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¿El redescubrimiento de la cultura? (I de III)

  • Sep 24, 201111:10h
  • 5 comentarios

Intervención de Alexis Jardines en el encuentro de Estado de SATS “Pluralidad ideológica y socialismo en la Cuba actual”.

Gerardo Muñoz (Universidad de La Florida). En varias ocasiones el Profesor Jardines ha yuxtapuesto democracia y socialismo, apelando a la actualidad de la primera. En su última presentación en Estado de SATS, Jardines descartaba la posibilidad de una alternativa socialista, y recurría a palabras como pluralidad, libertad de expresión, derechos individuales, y democracia, para pensar el futuro político cubano. Pero estas palabras que denominan el statu quo neo-liberal de la mayor parte del mundo, ¿no están también hoy en crisis? Si bien el socialismo cubano, en su versión raulista, no es la solución, las experiencias de los 90s en América Latina, por ejemplo, explicitaron la crisis de los mercados y del modelo occidental de la democracia parlamentaria que se apropiaba por nuevos grupos oligárquicos. La pregunta entonces, es doble. Primero, ¿es cierto que no haya nada rescatable del comunismo —entiéndase esta palabra como idea central de la política en tanto la vida en común— y hasta qué punto nuestra tarea no es justamente pensar conceptos y palabras que no intenten tomar prestadas realidades exteriores, sino que hagan posible un futuro otro de la nación?

Alexis Jardines: Hay varias cosas implicadas en tu pregunta y, a mi parecer, sólo dos modos de responderla. El primero es el común, que asumiría el reto de contraponer la democracia neoliberal al socialismo y fundamentar las ventajas de la primera sobre el segundo, atendiendo básicamente al tema económico y al de las libertades individuales, los derechos humanos, etc. Por supuesto que ello entrañaría la idea —a contrapelo de lo que tú afirmas— de aprender de las experiencias ajenas y no desecharlas sin más. Estoy seguro que por esta vía también el socialismo saldría perdiendo ante las democracias liberales. Siguiendo tal razonamiento, te pudiera responder que, aun aceptando el punto de la crisis del modelo neoliberal para América Latina, debemos escoger, como aconseja el viejo adagio, “de los males, el menor”. En fin, que cualquier democracia, por defectuosa que sea, siempre será preferible al totalitarismo comunista.

Sin embargo, hay una segunda manera, más profunda, de abordar el asunto y creo que no debemos tomar las cosas tan a la tremenda como para buscar refugio en el comunismo cada vez que asoma una crisis neoliberal. Ante todo, debe recordarse que en mi anterior presentación en Estado de SATS yo más bien evadí la contraposición socialismo/democracia, entendiendo el fenómeno de la democracia como la forma específica de gobierno en la modernidad. Allí decía que la democracia es un espectro en cuyos extremos se sitúan el totalitarismo y la democracia neoliberal. Todos los sistemas totalitarios, agregué, surgieron en condiciones de apoyo masivo casi fanático. Por si fuera poco, el colectivismo es el rasgo peculiar de todas las formas de totalitarismo. Por esta segunda vía que se abre en la respuesta a tu pregunta es que se puede abordar la idea que mencionas, relacionada con nuevos conceptos para la Cuba futura. Y esto sí que es un verdadero reto, ya que las ciencias sociales no cuentan con teoría alguna que pueda ayudar aquí. Ya me referí en mi pasada intervención al agotamiento de las teorías del final de la historia (o el fin de las ideologías) y del choque de civilizaciones. No tenemos nada que pueda sustituirlas, como carecemos también de respuesta a la pregunta por la pretensión de universalidad de los valores de las democracias occidentales. ¿Deben tener validez universal los derechos humanos, de manera que rijan por encima de los particularismos étnicos y de las identidades? ¿Es la libertad un valor universal?

