- nov 30, 2011 • 13:55h
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Por Slavenka Drakulic
Vesna sujetó las medias a trasluz, colocó una mano dentro para inspeccionarlas, separó sus dedos, y lentamente, buscando una carrera, sacó la mano. Una pierna estaba bien. En la otra encontró una carrera. “Este par no sirve,” dijo apartándolas y buscando un par nuevo en el montón frente a ella. Estábamos sentados en su cocina en una brillante mañana de domingo. Yo había ido a pedir prestada la aspiradora, ya que aquella misma mañana la mía había decidido acabar con su larga y provechosa vida. Sentada frente a nosotras, su madre recogió el par rechazado. “Pero, Veena, qué vergüenza, estas medias todavía sirven para andar por casa. Las llevaré a que las remienden.” Veena la miró, irritada, y después se echó a reír. “No, no lo harás,” dijo, y después se inclinó en mi dirección. “Cada vez que intento tirar un par, ella intenta ‘salvarlas’, repararlas, rellenar con ellas un cojín, atar una bolsa de basura o filtrar zumo casero —encuentra decenas de usos distintos para las medias viejas. Es como si aún viviera en los cincuenta.” Su madre sorbía con calma su café, sacudiendo su cabeza como si no lograse entenderla, no importa lo mucho que lo intentase. “No vivo en los cincuenta, pero nunca puedes saber lo que va a pasar. ¿No te acuerdas de que hace un par de años no había medias en las tiendas? Entonces me pediste que remendara las viejas ‘salvadas’. Las cosí con hilo de nailon encima de una bombilla vieja (gracias a Dios que salvé las bombillas viejas —nunca dejaré de lamentarme por una vieja seta de madera para reparar calcetines que tiré). Además, tirarlas sólo por una carrera…”
Dije que no sabía si aún quedaba alguna de las viejas que remendaban —ahora que las medias se fabricaban en masa, aunque no fueran baratas. No por acá. Me dijo que había una, sólo una quedaba. Había cerrado su tienda y ahora trabajaba en casa. Podía imaginármela en su mesa, con una lámpara y una máquina de coser chiquita y graciosa. Tal vez fuera la misma señora de Maksimirska Ulitca que yo solía visitar una vez al mes con una bolsa llena de medias por reparar. “¿No puedes esperar?” solía preguntarme, sabiendo que yo ya tenía un par reparado, con “solo una carrera,” con el que volver a casa. Debió haber sido hace más de veinte años: las medias eran cosas escasas y caras por aquel entonces, y sólo después de muchas reparaciones una las tiraba. “Mira ahora,” continuaba la madre de Veena, “qué podemos saber, puede estallar una guerra civil en cualquier momento: serbios luchando contra croatas, checos luchando contra eslovacos, húngaros luchando contra judíos. ¿Cómo estar seguras de nada?” “Pero mamá, si eso pasa, habrá tanto lío que nadie pensara en la carencia de medias,” protestaba Veena. “Te sorprenderías, querida, de saber lo que la gente necesita para vivir y sobrevivir incluso durante las guerras. Además, ¿cómo te crees que sobrevivimos al comunismo?”
