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Al borde del Bósforo

  • oct 08, 201100:23h
  • 16 comentarios

Cambiar el paisaje cotidiano en compañía de alguien siempre pone a prueba el amor y la amistad, te da la medida matizada de quiénes somos y quién es esa otra persona en situaciones límite. Se atan cabos sueltos, se compenetra más una relación o se descose por el área desgastada, sólo con el desplazamiento hacia lo desconocido. En general me atrae ese desafío, la idea de conocer mejor a seres queridos (y a extraños) durante un viaje, cuando las manías no se pueden controlar de la misma manera que en nuestro hábitat, y uno descubre incluso que la confianza no es sinónimo de armonía. Viajar con D. es abandonarse al desastre, en el sentido más aventurero de la palabra. Pero es una excelente compañera de viaje, y ahora que somos mamás y no tenemos la facilidad para alejarnos de nuestros hijos a menudo, aquellos peregrinajes nos proveen aún de material para soñar y planificar futuras travesías pendientes.

Estambul era un antojo extravagante para quien todavía no había visitado las grandes ciudades y los grandes museos de Occidente. Yo venía de Italia y D. de Miami. Ella llegaría antes que yo y utilizaría su tiempo de una manera especial: enamorándose. Para cuando llegué, ya prácticamente vivía con su nuevo amor, que no lo voy a negar, era adorable. Por supuesto, no es agradable quedar abandonada de manera abrupta en medio de una excursión con quien hemos planificado itinerario, hotel y comidas. Pero el amor es impredecible y, como justificación, poco menos que inapelable.

Cada mañana desayunaba en la terraza de la pensión mi té y un huevo duro, y luego salía a dar un paseo para hacer tiempo hasta que D. llegara con su novio —que trabajaba a la vuelta de la esquina vendiendo alfombras. En apariencia, nuestro itinerario conjunto seguía vigente, sólo que en el turno de la tarde. En cuanto salía del edificio una ola de hombres se me arrimaba. Nunca llegaban a tocarme, pero podía sentir sus alientos en mi cuello, salpicado con palabras en turco y en un inglés chapurreado. No sólo era conmigo, a cualquier turista sola le pasaba lo mismo. Como ya el 11-S había tenido lugar, yo cargaba con mi pasaporte cubano, que resultó ser algo conveniente cada vez que me olía algún tipo de descontento anti-norteamericano. Al encontrarme con D. nos bifurcábamos por los callejones del lado opuesto al camino elegido por la mañana y nos dedicábamos a pasear por la ciudad hasta la hora de la cena en la que nos volvíamos a juntar con S. Mi amiga y yo parecíamos parte de su harem, porque además existían una mujer y un hijo, en algún lugar. A veces nos quedábamos horas en la tienda de alfombras, fascinadas por el regateo inagotable. El té es un factor principal de estas horas perdidas; es como que sin la presencia de ese brebaje un tema no fuera importante, o siquiera real. Por lo tanto bebíamos ni se sabe cuántos vasitos al día, mientras jugábamos al backgammon con los trabajadores de la tienda –y siempre, pero siempre, perdíamos. En el patio de la tienda había unos bancos de madera situados junto a una reciente excavación en la que se habían descubierto construcciones subterráneas de antaño. Allí era donde merendábamos en grupo, incluyendo a la señora que se ocupaba de la limpieza y de preparar el té cada cinco minutos. Era amable, y nos hablaba dulcemente en su lengua horas y horas. Nosotras no la entendíamos (salam aleikum y aleikum salam, poco más), pero el hechizo de su voz nos bastaba. Sin embargo, en poco tiempo se creó una familiaridad asombrosa entre todos. Sin idioma y sin costumbres similares, surgía una ternura intrigante que nos relacionaba y creaba un legítimo interés por los detalles de nuestras biografías. Y no es que una se empeñe en encontrar a su tribu hasta en los lugares menos pensados, sino que en los aspectos básicos los seres humanos somos más o menos parecidos en todas partes.

