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Fin de la era Mitterrand

  • dic 16, 201123:39h
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“Quién va a votar a la izquierda ahora” —se pregunta Michel casi al final de États d´âme, un filme poco agraciado del francés Jacques Fansten. Luego los cinco viejos amigos cantan La Internacional en son de burla. De esta película un tanto maniquea de 1986 queda al fin una sensación: la del agotamiento del fervor y del entusiasmo.

Cuando la historia de États d´âme se abre entre gritos, fuegos artificiales y abrazos, pasadas las ocho de la noche del 10 de mayo de 1981, François Mitterrand ha sido proclamado nuevo Presidente de la República Francesa. Tras veinticinco años de devaneos en la oposición, por primera vez la izquierda ha tomado el poder. Con un 51,7% de los votos y después de dos intentos fallidos, FM, ya entonces un político bien curtido de 64 años, deviene el tercer representante de una formación de izquierda —Léon Blum en 1936, Pierre Mendès-France en 1954— que se hace con las riendas de la nación, y el primero y único en lo que va de V República, “en el momento mismo en el que la sociedad francesa tiene la suerte de salir de su grisura”, como manifestaba dos días más tarde el editorial del diario Libération titulado “Al fin la aventura”. Aquella noche de mayo el nuevo Presidente anunciaba a través de la televisión “la nueva alianza del socialismo y de la libertad”. Esa misma noche en la película de Fansten el personaje de Marie daba a luz a un hijo de padre desconocido. Afuera —insisto—, con sobrado regocijo, todo parecía indicar que se abría una nueva era.

Exactamente treinta años después, mientras Francia y Alemania intentan salvar al euro y al homúnculo que FM contribuyera en su momento a crear, mientras los Hermanos Musulmanes se hacen mayoría a través de las urnas en un Egipto post-revolucionario y en Cuba la inercia estalinista amaga una salida del armario con afeites de reformismo, vale la pena desempolvar viejos periódicos y repasar las luces y las sombras, los fuegos de artificio y las miserias de aquel supuesto inicio de una era para la izquierda mundial.

Once veces ministro a partir de 1947, FM no era, nunca lo fue, eso que la historia denomina un verdadero hombre de izquierda. Apenas llegado al poder, decreta el alza del salario mínimo (SMIC), la reducción del tiempo laboral semanal, la disminución de la edad para la jubilación…, nacionaliza ciertos grupos industriales y de crédito, promueve la descentralización del aparato estatal, apoya —en contra de los sondeos y de la opinión pública nacional— a su amigo Robert Badinter en su proyecto de abolición de la pena de muerte (él, que como Ministro de Justicia en 1954 había visto a la tortura convertirse en práctica corriente en Argelia, y que como Ministro del Interior había rechazado la gracia a 45 militantes del Frente de Liberación Nacional argelino, guillotinados entre 1956 y 1957), además de seducir a los franceses más jóvenes con el fin del monopolio de las ondas radiales (la portada de Libération del 15 de mayo de 1981 anunciaba Le radio boom y relegaba a letras menores el estado de salud de Juan Pablo II, herido de bala por un extremista turco tras el que se movían sombras todavía difusas), lo que abría la puerta a un derecho a la expresión cuasi absoluto; mientras en el plano internacional, tras la atonía aristocrática de un Valéry Giscard d´Estaing, asumía el muy políticamente correcto discurso tercermundista, del que queda como fiel ejemplo su célebre alocución en Cancún el 20 de octubre de 1981, cuando dijo: “Zapata y los suyos no esperaron a que Lenin tomara el poder en Moscú para tomar ellos mismos las armas contra la insostenible dictadura de Porfirio Díaz”.

Pero FM no era un político de izquierda. “Je ne suis pas né à gauche, encore moins socialiste” —confesaba en su libro Ma part de verité (Fayard, 1969). Cierto es que la férrea religiosidad de sus padres, de hábitos quizás más calvinistas que papales aunque siempre anclados al catolicismo tradicional, le aportaron desde sus primeros años el rechazo a la ostentación de las riquezas materiales. “Mi padre sostenía juicios severos sobre los patronos, sobre el capital, sobre el dinero —argumentaba en una entrevista con el diario L´Expansion en agosto de 1972—. Sus juicios me marcaron profundamente”. Y luego: “El dinero corrompe… La acumulación del dinero, ese placer de la posesión que crece cada vez más me resulta despreciable”, como afirmara en la televisión nacional cinco años antes de la llegada al Palacio del Elíseo. Sin embargo, salido de una familia burguesa y conservadora de provincia, sus lecturas, ese síntoma que es germen de postreras tomas de partido, no serán para nada rupturistas: Barres y Chateaubriand primero, luego Claudel, Bernanos, Montherlant, Drieu La Rochelle…, las grandes firmas de la derecha de la pre-guerra.

Diez años después de la muerte del Presidente, el bibliófilo Bernard Pivot narraba el primer encuentro entre ambos, el modo en que la lista mental de escritores de izquierda (Hugo, Camus, Sartre, Prévert, Zola) que Pivot se había hecho se deshizo de golpe dando paso a otros nombres: Lamartine, Jules Renard, Saint-John Perse…, escritores exquisitos, poco apegados a los reclamos de la plebe. Atónito, el bueno de Pivot descubría fantasmas insospechados rondando la biblioteca del Presidente. También sorprendidos, al otro día de la muerte de Miterrand, sus más cercanos colaboradores descubrieron encima de su mesilla de noche un libro apacible: De París a Jerusalén, de François-René de Chateaubriand, un proscrito de la Revolución de 1789.

