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En poder de los mulás

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    Editor Jefe
  • Nov 12, 201117:26h
  • 2 comentarios

por Haleh Esfandiari

Tras la disputada reelección del Presidente Ahmadieyad en el 2009, el mundo vio cómo decenas de miles de manifestantes iraníes tomaban las calles, para ser reprimidos con fuerza, arrestados o cosas peores. Aunque hay bastante menos cobertura en Irán ahora —pocos corresponsales extranjeros son admitidos en el país— la represión ha continuado e incluso se ha intensificado desde aquellos sucesos, con abundantes arrestos, purgas entre la docencia universitaria, cierre de publicaciones y una clausura de la actividad política. Aún así, los partidarios del Movimiento Verde no han sido completamente silenciados, como deja claro El paraíso de Zahra, una nueva y poderosa novela gráfica que se desarrolla en el Irán contemporáneo.

La novela comenzó su existencia como el blog de un anónimo activista iraní-americano y un artista argelino —se llaman a sí mismos Amir y Khalil— que emplearon personajes ficticios para contar la historia de la represión. A través de diálogos acerbos y dibujos del tipo comic, en blanco y negro —a veces dramáticos, a veces irónicos—,los autores exponen las tareas represivas del Estado y la ruina que llega a las vidas de los individuos. El blog tuvo suficiente éxito como para ser traducido a varios idiomas, y ahora ha salido en forma de libro en inglés [y español].

La historia comienza el 16 de junio de 2009, con las consecuencias inmediatas de las protestas electorales. Una madre, Zahra, se preocupa por su hijo, Mehdi, de 19 años. Como otros muchos jóvenes manifestantes, ha desaparecido durante las protestas; fue visto por última vez cuando se dirigía con su hermano a unirse a una manifestación en la Plaza de la Libertad de Teherán, vestido con una camiseta de Bob Marley. Zahra es ayudada en su búsqueda por su hijo mayor, Hassan, un blogger activo y parte del vivo ambiente juvenil iraní. Mehdi y Hassan están entre las decenas de miles jóvenes y mujeres que se agruparon bajo la bandera de dos líderes opositores, Mir Husein Mousavi y Mehdi Karrubi. Mehdi es de muchas formas típico entre los jóvenes y mujeres que intentan abrirse un hueco en las fallas que se han formado dentro de los códigos políticos y sociales del estricto régimen islámico. Practica karate, escucha rap iraní e idolatra al jugador de fútbol francés, argelino de nacimiento, Zinedin Zidane. Estaba preparando sus exámenes de entrada en la Universidad cuando desapareció.

Madre y hermano comienzan la búsqueda de Mehdi la tarde de su desaparición, y ahí comienza su odisea. En la Plaza de la Libertad, donde comienzan la búsqueda, Zahra y Hassan encuentran sólo a los barrenderos recogiendo los destrozos dejados por la policía y los matones que atacaron a los manifestantes; una zapatilla deportiva aquí, manchas de sangre con forma humana allá. En los hospitales de la ciudad encuentran las camas llenas de heridos —“tantos chicos y chicas de la edad de Mehdi, como si los hubiera golpeado una plaga,” piensa la madre, Zahra. La Guardia Revolucionaria invade el hospital y arrastra a los heridos fuera de sus camas para llevárselos en camionetas selladas. En las puertas de la prisión de Evin, un funcionario de aspecto importante se muestra indiferente frente a las peticiones de información acercas del hijo de Zahra. Otros en las puertas de la prisión recuerdan el destino del reportero gráfico iraní-canadiense Zahra Kazemi, que murió en Evin, según los informes después de que el juez Mortazavi la golpease, causándola una hemorragia cerebral. “Piensan que pueden silenciar a nuestras mujeres, golpear a nuestras Zahras hasta derribarlas o ensuciar su memoria,” comenta un paseante.

Conduciendo hasta el depósito de cadáveres de la ciudad, Zahra y Hassan ven cuerpos de manifestantes ejecutados colgados de grúas. Finalmente, acaban en Behest-e-Zahra (el paraíso de Zahra), el vasto cementerio de Teherán, de donde el libro obtiene su irónico título (Zahra es también el nombre de una de las hijas del Profeta). En Behesht-e Zahra no sólo están enterrados teheraníes comunes sino también los “mártires” de la revolución, las bajas de la guerra de ocho años entre Irán e Irak, y, ahora también, las víctimas de los pelotones de ejecución de la República Islámica.