A veces D. no llegaba a la hora acordada y yo regresaba a la pensión y me ponía a leer mientras la esperaba en mi cuarto, entre suzanis colgados de las paredes y cojines hechos de tejidos de ikats. Abría la ventana y ahí mismo estaba el puente solemne que une las dos partes de la ciudad, como un padre que sostiene a sus dos hijos. Modifiqué las rutinas, porque si hay algo que me desespera es la espera. En esos desayunos conocí a Bruno, un filósofo retirado de la zona de San Francisco, que ahora se dedicaba a leer y viajar. A primera vista tenía el aspecto típico de viejo verde, pero conocía la cultura del lugar y se le notaba una verdadera pasión por la diversidad del mundo y sus costumbres. Así pues, decidí adoptar un nuevo compañero de viaje para las mañanas y por la tarde regresaba a encontrarme con D.

Bruno, con sesentaitantos años, tenía una energía sobrada que yo llegué a envidiar a partir de las once de la mañana cuando ya quería detenerme a tomar el omnipresente té y él insistía en continuar la búsqueda de sitios poco comunes que se escapaban de los libros de viaje. Jewel finder, se hacía llamar. Su compañía me evitaba el acoso de hombres desconocidos de ojos profundos y voces viscosas, que se dedicaban a seducir a las turistas. Además, Bruno conocía bastante bien el imperio romano, bizantino y en especial el otomano, y la arquitectura seglar turca, así que con que abriera la boca y recitara el sermón panorámico de guía que tenía memorizado, me bastaba. Juntos fuimos al palacio Topkapi, que me deslumbró mucho más que el exceso de oro y los murales de los palacios y los tronos de Europa occidental. La cisterna, otra maravilla.

La frecuencia con la que D. y yo entrábamos al haman de Çemberlitas cerca del Gran Bazar era insólita. Salíamos medio atontadas, muertas de hambre y nos íbamos a un restaurante a reírnos de todo lo que habíamos visto en aquellos baños turcos, donde la natir, una especie de verdugo en femenino, nos raspaba el cuerpo como si intentara librarte de alguna plaga extranjera.

La comida, debo hacer hincapié en ello, era espectacular, excelente. Recuerdo haberme comido un bistec de alcachofa asada de un tamaño y frescura fuera de lo común. El pescado azul, las carnes con menta, las delicias turcas que comí en abundancia y con las que quedé puesta y convidada de por vida… El Bazar de las Especias también es algo alucinante. En ningún contexto se puede imaginar un espacio tan atiborrado de objetos, animales y cualquier entidad humana o no. Y recuerdo, además, el lloriqueo místico de los cantos, las infinitas horas en el Gran Bazar decidiéndonos por una gangarria, las caminatas a lo largo del Bósforo, las mujeres y sus velos, las mezquitas, la decoración de una gama compleja, desorbitada y colosal de arquitecturas, la magia que brota como si la ciudad estuviese compuesta por una piel llena de poros que crean un magnetismo absorbente y a su vez forman un filtro por el cual se vuelve imposible colarse.

D. alargó su estadía un mes más y luego su amor se fue desdibujando por culpa de la distancia y la diferencia religiosa. Bruno regresó a San Francisco y continuamos algún tipo de amistad mediante correos electrónicos en los que sin falta recibía postales de sus viajes. Hasta hace un par de años me llegaba de su propia cosecha un vino algo ácido que bautizó Bellydance, y que en una ocasión que visitó Miami me lo trajo en persona y recordamos e intercambiamos fotos y anécdotas de nuestro viaje a la hermosa Constantinopla, una ciudad romántica y misteriosa, llena de esplendor, rodeada de aguas sagradas, que me despierta a menudo el deseo de volver.

Grettel J. Singer
Miami

16 respuestas
Comentarios

  • Desde Costa Rica dice:

    Hmmm… interesante coincidencia. Hice un comentario con referencias a Turquía en el post dedicado a la repostería cubana sin saber que desde América ambos hemos hecho un viaje parecido. El mío incluyó un recorrido terrestre por el sur desde el puerto de Kusadasi hasta llegar a Estambul. Simplemente maravilloso.
    Volveré. Hay que volver. No tengo dudas.

  • pd dice:

    Gracias a todos por las correcciones. Incorporadas.

  • Sin Salida dice:

    Bueno, si nos ponemos a corregir faltas lo correcto, creo, es Palacio de Topkapi y no Topaki.

    Aunque yo solo he estado en Estambul vía alguna que otra guía turística de algún familiar y libros de historía.