Sí ¿cómo lo hicimos? Con certeza no lo hicimos tirando cosas útiles. Hablando de forma general, en ningún país comunista hay muchas cosas que tirar. Uno puede incluso decir que una casa comunista es casi el ejemplo perfecto de una unidad ecológica, excepto que esta ecología tiene un origen completamente distinto: no surge de la preocupación hacia la naturaleza, sino de un tipo específico de miedo al futuro. Esa unidad ecológica, como cualquier otra, tiene dos principios básicos: recoger y reciclar. Reciclas, reciclas y reciclas, redefiniendo un objeto (por ejemplo las medias), convirtiéndolo en cualquier otra cosa, dándole una función tras otra, y lo tiras sólo cuando estás completamente seguro (experimentando, desde luego) que ya no puede utilizarse en absoluto. Pero para reciclar correctamente, de forma útil, primero tienes que saber que recoger. Los principios de la recogida, por llamarlos así, dependen en gran medida de los distintos tipos de experiencia en los distintos países comunistas, o —mejor aún— de los distintos grados de pobreza. Pero pueden ser divididos en varias categorías: objetos generales (retales viejos, zapatos, pequeños electrodomésticos y muebles, cazuelas, cestas, escobas, periódicos); objetos que gente normal en países normales tiraría (también conocidos como embalajes: botellas, jarros, tazas, latas, tapones y corchos, gomas, bolsas de plástico, envoltorios de regalo, cajas de cartón; objetos extranjeros (cualquier cosa de un país extranjero, desde un lápiz o libreta de notas a un traje, desde la goma de mascar al papel de caramelo); y objetos que pueden desaparecer (una categoría muy amplia y variada, que abarca desde la harina, el café y los huevos a detergente, jabón, medias, tornillos, clavos, cuerda, cable, perfumes, al papel de escribir o los libros —simplemente nunca sabes qué será lo próximo, lo que después de todo es la primera razón para acaparar). Y aunque soy perfectamente consciente de que los pobres en los países no tan pobres (occidentales) reúnen y reciclan siguiendo tal vez los mismos principios, la gente de Europa oriental es, ante todo, en su casi totalidad, lo bastante pobre como para tener que hacerlo. La otra razón principal es que vive en un estado de carestía constante, sin estar nunca segura de qué va a encontrar en las tiendas al día siguiente.
He limpiado el suelo de mi casa con un viejo par de pantalones, sin darme cuenta lo raro que era tener una escoba vestida con pantalones, hasta que una amiga, una extranjera, desde luego, me lo señaló riéndose. Pero, como la madre de Veena, pensé que era una pena tirarlos, cuando podían ser rebautizados y reconvertidos en un trapo para el suelo. ¿No puedes comprar una fregona? —me preguntó mi amiga. Sí, pero ¿por qué? Mi abuela había hecho lo mismo, mi madre también —además, hasta finales de los sesentas no habían fregonas que comprar. Una larga experiencia probaba que la ropa interior de algodón tiene una gran capacidad para absorber el polvo y limpiar los suelos, las ventanas, las baldosas y todo esto, así que mi madre aún sigue usándola.
Entonces me di cuenta de que esa amiga no sabía nada sobre la ropa reciclada; los jerséis recosidos, los viejos abrigos vueltos del revés y convertidos en abrigos infantiles, o cómo hacer una nueva sabana a partir de dos sabanas viejas. No era consciente de que en la ecología de la pobreza, nada se derrocha —sobre todo la ropa. Esas normalmente no se regalan (¿soy acaso peor que tú?), excepto a los gitanos. Una persona podría sentirse ofendida, ya que la ropa nueva es una prueba de que estás mejor que los demás. No sólo las gastamos —esa es la segunda etapa— sino que primeros las llevamos como algo llamado ropas de “andar por casa.” Una persona no acostumbrada, llegando a una casa normal, puede ver la imagen rara, pero sin embargo usual, de una persona por lo demás respetable, incluso importante —un profesor universitario, por decir algo— vestido con los pantalones de un pijama a rayas, un viejo pulóver comido por la polilla o remendado con lana de otro color, zapatillas y una vieja bata gastada. Y como esta forma de “coleccionar” es un deporte nacional, a nadie le importa ser visto con esos absurdos trapos.
La forma de vivir mata cualquier tipo de privacidad —o la extiende a toda una comunidad, si lo prefieres así. Los apartamentos son demasiado pequeños, demasiado llenos, o demasiado divididos, y de cualquier manera te vas a encontrar con otras personas en tu camino hacia la cocina o el baño. Ya que no hay algo así como una casa comunista autosuficiente, dependes fatalmente de tu vecino para todo tipo de favores, desde pedir prestado café o azúcar, a lavar, limpiar o maldecir a los políticos —o conseguir meter a tu hijo en una escuela mejor. Él o ella inevitablemente te verá con tus ropas de “andar por casa.” Tal vez hay un lado positivo en el asunto: la gente no se hace ilusiones sobre los demás.
