El archivista sacó, al azar, el dossier de un Vladimir Levitsky, encarcelado en 1932 por el crimen de coleccionar sellos. Los coleccionistas de sellos eran sospechosos de traficar con signos y códigos secretos. En 1937, Levistky fue ejecutado en un campo de trabajo llamado Oljovka, cerca de Krasnoyarsk.

Memorial ha crecido en intenciones y prácticas a lo largo de los años, convirtiéndose no sólo en un centro de investigación, con bibliotecas y archivos a lo largo de todo el país y una biblioteca virtual acerca del sistema del Gulag, sino también en un centro para el trabajo a favor de los derechos humanos. Patrocina ensayos y programas de divulgación en las escuelas. A veces, Memorial siente la presión oficial. El 2008, la policía irrumpió en sus oficinas de San Petersburgo y confiscó doce discos duros que incluían un archivo sobre Stalin, que representaba décadas de trabajo. La directora local, Irina Flige, dice que se trató de un acto de intimidación. Seis meses después, los tribunales le dijeron a la policía que devolviese los discos duros.

Uno de los fundadores de Memorial es un historiador llamado Arseni Roguinski, cuyo padre murió en las cárceles de Stalin. Roguinski atrajo el interés de la KGB en Leningrado cuando, en los setentas, comenzó a coleccionar un protoarchivo de documentos sobre la represión soviética; a principios de los ochentas fue mandado a un campo de concentración durante cuatro años.

Tome café con Roguinski, a quien conozco desde hace años, en la vieja central de Memorial, un conjunto de oficinas menos aséptico, cuyo recibidor está cubierto con fotos de las figuras heroicas de la era disidente, y donde Roguinski puede fumar. Sentados, y a veces andando por su minúscula oficina, Roguinsky me dijo que en años anteriores habían visto una proliferación de grupos independientes de derechos humanos, prensa, grupos de debate, departamentos académicos, vigilantes electorales y ONGs, no sólo en Moscú y San Petersburgo sino en todo el país. Como su eficacia es limitada, y circunscrita por el Kremlin, no constituyen una verdadera sociedad civil; antes bien, son un archipiélago de islas en un vasto mar, a duras penas conectadas entre sí y, en el mejor de los casos, ignoradas por la elite política.

“Hablando de forma grandilocuente sobre el tema, este proceso consiste en darle forma a la sociedad civil,” me dijo Roguinski. “Eso es más importante que lo que consigamos en casos de derechos humanos o en el estudio de la historia. En este país, tenemos demasiado Estado y demasiado poca sociedad. Nuestra tarea es conseguir que haya más sociedad y menos Estado.”

DESDE MEDIADOS de los noventa, Rusia ha estado luchando una guerra contra rebeldes en Chechenia y a lo largo del Norte del Cáucaso. Memorial ha estado al frente de las organizaciones que recogen información sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por los rebeldes chechenos, las autoridades militares rusas y el gobierno promoscovita. Memorial fue una fuente crucial de información para la periodista Anna Politkovskaya, que publicó informes horrorizantes en el periódico opositor Novaya Gazeta. Por sus incontables artículos acerca de la tortura, las detenciones ilegales y el reino de terror bajo el despiadado y claramente corrupto presidente de Chechenia, Ramzan Kadírov, Politkovskaya sufrió acoso, ejecuciones fingidas y envenenamiento. “Eres un enemigo al que disparar,” le dijo Kadírov, en el 2004. Dos años después, le dispararon en Moscú.

Me reuní con Politkovskaya varias veces, normalmente cuando ella ganaba premios en Occidente por su valentía. Cuando poco después de su muerte, una de sus mejores fuentes y amiga cercana, Natalia Estemírova de Memorial, vino a Nueva York para hablar en un evento sobre Politkovskaya, la entrevisté en el escenario. Estemirova habló de forma conmovedora sobre sus estremecedores viajes alrededor de Chechenia. Durante los meses siguientes, me preocupé por ella; estaba decidida a ir a su casa en Grozni, la capital chechena, y continuar con su trabajo para Memorial, investigando secuestros y ejecuciones extrajudiciales por parte del ejército ruso y los soldados de Kadírov. En julio de 2009, Estemirova fue secuestrada en Grozni. Su cuerpo fue encontrado en la vecina región de Ingushetia; le habían disparado en la cabeza y el pecho. Ninguno de los dos asesinatos ha sido resuelto.

Junto a Tania Lokshina, un infatigable visitante a la región de Human Rights Watch, fui a la nueva oficina de Memorial para hablar con el encargado de sus esfuerzos por los derechos humanos, Oleg Orlov, que ha sido demandado por Kadírov por difamación después de que Orlov le acusase públicamente por el asesinato de Estemírova. Orlov describió como las autoridades hacen casi imposible que los abogados y los activistas de derechos humanos en la región pueden hacer su trabajo.

En vísperas de una protesta en Ingushetia, el 2007, Orlov fue a la ciudad de Nazran, plenamente consciente de que el día siguiente las autoridades la aplastarían. “La ciudad estaba inundada de Ejército y policía,” recordó. “Me reuní con la familia de una miembro destacado de la oposición, y probablemente fui visto. La gente era vigilada de cerca. Permanecí en el lugar mas obvio, el Hotel Assa. Tiene guardias armados veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Dos ministros delegados del Ministerio del Interior, de Rusia, estaban allí con su propia escolta. En otras partes de Ingushetia, los rebeldes mataban rusos. Alrededor de las once, estaba en mi habitación del hotel, escribiendo en mi computadora. Llamaron a la puerta. Se oyeron voces. Abrí la puerta y allí había tres cañones apuntándome, grandes tipos con máscaras negras. Me noquearon, Pensé que me llevarían en una operación de barrido, cazando insurgentes que estaban en el Hotel. Dije: ‘Chicos, estáis equivocados. Tengo una identificación de Memorial.’ Simplemente destruyeron la puerta del armario. El mayor dijo: ‘Poned todas sus cosas en una bolsa.’ Yo estaba tirado en el suelo y aún así conseguí ver todas mis cosas metidas en una bolsa plástica. La cerraron. Intente protestar, hablarles de mis derechos. Me estaban pegando.”

