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Espejismos de paz

  • pd
    Editor Jefe
  • Oct 15, 201108:16h
  • 2 comentarios

por John Gray

“Hoy asumimos que la guerra sucede en países pequeños, pobres y atrasados,” escribe Steve Pinker en su nuevo libro, The Better Angels of Our Nature: the Decline of Violence in History and Its Causes. El celebrado profesor de psicología de Harvard discute lo que llama “la Paz Prolongada”: el periodo de tiempo desde el final de la Segunda Guerra mundial en que “los grandes poderes, y los estados desarrollados en general, han dejado de desencadenar guerras los unos contra los otros.” Como resultado de este “bendito estado de los asuntos —indica— dos categorías completas de guerra (la guerra imperial para adquirir colonias y la guerra colonial para conservarlas) ya no existen.” Aquí y allá ha habido conflictos menores. “Ciertamente, [los superpoderes] ocasionalmente han luchado contra los pequeños aliados del contrario y declarado guerras vicarias entre sus estados cliente.” Pero esos episodios no disminuyen el entusiasmo de Pinker hacia la Paz Prolongada. La guerra crónica sólo se espera en partes atrasadas del mundo. “Guerras tribales, civiles, privadas, en busca de esclavos, imperiales y coloniales, han inflamado los territorios del mundo en desarrollo durante milenios.” En zonas más civilizadas, la guerra ha desaparecido. No hay nada inevitable en el proceso, grandes guerras pueden explotar de nuevo, incluso entre los grandes poderes. Pero el cambio que ha tenido lugar en la conducta humana es fundamental. “Un cambio por debajo de la superficie que apoya las predicciones con respecto al futuro,” la Paz Prolongada apunta a un mundo en el que la violencia está en claro declive.

Un lector escéptico puede preguntarse si la explosión de paz en los países desarrollados y el conflicto endémico en tierras menos afortunadas no pueden estar, de alguna manera, conectados. ¿Fue la inmensa violencia que barrió el sudeste de Asia después de 1945 un resultado del atraso inmemorial de la región? ¿O fue una sutil y refinada civilización destruida por la guerra mundial y el resultado de décadas de conflicto neocolonial —como insinuó Norman Lewis en su profético recuento de sus viajes a lo largo de la región, A Dragon Apparent (1951)? Es cierto que a la Segunda Guerra mundial siguieron cerca de cuarenta años de paz en Norteamérica y Europa —incluso si para la parte oriental del continente se trató de una paz que descansaba en la conquista soviética. Pero no hubo paz entre los poderes que emergieron como rivales del conflicto global.

De la misma manera que las sociedades ricas exportan su polución a los países en desarrollo, las sociedades del mundo altamente desarrollado exportan sus conflictos. Están en guerra entre sí continuamente —no sólo en Indochina, sino en otras partes de Asia, el Oriente Medio, África y Latinoamérica. La guerra de Corea, la invasión china del Tibet, la contrainsurgencia inglesa en Malasia y Kenia, la abortada invasión francobritánica de Suez, la guerra civil de Angola, las décadas de guerra civil en Congo y Guatemala, la guerra de los Seis Días, la invasión soviética de Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. La guerra de Irán e Irak y la guerra soviética en Afganistán—son apenas algunos de los conflictos armados a través de los que los grandes poderes han continuado sus rivalidades mientras evitaban una guerra directa entre sí. Cuando el fin de la Guerra Fría sacó del escenario a la Unión Soviética, las guerras no acabaron. Continuaron a través de la primera guerra del Golfo, las guerras de los Balcanes, Chechenia, la guerra de Irak, en Afganistán y Cachemira, entre otros conflictos.

Sumados, estos conflictos añaden una formidable cuota de violencia. Para Pinker son menores, periféricos y a duras penas dignos de mención. La historia real, para él, es el súbito despliegue de la paz en las sociedades avanzadas, un cambio que augura una trasformación sin precedentes de las relaciones humanas.

