castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Joseph Brodsky y las fortunas del infortunio

  • pd
    Editor Jefe
  • Jun 20, 201100:18h
  • 1 comentarios

por Keith Gessen

En el otoño de 1963, en Leningrado, en lo que era por aquel entonces la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el joven poeta Dmitry Bobyshev le robó la novia al joven poeta Joseph Brodsky. No estuvo bien. Bobyshev y Brodsky eran amigos cercanos. A menudo aparecían, en orden alfabético, en recitales por todo Leningrado. Bobyshev tenía veintisiete años y acababa de separarse de su esposa; Brodsky tenía veintitrés y trabajaba ocasionalmente. Junto a otros dos jóvenes poetas prometedores, habían sido apodados “el coro mágico” por su amiga y mentora Anna Ajmátova, que creía que representaban un rejuvenecimiento de la tradición poética rusa tras los años de oscuridad de Stalin. Cuando le preguntaron a Ajmátova cuál de los jóvenes poetas admiraba, nombró tan sólo a dos: Bobyshev y Brodsky.

Los jóvenes soviéticos sintieron los años sesenta de manera aún más profunda que su contrapartida americana o francesa; la Depresión y la Ocupación fueron malas, pero el stalinismo fue peor. Después de la muerte de Stalin, la Unión Soviética comenzó de nuevo a acercarse lentamente al mundo. Se alzó la prohibición del jazz; se publicó a Ernest Hemingway; el Museo Pushkin de Moscú alojó una exhibición de las obras de Picasso. En 1959, Moscú acogió una muestra de bienes de consumo americanos, y mi padre, miembro también de esa generación, probó Pepsi por primera vez.

La libido se había liberado pero ¿a dónde se suponía que debía de ir? La gente vivía con sus padres, que a su vez, vivían con otros padres, en los que eran conocidos como apartamentos comunales. “Nunca tuvimos una habitación a la que traer a nuestras chicas, ni tuvieron nuestras chicas una habitación,” escribió Brodsky después, desde su exilio americano. Tenía media habitación, separada de la habitación de sus padres por unos libreros y algunas cortinas. “Nuestros amores eran sobre todo paseos y charlas; hubiéramos ganado sumas astronómicas si hubiéramos cobrado por kilometraje.” La mujer con la que Brodsky había estado andando y hablando durante dos años, la mujer que rompió el coro mágico, fue Marina Basmanova, una joven pintora. Sus contemporáneos la describen como encantadoramente silenciosa y bella. Brodsky le dedicó algunos de los poemas de amor más potentes de la poesía en lengua rusa. “Yo era tan sólo aquel / al que tocaste con tu palma,” escribió, “sobre el que, en la sorda, negra / noche, inclinaste tu cabeza…/ Estaba prácticamente ciego. / Tú, apareciendo y escondiéndote,/ me enseñaste a ver.”

De manera casi unánime, la gente de su círculo condenó a Bobyshev. No debido al affaire —¿quien no los tenía?— sino porque, tan pronto Bobyshev comenzó a perseguir a Basmanova, Brodsky comenzó a ser perseguido por las autoridades. En noviembre de 1963, apareció un artículo en el periódico local insultando a Brodsky, sus pantalones, su pelo rojo, sus pretensiones literarias y sus poemas, aunque de las siete citas ofrecidas como ejemplos de la poesía de Brodsky, tres eran de Bobyshev. Todo el mundo reconoció ese tipo de artículo como el preludio de un arresto, y los amigos de Brodsky insistieron en que se fuera a Moscú para dejar que las cosas se enfriaran. Insistieron en que ingresase por sí mismo en un hospital para enfermos mentales, para poder determinar cualquier tipo de psicosis que pudiera ayudarle a defender su caso. Brodsky pasó el Año Nuevo en el hospital, después rogó ser liberado. Al salir se enteró de que Bobyshev y Basmanova habían pasado juntos el Año Nuevo en la dacha de un amigo. Pidió prestados doce rublos para el tren y corrió a Leningrado. Se enfrentó a Bobyshev. Se enfrentó a Basmanova. Antes de que pudiera llegar más lejos, lo metieron en la cárcel. El juicio que siguió desencadenó el Movimiento de los Derechos Humanos soviético, convirtió a Brodsky en una figura de fama mundial y trajo consigo su eventual exilio de la URSS.
Brodsky había nacido en mayo de 1940, un año antes de la invasión alemana. Su madre trabajaba como contable; su padre era un fotógrafo que trabajaba para el Museo Naval de Leningrado durante la juventud de Brodsky. Eran padres protectores y muy queridos por Iosif Brodsky, que era su único hijo.

