- ago 13, 2011 • 11:32h
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Durante miles de años, el continente que hoy conocemos por América existió del todo aislado e ignorado del resto del mundo. Mientras Europa, África y Asia convergían desde la antigüedad en la cuenca del Mediterráneo, en torno a la cual edificaron sus centros de cultura —que alguna vez se unificaron bajo el cetro imperial de Roma—, un vasto territorio que se extendía indiscontinuo de polo a polo, y en el cual habían florecido culturas urbanas durante muchos siglos, era una inmensa isla que dos océanos separaban de las otras tierras, es decir, del mundo que tenía conciencia de sus límites.
Salvo por el mito griego de la Atlántida, catástrofe legendaria que justificaba la inmensidad del mar que se extendía al oeste de las Columnas de Hércules, o por los viajes que a principios del segundo milenio de nuestra era se afirma que hicieron los marinos escandinavos; los pueblos mediterráneos jamás supieron de la existencia de un segmento tan apreciable del planeta que habitaban. Preocupados en definir su configuración y límites, los geógrafos que primero concibieron la esfericidad de la Tierra excluyeron de sus cálculos la posibilidad de un territorio continental que estuviese desvinculado de los centros donde se habían desarrollado las culturas conocidas.
Con excepción de algunas islas fabulosas más allá de los lindes alcanzados por los fenicios, se creía que del extremo occidental de Europa hasta las primeras tierras de Asia no había más que agua. Así lo creyó Eratóstenes, que ya en el siglo III a. de J.C. llegó a calcular, con precisión que hoy nos asombra, el diámetro de la Tierra, y así lo creyó también, con resultados más erróneos, Ptolomeo, en el siglo II de nuestra era. Este último, pese a tener un conocimiento mucho más deficiente de geografía que Eratóstenes, fue adoptado por el magisterio de la Iglesia y aceptado como artículo de fe en el mundo cristiano hasta fines del siglo XV, cuando el descubrimiento de América y la posterior circunnavegación del globo lo hunden definitivamente en el descrédito. Así pues, la primera contribución de América a las culturas europeas sería la de rectificar las dimensiones del planeta. Es decir, una auténtica revolución en los estudios geográficos y en la cartografía, comparable tan sólo con el inicio de la era espacial casi quinientos años después.
Súbitamente, como si emergiera de lo profundo de “la mar océana”, aparece todo un mundo que los europeos justamente denominan “nuevo” y que, por el solo hecho de existir, de estar ahí, revoluciona la concepción del universo, el saber y los oficios, la ciencia de la navegación y las artes del comercio, la teología y la dieta. En su libro El continente de los siete colores, Germán Arciniegas resalta, con su gracia y ligereza habituales, algunas de estas contribuciones:
“Quien pide hoy en un restaurante de París un bistec con papas, y se lo traen poniéndole además unas rodajas de tomate, está comiendo algo que no conocieron en diecisiete siglos de la era cristiana los europeos. La papa y los tomates vinieron de América. Iniciar a los europeos en el gusto de la papa fue una proeza, y se recuerdan los nombres de quienes la introdujeron, como Parmentier en Francia, como si fuesen héroes… El tránsito de las llantas de hierro a las de caucho, y todo lo que ha sido esta goma elástica en la vida del hombre occidental, viene del caucho de América. En el campo farmacéutico, es infinita la variedad de plantas americanas que contribuyen a la salud y los vicios del hombre. El descubrimiento de las quinas abrió en el siglo XVIII un nuevo horizonte a la medicina; y la coca, tan útil, ha engendrado, por su abuso, el vicio. De América salieron el bálsamo de Tolú, la ipecacuana, la jalapa, el guayaco, la zarzaparrilla, la vainilla, el palo de Campeche, el palo brasil, el quebracho, el palisandro… y la papaya, la guayaba, la piña, el chile y las judías o frijoles, que de América llegaron a Europa desde el siglo XVIII. La flor más lucida que llegó a Europa es, quizás, la que a París llevó Bouganville”.
Sin embargo, al repasar los aportes de América a los pueblos mediterráneos, a la cultura occidental, la contribución más importante, la más trascendental —al menos en el orden del pensamiento— no resulta tan evidente como las papas, la coca y las buganvillas: América como inspiración y escenario del pensamiento utópico.