* * *

Aunque Pinker insiste en que se basa en pruebas —las setecientas páginas de este pesado tratado están rellenas de gráficos y estadísticas impresionantes— su argumento acerca de que la violencia está acabándose no descansa, finalmente, sobre la investigación científica. Cita numerosas razones para el cambio, incluyendo la creciente riqueza y la expansión de la democracia. Para él nada es tan importante como la adopción de una perspectiva concreta del mundo: “La razón de que tantas instituciones violentas hayan sucumbido en un breve espacio de tiempo era que los argumentos que acabaron con ellas forman parte de una filosofía coherente que apareció durante la Era de la Razón y la Ilustración. Las ideas de pensadores como Hobbes, Spinoza, Descartes, Locke, David Hume, Mary Astell, Kant, Beccaria, Smith, Mary Wollstonecraft, Madison, Jefferson, Hamilton y John Stuart Mill se combinaron en una visión del mundo que podemos llamar Humanismo Ilustrado.” (Las cursivas son de Pinker).

Sin embargo, estos son pensadores muy diferentes entre sí, y está muy lejos de lo claro que alguna filosofía coherente pueda “combinarse” a partir de sus ideas a menudo incompatibles. La dificultad se vería magnificada si Pinker hubiera incluido a Marx, Bakunin y Lenin, que de forma innegable pertenecen a la gran familia de movimientos intelectuales que incluye la Ilustración, pero quedan fuera de la lista. Como otros partidarios de última hora de los “Valores de la ilustración”, Pinker prefiere ignorar el hecho de que muchos pensadores ilustrados han sido doctrinalmente anti-liberales, y unos cuantos han favorecido el empleo de la violencia política a gran escala, desde los jacobinos que insistieron en la necesidad del terror durante la revolución francesa hasta Engels que le dio la bienvenida a una guerra en la que los eslavos —“aborígenes en el corazón de Europa”— fueran barridos.

La idea de que un nuevo mundo pueda ser construido a través de la aplicación racional de la fuerza es peculiarmente moderna, y anima las ideas de la guerra revolucionaria y la pedagogía del terror que aparecen en la influyente tradición del pensamiento ilustrado radical. Minusvalorar esa tradición es muy importante para Pinker. Como los liberales humanistas de todas partes, él mira el centro de la Ilustración como un compromiso con la racionalidad. El hecho de que prominentes figuras de la Ilustración hayan favorecido la violencia como instrumento de la transformación social resulta —por decirlo de manera suave— inconveniente.
Hay una dificultad más profunda. Como muchos evangelistas contemporáneos del humanismo, Pinker asume que la ciencia apoya el recuento ilustrado de la razón humana. Dado que la ciencia es una creación humana, ¿cómo podrían los hombres no ser racionales? Seguro que la ciencia y el humanismo son uno y lo mismo. En realidad, es extremadamente curioso —aunque completamente típico del pensamiento actual— que la ciencia se conecte con el humanismo de esa manera. Método de investigación más que opinión ya establecida del mundo, no existe ninguna garantía de que la ciencia reivindique los ideales ilustrados en torno a la racionalidad humana. La ciencia también puede concluir por mostrar que son impracticables.

Admitamos que ese no era un conflicto con el que se enfrentaban ninguno de los pensadores que Pinker cita. Ninguno de ellos basó su opinión del animal humano en los hallazgos de la ciencia. El origen de las especies apareció el mismo año que Sobre la libertad de John Stuart Mill (1859), pero el más influyente de los liberales humanistas (fallecido en 1873) nunca citó a Darwin en sus obras más importantes. Aunque Mill escribió mucho sobre la necesidad de una “ciencia moral,” su punto de vista sobre los seres humanos era una mezcla de filosofía clásica (sobre todo Aristóteles) y las ideas sobre el desarrollo personal que le impregnaron los románticos. Mill nunca consideró la posibilidad de que su punto de vista sobre los seres humanos pudiera ser falseado por la investigación científica. Aún así, uno no debe juzgarlo con demasiada dureza. No tuvo que considerar si su punto de vista de la humanidad cuadraba con la ciencia porque la ciencia de la evolución apenas comenzaba a existir.