Aunque hay una lógica obvia en recoger y reciclar ropa vieja, es difícil encontrar cualquier tipo de lógica en recoger objetos que se supone que hay que tirar. Quiero decir, si no vives cerca de un país comunista. Por ejemplo ¿por qué debería alguien guardar una vieja caja de zapatos? Una vez que llevas tus zapatos nuevos a casa simplemente la tiras. Pero una bonita, sólida caja de zapatos puede tener varias funciones. Las dos más frecuentes solían ser —lo son aún— almacenar fotos y guardar viejas facturas. La gente las guarda en el fondo de un armario o en lo alto de una estantería del dormitorio. Cuando pides ver las fotos de la familia no te sacan un álbum de fotos, sino una caja polvorienta de zapatos. La abren cuidadosamente frente a ti, como si esa simple caja de zapatos contuviese algo muy precioso, una parte de sus vidas, algo que no debiera verse cada día. La razón para la caja de zapatos es simple: durante mucho tiempo no pudieron comprarse álbumes, después fueron muy caros. Además, parece que la gente aquí no tiene muchas fotos, y no las mira, o las muestra, muy a menudo. Las cajas de zapatos son buenas también para almacenar facturas, sobre todo las viejas —las muy viejas en realidad, de diez, veinte o más años de antigüedad. Facturas de los servicios, la renta o las ventas a plazos… cuando tienes que lidiar con una burocracia tan vasta e ineficiente tienes que estar preparado para retroceder en el tiempo años y años si quieres probar tu inocencia. Una caja de zapatos es casi como una computadora, llena de datos necesarios para la supervivencia en un sistema diseñado para destruir al individuo.
Pero en todas las casas la prioridad absoluta corresponde a los pomos de cristal, y creo que es porque puedes almacenar otras cosas que recojas en ellos. De nuevo, sería más normal tirar el pomo después de comerte los pepinillos o la mermelada—idealmente, en un contenedor para reciclados. Pero no, porque viviendo aquí, pronto encontrarás que hay otra forma de reciclar. Un puñado de clavos oxidados, o algunas tuercas (sabes que cuando las busques en las tiendas nunca las encontrarás), o tal vez botones o ligas (pero esas tienes que sacarlas primero de sus paquetes), o tapones plásticos o corchos, viejas cuchillas de afeitar (nunca sabes cuando desaparecerán del mercado), pedazos de jabón o cuerda (por si acaso), trozos de pan, granos de café, perejil fresco —o incluso conservas caseras de pepinillos. En pomos más grandes puedes almacenar algo de comida y conservarla en el balcón durante el invierno. Aún más, si un pomo se rompe, su tapa puede convertirse en cenicero. Cuándo virtualmente todo el mundo fuma, ¿quién tiene suficientes ceniceros?
Mucha gente recoge latas, sobre todo las más grandes –aunque las pequeñas también sirven. “Es una vergüenza tirar esto,” solía decir mi vecina, una anciana, y plantó geranios rojos en docenas de latas que colocó en sus ventanas, en los pasillos, en los escalones, en el baño. Creo que las mujeres prefieren las latas “doradas” a las “plateadas”; tienen mejor aspecto en los quicios de las ventanas y balcones, en los pequeños patios, incluso dentro de casa —allá donde esperas ver flores. Puedes tomar una lata, un clavo y un martillo y ya está: un jarrón nuevo, salido prácticamente de la nada. Esto es lo que yo llamo ecología. Una flor puede crecer en un viejo tazón o en una cazuela, muy probablemente azul cielo o rojo brillante, con puntos blancos. Las plantas, agotadas por la falta de sol en las ciudades, parecen así un poco más vivas. Esto es, si se permite tal empleo lujurioso a una vieja cazuela, porque normalmente acaban debajo del lavadero, llenas de patatas y cebollas. Tal vez vean la luz del sol una o dos veces cada diez años, cuando una cocina o una habitación es pintada (por acá la gente sigue haciéndolo en persona) y sirvan de pote a la pintura.