El término utopía —que literalmente significa “lugar ninguno”—, en un sentido estricto se refiere a una suerte de sociedad ideal habitada por seres humanos que han superado las pasiones y miserias de los hombres que pueblan las sociedades reales, y donde el orden, la justicia, las responsabilidades cívicas, el altruismo y la simple satisfacción de las necesidades se sobrepone al afán de lucro y a la infinita esperanza de poseer que ha sido indudablemente el motor del adelanto social y tecnológico de los seres humanos.
En un sentido más lato, el término suele aplicarse a visiones fantásticas de sociedades imposibles, o a relatos románticos de estados ficticios, y suele dársele ese nombre a cualquier esquema social, intelectual o político que resulte impracticable en el momento en que fue concebido y expuesto.
Perderíamos una premisa fundamental si no reconociéramos que el pensamiento utópico está profundamente arraigado en el espíritu humano e inextricablemente asociado a nuestras ambiciones de superación, a nuestra intrínseca condición de seres perfectibles. En las tradiciones y el registro escrito de casi todas las culturas puede encontrarse la noción de una Edad de Oro, de un estado de inocencia primigenio al que debemos volver, de un paraíso perdido que debe recuperarse.
La idea es, pues, bastante genérica; sin embargo, como concreción más específica del pensamiento utópico en la cultura occidental podemos citar la literatura mesiánica y apocalíptica judía y, entre los griegos, La República de Platón. El mesianismo y el apocalipticismo de los hebreos desembocan hacia los tiempos de Jesús en la doctrina del Reino de los Cielos, según la cual, la directa intervención divina establecería por fin el Estado de paz, justicia y concordia que anunciaron los profetas del período que antecede a la primera diáspora y que tiene, en muchos pasajes, un contenido francamente revolucionario: “todo valle sea alzado y todo monte sea allanado”, clama el vidente. El autor evangélico pone en labios de la Virgen un anhelo de reivindicación paralelo: “a los pobres llenó de bienes, y a los ricos envió vacíos”, dice la escogida de Dios en el Magnificat.
Es bueno subrayar que este concepto del “reino” que madura en el tuétano del judaísmo está muy imbuido de la visión teocrática del Israel postexílico: un establecimiento en que las funciones del monarca y del sumo sacerdote coinciden en una misma persona investida también con el ministerio de los profetas.
En La República el mito del paraíso perdido es el ámbito de las ideas puras; y la visión de la sociedad perfecta, el gobierno de los filósofos, que los hombres perciben tan sólo como sombras chinescas en el muro de una caverna.
“La tarea de nosotros que somos los fundadores del Estado —dice Sócrates por boca de Platón— será la de obligar a las mejores inteligencias a alcanzar ese conocimiento que ya nosotros hemos declarado como la máxima excelencia”. A pesar de los términos “obligar” o “compeler”, el filósofo no ofrece los instrumentos para acelerar el proceso, para establecer esa república o, como se diría en jerga marxista, para “la toma del poder”. Y ante la objeción que le hace su interlocutor, de que tales repúblicas de filósofos no existen en parte alguna, Sócrates admite su existencia como propósito moral, es decir, como utopía:
“En el cielo”, replicó Sócrates, “existe un modelo de esa ciudad, y aquél que lo deseare puede hacerlo suyo y regirse conforme a él. El que exista realmente o llegue a existir alguna vez tal Estado carece de importancia para él, porque él actuará conforme a las leyes de esa ciudad”.
Posteriormente, cuando el cristianismo convertido en Iglesia gobierna imperiosamente las conciencias, luego del derrumbe del imperio romano, no se registra la producción de mayores utopías. Habrá quien afirme que la Edad Media, con sus “instituciones fijas, su fe ciega y su aceptación de la autoridad, no era un suelo fecundo para el desarrollo de concepciones utópicas”. Yo creo más bien que la Edad Media congeló la utopía cristiana en el terreno político y social, al remitirla enteramente, por obra de sus teólogos, al plano del ultramundo.