Cuando en 1994, entre sesiones de quimioterapia y una segunda operación, FM escoge a Pierre Péan como entrevistador y compilador de fotos y de viejos papeles aparentemente pasados de época, el Presidente enfermo no estaba sino acudiendo a sus viejas maniobras de hombre político —político a secas, sin apellidos de izquierda o de derecha—, dado a las revelaciones de pasillo, a las intrigas entre colegas y subordinados, a las notas deslizadas debajo de la puerta, para dejar caer algo que durante años había sido un secreto de familia. Entre tantos documentos y confesiones, una foto: la de un joven Miterrand estrechando la mano del mariscal Pétain en Vichy, capital de la famosa Revolución Nacional, el 15 de octubre de 1942; foto similar a la que muestra todavía al mismo Pétain en compañía de Adolf Hitler, dos años atrás, en la estación de trenes de Montoire-sur-le-Loir, y donde el representante de la Francia ocupada garantizaba la colaboración “desde el honor” con el régimen nazi. Dos apretones de mano y dos significados más o menos diferentes. Todavía hoy varios de los hagiógrafos del presidente socialista francés insisten en que su presencia en Vichy y su cercanía a los altos mandos respondía a un interés de penetración por parte del joven político, y que la francisque, aquella condecoración que el Mariscal colocara en sus manos en 1943 servía de cobertura a sus actividades clandestinas con la Resistencia, iniciadas un año antes.

Escándalo garantizado casi la víspera de su muerte con la publicación del libro Une jeunesse française 1934-1947 (Fayard, 1994), de ese investigador de élites y productor de best-sellers políticos que todavía es Pierre Péan, FM accedía de inmediato a ser entrevistado para la televisión francesa por Jean-Pierre Elkabbach, un periodista vedette de origen judío, no precisamente de izquierda, con quien tenía garantizada la agudeza de la interrogación y las preguntas capciosas. Los tiempos no estaban para demoras: la enfermedad que le ocultara al pueblo francés durante años avanzaba vertiginosamente y al viejo rey, con soberbia, le apetecía contar todo lo contable; nadie se lo impediría, ni siquiera la Historia. Pero ya no había nada que escamotear: ni sus primeros abrazos con la derecha nacionalista en 1934 como miembro activo del movimiento de jóvenes dirigido por el coronel La Rocque, líder de la Croix de Feu, ni su pertenencia a La Cagoule, otra de las organizaciones de extrema derecha, anticomunista, antisemita y antirrepublicana, donde el joven FM se liga al futuro escritor Claude Roy, a Eugène Schueller, fundador de la marca de cosméticos L´Oréal, y a quien sería más tarde yerno de este último, André Bettencourt. Deja de ser tabú, además, su pétainismo convencido, ese “flujo barresiano” (de Maurice Barrès, padre del nacionalismo francés del siglo XX) que FM admiraba y que creía percibir entre el Mariscal Pétain, el vencedor de Verdum, y su pueblo; como mismo se habla a camisa quitada de su relación con René Bousquet, antiguo secretario general de la policía de Vichy, y aquella amistad que se mantuviera durante años, como lo atestigua una foto de ambos en 1974, en presencia de su esposa Danielle y de otros acólitos, alrededor de una mesa familiar en su casa campestre de Latche, uno de los puntos claves en el mapa de la geografía mitterrandiene.

Se trataba, en fin, de un presidente a destajo: presuroso y sin tapujos. El asombro de Jean-Pierre Elkabbach en aquella entrevista del 12 de septiembre de 1994 para France 2 no se hace esperar. Resultaba inconcebible que en el verano de 1942 aquel joven cuadro de convicciones pétainistas y anti-alemanas que laboraba en la Legión francesa de combatientes y voluntarios de la Revolución Nacional elaborando fichas sobre comunistas, gaullistas y todos aquellos que el canon político del momento consideraba como antinacionales, desconociera el horrible fenómeno de las redadas masivas que en todas partes de Francia se estaban produciendo contra los judíos, sobre todo la redada del Velódromo de Invierno de París, la más extensa realizada en el hexágono durante la Ocupación y en la que serían recogidos y conducidos a los campos de exterminio trece mil hebreos de todas las edades. Pero el Presidente enfermo hacía gala de su verbo, su talante y su soberbia. No habrá, entonces, autocrítica posible. Por mucho que le confesara a su entrevistador que Vichy no era más que une pétaudière, una leonera, una casa de locos, y que a esa altura de la historia no recordara haber recibido hacia 1942 ningún eco de las atrocidades contra los judíos en Francia, FM demostraba una vez más que su recorrido iba más allá de la reunificación de la izquierda francesa durante los años setenta y el promulgador, ya como presidente, de un manojo de medidas en favor de los desfavorecidos y de la clase obrera.

De aquella etapa de revelaciones paulatinas data una caricatura firmada por Plantu en la que el viejo Presidente se dice: “en una época fui un poco de derecha, luego fui pétainista, más tarde fui de la Resistencia, y al final socialista”, felizmente incluida en el libro compilatorio Le Petit Mittérrand illustré (Seuil, 1998). La clave de lo hasta entonces recorrido está en la condición de hombre corcho de FM: político hábil cuya línea de flotación siempre se mantuvo estable, estratega de maniobras de pasillo, seductor de una intelectualidad a la izquierda del terciopelo y de un pueblo, eso sí, cansado de la pompa de los líderes de derecha. De aquellos tiempos lejanos de formación vendrán ya los sobrenombres de Florentino, de Maquiavelo…, e incluso Casanova.

(Continuará…)

Gerardo Fernández Fé
París

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