  • OLPL dice:

    Se echa de menos un interactivo cronicón de digamos La Habana…

  • Miriela dice:

    Deliciosa lectura como siempre. Solo un detalle ortográfico: “Habían unos bancos” lo correcto es “Había unos bancos”. Verbo haber impersonal…

  • gracias, editor, había olvidado que estas crónicas siempre vienen acompañadas de una foto de la autora. tal vez esta me pareció más seductora que otras…

    y qué horror que sea yo la única mujer comentarista en este post…

    y hablando de chorreaderas, Amadeus, ud. siempre tan austrogermánico, chorreado de su espeso veneno quasi militar a pesar de las inevitables zapatillas de ballet de acero, siempre opinando con ecos de llanto hitleriano… mmm, ¿quiere más descripción, a mi estilo hortera?

    bueno, sepa ud. que entre la srta. Singer y yo existe una sincera, leve y linda amistad y que yo no dije que no me gustara el texto. he mencionado algunas cosas débiles que noté. y me molesto en hacerlo porque la srta. Singer ha tenido la gentileza de decirme que por lo general no le gusta lo que yo escribo, pero que aún así yo le caigo super bien .

    y guicho, viejo, afloja con la contundencia viril…

    y gjs, llámame cuando puedas…

  • Sin Salida dice:

    Cada vez que leo a Grettel me invade la melancolía de haber visto un tesoro que jamás puede ser mío; como la juventud que se me escapa.

  • Güicho dice:

    Ciudad mágica? No tanto, sino más bien asquerosa.

    En el puerto de Estambul probé un delicioso arroz con ostras y ostiones, servido en las propias conchas de molusco. Luego pasé por detrás del local y había un turco reciclando las conchas y el arroz sobrantes de los clientes, que iban a sendas cubetas y de ahí se servía de nuevo.

    Pero para hembras acostumbradas a la flacidez emocional gringa suele ser excitante.

  • Amadeus dice:

    Sonora y matancera
    ¿Y por qué no se dedica usted a escribir y lo hace mejor?
    Un texto me puede gustar o no, pero no hay que exigir que se haga como “a mi me gustaría”.

    Además, es muy hortera eso de “con música turca de fondo chorreando de cada oración”. Vaya, se le fue la pluma.

  • pd dice:

    Respuesta del editor: Para subrayar lo personal de estas crónicas de Miss Singer, se acostumbra a ilustrarla con fotos personales de dichos viajes.
    Se ha vuelto hábito, digamos, pero no por afán vendedor sino por añadidura. Más lindas las he visto ;-)

  • Juan Manuel Cao dice:

    ¿Por qué retórica? Yo lo veo clarito.

  • Tus crónicas de viaje son ricas; tus carnicerías, riquísimas. Tienes un
    estilo que gusta y complace a la mayoría de tus lectores de ambos sexos, por diferentes razones. Has madurado y mejorado
    como escritora desde que te leo. Pero por favor, no te creas los “deslumbrantes”
    y “excelentes”, y no permitas que tu ego se alimente de esos exclamativos
    fáciles, comodines para cualquier ocasión, soltados al vaho del wow.

    Y, editor… ¿por qué la foto seductora? No se vale, aunque aplaudo que haga lo que le plazca con lo que publique, pero no la venda a ella, la autora, venda su talento, que ella se vende sola.

    Si no fueras linda y sexy y otros piropos muy merecidos, los lectores inteligentes y de verdad interesados en tu narrativa te harían notar los errores ortogr., los saltos repentinos en la narrativa, los recovecos sin explorar, etc.

    A mí, por ejemplo, me hubiera gustado que esta crónica, con increíbles posibilidades por ser verdadera, tuviera más misterio con música turca de fondo chorreando de cada oración, al mismo tiempo que describieras más escenario, con tu usual desparpajo, natural e impredecible, como si me lo estuvieras contando por teléfono, entre carcajadas y “mijitas”.

    Más de eso, naturalidad, y menos “pasión” turca… y dale, que yo por lo menos te leo y te comento lo que me gusta o no.

  • arge dice:

    demasiada retorica

  • nicolas lara dice:

    solo,falto la alfombra voladora y los escritos de avicena.

  • Juan Manuel Cao dice:

    Deslumbrante. Escribes como se debe escribir.

  • Anónimo dice:

    Excelente crónica! Da ganas, eso, da ganas…
    Gracias.
    Gerardo Fernandez Fe