No sería, pues, hasta la llegada del Renacimiento, cuando las instituciones medievales se resquebrajan y los hombres se despiertan a la realidad de que los gobiernos se han convertido en corruptos y tiránicos, y las relaciones sociales en injustas e inmorales, que reaparecen estas obras que proponen nuevos modelos sociales y políticos. En el trasfondo de la agotada sociedad medieval se dibuja ahora un territorio virgen, agreste, prometedor, que estimula los sueños de pensadores y aventureros de Europa. El Nuevo Mundo es también una novedad en el ámbito de la especulación y el pensamiento.
La primera de estas obras es la que le da nombre al género en los tiempos modernos, Utopía, de Thomas More, escrita en 1516, mucho antes de que su autor llegara a ser canciller de Inglaterra, muy distante aún de la tragedia que lo promovería a la santidad. Al igual que Gran Bretaña, ese topos ficticio sobre el que More escribe, es una isla; pero a diferencia de aquélla, está regida por la uniformidad y el orden: “Hay cincuenta y cuatro ciudades en la isla, todas ellas grandes y bien edificadas: las maneras, las costumbres y las leyes de las cuales son las mismas. Las que quedan más próximas se encuentran por lo menos a unas 24 millas de distancia unas de otras, y las más remotas no se hallan tan lejos, de manera que un hombre puede hacer el trayecto en un día de camino”. Por supuesto, esta isla se encuentra en un locus idilicus del Poniente que no es difícil de situar en las tierras que los europeos comienzan a poseer más allá del Atlántico.
El ascetismo de More —que acaso era la máscara de su soberbia— se encargó de subrayar la conducta casi monástica de los habitantes de Utopía y la sencillez que presidía las costumbres de su gobierno, muy diferente sin duda a la pompa de la corte de Enrique VIII: “El Príncipe mismo”, apunta More, “no se distingue por nada en particular, ni vestidos, ni corona, tan sólo se distingue por una gavilla de cereal que le precede”.
Sin detenernos en trabajos de menor trascendencia, como algunos tratados escritos por Vives, el versátil humanista español —De corruptis Artibus y De Tradendis Disciplinis en los cuales se propone una utopía pedagógica fundada en los más elevados principios educativos, científicos y morales, o lo que hizo Anton Francesco Doni en I Mundi celesti, terrestri et infernali (1552-53) que satirizó los vicios sociales y políticos de Italia; el pensamiento utópico encuentra sus mejores exponentes después de More en dos escritores del siglo XVII que, en armonía con el espíritu de la época, concibieron utopías filosóficas e intelectuales “en las cuales, por medios de los nuevos métodos de experimentación científica, habría de remodelarse el orden social e intelectual”. Tommaso (o Giovanni Domenico) Campanella, un monje dominico de Calabria, publicaría en 1623 La ciudad del sol, y Francis Bacon, pensador de las postrimerías de la época isabelina, publicaría su Nueva Atlántida en 1627.
Aunque estas obras estaban menos orientadas hacia un proyecto político —a diferencia de la Utopía de More y El contrato social de Juan Jacobo Rousseau— enuncian, desde el título, su influencia del mito americano. Campanella y Bacon comparten la rebelión intelectual de su tiempo contra los excesos de la inquisición, la misma que le había impuesto la retractación a Galileo y había tenido a Campanella en la cárcel durante muchos años. Ambos publican sus obras cuando colonias de peregrinos, con una visión austera del mundo, se van asentando en la costa oriental de las posesiones inglesas de Norteamérica, colonias en las que el espíritu público se infundirá de otras utopías europeas del siglo siguiente que, a su vez, por virtud de su propia naturaleza y acciones, volverán a estimular el pensamiento utópico en el futuro, estableciendo una suerte de movimiento sinérgico en el terreno de las ideas políticas y sociales. Esto pasa tanto en la América española y francesa como en los dominios de S.M. Británica.