“Incluso ahora —dice Vesna— no puedo librarme de la costumbre de limpiar los potes de plástico de los yogurts. A mediados de los sesenta, cuando comenzaron a producirlos (antes el yogurt se vendía en pequeños tarros de cristal que tenías que devolver), yo era una colegiala y solíamos usarlos para las temperas. En casa, las niñas jugábamos a las cocinitas con ellas, o bebíamos de los mismos, o guardábamos azúcar o sal en ellos. Hoy, incluso si no los uso, los recojo. Dios sabe por qué. Supongo que ahora coleccionarlos refleja nuestro estado mental. Estamos hambrientos de cosas y tememos al futuro —es algo más profundo de lo que yo creía.”
Sus palabras me hicieron recordar otro tipo de recogidas, otro tipo de hambre —mi apetito infantil hacia el celofán de un caramelo o el envoltorio de un chocolate que podía conseguir tan sólo a través de un amigo cuyo padre vivía en el extranjero. Yo los planchaba entre las páginas de un libro y los miraba, miraba palabras extranjeras como framboise o sucre o chocolatier, mientras aún olían a sus extravagantes, deliciosos contenidos que yo nunca había probado. Mientras se tratase de algo de “afuera” (en aquel momento “afuera” era un categoría que incluía todo más allá de la frontera, no hacíamos distinciones) envolvían cada caramelo en un hermoso papel, el único tipo de caramelo que nosotros teníamos era el llamado 505 sa crtom, y venía en una caja metálica roja, como regalo de Año Nuevo (nada de Navidad, la Navidad no existía oficialmente). No era de extrañar, porque en aquellos tiempos, a principios de los cincuenta, había una sola fábrica de caramelos, nombrada en honor al héroe de guerra Josip Kras.
Desde luego nos sentíamos fascinados por aquellos pequeños envoltorios de papel —nuestro primer contacto con algo extranjero—presintiendo que había algo más desconocido y deseable allí afuera. Después, recogíamos rótulos extranjeros y etiquetas de cualquier tipo —de caramelos, cerveza, ropa—, cajas de cigarrillos extranjeras, latas de cerveza, o botellas de Coca-Cola que los turistas tiraban al mar mientras esperaban el trasbordador. Lo único importante es que fueran extranjeras. ¿Por qué? Porque cualquier cosa extranjera, desde los envoltorios de los caramelos a las latas de cerveza, estaba mejor diseñada y, rodeados de pobreza, nos sentíamos atraídos hacia ese otro mundo obviamente diferente. Mucho, mucho después —tal vez demasiado tarde— nos enteramos que todo era debido al consumismo, era sólo para atraer compradores. Pero no creo que eso nos convenciese, porque incluso hoy seguimos siendo apasionados coleccionistas de objetos extranjeros, como si siguiéramos tratando de poseer ese mítico “fuera” o su imitación.
Es un sentimiento perfectamente familiar. Puedo ver a la pequeña Slavenka de cinco años entrando en el baño, buscando el pintalabios de mi madre, sacándome la goma de mascar de la boca, aplicar algo de pintalabios en la misma y mezclar la goma de mascar hasta que se volvía rosa, después regresar y pretender ante las chicas que era el “Bazooka Joe” original (aunque lo había probado una sola vez en la vida, y sólo un pedazo), de forma que me envidiasen, rezando que ninguna de ellas me pidiese que le enseñase el envoltorio con la pequeña tira cómica (el primer comic que vi) dentro, con figuras que hablaban en nubes, en algún desconocido lenguaje lunar.