Leningrado había sufrido terriblemente durante la guerra —estuvo bloqueada durante más de dos años, privada de comida y calefacción. Una tía de Brodsky murió de hambre. En los años que siguieron a la postguerra, incluso mientras Stalin movilizaba el país para la Guerra Fría, el daño era claramente visible. “Entrábamos en las escuelas, y no importa que elevada basura se nos enseñase, el sufrimiento y la pobreza eran claramente visibles,” escribió Brodsky. “No puedes cubrir las ruinas con una página de Pravda.” Fue un estudiante poco motivado, que repitió el séptimo curso. Cuando sus padres comenzaron a tener problemas financieros —su padre perdió su trabajo con la Marina durante la campaña de Stalin, al final de su vida, contra los judíos— Iosif, de quince años, abandonó los estudios y se puso a trabajar en una fábrica.

En una leal, escrupulosa y fidedigna biografía, Joseph Brodsky: A Literary Life (Yale; $35; traducida del ruso por Jane Ann Miller), el viejo amigo de Brodsky Lev Loseff pone gran énfasis en el tema de la decisión de abandonar la escuela, argumentando que impidió a Brodsky verse arruinado por el exceso de educación. Brodsky también pensaba lo mismo. “Después lamenté a menudo ese gesto, especialmente cuando vi a mis antiguos compañeros de clase integrarse tan bien en el sistema,” escribió. “Y sin embargo sabía algo que ellos no sabían. De hecho yo también estaba consiguiendo algo, pero en la dirección opuesta, yendo de alguna manera más lejos.” La dirección en la que estaba yendo podía ser llamada, de formas distintas, lo underground, el samizdat, la libertad u Occidente.

Brodsky era incansable. Dejó el trabajo en la fábrica después de seis meses. Durante los siete años siguientes, hasta su arresto, trabajó en un faro, un laboratorio cristalográfico y un depósito de cadáveres; también se dejo llevar, fumando cigarrillos y leyendo libros. Viajó a lo largo de la Unión Soviética, tomando parte de expediciones “geológicas,” ayudando al gobierno de la rápidamente industrializada Unión Soviética a cribar el vasto país en busca de riquezas minerales y petróleo. De noche, los geólogos ser reunían en torno a las hogueras e interpretaban canciones en sus guitarras —a menudo poesía musicalizada— y leían sus propios poemas. Tras leer un poemario de tema “geológico,” en 1958, Brodsky decidió que podía hacerlo mejor. Uno de sus primeros poemas “Peregrinos,” fue pronto un éxito en las hogueras de los campamentos.

El país entero había enloquecido con la poesía; se había convertido en parte central de la atmósfera de deshielo de Jrushchov. En 1959, como parte de una especie de regreso al pasado bolchevique, una estatua de Vladimir Mayakovsky fue inaugurada en el centro de Moscú, y pronto los los jóvenes comenzaron a reunirse alrededor de la misma para leer su propia poesía. A principios de los sesenta, un grupo de poetas comenzaron una serie de concurridas lecturas en el Museo Politécnico de Moscú, cruzando en diagonal desde el cuartel de la KGB. Hay una película de una de esas reuniones, y, aunque es sólo una lectura de poesía (en vez de, digamos, un concierto de los Beatles), y los poemas de esos poetas semioficiales no eran particularmente buenos, la atmósfera es eléctrizante. Una muchedumbre se había reunido y delante de ellas se alzaba un joven hablando sobre sus sentimientos: eso era algo nuevo.

Los recitales en Leningrado eran más humildes, pero Brodsky y sus amigos poetas más cercanos —Bobyshev, Anatoly Naiman y Evgeny Rein, el “coro mágico”— se aprovecharon de ellas lo mejor posible. En sus memorias, Bobyshev recuerda a Brodsky arrastrándolo hasta el extremo de la ciudad para que pudiera leer algunos poemas a un grupo de estudiantes. Bobyshev se fue primero.

