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Calvert Casey: morir en Roma

  • Dic 22, 201121:56h
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Esta es la historia de un hombre que quiso morir en la Habana y no pudo. De un hombre que eligió una muerte caribeña y antimperialista pero que tuvo la más europea e imperial de las muertes. Esta es la historia de Calvert Casey, que amaneció muerto el 18 de mayo de 1969, en su departamento de la Via Gesù Maria, en Roma.

“Calvert era el escritor ideal para una época ideal —mientras duraron ambas” resume Guillermo Cabrera Infante en el retrato que le dedicó en su libro Vidas para leerlas (Alfaguara, 1992). Intentó Casey ser el puente entre las distintas identidades que lo componían. Murió cuando sus contradicciones dejaron de ser admisibles. Fue el fin de una época, el “fin de la Edad de Plata” como tituló, en 1973, el poeta español José Ángel Valente el libro de poemas en prosa que le inspiró su muerte; la señal de que había empezado otra era sin merced ni perdón, un universo en el que la delicadeza de un tartamudo, de un escritor que escribía en la frontera del silencio, ya no sería admitida.

Calvert Casey, homosexual y comunista, coleccionista de pornografía y escritor, devoto de la santería y de San Juan de la Cruz. De padre americano y madre nacida en Cuba, nacido él en Baltimore (la ciudad de Edgard Allan Poe, otro escritor que se sentía más cómodos entre los muertos que entre los vivos) en 1924. Calvert Casey, resultado de un parto difícil que lo mantuvo por años entre la vida y la muerte, huérfano de padre desde 1926 (o desde 1927: todo en su vida es impreciso, inasible). “Habrá que ver si su papá se suicidó también porque quitarse la vida produce un singular hipnotismo” —se pregunta en una entrevista publicada en La Gaceta de Cuba su amigo, el escritor Antón Arrufat, a quien Calvert Casey le dedicó su libro de cuentos El regreso.

El destino de Calvert Casey, vacilante como su habla, raro como su presencia delgada. Llevado de regreso a la Habana por su madre a finales del los años veinte. Tímido, afeminado, tartamudo, culto y solitario en las calles de la ciudad vieja donde los demás niños jugaban a gritos, admirando el trasero de las mujeres y apostando a quién la “voltearía” primero. Calvert Casey, buscando toda la vida una posible madre que lo salvara del exilio y la incerteza. La filosofa española María Zambrano, la insaciable animadora de salones literarios habaneros Olga Andreu, o la escritora madrileña Felicidad Blanc sintieron al conocerlo la necesidad de cuidarlo, de protegerlo del aura de indefensión que lo acompañaba, de su nostalgia permanente, del dolor que le producía su torturada vida sexual, despreciado por un amante italiano, despreciado por otro argentino.

Calvert Casey y su obra, arrancada, como las piedras de una mina, al silencio y a los papeles quemados. Cuarenta y cinco años a la hora de su muerte, dos libros de relatos, El regreso (Seix Barral, 1966) y Notas de un simulador (Seix Barral, 1969), otro de ensayo, Memorias de una isla (Ediciones R, 1964), una novela de juventud —Los paseantes— publicada en una edición que pagó de su bolsillo y de la que intentó quemar luego todos los ejemplares, y otra, Gianni, Gianni, escrita a finales de los sesenta, que arrojó al Tíber y de la que queda un solo capítulo —llamado Piazza Morgana— que se encontró entre sus papeles de difunto. Un capítulo que hará por su fama póstuma más que el resto de su obra. “Uno de los grandes textos que un cubano ha escrito sobre el amor” —dice Antón Arrufat en la entrevista con La Gaceta. Traducido del inglés por Vicente Molina Foix y plato fuerte de todas las tesis universitarias que se han escrito sobre el autor, es el máximo logro en ese arte de llegar a ser nadie que fue la obsesión de Calvert Casey: la historia de un ser que entra en la herida que su amante se hace al afeitarse y se aloja en los rincones mínimos de su cuerpo hasta fundirse con él.