“Entonces me di cuenta de que no era un error. Me recogieron del suelo y me di cuenta de que era un secuestro. Muchas veces en mi vida había cubierto esas cosas, así que conocía el algoritmo. Siguió el esquema que recordaba de nuestros informes sobre los derechos humanos en el terreno. Había una capucha sobre mi cabeza. Sin zapatos. Te arrastran a algún tipo de vehículo. Entonces te dicen: ‘Todo va a salir bien. Te interrogaremos y después te soltaremos.’ Eso es lo que siempre dicen: ‘No armes un lío.’ Tres periodistas de la televisión fueron también secuestrados y forzados en el mismo coche. Alguien dijo ‘La limpieza del hotel ha sido completada.’ Y el coche se fue.”

“El camino bueno se acabó, y comenzamos a dar saltos arriba y abajo. Me di cuenta de que nadie iba a interrogarnos. Pensé, nos están llevando a algún tipo de celda. Dijeron poco pero hablaban ruso sin acento. El coche se detuvo. Abrieron las puertas. Nos tiraron fuera y hubo una orden: ‘Liquidadlos con silenciadores.’ Ese fue un desagradable, aunque breve, momento. Después hubo una inmediata sensación de alivio porque comenzaron a pegarnos. Si fueran a liquidarnos, no nos hubieran pegado. La capucha se cayó y vi que los otros habían sido golpeados mucho más. Entonces se detuvieron. Dijeron: ‘No queremos volver a veros en Ingushetia. Si regresáis, la culpa de lo que pase será vuestra.’ El coche se fue. Nos pusimos de pie.”

Cuando Orlov acabó de contar su historia, explicando como regresó a Nazran, me sorprendió lo increíblemente tranquilo que estaba. A este respecto, era como Politkovskaya, Estemírova, Lokshina. Sentí temor por él, a pesar de que él no sentía miedo por sí mismo. El año pasado, Kadírov fue a la televisión chechena para denunciar a Orlov y Memorial. “No son opositores,” dijo Kadirov. “Son traidores. Han traicionado la idea de madre patria y la nación.” Orlov me lo leía desde su computadora. “Obtienen inmensos salarios de Occidente,” continuaba Kadirov. “Publican cosas feas en Internet sobre nosotros [Chechenia] para conseguir su dinero. No son mis rivales. Son enemigos del pueblo, enemigos de la ley y del Estado.” Enemigos del Pueblo. Eso era el lenguaje estalinista, y sin embargo Orlov permanecía irónico, imperturbable.

Hace un par de años, en otra cena benéfica en Nueva York, conocí a una homenajeada del Cáucaso del Norte llamada Nadira Isayeva. Cuando recibió su premio y habló modestamente sobre su peligroso trabajo en Daguestán, al este de Chechenia, para le periódico Chernovik (Borrador), no podría haberme sentido más sólo al pensar en su longevidad. Nos vimos en Moscú hace un par de semanas. Isayeva está a principio de la treintena y lleva el hijab. Está casada con un musulmán salafista que la llamó desde la cárcel con un teléfono contrabandeado para expresar su admiración hacia su obra. El 2008, ella y otros tres colegas fueron condenados por “incitar a la hostilidad” y difamar el Servicio Federal de Seguridad Ruso y la policía local.

Daguestán es menos draconiano que Chechenia, me dijo Isayeba una tarde en la ofician de Human Rights Watch de Moscú. En Chechenia tu vida está en peligro, en Daguestán las autoridades hacen circular en Internet rumores personales para perjudicarte. Ella ve, incluso en Chernovik, un cierto grado de autocensura. “Todo lo que tiene que ver con las agencias policiales; o se calla o se publica algo somero, tan sólo para estar seguros de mencionarlas” dijo. “Nos hemos convertido en algo cercano a un periódico de la era soviética.” Mientras tanto, sus fuentes están a punto de ceder. “Los activistas por los derechos humanos en el Cáucaso se están ahogando. Se han convertido en algo muy vulnerable,” nos dijo.

Este verano, Isayeva ganó su caso de difamación pero dejo Chernovik al comienzo de una campaña de difamación dirigida contra ella. Su esposo está encarcelado en Rusia del Norte. Dice que fue arrestado con cargos falsos de robo, y no sabe cuándo le permitirán verle otra vez. Está considerando aceptar una beca de investigación de cuatro meses en Nueva York, donde intentará pensar acerca de las opciones que tiene en el Cáucaso del Norte. “Ahora puedo ver básicamente cómo se reduce el campo de la información en el Cáucaso, y cuando eso sucede usualmente acaba en derramamiento de sangre,” dijo. “Creo que tengo el potencial necesario para marcar la diferencia, para reabrir ese espacio. Pero es imposible hacerlo localmente.”