En 1730, más de tres décadas antes de que Rousseau escribiera El contrato social, los comuneros del Paraguay hicieron una revolución cuyos postulados “parecen el borrador de las páginas fundamentales del ginebrino”. Y la obra de éste tendría inmediatas resonancias en América, donde alimentó el ala liberal de los líderes rebeldes de las Trece Colonias norteamericanas y, más tarde, de los que seguían las mimas ideas en otros lugares del continente, ideas que vuelven robustecidas al viejo mundo para reencarnar en los principios de la revolución francesa que repercuten de nuevo en la otra orilla. Arciniegas no duda en situar el origen de esta influencia del lado americano:
“Hay una virtud política que llegó a Europa para estimular los grandes movimientos de los tiempos modernos, desde la raíz del romanticismo hasta las fórmulas liberales de la democracia. Es la virtud que exaltó en el siglo XVIII el ideal del buen salvaje, y llevó a destruir las coronas en busca de un mundo liberal. Esa idea ya se había expresado en las revueltas de los comuneros del Paraguay de la Nueva Granada, y culminó en la revolución de las colonias inglesas para dar nacimiento a los Estados Unidos. La república, que de América pasó a Francia, señaló la nueva ruta de los Estados”.
Así pues, la utopía, que la descomposición del régimen medieval y el descubrimiento de América hicieron resurgir en Europa, encontraba en el mundo americano un escenario donde realizarse. El “lugar ninguno” de More, reinterpretado por la Ilustración, no era la isla que inventara el martirizado canciller inglés, ni la Civitas solis del fraile Campanella, sino un vastísimo continente en el que, abolidas, sojuzgadas o asimiladas la poblaciones nativas, los emigrantes europeos contaban con inmensos recursos y posibilidades para el experimento político y social. El experimento no tuvo el mismo nivel de éxito en todas partes, pese a que casi en todas partes se ensayó. En los Estados Unidos resultaría paradigmático. En lo que hoy conocemos por América Latina —donde las poblaciones autóctonas eran más numerosas y los estamentos sociales más lastrados por los criterios señoriales del Medievo— sería mucho más endeble. No obstante, los principios que se aplicaban habían pertenecido, en gran medida, a los dominios de la fábula en las tierras de origen de los inmigrantes, donde América había sido, desde su descubrimiento, en primer lugar, inspiración, referencia, topos fantástico, territorio de la imaginación, y luego, el sitio donde esa imaginación se concretaba.
Alexis de Tocqueville, que recorrió los Estados Unidos de principios del siglo XIX, y que nos dejó en su libro Democracy in America uno de los análisis más lúcidos que jamás se hayan hecho de la sociedad norteamericana, decía que “la circunstancia fundamental que ha favorecido el establecimiento y el mantenimiento de una república democrática en los Estados Unidos es la naturaleza del territorio que los norteamericanos habitan. Sus antepasados les dieron el amor a la igualdad y a la libertad, pero Dios mismo les dio los medios de permanecer iguales y libres al situarles sobre un ilimitado continente, que está abierto a todos sus empeños”.
Esta amplitud territorial no es sólo extensión física, sino despojamiento, abandono de prejuicios, olvido o menosprecio de antecedentes y de patrimonios ancestrales, carencias, en fin, que favorecen la igualdad. América, y en particular los Estados Unidos, es el verdadero hogar del hombre ordinario donde, al amparo de los ideales de la Ilustración y el Enciclopedismo —matizado afortunadamente por el pragmatismo anglosajón— se hizo realidad la utopía que, de nuevo, volvería a Europa a engendrar otras quimeras: el comunismo marxista entre ellas.
Esto nos lleva al lado oscuro o siniestro del pensamiento utópico: la regimentación ordenada, la equidad impuesta, la justicia brutal, la represión, en fin, de los individuos reales, de carne y hueso, en pro de un hombre nuevo, impecable, componente artificial de una sociedad fantasmal. El estalinismo es la apoteosis de esa sociedad, pero sus principios y los métodos que recomienda son más antiguos y se pueden rastrear sin dificultad en los textos clásicos.
En Utopía, dice More: “En todo el campo se han construido granjas de agricultores…preparadas con todas las cosas necesarias para las tareas agrícolas. Los habitantes de las ciudades son enviados por turnos a habitar en ellas… Cada año, veinte familias regresan a la ciudad, luego de haberse pasado dos años en el campo, y en su lugar son enviadas otras veinte de la ciudad, que pueden aprender las tareas agrícolas con los que ya llevan un año en el campo”.
En su isla, More esperaba ver cumplidos sus principios de moral sexual: “sus mujeres no se casan antes de los dieciocho, ni sus hombres antes de los veintidós, y si alguno de ellos se entrega a placeres prohibidos antes del matrimonio es severamente castigado”. A los que deshonran el lecho matrimonial se les castiga con rigor, pero el adúltero y la adúltera son castigados con la esclavitud”.
