- ago 05, 2011 • 12:08h
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Supongo fue en el 98. Soy bioquímico y por entonces trabajaba en un laboratorio de genética molecular, consagrado a la creación de vacunas recombinantes para uso en humanos. Dengue, Hepatitis B y C, meningitis bacteriana, HIV, y exquisiteces así.
Éramos un buen equipo. Gente del Primer Mundo en el Polo Científico del Oeste de La Habana, en esa mole sepia que aparece al dorso del billete de 50 pesos cubanos: el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB).
Después de estudiar en una Facultad de Biología con excelentes profesores pero sin un quilo ni para medio litro de agua medianamente destilada, el CIGB era la apoteosis de la libertad investigativa. Adscrito, por supuesto, a través de José Millar Barrueco al Consejo de Estado, contábamos con internet antes de la internet cubana, corríamos cualquier estilo de electroforesis, usábamos radioisótopos y sintetizábamos nuevas biomoléculas, todo con reactivos al por mayor Made in USA y, lo más importante para un lector voraz como yo, todo gracias a las revistas casi del día Printed in USA (y a los reprints que en especial los colegas yanquis nos enviaban a La Habana por un correo especial).
En uno de esos cubículos del piso 7B cayó como una bomba el informe. El Informe contra mí mismo, de Eliseo Alberto. Calculo fue a principios de 1998, más o menos cuando la vertiginosa visita del Papa Juan Pablo II a la Isla (oí galvanizado a Pedro Meurice uno de esos sábados laborables en mi laboratorio, cómicamente llamado G-2: Genética-2).
El libro, como tantos otros hallazgos editoriales de los años 90s, venía ya desguazado por el pase-pase clandestino de mano en mano. El nombre de Eliseo Diego me decía muy poco entonces. Y ésta sería ahora la biografía disidente de su hijito exiliado. Punto y aparte.
Así, con esa ignorancia insultante de profesionales, le entramos al mamotreto. De uno en uno, y sobre todo de una en una, nombres queridísimos que conservaré para siempre en la punta de mi lengua y que no mencionaré mientras estén en riesgo de ser acusados de conservar aún mi amistad. Leíamos siempre robándole horas de sueño a las madrugadas de fermentación o Polymerase Chain Reaction o secuenciación de ADN, aprovechando las meriendas nocturnas, la sobre-iluminación y el exceso de aire acondicionado que nos hacían vivir en una realidad casi virtual, futurista, donde el Período Especial era una sólo una pesadilla que nuestro solapín electrónico exorcizaba a ras de garita. Una pesadilla triste como la muerte a la que el tal Eliseo Alberto se encargaba ahora cabronamente de despertarnos.
Hubo, por supuesto, quien negó tres veces la prosa de Lichi. Y con toda la razón del mundo, además. Porque Informe contra mí mismo no es para nada un texto verosímil. Ni viviéndolo uno se cree tanta bestialidad incivil (las sutilezas de la Seguridad son peores que sus juicios sumarísimos y calabazos a perpetuidad). Hubo quien dejó de leer a mitad de libro, con lágrimas ideológicamente inoportunas corriéndole en público por la cara al intentar sin éxito defender al autor (cómo no enamorarme de semejante visión). Hubo quien leyó y sonrió o hizo mutis (todavía lo hacen y es su derecho). Dos o tres veces intentamos comentarlo de manera jovial en algún tiempo libre, chequeando las listas de exiliados y destinos foráneos para actualizarlas. Y hasta aquí el debate. Como ciudadanos del micromundo de enzimas y plásmidos, no estábamos preparados para polemizar políticamente mucho más.
Tampoco podíamos. Ahora, cuando buena parte de aquellos colegas están radicados en el exilio, entiendo mejor por qué. Cada cual arrastraba su propio informe contra sí mismo, contra nosotros mismos. A más de uno se le vetó de vivir bajo el mismo techo con familiares tan cercanos como sus padres, si es que deseaban permanecer contratados en el CIGB, pues al no resultar confiable su casa en la “verificación”, podría contaminarse allí o ser manipulado para revelar secretos de Estado (espero este párrafo no lo sea): a cambio, el CIGB les ofrecía un apartamento prestado justo al cruzar la esquina de 31 y 190 (después de una década, aún conservo esa dirección de memoria, P.O.Box 6162). A más de uno se le amonestó por no votar unánimemente en público. A más de uno se le culpó de escribirse con el enemigo. A muchos se les expulsó luego de acusarlos de pornógrafos (alguna vez alguien tendrá que explicar el nexo jurídico en Cuba entre pornografía y contrarrevolución) y de robarles información privada (incluso empleando la técnica tétrica de los micrófonos secretos).
