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Encrucijada de un mensaje de fe (I)

  • dic 10, 201112:39h
  • 2 comentarios

Cuando nos hablan de “comunicación del evangelio” (las instituciones religiosas cristianas, quién si no), un frase que se ha usado mucho para definir, de manera general, holística, como suele decirse ahora, la tarea de la Iglesia de propagar los presupuestos de su doctrina, se incurre en una suerte de redundancia, porque el evangelio, tanto en su significación semántica, como en su definición categórica, es esencialmente comunicación, en el sentido moderno de esa palabra.

A diferencia de otras religiones antiguas, el cristianismo se concibe y define como un sistema de propaganda: la empresa que tiene por objeto la conversión de toda la humanidad como precondición para el restablecimiento de un nuevo orden, el “Reino de Dios”, que en el lenguaje de la escatología bíblica también le llaman abreviadamente “el Reino”. El mandato de Cristo, tal como lo registran los autores del Nuevo Testamento, es imperativo y universal: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15). La difusión de la nueva doctrina tuvo, desde el comienzo mismo, una proyección abarcadora y global. Su esencia no consistía, como algunos liturgistas y místicos puedan haber llegado a creer, en la celebración del rito eucarístico o de los otros sacramentos, sino en el acto mismo de la propagación. El cristianismo no era una suma de normas doctrinales, de artículos de fe o de ceremonias —por mucho que su práctica conllevara todos esos elementos— sino tan sólo una “buena noticia”, un euanguelion, que los conversos tenía lo obligación de difundir.

De ahí que no resulte exagerado afirmar que la Iglesia sea una de las agencias de publicidad más antiguas y duraderas que existen y que su dinámica, que se inculcara activamente en la psique de los pueblos occidentales, fuera en gran medida responsable de la expansión de las naciones europeas al término de la Edad Media.

Aunque el judaísmo hacía prosélitos, y el budismo se extendió por casi todo el Extremo Oriente, bastante lejos de su foco de irradiación original, no hay ninguna otra religión —con la posible excepción del Islam, que llegaría mucho después— cuya naturaleza misma consista en la transmisión de un mensaje. Es ingenuo ver la “comunicación” como un departamento de que cualquier Iglesia se vale para divulgar materiales doctrinales o campañas humanitarias en las cuales se hace práctica la bondad de un credo. Tal enfoque juzgaría al cristianismo con miras muy estrechas y desnaturalizaría su carácter. El fenómeno “cristiano”, y la Iglesia como expositora de ese fenómeno a lo largo de casi veinte siglos, no tienen más razón de existir que la comunicación: difundirse y ser son una y la misma cosa. Este presupuesto —históricamente inobjetable— plantea serias contradicciones

Los orígenes

Desde una zona marginal del imperio romano —la Palestina del siglo I— empieza a difundirse y a extenderse el cristianismo. Sus portavoces —o más bien aquellos en cuyo nombre los portavoces predicaban— eran, nos dicen, un grupo de judíos pobres y analfabetos a quienes la súbita acción divina había convertido en agenciosos empresarios y entusiastas propagadores. Puesto en otros términos, es el estallido, en la conciencia judía, de antiguos fermentos culturales al que la persona de Jesús le sirve de detonador.

La idea de un Dios universal estaba concebida por el judaísmo desde hacía siglos, desde la primera diáspora, cuando los judíos cautivos y desterrados en Mesopotamia descubren que Dios no es sólo el Yahvé Sebaoth de unas tribus palestinenses, sino el sustentador del mundo y, en consecuencia, el Padre de todo el género humano. Esta idea —que produciría una cierta apertura hacia los gentiles en los tiempos precristianos— hallaría en el cristianismo los ingredientes activos para su difusión: el apocalipticismo milenarista que se expresa en la doctrina de Juan el Bautista —“arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 3:2)— y la sencillez de un código ético que se resume en la práctica del amor al prójimo propuesto por Jesús como regla de vida. Los divulgadores de la nueva fe, provenientes de una sociedad donde regían complicadas regulaciones religiosas —y prácticas legalistas difíciles de entender, asimilar y aceptar por personas de otras culturas— encontraron formas expeditas de comunicación, encapsuladas, por así decir, en torno a la peripecia de un hombre que se les había revelado como la encarnación de Dios.