MIENTRAS QUE periodistas como Isayeva tienen un sentido vocacional de su misión, hay gente perfectamente ordinaria en la Rusia de Putin que se encuentran a sí mismos empujados a una vida de activismo, casi por casualidad. En el verano de 2007, una pequeña mujer de negocios llamada Yevgenia Chirikova andaba con su esposo en un robledal cerca del Aeropuerto de Sheremetyevo, llamado el Bosque de Jimki. Vio que muchos de los árboles estaban marcados en rojo. Cuando regresó a casa, miro en varios websites y se enteró que el gobierno había contratado la tala de una amplia franja a lo largo de los pantanos y meandros del bosque, derribando miles de viejos robles, para dar paso a una nueva autopista entre Moscú y San Petersburgo.

Hasta entonces, Chirikova había progresado económicamente de una forma tranquila, concentrándose en su pequeña compañía de ingeniería y su creciente familia. Disfrutaba sus paseos por el bosque de Jimki, parte del cinturón verde que rodea la capital. “No sabía de la situación con Putin,” declaró. “No era política, era vaga.” Ahora se dio cuenta de que si no alzaba su voz los árboles del bosque caerían sin apenas hacer ruido.

Chirikova, que se parece a la versión hogareña de Jean Seberg, resultó ser un líder cívico carismático, dando discursos efectivos, manteniendo activos los websites y los feeds de Twitter, y llamando incansablemente la atención hacia su causa. A medida que organizaba manifestaciones y actos de desobediencia en el bosque de Jimki —miembros de su grupo instalaron allí un campamento y se colocaban regularmente frente a los bulldozers, haciéndose arrestar e incluso golpear— se enteró de que el oligarca más cercano al proyecto era Arkadi Rotenberg, amigo de Putin e instructor de judo. Descubrió también que a funcionarios locales y a Vinci, la firma constructora francesa que estaba haciendo gran parte de la obra, no les interesaba en lo absoluto el argumento de su movimiento, de que la autopista podía ser construida fácilmente sin dañar el bosque. “Las cartas que recibió de ellos podían resumirse en un punto: si es un proyecto federal es legal,” declaró.

Mijaíl Beketov, un editor del periódico local, Jimkinskakya Pravda, con espíritu de cruzado escribió una serie de columnas sobre la corrupción de las autoridades locales y el negocio de la autopista. Después de que Betekov pidiese que esas autoridades dimitiesen, su carro fue volado. Después, en noviembre de 2008, fue golpeado por matones tan salvajemente que permaneció en coma durante semanas. Perdió tres dedos y una pierna y quedó incapacitado para andar o hablar.

Esta primavera, funcionarios declararon que Chirikova, que ahora tiene dos hijas, era una mala madre. Temió perder a las niñas, que tienen cinco y diez años, y que las enviasen a un orfanato estatal. “Las autoridades vinieron a mi casa, y me mostraron una queja anónima, como en tiempos de Stalin, donde dice que yo pego a mis niñas y no las alimento bien” contó. “Sabía que podían meterme en la cárcel y quitarme mis niñas. Pensé: ¿a quién puedo dirigirme? Las autoridades estatales no me ayudarán. Sentí que sólo podía contar con el pueblo, y en consecuencia hice una declaración en video y la puse en Internet. Después de eso, el protector de los derechos de la infancia se disculpó. Y conseguimos incluso aún más apoyo. Gente que era indiferente a causas ecológicas de súbito simpatizó con una mujer que había sido amenazada con quitarle a sus hijos.”

El día en que la vi, Chirikova iba a toda prisa de una reunión a otra sobre Jimki, pero no se hacía ilusiones sobre el destino del bosque. Incontables árboles caerían. La carretera sería construida. Se harían fortunas. La importancia real del movimiento era su existencia y lo que representaba. “La sociedad civil es muy joven,” declaró. “El movimiento del bosque Jimki ha unido a gente de diferentes clases para alzarse por sus derechos. Eso influencia a otros movimientos y a otra gente.”

Incluso antes de las elecciones del 4 de diciembre, Chirikova podía intuir alguna ansiedad en el liderazgo “tandem” de Putin y Medvedev. “Las autoridades son plenamente conscientes del hecho de que son unos ladrones, y no sienten seguros,” dijo. “Por eso los asusta cualquier protesta. En agosto del año pasado, reunimos miles de personas cerca del Kremlin. Las autoridades tienen miedo de que la gente mire hacia el Kremlin. Están listos para hacer cualquier cosa con tal de impedir que la gente salga a la calle.”

LAS CALLES —las autopistas, los bulevares y las retorcidas callejas de Moscú— son, de hecho, uno de los improbables lugares de la protesta civil en la Rusia de Putin. Kutuzovsky Prospect es una de las principales avenidas en las que los funcionarios gubernamentales y los super ricos circulan entre el centro de la ciudad y las propiedades multimillonarias de Rublyovka. En esos adinerados bosques hay exquisitos restaurantes, spas, salas de venta de Bentley, Ferrari, Mercedes y Masseratis. El tráfico es horrendo desde la mañana hasta la noche. Y por eso los funcionarios y los que tienen buenos contactos evitan la condición de meros mortales obligados a frenar, obteniendo parpadeantes luces azules para sus coches, una señal que fuerza a todo el mundo a apartarse del camino, como si se tratase de una ambulancia. Las luces oficiales azules, llamadas migalki, se adquieren a menudo a través de sobornos. Y la forma fantásticamente imprudente de conducir que va aparejada con las mismas lleva a accidentes constantes —invariablemente con automóviles civiles, invariablemente más vulnerables.