Calvert Casey, que se pasó la vida buscando algún rito, alguna comunicación con el más allá o el más acá, con la muerte o con el limbo donde estuvo antes de venir al mundo, esa paz que su nacimiento rompió. Calvert Casey —anónimo en los años cincuenta, feliz escritor en los sesenta— que probó, para tender el puente a ese territorio primigenio, con todas las ilusiones que le ofrecía su época: la literatura, la psicoterapia, la revolución, la santería, el hinduismo y la mística quietista católica, esa extraña forma de adoración a Dios que pedía no hacer ni decir nada, sólo llenarse de la divinidad. Todos los intentos de Calvert Casey fueron siempre el mismo intento de volver al silencio húmedo y feliz de los que no han sido engendrados, ese remanso del que habla en tantos de sus cuentos: las ceremonias de conversación con los muertos en “In Partenza” y “Las visitas”, los muros muertos que describe en “La tía Leocadia, el amor y el Paleolítico anterior”, los golfos de agua, petróleo y restos genitales en sus poemas en prosa como “En San Isidro”, o esa forma extraña de eternidad que es convertirse en parte del amante, alojarse en su cuerpo, visitar sus venas, esperar en sus glándulas linfáticas, que explora en Piazza Morgana.

“Después de su muerte —escribe Cabrera Infante— hablé con mucha gente que invariablemente decía ser la última en ver a Calvert Casey vivo y llegué a la conclusión de que Calvert había visto en su últimas horas más gente que en toda su vida.”

La observación, que intenta ser irónica, tiene algo de cierta. Los últimos meses ese solitario tartamudo vivió rodeado de amigos y conocidos, nuevos y antiguos, a los que fue a visitar a distintos rincones de Europa: Barcelona, Madrid, Ginebra y Roma. Guillermo Cabrera Infante, su jefe en Lunes de la Revolución; José Ángel Valente, su compañero de trabajo en Ginebra; Juan Luis Panero y María Zambrano que le presentaron a Valente; Italo Calvino, de quien fue guía privilegiado en la Cuba revolucionaria; Aquilino Duque, que trabajó con él en la FAO (Food and Agriculture Organization); Vicente Molina Foix, de quien se hizo amigo en su último viaje a España. Calvert Casey, como lo recuerdan sus amigos en ese último viaje de 1968, iba lleno de chucherías hindúes, teorías sobre la trasmigración de las almas, chismes sobre escritores y funcionarios cubanos. Tan vivo estaba el último Calvert Casey, viajando para preparar la publicación de su novela corta Notas de un simulador en la editorial barcelonesa Seix Barral, por entonces la más prestigiosa en lengua española, hambrienta por publicar la nueva literatura de la revolución cubana (con nombres como Cabrera Infante, Lisandro Otero, Antón Arrufat, Lezama Lima y Virgilio Piñera, todos confundidos en la misma curiosidad político-literaria), tan vivo estaba, decía, como para hablar pestes de Gianni, su amante italiano, tan joven, tan cruel, que había negado su visible amor para casarse con alguna heredera o para explotar a otro tan necesitado como él de algún abrazo. Tan vivo como para prestarle a Cabrera Infante el dinero suficiente para salvarlo de la policía inglesa que le exigía un pago sustancioso a cambio de los papeles necesarios para regularizar su situación de inmigrante. Tan vivo que se enamoró platónicamente de Felicidad Blanc, la madre de los hermanos Panero, poetas y dandies esquizoides de Madrid. Tan vivo como para discutir con el poeta José Ángel Valente acerca de cómo reeditar la obra de Miguel de Molinos, el gran teórico del quietismo español.