“Jesucristo es el Señor” (Fil. 2:11), la profesión de fe más antigua de la Iglesia, además de resumir magistralmente todo el alcance de la doctrina cristiana, tiene el carácter de una consigna publicitaria. “Tome Coca-Cola”, “Usted si puede tener un Buick” y otros éxitos propagandísticos de nuestro tiempo son remotas parodias del impacto con que aquel slogan habría de conmocionar al mundo romano: “Jesucristo es el Señor”. La frase, sucintamente quería decir que ese desconocido maestro judío era el eterno césar de un imperio nuevo, en cuyos poderosos actos encontraban explicación todos los misterios que la religión y la filosofía se habían propuesto investigar desde el principio. Esta campaña de publicidad iba impelida por la urgencia que imponía el inminente fin del mundo: “no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca” (Mt. 24:34).

Sin embargo, el triunfo del cristianismo en el Mediterráneo no se alcanzó sin resistencia —que entrañó graves riesgos para la supervivencia de la nueva comunidad religiosa— y sin el empleo de cierta violencia que luego habría de acentuarse en la Iglesia triunfalista del Medievo y del Renacimiento. Aunque abanderada del amor, la nueva fe se presentaba como un absolutismo que rivalizaba sin proponérselo con el régimen imperial y amenazaba su existencia.

El Estado romano vio en la Iglesia un enemigo que, no obstante proclamar un reino no era de este mundo, empezaba a ejercer un dominio tiránico sobre las conciencias. La respuesta de los emperadores, aunque de modo intermitente, fue brutal, y las Actas de los mártires y la primera Historia de la Iglesia, escrita por Eusebio, entre otros testimonios, aunque no exentos de invenciones y exageraciones, dan fe de la violencia de esa persecución. Es notable que uno de los estados más tolerantes de la Antigüedad en materia de religión se convirtiera en un feroz persecutor de los cristianos. La causa en realidad era política. Se trataba, diciéndolo en términos publicitarios, de aniquilar la competencia: el nuevo credo que subvertía los códigos establecidos en nombre de un Nazareno que exigía la lealtad absoluta.

El avance cristiano no sólo fue resistido por el Estado romano, sino también por otras religiones, establecidas o en vías de crecimiento, que detectaban en las prédicas cristianas un peligro para su propio identidad o sus proyectos de expansión.

Los primeros en enfrentarse a la Iglesia fueron las sinagogas que veían en la doctrina de los apóstoles un judaísmo desnaturalizado, una herejía que pervertía los principios de su religión. El segundo tratado atribuido a San Lucas, el llamado libro de los Hechos de los Apóstoles, que recoge los comienzos de la expansión cristiana, es muy claro al relatar algunos episodios de esta enemistad. Como si fuese una costumbre, San Pablo, el más andariego de todos los primeros predicadores, así como el más culto y universal, siempre que llegaba a una ciudad, en particular del Asia Menor, empezaba por dirigirse a la sinagoga del lugar —una institución bastante extendida en el Mediterráneo oriental en esa época—, de donde invariablemente lo echaban cuando interpretaba las Escrituras judías a la manera cristiana al afirmar que Jesús era el Mesías resucitado.

La tradición pagana, contra cuyos cultos y prácticas el cristianismo tenía las mayores condenas, hacía recíproca la mala voluntad. El cristianismo no quería integrarse al enorme panteón romano donde todos los dioses de las diferentes tierras del imperio habían hallado un nicho, sino que se erigía en la única religión verdadera con exclusión de todas las otras opciones. Jesús claramente había aseverado: “nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14:6b). Otras religiones, también llamadas “de misterios” y con pretensiones universalistas, como el mitraísmo persa y el osirismo egipcio, eran la competencia más cercana del cristianismo en la búsqueda y captación de prosélitos.

No faltaron, finalmente, las obras condenatorias de intelectuales que vieron en este neojudaísmo una formidable avanzada de la barbarie. El primero autor pagano que tomó al cristianismo lo suficientemente en serio como para escribir todo un libro en su contra fue Celso (escritor del siglo II), que centró su ataque en la baja condición social y cultural de los cristianos, cuya religión resultaba atractiva tan sólo para “los tontos, los deshonestos y estúpidos, los esclavos, las mujeres y los niños pequeños”, cuyos propagadores eran “cardadores, picapedreros, lavanderos y boyeros entre los más rurales e iletrados”, y que Jesús mismo “sólo había logrado ganar adeptos entre cobradores de impuestos y marineros, personas que ni siquiera tenían una educación elemental”. Celso fue el precursor de una serie de críticos.