Nada puede ser más irritante, especialmente para los rusos, que ven sus coches como un signo de éxito. Ser empujado o rebasado en la carretera es humillante. Gracias a YouTube y a tácticas de flash mob, un grupo de furiosos guerreros de la carretera comenzaron a colocar cubos infantiles de plástico azul en lo alto de sus coches —un movimiento espontáneo que fue conocido como la Sociedad de los Cubos Azules. Cuando sus miembros descubrieron que Nikita Mijalkov, un reconocido director cinematográfico, tenía un coche con una migalka, le dieron una paliza en línea.

Iván Alexeiev, alias Noize MC, es un famosísimo artista hip hop de Rusia que ganó gran parte de su reputación rebelándose contra la clase privilegiada de los conductores de limusinas. Alexeiev creció cerca de Smolensko, oyendo a Nirvana, Rage Against the Machine y Run-DMC. Fue a Moscú a la universidad, a estudiar computación, y formó allí su banda, con compañeros de clase.

El año pasado, mientras estaba de gira en el Extremo Oriente ruso, oyó sobre un accidente cerca de la Plaza Gagarin, en Moscú: un Mercedes que llevaba al vicepresidente de una de las mayores compañías petroleras rusas, Lukoil, se estrelló contra un Citroen, matando a dos mujeres, incluyendo la hermana de uno de los amigos de Alexeiev. La policía culpó al conductor del Citroen, pero los testigos dijeron que el coche del ejecutivo había estado conduciendo por el carril equivocado, para evitar el tráfico.

Aquella noche, en Vladivostok, Alexeiev no pudo dormir y escribió un aullido de indignación, titulado “Mercedes S666.” La canción, y el video tipo “South Park” que la acompañaba fue un gran éxito en Internet. “Desde el principio, muchos partidos políticos intentaron emplearlo para sus objetivos,” me contó Alexeiev. “Parece como su siempre tuvieras que escoger entre uno y otro, y no quiero escoger.”

Alexeiev ha interpretado canciones burlándose de los skinheads rusos y de Nashi, el grupo juvenil pro Putin. En un concierto en Volvogrado, el pasado julio, cantó una canción sobre la corrupción policial titulada “Smoke Bamboo” y hizo comentarios desde la escena burlándose de la policía de Volvogrado por ser agresiva. “Para ser sincero, mi conducta no fue muy buena, pero su reacción fue aún peor,” me dijo Alexeiev. Lo arrestaron y encarcelaron diez días.

EL PRESO más famoso de Rusia es Mijaíl Jodorkovsky, un barón petrolero que llegó a ser el hombre más rico del país y que después, desafiando las advertencias de Putin, se atrevió a meterse en política. El arresto de Jodorkovsky, en el 2003, seguido por dos vergonzosos juicios farsa y su encarcelamiento en el Lejano Oriente, fue la más descarada demostración del poder de Putin a la clase de los oligarcas que habían hecho sus fortunas en medio del vacío legal de los noventas. El caso Jodorkovsky es ampliamente discutido en Moscú, pero difícilmente es el único hombre de negocios en prisión. El código autoritario de la era de Putin demanda lealtad al régimen y sumisión a los corruptos agentes de la ley. Cualquier gesto de rebeldía puede conducir a abruptas visitas de la policía de Hacienda, intimidación, confiscación de propiedades, y, finalmente, cargos criminales falsos.

Muchos miércoles por la noche, un grupo de por lo menos cincuenta personas se reúne en un café del centro. El nombre del grupo es Rus Sidyaschaya (Rusia tras los barrotes) y su líder es una dinamo llamada Olga Romanova, una antigua periodista televisiva de REN-TV, que ahora escribe para Novaya Gazeta. Todos en el grupo han estado en prisión o tienen un pariente en la cárcel o viviendo en algún tipo de frío y desagradable exilio interno. “Algunos son acomodados, otros son analfabetos, pero todos necesitan apoyo e información,” me dijo Romanova. “Están perdidos dentro de un sistema injusto.” El esposo de Romanova, Alexei Kozlov, un urbanizador de unos treinta años, fue arrestado hace tres años. Primero lo recluyeron en una celda en Butyrka, una de las prisiones más célebres de Moscú, y después lo enviaron a la región de Perm, cerca de los Urales.

En un artículo digno de atención publicado este año en Novaya Gazeta, Romanova decía que la fuente de los problemas de su esposo fue un reportaje crítico que éste escribió para la revista rusa Tiempos Nuevos sobre uno de los oligarcas de Moscú. El socio comercial de Kozlov era un antiguo senador llamado Vladimir Slutzker, que conocía al oligarca. Slutzker le dijo a Kozlov: “Mira, o te divorcias de tu esposa o nos separamos.” Kozlov se negó a ser amenazado y en junio de 2008 fue detenido, acusado de lavado de dinero y de la compra fraudulenta de acciones en una fábrica de cuero artificial. Romanova y Kozlov creen que Slutzker conspiró para que se formulasen esos cargos.

Durante su detención, Kozlov se las arregló para telefonear a Romanova y decirle: “Hay un sobre en el cajón. Ábrelo y mira lo que hay.” El sobre contenía la tarjeta de un alto funcionario del gobierno, que había prometido jugar un papel de correveidile con el fiscal en caso de arresto. Había una nota añadida que decía que Kozlov y el funcionario habían llegado a acordar un precio: un millón y medio de dólares. Anticipando su arresto, Kozlov había hipotecado su casa de vacaciones. Cuando Romanova se entrevistó con el funcionario, dice en su recuento para la Novaya Gazeta, el precio para tomar el caso se dobló. Pidió prestado el dinero extra, de treinta amigos distintos. Pero súbitamente, recuerda para el periódico, “el hombre de la tarjeta abandonó su trabajo y desapareció.”