Saldar cuentas, preparar ediciones, visitar conocidos. ¿Sabía que era el último viaje? Cualquier viaje podía ser el último, sugiere Anton Arrufat. En la Habana, en los dorados años sesenta, cuando todo parecía andar bien, Casey ya había tratado de matarse varias veces. Lo había intentado también antes, en Nueva York.

Cabrera Infante, con esa lucidez paranoide tan suya, lee en la muerte de Casey una trama perversa. La burocracia norteamericana y la censura cubana aliadas contra un Calvert Casey que se había vuelto incómodo para todo el mundo. Estados Unidos, que tramitaba tan lentamente como podía su petición de pasaporte —él había renunciado ostentosamente a tenerlo, a comienzo de los sesenta y como forma de solidarizarse con la Revolución cubana-, y Cuba, que le negaba el reconocimiento oficial necesario para renovar su puesto de traductor y editor de la gaceta de la FAO.

Una Cuba donde, a la hora de su suicidio, yacía muerta desde hacía un mes su madre. ¿Fue su muerte una forma de volver a ella? Esa muerte acontecida en el departamento de la Vía Gesù y Maria, Numero 5, pasillo interno 4, donde, según el informe policial, “giaveca a letto in una posizione che sembrava naturale ed aveva a fianco un falcone vuoto di barbiturici” (yacía en el lecho en una posición que hacía natural pensar que se había tomado un frasco entero de barbitúricos). Acompañan el informe fotos de la colección de estatuas, postales, pinturas sodomitas. La pornografía, una antigua afición a la que Calvert Casey había tenido que renunciar mientras vivía en Cuba, recobrada en Europa y uno de los temas de su escritura última: las formas de penetrar más profundamente, más completamente al otro. El sexo como uno de esos intentos de ir más allá, que terminó en un pequeño escándalo en las páginas amarillas de los diarios romanos. Un extraño extranjero, cubano y americano, que coleccionaba pornografía homosexual a la vista y paciencia de todo el mundo.

Las pocas fotos que quedan de Calvert Casey subrayan su condición de fantasma. En la más oficial de todas (la que publica Ecured, la versión cubana de Wikipedia) parece un hombre aterrado saliendo del fondo de un túnel. ¿Qué edad tiene? Es imposible adivinarlo. ¿Un joven prematuramente viejo, un viejo indecentemente joven? Felicidad Blanc quedó impactada por su aspecto de adolescente eterno, pero al mirar la foto se entiende por qué Casey se empeñó en traducir En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft: una mano trata de esconder la boca espantada, las cejas se alarman y él, delgado y calvo, parece buscar una salida que no encuentra.

No se parece en nada al Casey de otra foto, más posada, que lo muestra en un patio interior de la Habana, el patio de su propia casa en la calle Luz “en el primer piso de una bella casona de dos pisos de la Habana Vieja —cuenta el escritor mexicano José de la Colina que lo frecuentó a mediados de 1963—, profusa en mamparas, con un pequeño patio y un corredor con macetones y no sé cuántos arcos de medio punto que remataban con sus multicolores abanicos de cristal las puertas interiores y las ventanas hacia la calle”. Calvo, afeitado, serio, con expresión desconfiada, la foto lo muestra intentando un rostro convincente para la solapa de sus libros en Seix Barral.

Una tercera foto es la que mejor explica la tímida evanescencia del personaje. Calvert Casey en una calle cualquiera de la Habana. Los lentes que omitió en las dos fotos anteriores, el gesto de resignación delicada que también está ausente de las otras pero que vuelve en los relatos de sus amigos y conocidos. El delicado Calvert Casey que sabía escuchar, ayudar, prestar dinero, mover contactos inverosímiles en la burocracia de Cuba para liberar a amigos de la cárcel o conseguir un kilo de carne molida. En la foto la luz ahoga el objetivo, su cara está a punto de borronearse, su silueta es apenas visible. Como también está siempre a punto de desaparecer en los testimonios de los que lo conocieron.