Los autores cristianos solían responder el desafío de sus rivales con diferentes argumentos:

• Frente al judaísmo, se valían de la exégesis bíblica —algo que hicieron con éxito permanente los autores de los evangelios— arguyendo e intentando probar por la Biblia judía (el Antiguo Testamento) que Jesús, lejos de ser una aberración, era la culminación de Israel, y que en su vida, ministerio, muerte, etc. se cumplían todas las profecías mesiánicas.

• Frente al paganismo, a formas groseras de magia como la de Simón el Mago, los cristianos apelaban a la superioridad de sus prodigios, al milagro, tal como se contaba que había hecho Moisés frente al faraón o el profeta Elías en su disputa con los sacerdotes de Baal. Aunque los apóstoles no aparecen como ejecutores de una acto de cruenta violencia como la que se le atribuye a Elías, la maldición con que condenan a Simón el Mago (que pretendió comprar con dinero la virtud del Espíritu Santo, dando origen al pecado de “simonía”) es un remedo de esa violencia: “tu dinero perezca contigo” (Hch. 8:20).

• A los intelectuales que escribieron contra el cristianismo la respuesta de la Iglesia consistiría, principalmente, en demostrar la superioridad moral de su religión por la voz de los llamados Padres Apologistas: una serie de autores dedicados a echar por tierra esas generalizaciones en cuanto a la extracción social de los cristianos que, si bien tenían algún sustrato de verdad, iban siendo falsas en la medida en que el cristianismo se extendía por las diversas clases de la sociedad romana. Para los Apologistas, el cristianismo era una religión compuesta de ciudadanos honrados, celosos cumplidores de la ley, escrupulosos en el pago de sus impuestos, de los cuales el Estado no tendría que esperar más que bien.

Los medios de la propagación

En un mundo donde los medios de comunicación masivos podían reducirse a los juegos de circo y los edictos imperiales, la Iglesia fue desarrollando un aparato propagandístico incontrastable, integrado por elementos de variada índole, todos los cuales se orientaban hacia la consecución de un mismo fin:

La difusión de la Escritura. Como retoño del judaísmo, el cristianismo fue también una religión del libro; y mucho, en verdad, deben agradecer los judíos a los cristianos la propagación universal que estos últimos han hacho por dos milenios de la religión y la cultura de Israel. ¡Que las guerras tribales de un minúsculo reino semita de hace tres mil años nos resulten hoy tan familiares y hayan sido inmortalizadas por el arte y la literatura se debe exclusivamente al cristianismo!

Los cristianos habían agregado a este corpus judío sus propias Escrituras, gran parte de ellas de género epistolar, que se copiaban y se transmitían de una congregación a otra con relativa celeridad. Preciso es resaltar dos factores formales que contribuyeron a la celeridad de esta comunicación:

Uno fue la lengua que usaron como vehículo para difundir la nueva doctrina. Pese a que Pablo y los primeros evangelistas eran judíos, o provenían del judaísmo, el griego, la lingua franca de todo el Mediterráneo, fue, desde el comienzo, el idioma de la Iglesia; porque si bien la administración romana usaba el latín para sus documentos e inscripciones, la cultura seguía transmitiéndose en griego.

El otro vehículo formal, aunque de él se hable menos, significó también un factor de celeridad en la comunicación de los textos cristianos: el códice. A diferencia del judaísmo y de las otras religiones rivales del cristianismo cuyos textos sagrados se escribían y se copiaban en rollos, los cristianos adoptaron desde muy temprano el códice, el libro de tapas y páginas cosidas antecesor directo del libro actual. El códice tenía la ventaja de que, compuesto de hojas que podían escribirse por ambas caras, ocupaba mucho menos espacio y era, por consiguiente, susceptible de contener más texto y ser mucho más fácil de transportar. Los cristianos, que seguían utilizando la Biblia judía y que, por su parte, habían producido una notable cantidad de obras, encontraron en el códice un vehículo de propagación idóneo. Aunque conocido desde antes de Cristo, el códice se popularizó gracias al cristianismo y, al parecer, llegó a ser identificado como un instrumento de la nueva fe. Este método de encuadernación es imprescindible para entender la rapidez con que se difundió por el mundo romano la propaganda cristiana. Novedad sólo comparable con la invención de la imprenta en el siglo XV, o la aparición de la computadora en nuestros días.

