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Las ciudades perdidas de René Vázquez Díaz

  • Dic 12, 201107:10h
  • 16 comentarios

“Supongo que la gente estará molesta por mi libro…” me comentó alguna vez René Vázquez Díaz en la Librería Universal poco después de publicar La isla del Cundeamor (Alfaguara). Y yo, que practico la insobornable honestidad del librero, le tranquilicé: “No te preocupes, no hay nadie molesto. Nadie lo ha leído”. Al margen de mi evidente mala leche, le estaba diciendo la verdad. A pesar de su prestigiosa editorial, y de una crítica favorable en El Nuevo Herald, no vendí más de media docena de ejemplares del libro —biblioteca pública incluida. No me extrañó a mí, no le extrañó al dueño de la librería y no debió haber extrañado al autor. Era un libro artificial sobre una ciudad que el autor no conocía bien, escrito desde lo que me pareció el desprecio, y para escribir desde el odio y el desprecio hay que tener, por lo menos, el talento de Céline. Y RVD no es Céline.

Aquel libro fue un poco posterior a un evento internacional convocado en Estocolmo, que juntó a autores cubanos de la Isla y del Exilio, en cuya organización intervino el autor de manera muy destacada —y polémica. En aquel momento necesitaba ser, parecer, tal vez incluso creerse él mismo —porque si tus mentiras no te engañan a ti ¿a quién van a engañar?—, alguien equidistante entre un gobierno de extrema izquierda, bajo el que a fin de cuentas había decidido no vivir, y un exilio que aborrecía. Lo extraño es que siendo RVD un hombre de izquierdas, bastante más a la izquierda a juzgar por este nuevo libro que la mayor parte de los socialdemócratas españoles, su obsesión parece ser encontrar, inventar en realidad, ese inexistente centro por el cual vagar como el “lobo solitario de la literatura cubana”, etiqueta que le endosó un oscuro crítico y que el autor, complacido, no se cansa de repetir.

Ciudades junto al mar, su último libro, son unas memorias truncas, que hilan las circunstancias de un periplo vital en cuatro escenarios: Cuba, Polonia, Suecia y EE UU. Empiezan cuando el autor está a punto de desertar del paraíso, retroceden a una infancia llena de nostalgias —como suelen serlo todas en todas partes del mundo— y concluyen, de forma demasiado abrupta e inexplicable, en la década del setenta, con la promesa del autor de que siempre será un enemigo jurado del Miami cubano.

Valga aclarar que el autor es el hijo de una familia a la que la Revolución le quitó su pequeño negocio, una imprenta; hijo también un padre al que claramente trata con desprecio, primero por ser anticomunista y después por no atreverse a escapar del comunismo.

En estas páginas el autor atraviesa las mismas experiencias que otros muchachos de pequeñas ciudades cubanas. Los primeros desencantos, los primeros problemas, el amor de una muchacha, Anabel, cuya sombra caerá a lo largo del texto sobre todos los demás amores del autor. Pero Anabel se irá a Estados Unidos, y al autor no comprende por qué, ya que siendo de clase humilde no tiene razón para querer huir del paraíso socialista cubano (quizás por ello se referirá al exilio de Anabel como exilio en cursiva). Sin embargo, el propio autor desertará de ese mismo paraíso cien páginas más tarde, sin dejar por ello de entrecortar el relato de su deserción con afirmaciones de fidelidad castrista que ni los autores oficiales de la UNEAC son capaces de firmar hoy. Gracias a esas afirmaciones sabemos que el autor ha sido obligado a estudiar algo que no quería, pero que el Che es un ejemplo en su vida y en su muerte; que la única manera de resolver cosas en el socialismo es haciendo negocios por divisas fuertes, pero que el sistema no es tan malo; que el comunismo ruso se ha estancado y corrompido con Brezhnev (¿había sido hasta entonces perfecto y amable?), un premier bruto, vago, cobarde… pero se trata del comunismo ruso, no del cubano, porque Fidel es, y el autor lo pone en boca de su amigo ruso, alguien claramente superior a Brezhnev o Mao —el niño rico de Birán, educado en colegio privado, más sacrificado que Mao, el maestro de escuela chino que derrotó a los japoneses y al Kuomingtang, y ganó una guerra civil de verdad en la que murieron millones de personas. No entraré en discusiones sobre las escalas de bondad de los tiranos comunistas, pero no deja de irritarme tanta desinformada guataquería.