Campanella, que puede ser mucho más drástico, suena como un precursor del islamismo de los talibán: “Por tanto, si alguna mujer se pinta la cara para embellecerse, o usa botas de tacones para parecer más alta, o vestidos con vuelos para que le cubran los suecos, es condenada a la pena capital”.
La idea de una sociedad mejor y más justa, que en América del Norte se convirtiera en una aspiración realizable con la instauración de una nueva república, no tardó en mostrar sus rasgos más siniestros cuando trató de llevarse a la práctica en la vieja Europa. La revolución francesa de 1789 magnificaba y distorsionaba los logros de la revolución americana. El ideal de la república y la igualdad ciudadana, que cuajaban en América en el establecimiento de una sociedad mucho más libre y civil, se tornaban en Francia una tiranía demagógica que, con la excusa de edificar, demolía las instituciones y esclavizaba a los ciudadanos. Carentes de la responsabilidad y la autonomía que durante mucho tiempo habían gozado los colonos ingleses que fundaron los Estados Unidos, los revolucionarios franceses pretendieron hacer todas las cosas nuevas y, en lugar de eso, inventaron el totalitarismo.
El Estado todopoderoso que suplantó el refinado paternalismo del Ancien Régime, hijo natural del pensamiento utópico, ensombrecería ominosamente eso que se conoce por historia contemporánea: el socialismo y, en alguna medida, el anarquismo, del siglo XIX, y el nazismo y el comunismo del siglo XX, serían los monstruos engendrados por el sueño de la razón. Sueño que se vio robustecido por los triunfos científico-técnicos de la revolución industrial, que encontraría sus mejores intérpretes y expositores entre los pensadores y filósofos del positivismo. El teléfono, la luz eléctrica, el motor de combustión interna y unos cuantos inventos más de la segunda mitad del siglo XIX, en tanto acrecentaron la vanidad intelectual del hombre, ayudaron a disfrazar la utopía con los ropajes de un untuoso cientificismo. El marxismo, retacería del pensamiento decimonónico, era More y Campanella pasados por Hegel; el extremismo de Babeuf con el lenguaje intelectual de Comte; el advenimiento del Reino de los Cielos, conforme al violento sectarismo de la literatura apocalíptica, enmascarado con unos andrajos de economía política.
Como otros antes que él, Karl Marx vio en América, en particular en los Estados Unidos, el territorio donde, mejor que en cualquier otra parte, podía llevarse a vías de hecho el modelo de su nueva sociedad. En Estados Unidos se desarrollaba entonces lo que llegaría a ser la industria más poderosa de la tierra y, en consecuencia, crecía y se articulaba un poderoso movimiento obrero, las premisas que el marxismo original proponía como condiciones indispensables para saltar a la nueva etapa de la sociedad: el desarrollo de las fuerzas productivas. El paso siguiente e inevitable, el enfrentamiento entre patronos y obreros —la contradicción de las relaciones de producción— no tardaría en ocurrir.
Durante las últimas décadas del siglo XIX, la pujanza de socialistas, comunistas y anarquistas parecían ciertamente afirmar que una sociedad regida por un igualitarismo destructivo o por el autoritario colectivismo estatal podría llegar a establecerse en Norteamérica; pero el apego a la libertad individual y las legítimas ambiciones de prosperar en un territorio que ofrecía inmensas recompensas, frustraron este proyecto. En Estados Unidos sobreviviría la ingenua fe en el progreso que los norteamericanos heredan de la Ilustración, pero también el sentido común y el respeto al derecho que los primeros colonos traían de sus orígenes.
La utopía comunista, alentada por la dinámica del mundo americano, tuvo que pensar en prosperar en países que no se ajustaban demasiado al esquema marxista. Habría de ser Rusia, una de las naciones más atrasadas del viejo mundo, la que estrenara el experimento. La extensión del comunismo por media Europa y otros continentes fue tanto una secuela de la Segunda Guerra Mundial como manipulaciones de caudillos tercermundistas. La gran utopía del siglo XX, contrario a lo que Marx creyera, se recomendaba ahora como receta en los países más atrasados.