“Conocí a Calvert Casey demasiado tarde —escribe Cabrera Infante. —Esto es demasiado tarde para mí. Todos los que conocieron a Calvert creían que lo habían conocido demasiado tarde”.

¿Su infancia, su adolescencia? Apenas se sabe lo que cuenta en varios de sus relatos. El tío que intenta iniciarlo sexualmente en algunos prostíbulos vecinos, y que aparece en “El Paseo”, uno de los relatos incluidos en El Regreso:

“Terminada la comida, Ciro se sentó en la banqueta que ocupaba habitualmente a un extremo del balcón. La calle estaba desierta. Sólo la brisa murmuraba en las esquinas. Miró el cielo de verano y el inmenso mundo que lo rodeaba, y luego de nuevo la calle, donde los ruidos que se oían era ya muy escasos.”

Los amores frustrados de la tía Leocadia, en el cuento que lleva su nombre.

“Vivimos rodeados de muertos, sobre los muertos, que en número inmenso nos esperan tranquilos en los cementerios del mundo, en el fondo del mar, en las capas innúmeras de la tierra que nunca volverán a ver el sol, y que posiblemente, sin que nos percatemos de ello, hay cenizas suyas en el cemento con que levantamos nuestras casas o en la taza que llevamos a la boca cada mañana; cenizas de ojos y de rostros y de manos, que permanecen junto a nosotros todo el tiempo que duran nuestras vidas y que nos rodean y están junto a nosotros y encima de nosotros.”

Las visitas llenas de flores en el Potosí, el cementerio cubano que era también para las tías un especie de fiesta.

“Y ese año encontré otra lápida porque en vez de ir a la bóveda por donde siempre voy, como la capilla esta abierta y ese día dicen misa y yo fui, cuando terminó salí por la derecha y encontré otra lápida que me gustó muchísimo porque el epitafio es de lo más raro y se lo hizo a un hijo sordomudo un padre sordomudo también y lo leí muchas veces y lo copié en la jaba.”

El joven Casey, que se sabe distinto, presiente que nada bueno le espera en la Cuba católica y prostibularia de los años cuarenta. Recién cumplida la mayoría de edad, se va Montreal a aprender a francés. Allí se especializa en traducir documentos para organismos internacionales. Viaja a Ginebra, a Roma, a Nueva York, donde trabaja para la recién creada ONU. Es una etapa larga de la que queda, apenas, su propio testimonio en “El regreso”, su cuento más famoso, de 1957, que da título a la recopilación del mismo nombre, y que resulta un autorretrato apenas velado de la vida que llevaba en Nueva York a mediados de los años cincuenta: el amor contrariado por un argentino, que en el cuento llama Alejandro; la amistad a medias romántica con una señora chilena; su lecturas de D. H. Lawrence, Kafka y Henry Miller.

“Era como si entre él y cada uno de los episodios de su vida —describe, en “El regreso”—, entre él y las gentes que conocía y que parecían tenerle cierto apego, se interpusiera un vacío del que hubieran extraído el aire, y los contemplara del lado de allá, lejanos, como objetos tumefactos a los pocos segundos de nacer, incapaz de cruzar la terrible barrera y tocarlos. Y después de cada episodio —no admitían otro nombre— viajar, amar, odiar, trabajar, hablar, se quedaba inerte, un poco indestructible, como inviolado y entero, no consumado, no usado, dispuesto de nuevo a henchirse de posibilidades, como una virgen terca cuya virginidad se restaurara milagrosamente al final de cada noche de amor; el cráneo brilloso bajo los cabellos ya muy escasos, las sienes un poco grises, pero el rostro joven, extrañamente adolescente bajo el ralo mechón sin vida”.