El autor entrecorta su autobiografía de desertor del paraíso con exclamaciones de absoluta fidelidad al sistema del que ha desertado, y lo hace de principio a fin del texto. Casi todo es maravilloso en ese país del que ha desertado. El director de su colegio que lo propone para una beca, el sistema de estudios que permite que cualquiera tenga acceso a los estudios superiores, el sistema político que funciona y le manda del otro lado del mundo… De entre todos los representantes del socialismo cubano sólo uno, el mismo que con sus posibles informes provoca que el autor se decida a desertar, es una mala persona, que se da la gran vida a costas del erario público…

Estos forzados interludios ideológicos echan a perder la espontaneidad de una narración con algunas escenas indudablemente simpáticas, o al menos, contadas con la gracia característica de cierta picaresca trashumante. Pero siempre nos preguntamos qué es tan terrible en la vida del autor como para obligarlo a abandonar ese paraíso proletario en el que todo va bien a condición de ser bueno. Nada que hubiera empujado a un estudiante de un país menos perfecto, y regimentado, a cambiar de sistema: algunos amoríos agitados, un pequeño negocio de cocina montado a medias con un amigo, un conjunto de música que toca en bares polacos vestido a la moda occidental, unas amistades que sin ser disidentes no son correctas, parecen suficientes para marcarlo ante un sistema que por su misma perfección no permite amigos menos que perfectos para sus, desde luego, perfectos ciudadanos.

¡Qué distinto es el mundo al que el autor se autodestierra! Prostitución, doble moral, corrupción, bandas de asesinos… De entrada sus compatriotas en el exilio, los que se han ido antes que él del paraíso —incluida esa familia que le envía el dinero para que pueda viajar y le ayuda a salir adelante—, son además de anticastristas, seres incapaces de comprender las grandezas del sistema que han dejado atrás. Casi todos son pequeño-burgueses racistas, ni un solo rostro amable dentro de un exilio que de nuevo es reinventado, como en aquella novela felizmente olvidada, y pintado con sus colores más sombríos. Un exilio del que, por lo demás, Vázquez Díaz parece conocer muy poco, y se molesta en averiguar aún menos, como lo demuestra en la página 274 de su libro, donde para ejemplificar la barbarie del cubano anticastrista escribe:

En julio explotó una nueva bomba, esta vez en el auto del agente del FBI Ricardo Morales, por testificar en el juicio contra el terrorista Orlando Bosch…

Si toda la información objetiva que puede dar el autor, sobre cualquier tema, se parece a la recogida en estas dos líneas podemos pensar no sólo es un libro malintencionado sino además mal informado, porque un simple repaso a la prensa de la época le hubiera indicado que Ricardo El Mono Morales, no era agente del FBI sino un delincuente, confidente eso sí de la policía de Miami, y que el juicio en que había testificado no estaba relacionado con Orlando Bosch sino que era un asunto de drogas. Pero todo esto no es más que un pequeño detalle cuando se piensa que el autor ha pasado meses en Gdansk sin enterarse apenas de la existencia dentro de Polonia de una cultura disidente activa, y mencionando sólo de pasada, de forma que supongo negativa, que en “los astilleros y diques secos había una atmósfera subversiva.” Qué gentuza esos polacos…

Es, sin embargo, en el exilio donde el autor tendrá la oportunidad de reencontrarse con su primer amor, la omnipresente Anabel, casada pero felizmente adúltera con su novio de infancia. Al final ese reencuentro definitivo no tiene lugar y la culpa la tendrá, desde luego, no la cobardía del autor sino ese mismo exilio:

Volví a pensar en Anabel.
Empecé a idealizarla y a hacer planes de volver a Miami. Pero el 6 de octubre de ese año…

El atentado a un avión de Cubana de aviación le impide moralmente a RVD regresar a una ciudad en la que evidentemente todo el mundo se siente feliz, todo el mundo es cómplice y todo el mundo es culpable de terrorismo.