En Latinoamérica, donde el proyecto de una sociedad nueva quedó más bien a medias —acaso por la presencia de civilizaciones indígenas más populosas y avanzadas en esas tierras y por la menor dosis de independencia de los colonos que en ellas se asentaron—, las utopías también se malograron y los escasos experimentos colectivistas, o de sociedades regimentadas —como el de los jesuitas en el Paraná, o la refinada dictadura del Dr. Francia en el Paraguay— no fueron más que máscaras de la tiranía. Sin embargo, es justo apuntar que el continente cuyo descubrimiento revivió en los europeos el mito de una sociedad perfecta y de un hombre nuevo, seguía ejerciendo su hechizo cinco siglos después de la aventura de Colón. Los cubanos hemos sido víctimas de ese espejismo, de la fe que muchos en Europa —y en América— quisieron prestarle a la utopía que se trataba de imponer, a sangre y fuego, en esa “isla del sol” del Caribe, aún después de que los crímenes de Stalin hubieran sido denunciados y documentados.
Al tiempo en que se conmemoraba el V Centenario del encuentro de las culturas europeas con América, las ideologías políticas —salidas de esos esquemas clásicos, herederas de esos programas que por tantos siglos quiso imponernos la teología y la filosofía y que se vieron robustecidos por la aparición de este continente— se desplomaban en medio mundo, y una ola de escepticismo y de filisteísmo parecía imponerse en todas partes. El hombre común, inmediatista, consumista, harto de especulaciones y de sacrificios hechos en nombre de quiméricos proyectos intelectuales, se solazaba de haberse liberado al fin de los tratados donde, minuciosamente, le habían prefabricado su alegría; y en los mismos sitios donde hasta hacía poco había imperado el dogma del super-Estado los seres humanos de carne y hueso le abrían puertas y ventanas a lo inmediato y se desinteresaban de los mirajes que alguna vez los sedujeron. Aunque con algunos brotes recurrentes en los últimos años de la fiebre socialista —si bien de baja intensidad— vivimos todavía en el mundo desideologizado que se impuso tras el derrumbe del comunismo.
Sin embargo, aunque celebremos la derrota de esas perversiones del pensamiento que engendraron tan pavorosos regímenes políticos, ¿no sigue siendo lícito el aspirar, proponer y defender una sociedad mejor y más justa? ¿No es pertinente, hoy como ayer, en tanto afirmamos los derechos del hombre y la mujer ordinarios, anunciar también el advenimiento de un “Reino de Dios” como promesa de la Historia? ¿No sentimos, ciertamente, muchos de nosotros, la necesidad de hablar de valores, de principios, de aspiraciones ennoblecedoras cuando el mercado y sus leyes parecen adueñarse de todo el horizonte del espíritu?
Sinceramente avergonzados de las aberraciones y los imperdonables excesos que produjo nuestra soberbia intelectual, con el estéril sacrificio de millones de nuestros semejantes, debemos —pienso yo— no conformarnos con el escepticismo que parece signar esta época y, más allá de la arruinada fábrica de las ideologías, adentrarnos en este sexto siglo de América sin abandonar el rumbo de ese “lugar ninguno” que la humanidad debe seguir teniendo en la carta náutica de sus sueños.
Vicente Echerri
Nueva York






Gabriel tiene razon. Fue Eratostenes, unos 250 años A.C.
Eratostenes era brillante. Entre sus muchos logros esta la invencion del colador.
Desafortunadamente, como que era griego y solo hablaba ese lenguaje los arabes nunca se enteraron de este importante invento, y es por ello que hasta el dia de hoy siguen tomando el cafe con borra.
Gabriel, eso de que Erastostenes fue el primero que midió la circunferencia de la Tierra es una falacia que ya ha sido denunciada por más de un estudioso. Infórmese mejor!
Es que Jacobo sigue con las ideas socialistas de antaño.
Una pequeña puntualización: con el descubrimiento de América no se rectificó el tamaño de la Tierra, simplemente se precisó.
Supongamos que te ponen en el medio del campo y te dicen: “ahora mide el diámetro de La Tierra.” La cosa no resulta nada fácil. Hay que estimar correctamente la distancia entre dos puntos bastante alejados. Después hay que medir la inclinación de los rayos solares el mismo día y a la misma hora en esos dos puntos. Y finalmente viene lo fácil: hacer algo de trigonometría.