Mi abuela murió en los setenta, pero antes pasó un par de meses en el hospital. Mi madre aprovechó la oportunidad para limpiar, por lo menos un poco, sus aparadores y cajones de “basura,” como ella la llamaba, porque mi abuela era famosa por recoger cualquier cosa a la vista. Los contenidos del viejo aparador de madera eran bastante normales. Sólo viejos abrigos (me gustaba sobre todo uno verde, cosido en algún momento entre las dos guerras, con una etiqueta de seda: Modewerkstatte Franzikus Bundshiltz), una piel de astracán calva que apestaba a naftalina, varios pares de zapatos hechos a mano casi nuevos, guantes, una pila de sábanas, el traje de niña de mi madre de su bautismo. El otro aparador era, de hecho, un pequeño almacén o un barco que navegase por aguas desconocidas. Estaba lleno de detergente pulcramente almacenado que se había convertido prácticamente en piedra, botellas de aceite rancio, kilos de azúcar, harina y café (aparentemente las necesidades básicas de la casa). Algunos paquetes de té, galletas, pasta, latas de pasta de tomate (la encantaba la cocina italiana), judías e incluso uno o dos kilos de sal, a pesar del hecho de que nadie recordase carestía de eso. La comida estaba almacenada en las estanterías bajas. En las más altas estaba todo lo demás, como un rollo de tul blanco, bastante lana de diferentes colores, medias nuevas y reparadas (creo que incluso de antes de la Segunda Guerra Mundial), tinte para el cabello negro y castaño, champú, jabones, cremas para las manos, papel de baño, antibióticos expirados, aspirinas, insulina (aunque nadie de la familia era diabético) y otras píldoras sin etiqueta, algodón absorbente, y alrededor de cinco o seis paquetes de toallas sanitarias. Más que un almacén su aparador parecía un museo de la carestía comunista.
No nos sorprendimos —hasta que abrimos uno de sus cajones. Aquello era demasiado, hasta para nosotros, también coleccionistas. El cajón estaba lleno de bolsas de plástico. Limpiadas, puestas a secar y seleccionadas, después atadas entre sí en fajos, con bandas elásticas, había bolsas de todos los tamaños y colores. Grandes, de grandes almacenes extranjeros que habíamos traído de vuelta de nuestros viajes a Austria, Alemania, Italia, España o Suecia, tal vez veinte años atrás; después otras más pequeñas de las tiendas de Zagreb; después las habituales, sin etiquetas —hasta llegar a las más pequeñas. Como un arqueólogo, su colección documentaba el desarrollo y uso de las bolsas plásticas desde que habían comenzado a usarse en este país, con el ascenso de los estándares de vida (cuando las daban gratis) a través de las crisis económicas (cuando desaparecían) hasta la actualidad, cuando uno debe pagar un extra por ellas. Amigos que regresaban de la URSS nos contaban que las bolsas de plástico estaban en demanda, sobre todo las que tenían etiqueta, porque las mujeres las llevaban como bolsos de mano. Nosotras no, pero las lavábamos, encontrando nuevas maneras de usarlas, hasta que acababan en la basura —como bolsas de basura, desde luego.
Creo que esos cajones de mi abuela mostraban no sólo cómo sobrevivimos al comunismo sino por que fracasó el comunismo; fracasó por la falta de confianza, por el miedo al futuro. Es cierto, la gente recogía debido a la pobreza, pero debido a un tipo específico de pobreza, una pobreza en la que todo el país se veía privado, todo el mundo era pobre, una pobreza en que ser pobre y tener privaciones era una forma de vivir que rara vez cambiaba, porque no podía ser cambiada a través de palabras, declaraciones, promesas, o amenazas de los políticos. Y, esto es más importante, recoger cosas era una necesidad, porque en el fondo nadie creía en un sistema continuamente incapaz de cubrir las necesidades básicas de sus ciudadanos durante cuarenta años o más. Mientras los líderes acumulaban palabras sobre un futuro brillante, la gente acumulaba harina y azúcar, jarros, tazas, medias, corchos, cuerda, clavos, bolsas plásticas. Si los políticos hubieran tenido una oportunidad de mirar dentro de nuestros armarios, sótanos, aparadores y cajones —buscando otra cosa que no fueran libros prohibidos o material contra el Estado— hubieran visto el futuro que les esperaba a sus maravillosos planes para el comunismo. Pero nunca miraron.
Este ensayo forma parte del libro How We Survived Communism & Even Laughed. Traducción: Juan Carlos Castillón.
Foto: P. Dotoshnaya.
PD: Otros ensayos de Slavenka Drakulic en PD:
—La extraña habilidad de los apartamentos para dividirse y multiplicarse
—Una carta desde Estados Unidos
—No puedes tomarte el café sola
(Traducción: Juan Carlos Castillón)






en cuba debe d haber muchas abuelitas q hacian lo mismo,el futuro con los rojos , es negro.