I
Comenzaré a desarrollar la respuesta a tu doble pregunta con una afirmación rotunda: no, no hay nada rescatable en el comunismo porque éste no pasa de ser una quimera, un ideal que no guarda relación con la vida ni con la estructura de ninguna sociedad concreta. Su fundamento teórico está notablemente envejecido y, lo que es más importante, carece de contexto cultural. El comunismo y el marxismo que lo alimenta son cosas del pasado y, en tal sentido, sólo podrían prender en sociedades de escaso desarrollo económico, político y social (digamos que en el Tercer Mundo). Sin embargo, tampoco aquí les auguro éxito, toda vez que ya está en marcha un proceso globalizador que también los haría superfluos en estas regiones del planeta. Por otra parte, cabría preguntar: ¿realmente el comunismo se puede construir? ¿Quiénes —con nombres y apellidos— serían los encargados de acometer tal proeza? Y si es una labor impersonal o colectiva, preguntémosle a la clase obrera que, en buena parte del mundo, ha desaparecido —y seguirá desapareciendo— antes que el Estado, lo cual es una fragrante contradicción en el seno de la teoría marxista. En las sociedades capitalistas más desarrolladas la clase obrera languideció mientras se conservó y fortalecieron tanto el Estado como la clase media y alta. (Nótese que no hablo de burguesía). La tesis de la extinción del Estado en el comunismo es curiosamente falsa y no solo por la inexistencia de eso que llaman “comunismo”, sino porque, a contrapelo de los Estados nacionales, que están perdiendo su protagonismo y sus fronteras producto de la globalización (y no porque el socialismo haya creado la base técnico-material de su extinción en el comunismo, según plantea la teoría) lo que vino a esfumarse fue el Estado socialista. La parte curiosa de la tesis es que tal extinción, en lugar de conducir al comunismo (re)condujo al capitalismo.

Me resulta vaga la definición del comunismo “como idea central de la política en tanto la vida en común”. De todos modos, no creo que deba ser esa la preocupación principal de la política. Más bien quisiera alertar sobre los peligros que entrañan los colectivismos, tanto el marxista como el anarquista. Ya ambos han tenido la posibilidad de probar su eficacia. La implementación de la teoría de Marx derivó hacia el sistema estatista del socialismo real, mientras que las economías libertarias del anarcocomunismo se pusieron a prueba por todo el planeta: América (EE UU), Europa occidental (España, Inglaterra) y oriental (Ucrania), el Medio Oriente (Israel) con resultados igualmente desastrosos al margen del Estado. Recientemente, Emilio Ichikawa ha escrito en su blog, bajo el sugestivo título de «“Socialismo participativo” es una redundancia; “más participativo”, un error», lo siguiente:

Los comunismos política y mentalmente existentes —como utopías escritas— son diseños sociales de fundamento colectivo. Ellos confían en que es el compromiso unitario de la masa la garantía de que pueda valer, después y dentro de ella, la identidad individual. El dictum más famoso del Manifiesto comunista llama a la “unidad” y pretende un paroxismo “participativo” .

Lo curioso es que tales participaciones son muy sospechosas porque en política no hay manera de hacerlas efectivas masivamente, de modo que todo termina —en lo que al desempeño del poder se refiere— con la mediación de algún(os) representante(s). Así, lo que se entiende por participativo es siempre una u otra forma de representación.

Puede decirse que, históricamente, todo colectivismo ha significado un retroceso y una restauración de la mentalidad feudal (“reproducciones modernas del feudalismo”, les llamó Peter Berger a los sistemas socialistas del XX). Si reparamos en los ejemplos más ilustrativos de economías libertarias vemos que el problema fundamental que enfrentan semejantes propuestas colectivistas es que no tienen en cuenta el carácter interdependiente de la economía. Entre otras cosas son utópicas porque creen que pueden sobrevivir aisladamente y, digo más, parecen estar dominadas por un deseo reprimido de volver a la pre-modernidad. Ya Antonio Rodiles y yo abordamos, en un encuentro pasado, el tema del pensamiento en red en contraposición al pensamiento estanco (por feudos). Cuando la situación no era tan compleja como la actual todas esas propuestas, ancladas en el modelo feudal, fracasaron (la Tienda del tiempo de Cincinnati y la Colonia Tiempos Modernos en el siglo XIX norteamericano, las colectividades de la Revolución Española de 1936, el Territorio Libre en Ucrania, durante la Revolución majnovista, los kibbutz de Israel, para no hablar ya de aquellas comunas originarias de Robert Owen, primero en Inglaterra y después en los EE UU). En suma, que el comunismo es irrealizable. Como colectivismo estatista es justo la omnipresencia del Estado su obstáculo principal, como colectivismo anarquista es el vacío de Estado lo que lo hace ser una utopía que jamás triunfaría en una situación de interdependencia económica a nivel planetario, en condiciones de una economía globalizada y compleja, a menos que se produzca un colapso a nivel mundial y la gente se vea arrastrada a comenzar desde el principio a la luz de un nuevo paradigma, pero ya esto no sería el comunismo de Marx, ni ningún corolario suyo.