No hubo en él, hasta que decidió regresar a Cuba y empezar a publicar en revistas literarias de la isla, ni una señal de querer vivir como escritor. Traducía documentos que nadie leía, y hay una ausencia de publicaciones y de noticias pasmosa hasta que, a mediados de los años cincuenta, gana el concurso de la revista New México Quarterly con su cuento “The Walk” (su primer relato publicado, escrito en inglés, que en castellano se llamaría “El paseo”) que narra la visita semi frustrada de un joven a los prostíbulos para iniciarse sexualmente, en un lenguaje sucinto y sutil, parecido al de Salinger y Capote. Esa publicación abría ante él una promisoria carrera de escritor de cuentos para revistas como Harper’s o el New Yorker, que vivían su época de gloria, una carrera que podría haber llegado a ser rentable —el cuentista norteamericano de tema cubano— si, bruscamente, no hubiese decidido volver a Cuba y convertirse en un escritor en español.

Casey llegó a Cuba en 1957, sin aviso y después de diez años de ausencia, cuando faltaban dos años para que se produjera la Revolución de enero de 1959.

El escritor y director teatral cubano Humberto Arenal, director de las obras de Virgilio Piñera, habla de él en Encuentros (Unión, La Habana, 2003), y no hace más que subrayar su vocación de fantasma:

“Su nombre y apellidos —recuerda Arenal refiriéndose a la vida de Casey como trabajador de la Cuban Telephone Company— resultaban muy extraños para aquellos adolescentes, jóvenes más bien, que trabajábamos como mensajeros en la Cuban Telephone Company. Llamarse Calvert Casey era una cosa desusada, casi un reto. Y todavía más que esa persona tuviera un aire intelectual y ausente. Supongo que yo estaba tan prejuiciado en su contra como los demás. Para la mayoría era un tipo raro, sorprendente. Y eso ha sido siempre así en Cuba —y quizás en el mundo— difícil de aceptar. Calvert soportaba nuestros comentarios con indulgencia y nunca lo vi contestar de mala forma las preguntas tontas y los comentarios solapados que casi siempre le dirigíamos”.

Ese adolescente tímido y tartamudo que describe Arenal de pronto publica a sus propias expensas una novela, Los paseantes, con el seudónimo de José de América:

“Creo que el escritor Antón Arrufat conserva un ejemplar de este libro que habrá que tener en cuenta cuando se estudie el total de su obra. Yo no recuerdo casi nada de este libro que compré o él me regaló en algún momento. Pero recuerdo con bastante nitidez la sorpresa y los comentarios que provocó. Iban desde burlas descarnadas, a la justa sorpresa de que uno de nosotros fuera capaz no sólo de escribir un libro sino de publicarlo. De todos modos creo que Calvert ganó algunos puntos en nuestra estimación”.

Los paseantes es un libro espantoso —dice Antón Arrufat— que permite comprender cómo un escritor que ha creado un libro malo, después de varios años puede escribir cuentos superiores.”

Pienso en Calvert Casey en una terraza cualquiera de la Habana, pienso en la brisa que lo toca, en la tibieza que lo abraza, en el ruido que lo acoge. Lo veo justo antes de la revolución que revolucionará su vida, treinta y tres años, trabajando de dependiente de una quincallería, escribiendo en su tiempo libre un relato sobre un americano que regresa a la Cuba de su infancia para encontrarse con la muerte: “El regreso”, el cuento, el libro, su destino.

“Contemplaba a esta gente vivir —dice el relato—, deformándolas con generalidades risueñas. Parecían felices, infinitamente más felices que las de la hosca ciudad donde él vivía. Tenían el rostro plácido, el aire tranquilo, las carnes abundantes y serenas. Lo banal, lo diario, no avergonzaba aquí, como en aquel otro mundo donde vivía. Esta gente sabía estar. Se repitió la frase varias veces: sabían estar, saber estar, regocijado del descubrimiento feliz. En aquel frío Norte, él había perdido el viejo arte de saber estar (la frase allí era incluso intraducible) y tendría que aprenderlo de nuevo, pacientemente, amorosamente”.

