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Topografía del terror

  • jul 12, 201109:37h
  • 12 comentarios

Los alemanes no quieren olvidar el horror. Hacen bien. El arrepentimiento no consiste en ignorar los crímenes propios, sino en tenerlos presentes a cada momento, para que el dolor y la vergüenza nos impida volver a cometerlos. Esa es la función de la culpa.
Berlín no sólo es la capital de Alemania: también lo es de la pena que hoy siente esa sociedad alemana actual por los crímenes cometidos por las generaciones de los nazis y de los comunistas. En una plaza especialmente hermosa de la ciudad hay un edificio esbelto que lleva el nombre de “Topografía del Terror”. Más que un museo es un latigazo en la conciencia. Alberga explicaciones claras y pedagógicas de cómo los nazis tomaron el poder en 1933 y de las instituciones que luego desataron la más cruel carnicería de la historia: la Gestapo, las SS, el siniestro circuito de campos de concentración donde exterminaron a millones de personas. En las paredes, junto a Hitler, están sus principales cómplices: Himmler, Goering, Eichmann y el resto de la banda criminal.

Hay una sección especial dedicada a las víctimas. En primer lugar, claro, están las razas enemigas encabezadas por los judíos. Los nazis los odiaban y los responsabilizaban de casi todos los males que aquejaban a la sociedad. Mataron a seis millones. No los exterminaron a todos porque los aliados lo impidieron, pero ese era el propósito. Borrarlos de la faz de la tierra. Los gitanos eran la otra etnia destinada a la extinción. Más que odiarlos, los despreciaban como seres subhumanos. Varios cientos de miles fueron asesinados en los campos de la muerte.

Junto a las razas enemigas estaban las personas “defectuosas” por sus taras biológicas: los discapacitados y los homosexuales. Para los nazis, la homosexualidad era una desviación de la normalidad biológica que se corregía con la muerte. Junto a ellos comparecían los enemigos del Estado, especialmente los comunistas, porque dentro de las rabiosas fantasías ideológicas de la tribu nacional-socialista, pese a las numerosas coincidencias que la acercaba a los marxistas-leninistas —el culto por el Estado, el desprecio a las libertades individuales y a las instituciones liberales, el apego a la planificación económica, la subordinación al caudillo—, los comunistas eran los enemigos políticos principales y se les debía reeducar o matar sin contemplaciones.

El extraordinario Museo Judío de Berlín tiene una belleza sobrecogedora en la que la Estrella de David se ha descoyuntado en pasillos y galerías de piedra iluminados por altos ventanucos. Ahí se cuenta la cruel historia de una persecución milenaria organizada por los cristianos desde el siglo IV, cuando la secta se convirtió en la religión oficial de Roma y comenzaron a martirizar a sus antiguos compañeros de la sinagoga, creando una tradición de horror que culminó en el nazismo muchos siglos más tarde. Hay una galería, la de las “Hojas caídas”, Shalekhet, donde uno camina sobre rostros de metal desfigurados por un rictus doloroso, del tamaño de platos, cuyo ruido transmite la punzante agonía intermitentemente padecida desde entonces por el pueblo judío.

En su afán de no olvidar, los alemanes, sabiamente, han dejado en las calles el trazado del muro levantado por los comunistas para impedir la huida de los berlineses rumbo a Occidente. Es una cicatriz de piedra que recorre la capital de Alemania, interrumpida a trechos por restos de aquel infame paredón que semejaba una llaga abierta sobre la espalda de la sociedad. A veces esa dolorosa huella coincide con placas de metal incrustadas en el suelo que recogen los datos estremecedores de judíos asesinados por los nazis cercanas a las de alemanes asesinados por los comunistas cuando trataban de escapar. Dios cría a las víctimas y ellas se juntan. Lo mismo sucede con los criminales.

La cárcel de la Stasi, la temible policía política de los comunistas, sucesora de la Gestapo de los nazis, y a la que tanto se parece, está hoy abierta al público. Me la enseñó uno de sus guías: un cubano-alemán llamado Jorge Luis García Vázquez, humilde y brillante, quien la conoció como preso político y hoy se dedica a mostrarla y a recopilar información histórica sobre las relaciones entre este monstruoso cuerpo represivo y los camaradas del mundo entero. Cuando García Vázquez, en época de la Alemania comunista, fue deportado a Cuba porque descubrieron que pensaba fugarse, comprobó en la Isla que sus compatriotas seguían de cerca los métodos represivos de la Stasi. La cárcel política cubana era un remedo de la alemana. La Stasi era la madre y maestra de la Seguridad del Estado en Cuba.

“Nunca más”, es el grito de las víctimas del siglo XX en todas partes. “Nunca más”, les responden los berlineses. No quieren olvidar. Hacen bien.

Carlos Alberto Montaner
desde Berlín

Foto: Shalekhet-Hojas caídas, Museo Judío de Berlín.

12 respuestas
Comentarios

  • scrutinizer dice:

    Me pareció excelente también la crónica de “el-yoyo” y como dice Anónimo, me parece que debería ser publicada también.

  • Anónimo dice:

    Yoyo,

    …como se parece Cuba a Berlín (pero al revés, eh?????