La gente con la que Zahra y Hassan se cruzan en su búsqueda cuenta sus historias: de pariente perdidos, propiedades confiscadas, ejecuciones y similares. Hassan, por ejemplo, visita en su hogar a un joven que compartió celda con Mehdi y otros en la Cárcel de Kahrizak —el centro de detención de Teherán en el que los presos masculinos y femeninos fueron supuestamente violados y torturados durante las protestas del 2009. Le describe esos horrores: “Me violaron. Violado en nombre de Dios, en nombre de su Irán. Violado en nombre de su profeta… Es su república islámica —no yo— la que se cubre de mierda.” Los dibujos de Khalil reconstruyen ese suceso a medida que el joven lo recuerda: a sus interrogadores forzándole a mirar a la pared, sus pantalones bajados; el documento que le obligaron a firmar después, diciendo que había sido bien tratado.

Los dibujos de la novela revelan a menudo ese tipo de ironía terrible. Representan un estilo de humor característicamente iraní, una forma de penetrar más allá de las pretensiones y el poder. El líder de Irán, el Ayatolah Khameini, es representado como el Califa de un harem enteramente masculino, escogiendo un nuevo favorito entre los políticos y clérigos que compiten por su atención. El Tribunal Revolucionario es retratado como un laberinto kafkiano de escaleras, que van hacia abajo y a los lados sin llegar aparentemente a ninguna parte. El sistema judicial iraní es evocado a través de las grandes, profundas, mandíbulas de un mulá. Cruzando escaleras y pasadizos, una inacabable fila de acusados entran en las mandíbulas de un lado; emergen machacados de las fauces del mulá tras pasar por cámaras de tortura y salas de interrogatorio, llevando cárteles con sus sentencias de prisión: “Diez años,” “dos años,” “diecisiete años.”

Los protagonistas del paraíso de Zahra son de muchas maneras arquetipos. Zahra es como miles de madres que continúan hoy en Irán buscando a sus hijos e hijas perdidos y que valerosamente se manifiestan frente a los centros de detención y parques públicos, publican cartas abiertas a las autoridades buscando la libertad de sus hijos encarcelados. Incluso hoy, muchas de esas mujeres se reúnen cada sábado en un parque de Teherán con ese propósito, arriesgándose a menudo al arresto. Esta reunión es incluida en el libro, y la policía es mostrada dispersando a las mujeres. El hermano, Hassan, facilita una entrada en el mundo de la irreverente cultura juvenil iraní; en las habitaciones empapeladas con posters, las inacabables horas en internet, la intensa camaradería y la furtiva pero fácil interacción entre hombres y mujeres en los cibercafés. Un taxista, que lleva a Zahra y Hassan en sus rondas, abandona su taxi en medio del siempre enredado tráfico de Teherán para regalarse a sí mismo y a sus pasajeros, un vaso de su jugo favorito de sandia. Como el dibujo muestra correctamente, su ausencia a duras penas importa, ya que el tráfico no se mueve en absoluto.

De principio a fin, los autores quieren mostrar la habilidad de la gente para resistir y sobrevivir; ayudándose los unos a los otros y haciendo causa común. El mundo de El paraíso de Zahra es, de hecho, un mundo de gente ordinaria alzada contra un régimen cruel. El propietario del cibercafé da refugio a un manifestante y más tarde imprime sin cargo mil ejemplares de la foto de Mehdi, que Hassan puede distribuir y pegar a lo largo de la ciudad. Una rica y bien conectada mujer se hace amiga de Zahra y la presenta a su vecino un anciano y amable clérigo que puede ayudarla —un acto de generosidad no raro entre la gente en Irán.