La oratoria sagrada. Pareja con esta difusión de la Escritura, crecía la oratoria religiosa cristiana que, si bien se derivaba de la homilética de la sinagoga, se nutría de la tradición grecolatina, célebre ya por sus oradores civiles. Los predicadores cristianos, cuyos sermones, en muchas ocasiones, se copiaban y se conservaban de manera permanente en forma de libros, apelaban a una variedad de temas. Uno de los más explotados era el Juicio Final y el eterno tormento que esperaba a los réprobos, pese a las críticas que, en su momento, hicieron de esta práctica escritores cristianos tan notorios como San Agustín. El historiador Ramsay MacMullen, en su obra Christianizing the Roman Empire, cuenta que San Juan Crisóstomo se enorgullecía de que los templos cristianos, a diferencia de las sinagogas, fuesen “verdaderamente temibles y pavorosos. Porque dentro estaba el Dios que tiene poder sobre la vida y la muerte”.

El aparato de la propaganda cristiana en procura de la conversión —y de la sujeción de los conversos— apela al temor: todo un repertorio de recompensas y castigos administrados por Dios en el ultramundo, pero de los cuales la Iglesia se ocupa de codificar en esta vida, acompañados de la intolerancia inevitable que conlleva el monopolio de la verdad.

El arte religioso. Finalmente, el empleo de la música en el culto, así como el concurso de las artes visuales y de la arquitectura, todo ello ad maiorem Dei gloriam, convergen para constituir un orbe cerrado que impera sobre la sociedad y las conciencias casi hasta época reciente.

En estos siglos que median entre la cristianización de Roma hasta la Reforma, la comunicación del evangelio se dedica a la consolidación de la ortodoxia, del dogma, a la conversión de las naciones paganas de Europa y a la contención activa de musulmanes y mongoles.

Sabido es que la ortodoxia no se consolidó sin contradicciones, y la Iglesia medieval (tanto latina como griega) tuvo que enfrentarse a interpretaciones que discrepaban de la línea oficial. Estas disidencias, o “herejías” representaron un pensamiento divergente dentro de ese orbe cerrado que el cristianismo institucional se ocupo de reprimir mientras pudo.

Con la Reforma protestante, en el siglo XVI, se quiebra ese orden y el cristianismo empieza a verse como un mosaico de fuerzas en oposición. Ahora la comunicación se hace sobre todo en contra de otras formas de cristianismo y, aunque por ese mismo tiempo algunas potencias europeas emprenden la conquista de vastas regiones en otros continentes, los esfuerzos propagandísticos de las iglesias se derivan, en gran medida, hacia la competencia denominacional. Cristo tiene ahora un rostro multiforme: católico romano, luterano, calvinista, anglicano… La fragmentación tiende al infinito. Es esta Iglesia dividida y recelosa la que tiene que enfrentarse a amenazas de disolución aún mayores, tales como el agnosticismo y el ateísmo contemporáneos, específicamente en su versión marxista.

(Continuará…)

Vicente Echerri
Nueva York

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2 respuestas
Comentarios

  • Bongo dice:

    “Es esta Iglesia dividida y recelosa la que tiene que enfrentarse a amenazas de disolución aún mayores…”

    El autor no parece estar al tanto de estudios publicados este año sobre los credos mundiales: cada vez hay menos ateos en el mundo; el catolicismo romano está perdiendo fieles, y dentro de los protestantes los evangélicos pentecostales son quienes más crecen al año.

    Le faltó documentarse.

  • Sin Salida dice:

    Ah, la organización industrial de La Iglesia: Marketing y barreras a la libre competencia para alcanzar el monopolio de la Fe. Un poco como Standard Oil.

    La separación del estado y la Iglesia es el primer paso en la regulación del mercado de servicios de fe.