Romanova comenzó a dar grandes sobornos, miles de dólares a la vez, por documentos notariados, repelente para pulgas, cortaúñas —cualquier cosa que facilitase la estancia de su esposo en Butyrka. Después de seis meses sin ver a su esposo, se las arregló para sobornar al sacerdote de la cárcel. “Tienen su propia iglesia en la cárcel de Butyrka,” contó. “El patriarca de la Iglesia arreglaba nuestras reuniones. Mi esposo decía que iba a confesarse y yo usaba el pase de un miembro del coro de la Iglesia para entrar en Butyrka.”

Romanova dice que antes de esta crisis tanto ella como su esposo estaban bastante malcriados. Ella se preocupada sobre qué playa iban a visitar en las fiestas, y a su esposo le daban ataques en los hoteles por la “suavidad de las toallas.” Ahora se sorprenden el uno al otro con su devoción; Kozlov se negó a admitir ninguna falta para salir de prisión, y Romanova hizo todo lo que pudo para crearle problemas a un sistema judicial podrido. Le visitó en cada oportunidad posible en Perm, mantuvo el caso público, con gran riesgo, y le ayudó a comenzar un diario de prisión en línea. “Es difícil para alguien que nunca ha estado en prisión comprenderlo,” dijo Kozlov. Como habían causado tanto alboroto sobre el caso, sus apelaciones comenzaron a avanzar. Kozlov fue liberado este otoño. El grupo de apoyo sigue existiendo. Como ella dice, “Así es como debe comenzar la sociedad civil; crece dentro de ti.”

ESTE MES, los rusos conmemorarán el vigésimo aniversario del colapso de la Unión Soviética con un silencio casi universal. Ucranianos, bálticos, georgianos, armenios, azeríes, e incluso los ciudadanos de las más reprimidas repúblicas centroasiáticas marcarán su salida del yugo soviético. Contarán de nuevo sus narrativa de opresión en independencia. Pero en Rusia, donde nacionalistas, comunistas, liberales y otros ciudadanos no pueden coincidir en una narrativa nacional fundacional, y donde muchos ven 1991 como una pérdida, no habrá fiesta, ni desfiles ni discursos. Tan sólo los más incontrolados medios de la prensa rusa buscarán entre la miríada de factores económicos, políticos, ideológicos y sociales que condujeron a la erosión y caída de la Unión Soviética. Como estado, la Rusia moderna comenzó sin valores comunes; fue fundada en una atmósfera de colapso, cargada de rebelión y en un ambiente de casi inimaginable improvisación y contingencia.

Así fueron los últimos días de la Unión Soviética. Ahora hay todo un tesoro de material sobre ellos, incluyendo las numerosas memorias de las figuras políticas del momento —entre ellas el diario en dos volúmenes de Anatoli Cherniaev, el leal Sancho Panza con ojos de lince de Gorbachov. El recuento en tiempo real de Cherniaev acerca de las últimas semanas del drama, en 1991, y sobre todo el combate histórico por el poder entre Gorbachov, el vano y humillado presidente soviético, y Boris Yeltsin, el vengativo líder electo popularmente en la República Rusa, es shakesperiano —aunque con vodka, palabrotas curiosas y códigos de lanzamiento nucleares.

El 3 de diciembre, recuerda Cherniaev, Gorbachov telefoneó a Yeltsin. Días después, Yeltsin viajaba a Bielorrusia, para reunirse con el líder bielorruso, Stanislau Shushkevich, y el ucraniano, Leonid Kravchuck. Yeltsin, que sonaba borracho, habló de la idea de una confederación a cuatro manos, consistente de Bielorrusia, Ucrania, Rusia y Kazajastán. Gorbachev podía ver que esa formula significaba el final efectivo de la Unión Soviética y de su propia carrera política.

“En tal caso, renunciaré,” contestó Gorbachov. “No pienso quedarme colgado como un pedazo de mierda en un agujero de hielo.”

El 7 de diciembre, Yeltsin llegó a Bielorrusia con sus ayudantes y veinte escoltas. Una caravana de coches le condujo hasta la mansión del Viskulim en Belovezhskaya Pushcha, un primitivo bosque cercano a la frontera polaca, donde Leonid Brezhnev solía cazar. A pesar de los esfuerzos de Gorbachov, la Unión Soviética se estaba disgregando. Los ucranianos acababa de declarar su independencia, y Kravchuk, que inicialmente había apoyado el golpe de agosto de la KGB contra Gorbachov, estaba más que feliz de verse libre de Moscú. Shushkevich, un modesto científico de Moscú, había estado en el poder menos de tres meses, pero también él estaba a favor de la independencia. En el momento de la reunión, todas las demás repúblicas rusas, excepto Kazajastán, habían votado a favor de la independencia.

En la cena, Yeltsin blandió un documento redactado por Gorbachov pidiendo un nuevo acuerdo de unión. “Si ustedes lo firman, yo lo firmo,” le dijo Yeltsin a los otros. Tuvo la respuesta que esperaba. Nadie quería nada de una unión, no importa lo reformada que estuviese.