Para entenderlo basta contrastar algunos planteos básicos de la teoría de Marx con situaciones más actuales. El punto de referencia aquí serán los finales del siglo XX y, particularmente, los años 80, período liberador que —dentro de un proceso global de expansión de la democracia— no sólo trajo la disolución del campo socialista, sino, como se sabe, la Internet, la comercialización a nivel planetario de los teléfonos celulares, el lanzamiento del primer trasbordador espacial, el euro (la primera moneda transnacional), pero, también, en el área de la filosofía política, una teoría que acompañaba todos estos cambios proclamando el fin de la historia —anunciado por Hegel— con el triunfo definitivo de la democracia neoliberal sobre el socialismo marxista-leninista. Apenas cuatro años después de la aparición del ensayo de Francis Fukuyama ¿El fin de la historia? Samuel Huntington provocó una gran polémica con su célebre texto ¿El choque de civilizaciones?. Eran tiempos convulsos y el pensamiento teórico supo estar a la altura de esos cambios. Aunque ambos trabajos constituían propuestas —y apuntaban a soluciones— diferentes, había un punto que los unía de tal modo que el segundo parecía una extensión natural del primero. Ese punto era la(s) cultura(s). En lo que sigue me esforzaré por ubicar, simplificando al máximo, algunas de las herramientas conceptuales que hoy necesitamos para entender la situación mundial y la de Cuba en particular. Mi tesis es la siguiente: el subdesarrollo no es tan siquiera un problema económico; antes bien, las variables del éxito y del fracaso de una sociedad son culturales.

Continuará…

Alexis Jardines
San Juan

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5 respuestas
Comentarios

  • Julio dice:

    Muy interesante. Estaré al tanto de la continuación porque yo también sostengo esa tesis que al final enuncia el profesor Jardines. Me gustaría leer su análisis.

  • Gabriel dice:

    El postulado básico del Marxismo dice que la historia se explica mediante al lucha de clases y que el mundo se encamina al triunfo de la clase proletaria para terminar en una sociedad donde habrá una sola clase y por tanto desaparecerá la explotación.

    Es imposible demostrar que eso no sucederá en el futuro, porque el futuro es inevitablemente desconocido. Entonces se trata de un postulado irrefutable.

    Por tanto el Marxismo no es una ciencia, sino una religión o una creencia.

    En la Edad Media muchos estudiosos afirmaban que existía una formula latina que permitia curar todas las enfermedades con solo pronunciarla. Es imposible demostrar que eso es falso, por que es imposible nombrar todas las fórmulas latinas posibles. La irrefutabilidad de esa afirmación demuestra que no se trata de un postulado científico sino de un mito o creencia.

    La ciencia se basa en postulados refutables. Las posibilidad de demostrar o no la falsedad de una afirmación es lo que diferencia a la ciencia de la religión o el mito.

    El Marxismo no es una ciencia precisamente porque es irrefutable.

  • Jacobo dice:

    Muy bien por jardínes. Muy debatible el terma. Espero las partes II y III para completar una opinión

    Saludos, Jacobo

  • don Pescozon dice:

    Para empezar, Gerardo Muñoz es estudiante en la Universidad de La Florida, no es profesor como se sugiere en este articulo.