Ese cielo de una claridad que no puede ser verdad, en el que la miseria y el olvido dan lo mismo. Ese algo contra natura que vuelve locos a los gringos que se quedan demasiado tiempo en las islas fatales del Caribe. La trampa del trópico que acaba por cerrarse sobre su víctima. Ese callejón sin salida, ese mundo indescifrable al que Calvert Casey regresó por culpa de una tarde en Roma a mediado de los años cincuenta.

“Esa vez —escribe José de la Colina en la revista Letras Libres en el año 2002—, andando por la populosa Vía Barberini, dejando a sus espaldas el marmóreo conjunto de delfines y dios Tritón, se le trastocaron tiempo y espacio: se vio en La Habana, en un parque del Vedado donde el anfibio dios romano se volvía estatua de un Neptuno cubano, y se creyó bajando por los soportales de la Calzada de la Reina, entre bullicios de gente habanera, blanca, negra, mulata, mientras las balconatas que se deslizaban por encima de su cabeza se transformaban en los balcones desde los cuales, antaño, veía amanecer en el trópico”.

Y luego, tan luego, la premonición de muerte. La sensación de trampa, el placer terrible de tener que volver. Esa visión —dice De La Colina— le causó el miedo de los elefantes que, moribundos, se encuentran lejos de su lugar natal.

El círculo completo: Calvert Casey que abandona Nueva York, donde los cementerios se esconden lejos de la ciudad en colinas de pasto perfectamente recortadas, para volver a la Habana, donde la muerte es una fiesta llena de cúpulas, ángeles, regresos, bailes, chismes y peleas entre espíritus. Lo que ató a Calvert Casey a Cuba fue justamente esa relación especial con la muerte. Esos mitos entrecruzados, donde los santos católicos enmascaran los dioses yoruba, los espíritus que vio en la santería que le haría descubrir, ya en Cuba, Emilio Castillo, su amante mulato, oficiante del rito. Un descubrimiento múltiple: la revolución, el amor, la santería, todo confundido en una mezcla contradictoria de la que no podrá separar elementos, comprender fronteras. El intelectual neoyorquino que Calvert Casey seguía siendo enlazó esas ceremonias de cocineras y tías viejas, con todo lo que había leído en D. H. Lawrence, Henry Miller y el siquiatra alternativo Wilhelm Reich, apóstoles de una liberación del cuerpo, de un retorno a lo pagano.

En Cuba fue un soldado perfecto del contingente del escritor Virgilio Piñera, que lo presentaba como uno de sus descubrimientos más raros, y pudo usar en beneficio propio todas sus extrañezas. Su conocimiento de varios idiomas (francés, inglés, italiano), su estilo económico nacido de las lecciones de literatura que había tomado con la gran cuentista norteamericana Katherine Anne Porter en los años cuarenta, su sexualidad ambigua, todo esto estuvo al servicio de llenar —con cualquier cosa: con ensayos que son cuentos, con artículos que son ensayos, con declaraciones, con manifiestos— las páginas del suplemento Lunes de Revolución, leído por escritores de todo el continente —y donde él empezó a trabajar.

“Calvert —recuerda Cabrera Infante—, encantado con esta atmósfera de maelstrom y el barco que nunca se va a pique, tan diferente a las Naciones Unidas, donde el deber de cada funcionario era hacer ver que movía la mayor cantidad de papeles por minutos sin que nunca fuesen a ninguna parte: el paraíso del burócrata”.

En 1959, el año de la revolución, Casey tenía 39 años y era partidario, como tantos jóvenes de su época, de un retorno a las fuentes del paganismo, pero paradójicamente se hizo parte de una revolución socialista y atea por razones estrictamente religiosas: vio en ella una forma de romper con la culpa cristiana. Él, que soñaba con bajar vestido con falda de seda y muselina las escalera de mármol del Centro Asturiano de la Habana. Él, que mientras soñaba con eso rechazaba todas las ventajas alimentarias a las que tenía derecho como funcionario cultural —encargado de pasear a los escritores que visitaban la isla— para alimentarse como cualquier cubano común y limpiar así su cuerpo de cualquier vicio capitalista.