No, Anabel no tenía la culpa, pero a partir de entonces yo sería un enemigo jurado de esa veta abyecta del Cuban Miami.

Como miamiense honorario, me alegra más ver a RVD entre mis enemigos, incluso jurados, que entre mis amigos. Entre otras cosas porque así no vuelvo a perder un fin de semana leyéndome un libro suyo. Pero como lector medianamente informado sobre lo que acontece en la literatura cubana actual me pregunto (ahora en voz alta) cómo un escritor puede llegar al extremo de traicionar una experiencia autobiográfica mucho más rica y supuestamente densa que la de muchos de sus colegas para endosarnos declaraciones panfletarias que parecen ilustraciones perfectas de un complejo de culpa mal asimilado. Esta tortura le nubla los ojos a RVD, que cruza demasiadas ciudades sin ver más allá de su propio ego atormentado. Con ello no gana un castrismo demasiado desprestigiado, desde luego, y sí pierde, definitivamente, la literatura.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

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16 respuestas
Comentarios

  • Don Perico dice:

    Toda opinion, sobre cualquier asunto cubano, se forma tras observar al asunto a traves del prisma maximamente ideologizado y politizado que siempre aporta el observador.

    No hay excepcion. Lo que escribe Castillon sobre RVD pudiera ser verdad. Tambien pudiera ser una total distorsion de la “realidad” que otros percibirian tras leer el libro; la tendencia ideologica de Castillon hace rato que la conocemos.

    Entonces creo que en este caso hace falta una segunda opinion, porque esta claro que RVD habita un punto del espectro ideologico que siempre le ha resultado dificil a la derecha enfocar con objetividad.

  • cubano47 dice:

    Bueno como dice Matias Perez en su comentario el libro mas vendido de RVD aqui en Suecia es “Berusade kyckling” que viene siendo en español “El pollo borracho” y todavia me pregunto, quien en Cuba le suena una botella de 7 años a una receta de pollo, recuerdo el libro que me lo regalo mi suegra muy orgullosa por cierto, lo unico que quizo hacer unas croquetas de pollo y el encabonamiento que cogio porque no le salian pues siguio paso a paso la receta (sueca al fin) y como a RVD se le olvido decir que el huevo es para empanizar mi suegra lo mezclo todo bueno…..ya saben.

  • scrutinizer dice:

    Cuidado con “la gorda” que esa es una agentica de influencia.

  • Matías Pérez dice:

    Aquí les dejo la nota aparecida en la web de la Embajada de Cuba en Estocolmo (http://www.cubadiplomatica.cu/suecia/ES/Inicio.aspx). No cabe duda alguna de que parte está RVD. Tremendo Chivatón!!

    Eventos, Solidaridad Ron cubano en el Reino de Suecia, presentado por escritor cubano