Tras brindar entre sí más de una vez con la variedad local de vodka de hierbas, los más importantes fueron a celebrar su atrevimiento en una sauna local, mientras sus ayudantes trabajaban en el borrador de un nuevo acuerdo. En breve, los ayudantes llegaron a la definición: “Nosotros, el Pueblo de Bielorrusia, la Federación Rusa y Ucrania, creadores de la Unión Soviética en base al Tratado de Unión de 1922, confirmamos que la Unión Soviética como sujeto de las leyes internacionales y realidad geopolítica, cesa de existir.” Los ayudantes trazaron entonces la propuesta para una entidad sucesora, la Comunidad de Estados Independientes. Sin ministerios, sin impuestos, sin presidente, ciudadanos o poder real.

Por la mañana, Yeltsin, Kravchuk y Shushkevich comieron huevos fritos y pan negro, mientras Yevgenia Pateychuk, una secretaria contratada por la KGB local, terminaba de mecanografiar.

El grupo organizó una ceremonia de firma, aparentemente oficial, que incluyó algunos periodistas locales. Valery Drozdov, delegado jefe del periódico bielorruso Narodnaya Volya, tomó nota del momento en que los tres hombres firmaron el certificado de defunción de la Unión Soviética: 2:17 P.M., domingo, 8 de diciembre de 1991. Se sirvió champaña. Como Yeltsin escribió en su publicado diario: “Recuerdo como una sensación de libertad y ligereza me invadió de súbito.” Pateychuk, la mecanógrafa, recordó que había hecho su trabajo a oscuras: “Comprenderlo fue algo posterior. Uno o dos días después”. “En su pueblo de Kamenyuki, a doce millas de distancia, pasó a ser conocida como la mujer que destruyó la Unión,” escribe el periodista irlandés Conor O’Clery, en su libro de 1991.

Antes de molestarse en notificar a Gorbachov las noticias que harían época, Yeltsin llamó al presidente George H. W. Bush, en Washington, dejando el trabajo de llamar a Gorbachov al más joven de los socios, Shushkevich. Gorbachov, furioso, preguntó: “¿Y conmigo que pasa?”. Eso era obvio. La noche de Navidad, renunció y la bandera roja del Kremlin se arrió para no ser vista nunca más.

EN EL 2005, cinco años después de que Yeltsin le diera el poder, Putin señaló: “Ante todo, es justo reconocer que el colapso de la Unión Soviética fue la peor catástrofe geopolítica del siglo. Para el pueblo ruso se convirtió en una auténtica tragedia.”

Aunque nombrado por Yeltsin, Putin insistió que todo era caos en los noventas, y que los rusos deben sentirse agradecidos por la relativa estabilidad y el dinamismo económico de la pasada década. Que el país se haya vuelto menos libre —se deduce— es el precio necesario. Como justificación de su largo periodo en el cargo, Putin y los que le asisten sugieren que debería ser colocado en la misma categoría que los reconstructores de naciones como Franklin Roosevelt, Helmut Kohl y Lee Kuan Yew, que dirigió Singapur por más de treinta años. En términos históricos rusos, Putin se compara a sí mismo no con Pedro el Grande, el zar occidentalizador, sino más bien con Piotr Stolypin (1862-1911), el reformador económico de mano dura del periodo prerrevolucionario. Fue Stolypin quien dijo: “Dadme veinte años de calma y reformaré Rusia.” Y también: “queréis grandes alzamientos, nosotros queremos una gran Rusia.” Como me dijo Masha Lipman, analista del Carnegie Center de Moscú, Putin ha conseguido estabilidad —aunque a partir del recorte de los derechos políticos— pero “¿Dónde están las reformas?” Añadió que en las escuelas de la era soviética Stolypin era recordado sobre todo por los “vagones de Stolypin,” los vagones de ferrocarril que conducían presos radicales a Siberia, y la “corbata de Stolypin,” la soga con la que eran colgados los presos políticos.

Las figuras autoritarias de la era Putin, sin embargo, no son como las de los tiempos soviéticos o zaristas. “Hoy el poder es muy racional,” declara Arseni Roguinski de Memorial. “El poder hoy no silencia a nadie. Hay libertad de expresión. Hay estanterías enteras de libros anti Putin en las tiendas. Ya no estamos en el siglo XVIII. Un libro con una tirada de mil ejemplares no derribará este Estado.” Una mano dura en la televisión estatal basta, al menos por ahora. El actual sistema de estabilidad, con su eliminación de la política de verdad —su cultivo de las elecciones falsas y un sistema judicial que acepta órdenes por parte del ejecutivo— es un poder elaboradamente flexible, supremamente cínico. Putin, un antiguo miembro de los servicios de seguridad, es su personificación.

El arquitecto de algunas de las características más importantes del putinismo —la complicada estructura de la prensa; el partido Rusia Unida y la oposición controlada; los grupos de jóvenes leales— es un antiguo bohemio, banquero y hombre de negocios llamado Vladislav Surkov. El sistema soviético era un intento pretecnológico de aplastar cualquier tipo de sociedad civil. Surkov, en numerosas conferencias, ha promovido lo que llama democracia “soberana” o “administrada,” una forma posmoderna que incluye elementos de autocracia, democracia y pura brutalidad. Surkov no está interesado en el Homo Sovieticus. Quiere ser a la vez misterioso y cool. En su oficina cuelgan retratos de Tupac Shakur, Joseph Brodsky y Che Guevara. Antes de ir al Kremlin, trabajó en la empresa privada —incluso como ejecutivo con Mijaíl Jodorkovsky. Solía escribir canciones para el grupo de rock gótico Agata Kristi. Y se cree que ha escrito, bajo pseudónimo, una novela titulada Casi cero, sobre un antiguo bohemio de los ochenta que se convierte en un relaciones públicas corrupto. (El autor es un tal Natan Dubovitsky; la esposa de Surkov se llama Natalya Dubovitskaya.)