El punto de inflexión en la búsqueda de Mehdi llega a través de un encuentro casual en un cibercafé entre Hassan y la joven y hermosa Sepideh, la amante de un hombre que se nos deja suponer después que es un alto funcionario, tal vez del Ministerio de Información o la Guardia Revolucionaria. A Sepideh le gusta Hassan, flirtea con él un poco en el cibercafé y, antes de irse, se lleva una foto de Mehdi con ella. En las escenas de sexo entusiasta entre Sepideh y su amante matón vemos cómo se rompen los tabúes sociales en esta república supuestamente “islámica.” Una joven de clase media no tiene ningún tipo de remordimiento al convertirse en la amante de un funcionario casado que puede mantenerla, comprarle ropas caras y joyas, y llevarla en sus viajes a Dubai. Pero cuando Sepideh encuentra fotos de su amante entre los jóvenes manifestantes que están siendo agredidos en prisión, se da cuenta de lo que hace para vivir. Ella se las arregla para pasarle a Hassan un disco con datos de los archivos secretos que su amante ha dejado descuidadamente tras de sí en su apartamento: archivos que eventualmente confirman que Mehdi ha sido asesinado en prisión.

La intercesión del amable clérigo les permite recuperar el ataúd de Mehdi de la sección de tumbas sin marcar del Ministerio de Información en Behesht-e Zahra. Es la madre de Mehdi, otra Zahra, a la que los autores conceden la última palabra. Ella lamenta la muerte de su hijo y la muerte del Irán y el Islam que ama. Dirigiéndose a su difunto Mehdi, dice: “Háblame del fin del tiempo, el fin de la vida, habla del fin de Irán, el fin del Islam. Habla para que el mundo pueda saber que todos los hijos de Irán han muerto y yacen muertos en ti… No soy Zahra y éste no es mi paraíso.”

La desesperación de Zahra está bien fundada. Según un informe de las Naciones Unidas sobre Irán que fue publicado a finales de septiembre, más de 300 ejecuciones secretas habrían tenido lugar en la Cárcel de Vakilabad el 2010, y otras 146 ejecuciones secretas han tenido lugar el 2011. El Comité para Proteger a los Periodistas informa que 34 periodistas habían sido detenidos a finales del 2010. Uno de ellos, Mohammad Davari, fue sentenciado a cinco años por tomar una serie de declaraciones grabadas por los presos en el centro de detención de Kahrizak que decían que habían sufrido abusos, torturados y violados. Entre las activistas por los derechos femeninos, Bahareh Hedayat, una activista de la Campaña del Millón de Firmas (un movimiento para recoger un millón de firmas para pedir la igualdad de las mujeres frente a la ley) fue sentenciada a nueve años y medio en prisión, “por asamblea y conspiración contra el régimen” y por insultar al Supremo líder y al Presidente.” La lista sigue e incluye las sentencias de cárcel a directores de películas, miembros de la fe Bahai, y abogados de derechos humanos. Según la Premio Nobel Shirin Ebadi, 42 abogados han sido enjuiciados por el gobierno desde el 2009.

En un epílogo de 13 páginas, El paraíso de Zahra enumera los nombres de los 16.901 hombres y mujeres asesinados por la República Islámica. Recopilada por la Fundación Abdorrahman Boroumand, la lista recuerda el Vietnam Memorial, que homenajea a los muertos a través del simple recuerdo de sus nombres. La letra es tan pequeña que no puedes descifrar los nombres individualmente; pero esas páginas de letra pequeña gritan su mensaje alto y claro.

EL PARAÍSO DE ZAHRA
Autores: Amir, Khalil
Colección: NÓMADAS
Editorial Norma
ISBN: 978-84-679-0681-3

Publicado originalmente en The New York Review of Books. Traducción: Juan Carlos Castillón. Pinche sobre las imágenes para ampliarlas.

2 respuestas
Comentarios

  • Carmillo dice:

    Con esos juegos de palabras sin ton ni son, s y m cada dia se asemeja mas a un OLPL femenino.

  • excelente, excelente trabajo de denuncia por parte de los ilustradores-blogueros… lo conocía ya, pero buena idea traducirlo y mandarlo para el islote… en nuestro caso, es el poder de las mula$ del vaivén constante, del entraYsale de divisaS en la lancha de la nostalgia lo que nos tiene hundidos en la perpetua transición que no va a ningún lado