Respecto a la poesía en sí, Loseff argumenta convincentemente que la obra inicial —antes del arresto— de Brodsky es desigual, a menudo derivativa. Pero desde el comienzo Brodsky fue uno de esos poetas que podían escribir confesionalmente y hacer que sonase como si estuvieran describiendo todo un fenómeno social. Los poemas son románticos, sarcásticos y contemporáneos sin esfuerzo. Hay un alargamiento de la línea poética parecida a Eliot, y un sentido de la sorpresa cuando la rima y el metro se mantienen; existe también una clara influencia de los poetas metafísicos ingleses, que entrelazaban su poesía amorosa con especulaciones filosóficas —en el caso de Brodsky, siempre relativas al tiempo y el espacio. Buscando equivalentes en lengua inglesa, Robert Haas escribió que Brodsky sonaba “como Robert Lowell, cuando Lowell suena como Byron.” Como icono cultural ruso Brodsky era sin embargo más similar a Allen Ginsberg (junto a quien fue después a comprar ropa usada en New York —“Allen compró un smoking por cinco dólares” le dijo a Loseff, que se preguntó para qué un beatnik necesitaba ropa de gala). Para Ginsberg y sus amigos, la libertad descansaba en romper los límites de la prosodia tradicional; para Brodsky y sus amigos, la libertad consistía en reestablecer una tradición que Stalin había tratado de aniquilar. Brodsky logró formas sorprendentes para conseguirlo, aparentemente sin esfuerzo, y permaneciendo siempre tranquilo y nonchalant. Sus primeros poemas describen al narrador regresando al hogar desde la estación de trenes; el narrador paseando sus viejos lugares favoritos de Leningrado; el narrador mirando a una pareja casada discutir, preocupándose si él mismo seguirá solo para siempre. Este último poema, por cierto, se llama “Querido D.B.,” es decir, Dimitry Bobyshev, que estaba en aquellos momentos en un matrimonio desgraciado.

Loseff describe la primera vez que oyó leer a Brodsky. Fue en 1961. Días antes, un amigo le había dado un fajo de poemas de Brodsky, pero las letras estaban difuminadas (los manuscritos de samizdat eran a menudo copias mecanográficas de tres o cuatro páginas a la vez), y a Loseff no le gustó el aspecto de las líneas, que, especialmente en los primeros poemas de Brodsky, se alargaban cada vez más. “De alguna manera me las arreglé para no leerlos,” recuerda Loseff. Pero entonces un grupo de amigos se reunió en el apartamento común en que Loseff y su esposa vivían, y no había forma de escaparse de Brodsky. Comenzó a leer su larga balada “Colinas,” y Loseff se vio sorprendido: “Me di cuenta de que finalmente habían poemas como los que yo había soñado, incluso sin conocerlos… era como si se hubiera abierto una puerta a un espacio abierto que no conocíamos y del que no habíamos oído hablar. Simplemente no sabíamos que la poesía rusa, la lengua rusa, la conciencia rusa, pudiera contener esos espacios.”

Mucha gente sentía lo mismo la primera vez que se topaba con los poemas de Brodsky. Un amigo, que fue interrogado por la KGB en aquella época, recuerda decirle al interrogador que, de toda la gente que conocía, Brodsky era el que tenía más probabilidades de recibir el Premio Nóbel. Era un periodo de tremenda energía y esperanza generacionales; alguien tenía que personificarlas. Era importante que los poemas de Brodsky fueran contemporáneos y locales. Era también importante que, en su deuda con el modernism angloamericano, conectasen al pequeño grupo de poetas y lectores de Leningrado con el gran mundo. Y lo más importante era que, con su creativa lealtad hacia una tradición formal de la viaje escuela, conectasen a esa generación con los grandes poetas del pasado ruso; Nadezhda Mandelstam, la viuda del poeta, declaró a Brodsky un segundo Mandelstam.

Entonces, en octubre de 1962, Jrushchov se enfrentó al presidente Kennedy a propósito de unos misiles enviados por los sovieticos a Cuba. Tras un tenso pulso, los soviéticos se retiraron humillados, y Jrushchov se vengó en casa. Apenas unas semanas después de la crisis de los misiles cubanos, arremetió contra un grupo de jóvenes artistas en una exposición en Moscú, llamándolos “maricones.” El deshielo se había acabado. Un año después, Brodsky fue acusado de “vivir a expensas” del gran pueblo soviético.