Estoico, vio cómo a mediados de 1962 se clausuraba Lunes, y se sometía a sus colaboradores a larguísimas sesiones de autocrítica ante la presencia del comandante Fidel Castro. Vio a su maestro, Virgilio Piñera, decirle temblorosamente a Fidel, ante un grupo de artistas reunidos en la Biblioteca Nacional, que no sabía por qué pero que sentía miedo, mucho miedo. Vió a Fidel responder a ese miedo con una frase de inolvidable retórica: “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”. Aceptó ser trasladado con la mayor parte de sus amigos (Arrufat, Desnoes, Pablo Armando Fernández) a la Casa de las Américas —la institución cultural dedicada a premiar los esfuerzos creativos y revolucionarios de todo el continente— donde empezó a trabajar en la publicación llamada, precisamente, Casa de las Américas. Siguió traduciendo, escribiendo, mostrando las calles de la Habana a los visitantes ilustres, y participando de los rituales de Emilio, a escondidas, porque los ritos de la santería, como sucedería también con los intelectuales y los homosexuales, eran mal vistos por el celo vigilante de las autoridades.

“Cuando llegamos al Habana Libre —cuenta el méxicano José de la Colina— y lo invité a tomar algo en uno de los bares interiores, echó una mirada desconfiada hacia el hall y dijo que no podía acompañarme, que debía ir, ¡en domingo!, a su trabajo en la Casa de las Américas, y se despidió, amable y apresurado. Más tarde, cuando supe que ciertas personas señaladas como inmorales tenían prohibido entrar en los grandes hoteles de Cuba a los que llegaban los visitantes extranjeros, sospeché que Casey, aun si al parecer no estaba tan fichado como por ejemplo el inteligente y temeroso y temerario Virgilio Piñera, habría preferido no arriesgarse”.

A otro escritor méxicano, Enmanuel Carballo, en un ambiente de intimidad, parece haberle confesado sus miedos más urgentes: le habló de las granjas para rehabilitar homosexuales, de las redadas de la policía en las que había caído Virgilio Piñera. Carballo le había preguntado a una autoridad por las granjas y por la persecución a los homosexuales, pero se le había negado todo. Las autoridades de la Casa de las Américas hablaron a solas con Calvert Casey para conminarlo a ser más discreto con las visitas. “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada” —se le recordó. Sus variados contactos en distintos mundos le confirmaron sus temores. Supo entonces, lo sabía quizás ya cuando escribió “El regreso”, que al otro lado de esa luz sobre el malecón, de esa extraña libertad, de esa amistad con los muertos, se escondía una forma de crueldad. El protagonista de su célebre cuento es torturado por error por la policía de Batista y lanzado luego como un trapo viejo a los acantilados del malecón. “Pocos minutos antes de morir —termina el cuento— perdió la lucidez terrible que le había alumbrado los últimos meses de su vida con una luz intolerable”.

Cuando echaron de la Casa de las Américas a Antón Arrufat, su jefe y amigo, Casey empezó a pensar en irse. Una invitación de su traductor al polaco, y una asociación de escritores de Hungría, le permitieron conseguir, a mediados de 1966, un permiso oficial para partir sin ruido y conservar su departamento, de tal forma que ni su madre ni Emilio fueran molestados cuando él ya no estuviera allí.