Lichi ha muerto como si nada el fin de semana pasado. Jamás he vuelto a ver una copia de aquel libro; sí de sus múltiples novelas que, confieso, como toda la novelística cubana más o menos bien hecha, no le detecto demasiado encanto. Estoy más solo que la mierda mientras tecleo estas líneas de madrugada, con la vieja tara biotecnológica de trasnochar, pero no me siento nostálgico ni antropológicamente dañado, ni ansío una catarsis más o menos literaria o libertaria. Soy libre. Más libre de lo que jamás hubiera soñado con mis guantes cancerígenamente enchumbados de bromuro de etidio o fósforo alfa o poliacrilamida. Sólo me entra la duda de cuántos de mis colegas lo recordarán.
Sólo me entra la duda de cuántos de mis colegas me recordarán.
Orlando Luis Pardo Lazo
La Habana





orlando de que curso de medicina eres,puedes escribirme a mi correo pues ahi esta ,yo soy del 75 y termine en el 81,trabajo me dio salir de cuba y voy a decirte algo por primera vez en mi vida me senti libre cuando aborde el vuelo de mexicana de aviacion aun con miedo de que fueran a virarlo y bajarme.un dia la directora de mi hospital me dijo que me iba ha hacer un papeklon que no me iba a ir mas nunca y por alla por el 2004 me llamo la contrinteligencia para decirme que ellos sabian como yo pensaba ,creo que solo lo hicieron para que yo supiera que ellos sabian.tengo muchas anecdotas y vivencias de lago que no quiero olvidar porque la memoria historica alguien tiene que mantenerla ,la historia no se va ha reescribir,la hemos escrito todos los cubanos.un abrazo.tu trabajo es magnifico.
eduardo.
Orlando estudiastes en la escuela de Medicina empezando 1976, o despues de esa fecha, la luz del terror nos ilumino a todo y mas nos silencio porque cada uno lleva un censor dentro, pero dentro de ese sistema sale la mala yerba o buena que corrige al sistema mire la Union Sovietica dio a Stalin pero tambien a Sajarov, a Cuba un dia le saldra un Sajarov para redimirnos.
Orlando tu lo que bajas es coquito con mortadela.
Siempre tocando le fibra sensible.
Un saludo y felicitarte por tu trabajo y tu libertad personal.
desde los anos 60 la practica de “presionar” a los familiares y amistades de los presos politicos pendientes de “juicio” o sencillamente a conflictivos en proceso de investigacion, se ejecutaba al 100%. en unos casos el policia “bueno” se aparecia con aquello que asi saldrian el padre o el hermano libre; en otras el policia “malo” metia en villa al hijo adolescente mientras el “bueno” iba a ver a la madre-esposa para que colaborara. lichi que en paz descanse, tuvo suerte.
Muy bueno Orlando, un relato de primera… duros de exorcizar esos demonios. Saludos.
Orlando, bioquímico eres más adorable.
Flaco, tu relato es sordido, excelente y por desgracia real. Eliseo es uno de los tantos olvidados y “supuestamente borrados” por la nomenclatura cubana. Coincido con Cabrera infante en “mea culpa”..casi toda la buena literatura cubana se escribio y escribe desde el exilio, incluso Jose Lezama escribio al final desde el exilio de su casa. Quizas asi se sentia tan libre como te sentiste tu cuando escribiste esta cronica.
Pues sí, muy buena crónica. Ya me habían echado con todos los honores en el 1998, así que no tuve la suerte de coincidir con Orlando Luis, pero es la misma atmósfera… A ver si me animo a escribir sobre aquellos días, algún día.
Excelente cronica!
!Un gran cronista ! Ese mundo subterráneo y romántico del profesional cubano, siempre con la añoranza de como será vivir ” afuera “, olvidando con su añoranza la mala hora de adentro. Muy buen artículo.
Yo te recuerdo Luis Orlando aunque nunca hablé contigo teníamos varios amigos en común que no mencionaré por razones obvias. Saludos y ánimo desde un mundo paralelo al otro lado del globo