    miércoles, 07 de diciembre de 2011

    El viernes 2 de diciembre el escritor cubano René Vázquez Díaz, miembro de la Directiva de “Cubanos por Cuba” fue invitado por la Asociación de Solidaridad Sueco Cubana en la ciudad de Gotemburgo para una degustación de ron Havana Club para una treintena de asociados suecos e invitados cubanos y a la vez dar una charla sobre su más reciente libro, “Ciudades junto al mar”. En el transcurso de la tertulia se degustaron los rones Havana Club 3 años, Ron Exquisito, Ron Havana Club Añejo Reserva y Ron Havana Club 7 años.
    Vázquez Díaz disertó animadamente sobre la historia del ron y sus bebedores legendarios, desde Sir Francis Drake, el pirata aristócrata, hasta Ernest Hemingway, el más grande escritor inmigrante que jamás haya vivido en Cuba. Con anécdotas de su infancia y describiendo los diferentes tipos de ron según su añejamiento en barriles de roble, Vázquez ofreció una imagen vívida del largo camino del aguardiente cubano hasta convertirse en el noble y mundialmente reconocido ron Havana Club, y otras marcas igualmente exquisitas. La disertación literaria, alegremente humedecida por el ron cubano, terminó con la elección por unanimidad del Havana Club 7 años como el Rey de la velada.

  • Muy buena crítica, Juan Carlos. Enhorabuena!

    Carlos Alberto

  • Anónimo dice:

    Que curioso esa diatriba de la Flaca contra Castillón porque, vaya delito, no es cubano! Y de cuando acá para hablar de Cuba hay que ser cubano? La Flaca es de las que criticaría a Máximo Gómez, por no ser cubano. Señora Flaca, Castillón es tan cubano como yo y como usted. Por si no lo sabe, Lino Novas Calvo, uno de los más grandes escritores que ha dado Cuba, cubano cien por cien, tampoco era si le aplicamos su normas, “cubano”, porque nació también, que´casualidad, en España. Pero usted no sabe quien es Lino Novas Calvo. Lo que si sabe usted es decir tonterías.

  • Por algo le publicaron en Cuba, la editorial LETRAS CUBANAS, “La isla del cundeamor”

  • Estimado Juan Carlos:

    Luego de escribir un largo mensaje que no llegó a cumplir su cometido, vuelvo a intentarlo para decir lo esencial. Gracias por decir tan bien dicho lo que hay que decir para salir al paso a los mentirosos y acomplejados con ínfulas de escritor y pretensiones de exiliado cubano.
    Le hago llegar el enlace a un artículo mío publicado hace algún tiempo y reproducido en varias partes: “Postal con Miami en el trasfondo”, en la que coincidimos usted y yo en el tratamiento que merece esta ciudad y sus pobladores.
    Un saludo cordial,
    Rolando Morelli
    http://www.cubanet.org/otros/postal-con-miami-en-el-trasfondo/

  • Anónimo dice:

    Castillón me convence. Como muestra de lo que es un intercambio inteligente y razonable entre dos personas que se respetan mutualmente, NO COMPRARÉ el nuevo libro de René Vázquez Díaz porque su comportamiento (por lo menos aquel que es bien conocido) se ha pasado de rosca. Así todo, no dejo de compartir con Vázquez Díaz por lo menos algunos de sus sentimientos sobre Miami… y sus cubanos.

  • ADVIL PM dice:

    No tenia el gusto ni el disgusto de conocer a Rene Vazquez Diaz. Gracias a Castillon ya tengo el disgusto. Asi que es mejor seguir ignorando que existe.

  • Juan Carlos Castillón dice:

    A la Flaca: La precondición básica para que a uno le guste “La isla del Cundeamor” es no haber vivido en Miami y estar decidido a reducir esa ciudad y sus pobladores a una serie de esquemas, casualmente castristas, en los que todos los miamienses son malos.

    Yo no creo que sólo haya dos tipos de cubanos. He tenido muchos amigos cubanos a lo largo de mi vida, he hablado con ellos de libros, me han enseñado la historia de su país –cada cual la suya porque en el exilio al contrario que en Cuba sí hay diversidad de opiniones y la Cuba que recuerda Márquez Sterning no es la que recuerda Duarte Oropesa o la que reconstruye Levi Marrero–, me han invitado a sus casas y me he sentido con ellos como en familia. Tengo más libros de historia de Cuba que de historia de España en mi biblioteca y conozco personalmente más autores del exilio que autores españoles…

    Precisamente por eso me irrita un libro como el comentado, en el que SI que sólo hay dos clases de cubanos: los fieles a los ideales de una revolución de la que el autor en su momento también desertó, y los malos que son todos los demás. Te lo resumiré: en este libro no hay más buenos que los de izquierdas, si un personaje es negativo es que además es de derechas… sin excepción. Y eso alcanza a comunidades enteras: todos los vietnamitas son heroicos, sin excepciones, como todos los exiliados son egoístas, de nuevo sin excepciones, y todas las mujeres son objeto de conquista.