Pinker y sus colegas humanistas no tienen hoy esa excusa. La psicología evolutiva está aún en su infancia, y mucho de lo que pasa como conocimiento en ese tema no es mucho más que especulación —o algo peor. Ha habido incontables intentos de aplicar la teoría evolutiva a la vida social pero, dado que no existe un mecanismo en la sociedad comparable a la selección natural en la biología, han producido tan sólo una serie de metáforas que no llevan a ninguna parte, en las que los sistemas sociales son vistos de forma errónea como organismos vivos. En realidad, si algo de sustancia puede derivarse del punto de vista evolutivo de la mente humana, es la persistencia de la sinrazón.

Como la cercana disciplina de la economía conductual ha mostrado en detalle respecto a la toma de decisiones en condiciones de riesgo y falta de seguridad, el pensamiento humano y la percepción están llenos de prejuicios, inconsistencias e ilusiones. Dado que nuestras mentes son mentes animales —como argumentó Darwin en La expresión de las emociones (1872)— las cosas difícilmente podrían ser de otra manera. Modelado por los imperativos de la supervivencia, la mente humana no funciona normalmente como un órgano que busque la verdad. Si la ciencia es la persecución de la verdad —una asunción que requiere de algunas preguntas malintencionadas— ello no implica que algo similar sea posible en otras áreas de la vida humana. La idea de que los humanos pueden modelar sus vidas a través del uso de la razón es una herencia de la filosofía racionalista que no coincide fácilmente con lo que sabemos de la evolución de nuestro cerebro de mamífero. El resultado final de la búsqueda científica puede muy bien ser que las creencias irracionales son humanamente indispensables.

A menudo, ciencia y humanismo están más enfrentados que unidos. Para un darwinista devoto como Pinker, sostener que el mundo está siendo pacificado por la difusión de una cosmovisión particular es profundamente irónico. No hay nada en el darwinismo que sugiera que las ideas y creencias pueden transformar la vida humana. Es cierto que ha habido intentos de formular la idea de progreso en los términos de memes en competencia —conceptos vagamente definidos o unidades de significado que se supone que son de alguna manera similares a los genes— aunque no se ha desarrollado nada parecido a una teoría científica. Incluso si existiesen los memes y de alguna manera compitiesen entre sí, no hay nada que nos diga que los memes benignos deberían ser los vencedores. Y se deduce todo lo contrario, si la historia nos sirve de alguna manera como guía. Las ideas racistas son extremadamente resistentes y altamente contagiosas, como lo demuestra la reemergencia del nacionalismo xenófobo étnico y el antisemitismo en la Europa postcomunista. También lo son las ideas utópicas sobre los cambios de régimen, que resurgen dentro del pensamiento neoconservador. La aparición recurrente de estos memes sugiere que fuera de algunas áreas estrechamente definidas de la investigación científica, el progreso resulta, en el mejor de los casos, discontinuo y esquivo. La ciencia puede ser la eliminación acumulativa del error, pero la inclinación humana hacia las ideas tóxicas es notablemente constante.

La ironía se acumula cuando recordamos que Pinker alcanzó fama a través de su intento de reinstaurar la idea de que la mente humana es fija y limitada. Su bestseller La tabla rasa (2002), un asalto contra la idea de que la conducta humana es indefinidamente maleable, fue controversial por varias razones —entre ellas por su ataque a la creencia de que las culturas preagrícolas eran inherentemente pacíficas. El libro provocó una tormenta de críticas por parte de humanistas liberales que intuían —correctamente—que ese énfasis en la constancia de la naturaleza humana limitaba el alcance del futuro progreso humano. Pinker parece haber llegado a compartir esa ansiedad, y el actual volumen es el resultado. La decadencia de la violencia propuesta en The Better Angels of Our Nature es una transformación progresiva del mismo tipo que su libro anterior parecía descartar. Pero la contradicción en la que Pinker encalla no está sola. Aflige a cualquiera que intente combinar un riguroso darwinismo con la creencia en el progreso moral. El darwinismo no es probablemente lo último que se dirá sobre la evolución y, más que identificar leyes universales de la selección natural, puede que sólo sea aplicable a nuestra esquinita del universo. Pero si la teoría de Darwin es aunque sólo sea aproximadamente correcta, no hay base racional para esperar ninguna revolución de la conducta humana.

