- nov 21, 2011 • 01:46h
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Mi abuelo era lerrouxista, “joven bárbaro” primero, y miembro del Partido Radical después; o sea, un partidario de don Alejandro Lerroux —el “Emperador del Paralelo” (el Paralelo es una calle barcelonesa). Ese el tipo de confesión que poca gente hace en voz alta, y casi nadie en lengua catalana, en mi Barcelona natal, donde aún es odiado a más de medio siglo de su muerte y el término lerrouxista es desempolvado cada x años como sinónimo de “mal catalán.”
En las elecciones de febrero de 1936 mi abuelo fue interventor del Partido Radical; un partido afrancesado que cantaba La Marsellesa en español, republicano, laico, burgués, vagamente progresista y bastante anticlerical, cuyo líder apoyó sin embargo el alzamiento de Franco pocos meses después, en julio de 1936. Mi padre lo acompañó durante aquella jornada electoral porque en aquella época a veces las urnas eran rotas y los colegios electorales asaltados. Tuvieron suerte y pudieron retirarse a casa en paz, aunque con pocos votos de los que presumir porque el de Lerroux era un partido demasiado republicano para la derecha y demasiado burgués para la izquierda y el país estaba ya polarizado e incubando su guerra civil. Durante los primeros meses de esa guerra, mi padre estuvo preocupado ante la idea de cualquiera de los locos armados que andaba suelto por la Barcelona anarquista matase a mi abuelo como miembro de un partido burgués. Lo que en aquella época no era una cosa tan rara como pueda creerse. Afortunadamente no fue así y mi abuelo moriría de viejo en la década del sesenta.
Ese es todo el anecdotario de mi familia con respecto a las elecciones españolas.
O lo era hasta hoy, cuando bastante después de las diez de la noche dejé cerradas las actas de la mesa en que me tocó servir de secretario. Como he pasado muchos años lejos de España, esta era la primera vez que me tocaba servir en una mesa electoral. No fue precisamente un sueño: madrugar un domingo, sobre todo otoñal, escapar al ritual del chocolate en familia, para acabar en una oficina electoral, habilitada en un centro de reunión de la tercera edad, de un barrio obrero de Barcelona, rara vez lo es. Pero sin ser un sueño tampoco ha sido precisamente una pesadilla. Es como pagar impuestos: algo que hay que hacer, sin alegría, pero con la conciencia de que forma parte de lo que es vivir dentro de una sociedad civil.
Los tres de la mesa éramos novatos en eso de recoger votos, pero las instrucciones para formar la mesa eran bastante claras y fáciles de seguir y pudimos comenzar a recoger votos relativamente pronto. No éramos los únicos novatos en la sala. En la mesa de al lado el presidente era un bromista con el que hemos hecho buenas migas; en la mesa del fondo le había tocado, también de secretario, a un chico tatuado, rapado y con pendiente. Creo que llevaba un tatuaje de A.C.A.B. —lo que resultaría bastante raro en una mesa electoral— pero no puedo asegurarlo.
A lo largo del día he visto pasar a mis vecinos y a varios de los hijos de mis vecinos y me he sentido viejo. ¿Cuándo llegaron a la edad adulta esos niños a los que veía como críos? Saludé a bastante gente a la que conocía desde que era yo un adolescente —”¿te ha tocado?” preguntaban con expresiones que iban de la pena al cachondeo—, y al final del día, junto a mis compañeros de mesa, hemos recontado varias veces las papeletas hasta que han cuadrado con el número total de votos emitidos, antes de pelearnos con las para nosotros bizantinas complejidades del voto para el Senado primero y las actas electorales después. Éramos tres en la mesa y, como ya he dicho, ninguno de nosotros tenía experiencia previa pero hemos sabido acabar el trabajo. Al final, tuvimos unos cuantos votos en blanco y papeletas nulas de entre las que tan sólo una, que contenía una factura —¿será por la compra de un político?— y un insulto garrapateado, nos parecieron claramente insultantes. Bueno, el voto nulo es un recurso legítimo de protesta electoral.
Nada heroico en los resultados: el porcentaje de participación en la mesa en que serví es equivalente al del resto del país. No ha sido una “gran fiesta de la democracia” entre otras cosas porque no necesitaba serlo. A pesar de que las grandes protestas de los “indignados” no están tan lejos en el tiempo, los votantes de las mesas sabían que la pequeña, miserable, mezquina e insultada papeleta de voto refleja la realidad de un país más fácilmente que todos esos fotogénicos jóvenes que en cantidad decreciente se han vuelto a reunir ayer, y no sé si incluso hoy, en la Puerta del Sol de Madrid, con sus gritos copiados de un Mayo del 68 que ninguno de ellos vivió.