  • Anonimo dice:

    Otro consejo para el Yo_yo,
    vengase para este país donde el presidente es de “color” y lleva el improbable nombre de Barak Obama. Iñaki Nuñez no es un nombre que asuste aquí. No pierda más tiempo en Alemania

  • Anonimo dice:

    Yo_yo,
    excelente su comentario, felicidades. No conozco la situación, pero sus reflexiones me parecen auténticas, Por qué no las escribe usted en un artículo? Creo que sería muy publicable.

  • veroco dice:

    confirmado en twitter, eso es una contradiccion en terminos…

  • Cuco dice:

    Güicho son 50 años de una mecánica que no le funcionó ni a unos ni a los otros…es duro,que ya de viejito constates que te vas pal hueco pronto y nada cambió; que se ha complicado aún más y a que donde irán a parar esas ideologías es es al basurero de la Historia…

  • el_yoyo dice:

    Un tema complicadísimo, en el que Montaner no debería meterse sin conocer, vivir y sufrir la sociedad alemana.

    Desde el punto de vista legal, todo lo dicho es cierto. Alemania ha puesto la lección en sus libros, en sus manifiestos, en sus leyes. Pero el cerebro es indoblegable. La disciplina intrínseca alemana y el respeto absoluto a sus leyes (créanme que no soy absoluto cuando hablo del respeto absoluto que los alemanes tienen por sus leyes) es la verdadera camisa de fuerza que mantiene al “monstruo atado de pies y manos”.

    Pero este pueblo no traga, ni aprende. Más allá de esos museos y los panfletos legales, vive el mismo pueblo alemán que en harapos arrasó Roma, los mismos que emprendieron las guerras mundiales, el mismo desprecio por lo “no alemán”. Es difícil darse cuenta si llegas a Berlín y te paseas un par de semanas de mueso en museo.

    Otra cosa es si pretendes establecerte aquí. Digo aquí, sí; porque esos museos los ví hace diez años y me produjeron la misma impresión que a Montaner. Pero andar Berlín” diario como extranjero de a pié es otra cosa un poco menos luminosa que sus museos. En sus calles, en el día a día se siente esa atmósfera pesada, intranquila e insegura para alguien de color extraño.

    Y cuando dices OK, me quedo y te leen la cartilla se te pone la carne de gallina:

    — No vayas solo al barrio de Marzan.
    — Después de la media noche es mejor coger un taxi, un negro como que vaya, tú me entiendes, no lo tomes a mal, pero…
    — Cuando veas gente vestida de negro con una o más botellas en la mano, es mejor cruzar la calle y piérdete por el primer callejón que encuentres…
    — ¿Por qué no te cambias el nombre? Es que dos apellidos y para colmo con EÑE no se ven bien en tu currículo y las posibilidades de que te llamen a una entrevista son poquísimas.
    — ¿Abrir un restaurante cubano? Quieres que te de la lista de cuantos he visto abrir y cerrar en una década…

    ¿Estoy soñando?

    — Pero si yo me llamo Iñaki Nuñes… ¡Coño! — Ok men, era sólo una observación.
    — ¡Pero si yo era respetado en La Habana! Y me metía donde los policías no se atreven a entrar. — Mi herma, no lo tomes a mal, era sólo otra observación.

    Cuando Montaner lleve una década en esta ciudad comprenderá que el mapamundi alemán, igual si se imprimió en 1939 ó 201, divide la tierra en dos: Alemania y los otros (como los romanos en su día eran ellos y aquellas tribus de por allá arriba eran “Alle Mannes” (todos los hombres, el resto, los otros).

    Montaner debería ir a Salzburg, basta pasar la raya que los divide con Austria y comparar… Entonces entenderá el por qué a Hitler (que no era alemán sino austriaco) los vecinos del sur no le hicieron swing y vino precisamente a esta ciudad donde tenía el caldo de cultivo para dar rienda suelta a sus ideas.

    En fin, esta crónica es de otra ciudad, pertenece al mismo libro donde se escriben las crónicas de turistas en La Habana que sólo ven Ron, Sol, playa y mulatas.

    A propósito, en la frontera con Austria, cuando vas en dirección hacia ese país hay un cartel que dice: Gracias a Dios estoy de regreso en Austria.

  • Anonimo dice:

    Abel,
    Zoe esta en todo su derecho de expresarse como quiera pues para eso no vive en Cuba y tiene plena libertad para hacerlo.
    Y si a Ud. no le gusta, pues la solucion es muy facilo: Con visitar su blog ya esta. Nadie lo obliga a hacerlo y tampoco a leerla.

  • Jacobo dice:

    Bueno, la sociedad hitleriana no es más que la aplicación del Marxismo-Darwinismo en una forma…digamos…un poco cruda.

    No hay que exagerar

    Saludos, Jacobo

  • abel dice:

    alguien la tiene que parar!! la maldad tiene un limite y se castiga!! Alemania aprendio la leccion, aunque sea con camisa de fuerza de caperucita!
    Abel

  • freetheworld dice:

    Hi Ernesto,

    Se ha confirmado en twitter un proceso judicial a Zoe Valdez por difamación y calumnias. ¿Sabes algo? ¿Quien es el demandante? ¿Yoani?

    What a dump!

  • Güicho dice:

    CadA día Más inocente.

    Hasta el pastor más liberal sabe que cuando el lobo se tiempla a una oveja no es por amor, sino porque no tiene hambre.