* * *

Esta es una verdad perturbadora para los humanistas, incluyendo a Pinker. Puede evitarse con sólo señalar algún tipo de evolución en marcha dentro de los humanos, y Pinker está ahora dispuesto a mantener “la posibilidad de que en la historia reciente el homo sapiens haya literalmente evolucionado para convertirse en menos violento en el sentido biológico de un cambio de nuestros genomas.” Concluye que hay pocas evidencias de que sea así, pero el hecho de que se tomé esa posibilidad en serio dice mucho. La violencia social es paralela a la especie humana. Esto no se debe a que los humanos hayan sido siempre guiados por un impulso interno de agresión. Algunos de los impulsos que heredamos de nuestro pasado evolutivo nos inclinan al conflicto, pero otros —“los mejores ángeles de nuestra naturaleza,” como los llamó Abraham Lincoln— nos inclinan a la cooperación pacífica. Para mostrar que en el futuro los conflictos entre ambos se saldarán a favor de la paz, Pinker necesita ser capaz de identificar algunas tendencias muy poderosas. Lo hace lo mejor que puede, pero los cambios que señala —la expansión de la democracia y el aumento de la riqueza, por ejemplo— son más problemáticos de lo que él se da cuenta. La formación de naciones-estado democráticas fue uno de los principales motores de la violencia durante el pasado siglo, incluyendo la limpieza étnica en el periodo de entreguerras, los estados postcoloniales y los Balcanes postcomunistas. El aumento seguro de la prosperidad puede actuar a manera de tranquilizante, pero no hay razón para pensar que el aumento de la riqueza pueda seguir de forma indefinida —y cuando esto falle, la violencia regresará. De formas muy distintas, los ataques a las minorías y los inmigrantes por parte de neofascistas en Europa, las manifestaciones populares contra la austeridad en Grecia y los motines ingleses del pasado verano, muestran el perturbador y peligroso impacto de una estrechez económica súbita sobre la paz social. Todas las tendencias que se supone están presentes tras la Paz Prolongada son contingentes y reversibles.

Pinker cita a Hobbes a menudo, pero no tiene en cuenta el pensamiento más importante de Hobbes: que incluso si los humanos no se lanzasen tras el poder y la gloria, la escasez y la falta de seguridad los conducirían de forma repetida al conflicto entre sí. La violencia recurrente es un resultado del desorden normal de la vida humana. De alguna manera Hobbes —uno de los primeros pensadores de la Ilustración y un intrépido racionalista— era abiertamente optimista acerca de la capacidad del hombre de elevarse por encima del conflicto. Intuyendo un contrato social en que el poder de la violencia fuera cedido a un estado pacificador, fracasó a la hora de tomar en cuenta el hecho de que los humanos se adaptan a la violencia y a menudo la convierten en una forma de vida. (El novelista Cormac McCarthy presenta una imagen de ese tipo de vida en Meridiano de sangre, su recreación ficticia de las fronteras americano-mexicanas a mediados del siglo XIX). Cuando no es una forma de vida, la violencia es a menudo simplemente un método. Los suicidas-con-bomba son moralmente repugnantes pero también baratos y muy efectivos, porque despliegan un recurso fácilmente reemplazable —la vida humana— para obtener objetivos que podrían comprometerse si los responsables sobrevivieran para ser capturados e interrogados. Los humanos emplean la violencia por múltiples razones, y todo apunta que continuarán haciéndolo durante un futuro predecible.
Sin duda somos menos violentos en algunos sentidos. Pero es fácil para los humanistas liberales pasar por encima de los aspectos en que la civilización ha retrocedido. Pinker no es la excepción. De la misma manera que describe las matanzas en masa dentro de los países en desarrollo como pruebas de su atraso sin preguntarse acerca del carácter en que pueden conectarse de alguna manera a la paz del mundo desarrollado, celebra la “recivilización” de América sin preocuparse demasiado por aquellos que pagan el precio del proceso recivilizador. Concentrándose en grandes, en parte indefinidos cambios culturales —por ejemplo, una decadencia de los valores de la respetabilidad y el autocontrol en los sesenta, que nos explica llegó como resultado la influencia de “la contracultura”— ese análisis tiene el sabor de la prensa sensacionalista, que no mejora con su repetido recurso a unas estadísticas que no siempre nos ilustran.