“Cuantos conocimos a Calvert —escribe el poeta español José Angel Valente acerca del momento en que Calvert regresó a Ginebra en 1967— sabemos que éste llegó de Cuba irrevocablemente suicidado. Después de su frustrado regreso al medio originario, del que huyó aterrado por la implacable persecución que el Gobierno desencadenó contra los homosexuales, Calvert sabía, y así solía repetirlo, que sólo le mantenía en vida la existencia de su madre en la Cuba del retorno imposible. Apenas fallecida su madre, Calvert llevó al acto lo que en el interior de sí ya estaba consumado: la muerte.”

En Europa, lejos de Cuba y de Emilio, pasando de una organización internacional a otra, ejerciendo otra vez de traductor, Calvert Casey dejará progresivamente de escribir cuentos. Intentará la poesía y la prosa poética para luego abrigarse en la novela, otra vez en inglés. Emilio, el mulato tranquilo, será reemplazado por Gianni, Giovanni Losito, el joven guapo que lo atormentará hasta la muerte. La santería será reemplazada por nuevos intereses: la mística, hindú primero, católica después. Alejado de cualquier guía espiritual, de cualquier ilusión revolucionaria o redentora, seguirá por la pendiente más peligrosa: la tendencia de todo rito místico que lleva al oficiante a despojarse de su identidad para ser poseído por otro y experimentar el sueño, la pesadilla de vivir sin ser él mismo. En Notas de un simulador, su intento de novela, se inspirará en el Libro Tibetano de los Muertos para contar las aventuras de un hombre que se dedica a coleccionar el último suspiro de sus vecinos. El protagonista sin nombre camina por las calles, una Habana fantasmal donde las familias estacionan autos abandonados en medio del salón y acumulan infinitas bolsas de basura. Una pesadilla sin comienzo ni fin, en la que el protagonista parece no sufrir en lo más mínimo. Pesadilla feliz que explora aún con más riesgo y sorpresa en lo que ha quedado de Gianni, Gianni, la novela que botó al río.

“Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través de tus ojos, oigo por tus oídos los sonidos más aterradores y los más deliciosos, saboreo todos los sabores con tu lengua, tanteo todas las formas con tus manos ¿Qué otra cosa podría desear un hombre?”.

¿Fue una pelea amorosa lo que llevó a Casey a ahogar su manuscrito? ¿Por qué se salvó ese capítulo? ¿Qué brujería, qué encantamiento, qué peligro escondía la novela? ¿Fue eliminada por temor a que sus frases se hicieran realidad? El terror al conjuro, el miedo ante ese territorio enorme que sugiere el texto mismo:

“He conseguido lo que todo sistema político o social siempre ha soñado, en vano, conseguir: soy libre, completamente libre dentro de ti, por siempre libre de todas las cargas y temores. ¡Ningún permiso de salida, ningún permiso de entrada, ningún pasaporte, ninguna frontera, visado, carta de identidad, nada de nada!”.

Calvert Casey pasa de poseído a espíritu que posee, pedazo de nadie, virus alojado en la esquina misma del flujo sanguíneo. Logra la esencia misma de los ritos chamánicos: ser otro. Morir porque son los muertos los que más saben, mejor viven, más comprenden. Porque los vivos son sólo sus reos, sus víctimas, sus sombras en la tierra.

¿Fue el suicidio una suerte de premio que el escritor reservó para el final? ¿Una orgía solitaria de la que tendría el implacable placer de no regresar? ¿Quiso convertirse en su propio experimento, recorrer ese tránsito descrito en sus libros como algo placentero, dulce y suave, inofensivo, sin sombra de morbo o de dolor?

Cerró los ojos en 1969, en una habitación cercada por el ruido de las motonetas romanas. Los barbitúricos hicieron lo que le quedaba por hacer, el viejo sueño que rodeó toda su vida: ser nadie, nada. Intentar el camino inverso: no desde el tartamudeo hacia las palabras, sino hacia el silencio donde nadie se equivoca.

Rafael Gumucio
Santiago de Chile-Nueva York

* Este ensayo es parte del libro Los Malditos que ha publicado Ediciones Universidad Diego Portales, en Chile.

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