El primero en hacerlo fue efectivamente Eratostenes, y casualmente lo consiguió con una precisión sorprendente. Después vinieron unos cuantos que lo hicieron con mucha menos precisión.
En la época de Colón había unos cuantos cálculos hechos con resultados muy dispares. Los portugueses no le creyeron a Colón porque confiaban en los cálculos de Eratóstenes. Colón convenció a los Reyes Católicos de unos cálculos que daban un diámetro mucho menor del real. Por eso los europeos descubrieron América.
Concuerdo con El Utopico.
Vicente Echerri nunca deja de impresionarme, a pesar de que estamos ubicados a gran distancia en el espectro politico.
Un hombre de gran erudiccion, de gran capacidad analitica y con una prosa clara y nitida que hace leerlo un placer.
Es una pena que su religiosidad y otros prejuicios, mas de una vez, hayan forzado una disertacion brillante suya a concluir en un absurdo. O lo hayan llevado a defender alguna posicion indefendible, como la de Terry Jones, el “Reverendo” chiflao aquel que quemo el Coran.
En fin, nadie es perfecto. Por lo menos Echerri eleva el nivel de la discusion muy por arriba del usual en estas partes.
..sin contar que deja en el polvo a las hordas de intelectualoides cubanos (eg, Ichikawa), con pretensiones de seriedad que pululan en red.
Increíble Jacobo, tiene tanta confusión en su cabeza, que ni siquiera le concede a Echerri el virtuosismo de su síntesis, para conducirnos con lucidez por un compedio histórico de las ideas, las utopías, las ideologías, el estado y las terribles consecuencias de su gestión a lo largo de la historia. El artículo de Echerri es un magnífico ejercicio intelectual que nos recuerda que se vale soñar, pero que hay que tener cuidado con lo que se sueña, aunque no debemos dejar de hacerlo, porque si se muere la cap;acidad humana de crear utopías, entonces todo es mercado, incluso para el espíritu. Jacobo, en su pedante soberbia, pretende hacernos creer que el articulista no ha leído la obra de Engels que ha quedado tan rebasada y desfasada hoy día en el desván desvencijado del materialismo histórico, como herramienta de descrédito, y termina desacreditándose así mismo. El negador negado.
Por favor, que su lucidez no alcance para medir la claridad de este resúmen o el hecho de que ideológicamente no le llene sus ambiciones, no significa que los demás veamos luz donde usted ve sombras.
Reino de Dios?
Por favor, si lo primero que tenemos que hacer para crear algo que se parezca a una Utopia en un futuro (suponiendo, muy improbablemente, que esto fuese posible) es eliminar el concepto de Dios — y de las religiones, que son parte indivisible de ese concepto.
Parece que a VE se le olvida que la religion ha hecho correr mas sangre humana que todos las tiranias que han existido a traves de los siglos juntas.
Y nada mas hay que ver como se comportan hoy, en el Siglo XXI, los ultrareligiosos del mundo como los judios ortodoxos, los “evangelicos” americanos, o los extremistas musulmanes, para percatarse que un lavado de cerebro que los libere a todos de sus dogmas — que no son mas que una horripilante esclavitud autoimpuesta — le haria un bien enorme a la humanidad.
Y al amigo Vicente tambien, porque si bien es imposible disentir de su propuesta de aspirar a una sociedad mejor (dentro de los limites que permite la corrupcion y los impulsos violentos geneticamente programados en buena parte de la humanidad), su solucion, apelando a una supersticion como guia, le hace perder autoridad.
“El Desarrollo Social a través de la Historia” según Don Vicente Echerri.
Creo que a Don Vicente se le han cruzado los cables de manera irreparable, todo un amasijo. No perdonó ni a los pobres jesuítas que crearon en Paraguay la primera sociedad comunista de América. No es capaz de separar los períodos históricos en diferentes etapas, cada una con sus propias características, basadas en sus relaciones entre las personas y los medios de producción.
Podía empezar, para desenredarse sus ideas, por estudiar el “Origen de la propiedad privada, la familia y el Estado.” No se preocupe, no es contagioso.
“Babbeuff” : Babeuf