Si el putinismo tiene un manifiesto ideológico, es una conferencia que Surkov dio el 2007, en la Academia de Ciencias Rusa, titulada “La cultura política rusa: la visión de la utopía.” El tema, presentado con una retórica a lo Putin, es que no existe esa cosa llamada democracia universal. Surkov dice que la inmensidad única de Rusia pide un poder únicamente centralizado. Cree que todas las democracias del mundo son de hecho dirigidas e hipócritas, y dan tan sólo una ilusión de libertad. Como Putin, Surkov insiste en que Occidente deje de dar lecciones acerca de la libertad y los derechos humanos. “Nos hablan de democracia —dijo en una conferencia de prensa en Moscú— mientras piensan en nuestros hidrocarburos.” Al mismo tiempo, Surkov es rápido a la hora de recordar a los liberales que la opción para escoger es o ellos o el creciente número de nacionalistas rusos radicales.

En su centro, la Rusia de Putin no es una democracia, soberana o de cualquier otro tipo. Más bien, es el poder por el poder y la acumulación de una vasta riqueza en manos de varios “clanes” y amigos del Kremlin lo que se encuentra en el centro de todo. Pocos propietarios de las mansiones fuera de Moscú hubieran sido capaces de comprar esas propiedades y mantenerlas, sin conexiones cercanas y una completa lealtad al régimen. El poder no está interesado en la sociedad civil, excepto para cooptarla y marginalizarla.

Cuando le pregunté al portavoz de Putin, Dmitri Peskov, si el primer ministro estaba decepcionado por su acerada imagen en el exterior, Peskov contestó: “Esa es la forma en que hace las cosas, y es la forma en que continuará haciéndolas. No creo que le preocupe lo que la gente pueda pensar sobre él en Occidente.” Ni le preocupa la forma en que la oposición se burla de la televisión estatal por su adhesión servil a la línea del Kremlin. “Quien paga al flautista escoge la canción,” dijo Peskov.

Lo que Putin y Surkov encuentran insufrible es cualquier rastro de lo que ven como crítica o interferencia de Estados Unidos o Europa. Algunos días antes de las elecciones a la Duma, el gobierno comenzó a perseguir a la ONG más efectiva en el control de elecciones del país, Golos (Voz). Ante la mención de esto, Peskov perdió su buen carácter. “Tenemos servicios especiales y tenemos todos los datos sobre las ONGs patrocinadas por estados extranjeros.”

“A Putin no le gusta que le den lecciones ¿Verdad que no?” —pregunté.

Una sonrisa regresó a los labios del portavoz. “Ahora que lo dice, venía hacía aquí oyendo la radio del coche,” me dijo. “¿Sabe cuál era la primera de las noticias? El Departamento de Estado de Estados Unidos expresa su grave preocupación sobre la política rusa hacia los gays.” Peskov se refería a la legislación propuesta en San Petersburgo que prohibiría “propaganda de la sodomía, el lesbianismo, la bisexualidad y el transgenerismo a los menores.” Ahora estaba riéndose. “Pensé, ¿qué está haciendo el Departamento de Estado de Estados Unidos? ¡Con su deuda nacional! ¡Con una industria haciendo agua debido a la burbuja financiera!¡Con una pesadilla en Afganistán! ¡Con una pesadilla en la economía global! Y les preocupa profundamente los gays en Rusia. ¡Ja, ja, ja! Así que estaba realmente de muy buen humor por esto.”

UNA SEMANA antes de las elecciones, comí en el espacioso y céntrico apartamento de Liudmila Alexeeva, presidenta del Grupo Moscú Helsinki y una de las grandes veteranas del movimiento por los derechos humanos. Tiene ochenta y cuatro años, pero es una visitante habitual de Internet, y se mantiene al día en las noticias sobre los grupos de acción cívica del país: un movimiento en Bryanks pide más parvularios, una mujer en Komi ha empleado los medios de comunicación sociales para reunir apoyo para una escuela de niños autistas. Esos movimientos nunca aparecen en la televisión estatal, pero viven en línea —y son fascinantes, prometedores, aunque atomizados.

“Creo que estas elecciones son las últimas que serán controladas desde la televisión, y las próximas serán influenciadas desde Internet,” declaró.

El pasado febrero, tras el alzamiento egipcio en la plaza Tahrir, el delegado del primer ministro Igor Sechin, reveló la ansiedad del Kremlin frente a Internet. “Mirad lo que han hecho en Egipto, esos bien colocados administradores de Google,” le declaró al Wall Street Journal. Algunos funcionarios en los círculos de Putin han estudiado cómo la burocracia del Partido Comunista de China ha logrado, a través de sistemas de filtrado, bloquear al menos algún material crítico en línea. Por otra parte, las autoridades son conscientes de que al menos cuarenta millones de rusos están ya en línea, con decenas de millones más a punto de llegar —y muchos de ellos son bien educados, y están tal vez menos dispuestos a tolerar toques de queda en sus búsquedas de Internet que abusos contra los derechos humanos en prisiones lejanas de Chechenia y Daguestán. Tal y como sucedió el día de las elecciones, domingo, 4 de diciembre, una serie de sitios web opositores —Los nuevos tiempos, El eco de Moscú, Bolshoi Gorod, Slon.ru, Kommersant, y el website del grupo dedicado a monitorear el voto, Golos— fueron víctimas de ciberataques.