Unas cifras destacan, sin embargo. “A principios de los noventas los americanos se hartaron de los asaltantes, los vándalos y los tiroteos.” El resultado es claro: “Hoy más de dos millones de americanos están en la cárcel, el índice de encarcelamiento más alto del planeta. Esto funciona con las tres cuartas partes de un porcentaje de la población total y supone un aún más alto porcentaje de jóvenes, sobre todo afroamericanos.” (De nuevo las cursivas son de Pinker). Las sorprendentes cifras de jóvenes negros encarcelados en Estados Unidos se deben al desproporcionado impacto sobre los negros del “proceso descivilizador,” de forma destacable el alto porcentaje de niños negros nacidos fuera del matrimonio y que Pinker ve como provocadores de una violencia potencial dentro de las familias (negras o blancas) que carecen de la influencia civilizadora de la mujer. Aunque el “encarcelamiento masivo” no ha revertido esta tendencia, “saca a los individuos más proclives hacia el crimen de las calles, dejándolos incapacitados.” El experimento americano de la encarcelación en masa es, aparentemente, parte integral del proceso recivilizador.
El vasto desarrollo del sistema penitenciario americano, que alcanza un tamaño no alcanzado por ningún otro país, no significa de por sí un avance en la civilización. Gran parte del alza de la población encarcelada tiene que ver con las políticas represivas respecto a las drogas, que Pinker apoya cuando observa: “Un régimen que persigue indiscriminadamente a los drogadictos o a otros pequeños delincuentes acabarán atrapando de paso a cierta cantidad de gente violenta, reduciendo las filas de la gente violenta que aún permanece en las calles. ” Aunque puede ser contraproductivo respecto al objetivo confeso de reducir el uso de las drogas, parece que el régimen prohibicionista de América ofrece medios útiles de machacar a gente problemática. La posibilidad de que encarcelar en masa a jóvenes adultos puede estar de alguna manera conectada a la ruptura familiar. El acceso desigual a la educación, la desaparición de empleos poco especializados, los recortes de ayudas sociales y una creciente desigualdad económica también se dejan a un lado, aunque esos factores explican a largo plazo por qué hay tantos negros pobres y tan pocos blancos ricos en las cárceles americanas hoy.

Hablando con el vendedor de aspiradoras y agente secreto británico aficionado James Wormold en Nuestro hombre en la Habana de Graham Greene, el oficial de la policía secreta, capitán Segura, se refiere a la “clase torturable”: aquellos, sobre todo pobres, que esperan ser torturados y que (según Segura) aceptan el hecho. Los pobres en América pueden no caer exactamente en esa categoría —incluso si algunas de las prácticas a las que se les somete en las prisiones estadounidenses no están lejos de la tortura. Pero existe ciertamente una clase encarcelable en los Estados Unidos, compuesta sobre todo por gente a la que Pinker describe como descivilizada, y una vez que ha sido definida de tal manera existe un tipo de lógica en consignar esa categoría de seres humanos a la custodia del bárbaro sistema de justicia americano.

El intento de Pinker de anclar las esperanzas de paz en la ciencia es profundamente instructivo, ya que sirve como testimonio de nuestra continua necesidad de tener fe. No necesitamos a la ciencia para que nos diga que los humanos son animales violentos. La historia y la experiencia contemporánea nos dan pruebas más que suficientes. Para los humanistas liberales, el papel de la ciencia es, efectivamente, explicar esta evidencia. Miran a la ciencia para mostrarnos que, a largo plazo, la violencia decaerá. El resultado no es más creíble que los esfuerzos de los marxistas para mostrar la necesidad científica del socialismo, o de los economistas librecambistas para demostrar la permanencia de lo que era hasta hace poco saludado como el Gran Boom. La Paz Prolongada es otra de esas ilusiones, y tan efímera como ellas.

Esta crítica del libro de Pinker fue publicada en Prospect. Traducción Juan Carlos Castillón.

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2 respuestas
Comentarios

  • oscar canosa dice:

    Debe de ser claro que semejante Explosion no nacio de ninguna Paz y si de una Gran Guerra.

  • oscar canosa dice:

    Ni hablar. El Humano nacio del conflicto y necesita de ese para crecer. El vehiculo para la agresion ahora? Internet. Menos sangre.