A pesar de lo mucho que todo el mundo, sospecho que incluso los votantes del PSOE-PSC, quería dejar atrás el periodo de improvisación y malestar representado por Zapatero estos últimos años, no se ha tratado tampoco de un cambio histórico. Simplemente un partido que no ha sabido administrar una nación en tiempos de crisis ha dejado paso, en las urnas, a otro partido que se ofrece a hacerlo mejor. No ha sido finalmente un enfrentamiento entre grandes líderes carismáticos —tenemos al frente de los dos grandes partidos a dos señores de mediana edad, sin particular encanto personal, de amplia trayectoria administrativa, que son la antítesis de cualquier aventura o sueño romántico—, ni entre formas completamente opuestas de ver el mundo, sino un relevo dentro de los grandes partidos que han dirigido el país. No era una revolución… ni una contrarrevolución, a pesar de que da un nuevo motivo a algunos para celebrar, y no tan sólo conmemorar, una fecha como el 20-N.
Dios sabe que fui joven, y desprecié las urnas y soñé con guerras y revoluciones (o, para ser más sincero, con contrarrevoluciones) y viajé a países en guerra en busca de satisfacciones distintas a las de un simple voto, pero esta noche me ha sentido cómodo siendo parte de país en que las cosas se arreglan —o pueden intentar arreglarse— con lápices, haciendo sumas, firmando una simple acta electoral. No, no ha sido una “gran fiesta de la democracia” entre otras cosas porque ya no necesitamos más fiestas ni fechas históricas. Esto de hace unas pocas horas ha sido más bien el pacífico rito rutinario de una sociedad que sabe que ya ha llegado a la modernidad desde hace tiempo, desea permanecer dentro de la misma y no tiene que demostrar nada a nadie.
Juan Carlos Castillón
Barcelona





La avenida del Paralelo es, desde el 8 de octubre de 1894, una calle de Barcelona, que transcurre desde las Atarazanas Reales de Barcelona a la Plaza de España. El trazado de de la avenida coincide con el de un paralelo terrestre: el paralelo 41º22’34″, norte; de aquí le viene su nombre. O sea que ya en 1936 era un calle…
En el Paralelo ha habido teatros de muy distinta clase. De entre ellos tan sólo EL MOLINO fue siempre de burlesque. Los otros teatros, ya en su mayoría desaparecidos fueron el Arteria Paral·lel, rehabierto después de haber sido Gran Teatro Español y discoteca Studio54. El Teatro Arnau. El Teatro Olimpia. El Teatro Talia. El Teatro Apolo. El Teatro Nuevo. El Teatro Condal, en funcionamiento, en una sala nueva. El Teatro Victoria. El Teatro Cómico. El Teatro Circo Olympia.
Su opinión sobre los jóvenes bárbaros está tan bien informada como el resto de su desagradable nota. Mi abuelo se hizo Joven Bárbaro para luchar por la jornada laboral de ocho horas y la República laica… dos ideas hacia las que siento una estima desigual… no porque fuera un camorrista.
El Paralelo no es una calle de Barcelona, o no lo era en los tiempos de Lerroux. Era la calle de los teatros de baja estofa y de los ambientes del hampa ligado a la prostitución.
Tiempos de venereas.
Ser el Emperador del Paralelo aquellos años era ser una especie de Al Capone catalán. Los Jóvenes Bárbaros era bandas de garroteros y matones. Cosa muy común en esa época en la que cada tendencia contaba con su “brazo armado”.
Reliquia, la del Brazo Armado, que hoy solo persiste en el País Asko.
De acuerdo, excelente artículo que nos regala JCC, y aunque no sea “una gran fiesta de la demoracia” sí es una de respeto a la pluralidad de opiniones. Saludos.
Pues Juan Carlos, eso de despreciar las urnas está un poco feo.
Me alegro de que lo hayas superado. Ahora hace falta que lo superen unos cuantos en Cuba.
Es la cotidianidad de ejercer el voto. Lo aburrido y civilizado. Libertad y libre de caudillos y demagogias.
Bárbaro, Juan Carlos! Magnífico artículo, nadie mejor que tú para enseñarnos una lección de civilidad, querido amigo. Felicidades!