    Por lo demás, insisto en que el conocimiento de RVD de lo que es Miami es parcial y sectario y su libro además de exhibir muchas opiniones que no comparto –pero cada cual es libre de opinar como quiera– tiene errores de bulto que podrían haberse resuelto con algo tan sencillo como acudir a una hemeroteca.

  • Matías Pérez dice:

    ¡Excelente critica! RVD es, para decirlo de alguna forma, en el mejor de los casos un desinformador profesional que bajo el manto de “exiliado cubano” (lo que no es cierto, porque viaja a Cuba con cierta frecuencia y allá los cancerberos culturales del régimen le brindan pleitesía –ver por ejemplo este enlace a La Jiribilla: http://www.lajiribilla.cu/2003/n092_02/092_05.html), trata de confundir -aún a estas alturas- sobre todo en Suecia, sobre el verdadero rostro represivo de la dictadura castrista. Se hizo escritor gracias a la ayuda de la izquierda-pro-castrista sueca y la ayuda internacional de los que comulgan con el castrismo. Sus mentores en Suecia fueron el académico Artur Lundqvist (Premio Stalin) y Lasse Soderberg, escritor y poeta de reconocida amistad con el régimen de La Habana. Desde el punto de vista político, su amigo y mentor político, el conocido pro castrista Pierre Shorri, ex subsecretario de RREE del gobierno de Olof Palme (otro gran amigo de Fidel), fue el que propició la ayuda logística y económica para el llamado encuentro de Estocolmo a través del Centro Olof Palme y le dio una base sólida en Suecia para que subsistiera como escritor. No es un escritor leído, tampoco en Suecia, el libro que más ha vendido es el libro de cocina “Berusad kyckling”. Es un asiduo huésped de la Embajada de Cuba en Estocolmo, fundador de la asociación “Cubanos por Cuba”. http://emba.cubaminrex.cu/Default.aspx?tabid=15871.

  • menendag05 dice:

    Me pregunto, quien cubre los gastos de publicación de un libro que no se vende.
    ?Es una mente perturbada o pagada¿
    De que vive el señor escritor.
    Conozco mucha gente que escribe cosas valiosas y nadie se las publica.
    Al final, cual es la ideología que defiende .
    A quien pretende ilustrar-o confundir- ,
    Creo que ni siquiera vale la pena investigarlo
    Pericles

  • la flaca dice:

    Aparentemente, Castillón cree que solamente hay dos variedades de cubanos…con pequeñas variedades dentro de lo tolerable. Castillón “tritura” gratuitamente a René Vázquez Díaz como si de verdad Castillón fuera cubano y entendiera tanto en su sangre como en su piel la esquizofrenia de lo que nos ha tocado vivir.

    Como cubana que nunca ha vivido en Miami y me siento tan fuera de sitio allí como en La Habana (por un chorro de razones que Castillón no podría empezar a entender ya que las ciudades carecen tanto del simbolismo y el realismo que tienen para el cubano… desterrado o isleño)–disfruté de los pensamientos y las sensaciones que tuve al leer “La Isla del Cundeamor” a pesar de ser una de esas que hace un sin fin de años dejó de leer ficción…

    Por lo tanto voy a comprar una copia de “Ciudades Junto al Mar”–no tanto porque quiero leer lo que ha escrito Vásquez Díaz–sino porque me incomoda lo mucho que Castillón cree que él puede criticar lo que no le ha tocado sufrir.

  • arzola dice:

    pobre diablo