Hace poco tuve un desayuno con “Sasha” y “Masha,” los jóvenes anónimos creadores de la cuenta Twitter KermlinRussia, una parodia de la cuenta Twitter de Dmitri Medvedev KremlinRussia. (Medvedev comenzó a tuitear en la central de Twitter de San Francisco, el pasado junio —un intento de darse a sí mismo algo de glamour postautoritario). Se burlan de la pesadez de Medvedev y de la intentona de todo el sistema de mantener en pie un autoritarismo lleno de brillos, moderno, pero finalmente corrupto.

Sasha y Masha pidieron no ser identificados con sus nombres reales. Él trabaja en relaciones públicas, ella en finanzas. Están bien vestidos, viajan, tienen buenos salarios, y admiten que viven una “doble vida.” Los dos son conscientes de que en sus vidas profesionales la proximidad al poder lo es todo, y que criticar abiertamente a este sistema significa perderlo todo.

Sasha, en sus primeros tweets, se centró en los fantásticos privilegios de los ricos y poderosos. “No entiendo toda esta cháchara sobre los embotellamientos de tráfico que duran horas,” tuiteó, imitando Medvedev. “Personalmente, siempre llegó al Kremlin en 10-15 minutos.” Los tweets de Masha son de tono más literario y cultural, aludiendo a toda clase de cosas desde la películas de Sergei Eisenstein a la música pop. Sasha y Masha comenzaron sus carreras en la red como comentarios del sitio irónico, de oposición, sólo por invitación, llamado Zona Leprosa. Nunca sacan sus noticias de la televisión, prefiriendo sitios como gazeta.ru, slon.ru, y vedomosti.ru, y los tabloides sensacionalistas.

“Cuando los poderes reales miran internet, oyen todo, pero no escuchan,” me dijo Masha. “Twitter es la más interactiva de las plataformas.” “KermlinRussia —me dice— es un modelo de ente de la sociedad civil, el ejemplo de una, pero extremadamente aislado.”

Su temor es que después de las elecciones presidenciales de marzo Putin ponga más presión en las organizaciones de la sociedad civil y el Internet. Un Putin herido, irritado no será una cosa agradable. La última semana, Yevgenia Chirikova, líder del movimiento del bosque de Jimki, fue cacheada desnuda por guardias fronterizos a la vista en el Aeropuerto de Sheremetyevo —un episodio de puro acoso que duró dos horas y media. “Medvedev jugó con la apertura —me dijo Sasha— pero ahora papá regresa a casa y hará que todos limpien su habitación.”

EL RESULTADO de las elecciones de la Duma supuso una severa desilusión para el Kremlin. Rusia Unida consiguió, de acuerdo a los estimados oficiales, cerca del cuarenta y nueve por ciento, un severo bajón desde el sesenta y cuatro por ciento que obtuvo hace cuatro años. Tras las denuncias de fraude, muchos asumen que las cifras reales fueron mucho más bajas. La elección fue robada, con certeza, pero sin efectividad y sin mucha convicción. Al partido comunista, que durante largo tiempo había tenido un profundo tinte nacionalista, le fue bien, con un veinte por ciento. La noche después de los resultado, más de cinco mil personas se reunieron para una manifestación en el centro de Moscú, coreando: “¡Putin es un ladrón!” y “¡Rusia sin Putin!” La policía detuvo a cientos de manifestantes, incluyendo al blogger y activista Alexei Navalny. Las manifestaciones continuaron durante tres días.

Esto no es la plaza de Tahrir, desde luego. Demográficamente, Rusia es más vieja, una sociedad con mucho más empleo; dentro de una vasta y única geografía, por no hablar de que la determinación del régimen hace ese tipo de alzamiento mucho más difícil de concebir. Gran parte de la clase media sigue más interesada en la prosperidad que en las leyes de la democracia. Para muchos rusos, la experiencia de los noventas, con Yeltsin, con su falta de leyes, inestabilidad política y privatizaciones salvajes, fue tan desorientadora, tan decepcionante, que olvidaron las nuevas libertades que habían ganado y pasaron a referirse a ese periodo no como demokratiya sino como dermokratiya (mierdocracia). Y sin embargo ahora algo estaba cambiando; había un cambio claro en los humores.

En el Memorial me reuní con Sergei Kovalyov, un biofísico protegido de Andrei Sajarov dentro del movimiento por los derechos humanos. Kovalyov es un antiguo prisionero político, y fue, brevemente, consejero de Boris Yeltsin, hasta que se separaron debido a la guerra en Chechenia. Kovalyov tiene ochenta y un años. Reconoce irónicamente que sabe que es considerado como “inocente” en Occidente, un “viejo idiota de pueblo que actualmente piensa que es posible respetar los derechos humanos y que la ley no es un instrumento de la política sino al revés.”

Me dijo que aunque todos los grupos y movimientos y websites que discutimos no podían realmente ser llamados una sociedad civil —no sin las debidas protecciones constitucionales, dentro de un sistema auténticamente democrático— sí le daban sin embargo cierta base para un “modesto optimismo.” La situación, no importa lo profundamente descorazonadora que sea en algunos momentos, le recordaba el momento en que el agua, aunque extremadamente fría, sigue siendo líquida —y de golpe, súbitamente, con la suma de un simple cristal, cambia de forma, convirtiéndose en hielo.

“El algún momento concreto, esta fase de transición será muy rápida,” dijo Kovalyov. “Desde luego, la gente siempre me pregunta cuándo. No soy un profeta y antes solía decir: ‘Espera otros quince años’. Pero ya han pasado quince años. La fase de transición aún no llega”.

* Publicado originalmente en The New Yorker, acompañado de esta estupenda galería de retratos y videos de activistas rusos. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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