Entre la intelectualidad, más tarde se convirtió en artículo de fe, y motivo de orgullo, que el gobierno soviético intuyese la grandeza de Brodsky antes que nadie. Loseff desinfla esa noción; de hecho, explica, la iniciativa para la detención provino del jefe de un grupo de vigilancia comunitaria; había oído de la fama local de Brodsky y Brodsky vivía precisamente en su jurisdicción en Leningrado. Eso fue todo. El régimen soviético tropezó por accidente con uno de los grandes prodigios de la historia de la lengua rusa.

El juicio de Brodsky tuvo lugar en varias sesiones, con varias semanas de distancia, en febrero y marzo de 1964; mientras, Brodsky fue confinado a un hospital psiquiátrico, donde se determinó si era psicológicamente capaz de trabajar. El juicio fue una farsa, su resultado predeterminado. “Juicio del parásito Brodsky,” decía un cartel prejuiciado en la puerta del tribunal. Dentro, ni el juez ni la gente que atestiguaba contra Brodsky estaba en absoluto interesada por la poesía. Brodsky, que seguía estando inédito, ganaba el dinero que podía haciendo traducciones, a veces trabajando desde traducciones directas cuando no conocía el idioma original; sus acusadores querían saber, entre otras cosas, como era eso posible, y si Brodsky no estaba explotando a sus colaboradores en ese tipo de proyectos. Gran parte del caso giraba en torno a si escribir era un trabajo real dado que traía poco o ningún ingreso:

Ciudadano fiscal: Lo comprobamos. Brodsky dice que obtuvo 150 rublos de un trabajo pero en realidad eran sólo 37.
Brodsky: ¡Eso era un adelanto! ¡Sólo el adelanto! Es parte de lo que conseguiré después.

Brodsky en aquel momento aún no tenía veinticuatro años. Su amigo Rein recuerda cómo la segunda sesión del juicio coincidió con la Maslenitza, o semana de la mantequilla, la tradicional fiesta de comer crêpes antes de la Cuaresma. En consecuencia, ese día del juicio, Rein y algunos otros amigos fueron al restaurante en el Hotel European para comer crepas. Después a las cuatro en punto fueron al tribunal. En otras palabras, no todo el mundo era consciente de la gravedad de la situación.

Brodsky sí. A lo largo del corto juicio, parece haber estado serio, callado, respetuoso y firme en su convicción acerca de aquello por lo que había sido puesto sobre la tierra:

Juez: Diga a la corte por qué entre empleos no trabajaba y llevaba una vida de parásito.
Brodsky: Trabajaba entre empleos. Hacía lo mismo que ahora: escribía poemas.
Juez: ¿Escribía sus supuestos poemas? ¿Y qué era tan útil sobre sus frecuentes cambios de empleo?
Brodsky: Comencé a trabajar a los quince años. Todo era interesante para mí. Cambiaba de empleos porque quería aprender sobre la vida y sobre la gente.
Juez: ¿Qué hizo por su madre patria?
Brodsky: Escribí poemas. Ese es mi trabajo. Estoy convencido… creo que lo que escribí será útil para la gente no tan sólo ahora sino en generaciones futuras.
Juez: ¿Así que cree que sus supuestos poemas son buenos para el pueblo?
Brodsky: ¿Por qué dice de los poemas que son “supuestos”?
Juez: Decimos eso porque no tenemos ni idea sobre ellos.

Finalmente el juez sentenció al supuesto poeta a cinco años de exilio y trabajo en el norte, para “enderezarlo”.

Respecto al exilio de Brodsky, Loseff se ve de nuevo obligado a desilusionar a aquellos lectores que se habían acostumbrado a pensar en el poeta como en alguien que habría cumplido condena en el Gulag. Su confinamiento a un psiquiátrico entre sesiones del juicio fue miserable. Sus dieciocho meses en el pueblo de Norenskaya estuvieron entre los mejores de su vida.

Norenskaya estaba a trescientas cincuenta millas de Leningrado, y Brodsky podía recibir visitantes. Su madre lo visitó; sus amigos Rein y Naiman lo visitaron; su amante Basmanova lo visitó. ¡Incluso Bobyshev lo visitó! (Buscaba a Basmanova.) Brodsky alquilo una pequeña casita en el pueblo y, aunque no tenía calefacción ni plomería, era, para sus visitantes maravillados, toda suya. “Para nuestra generación era un lujo impensable,” recordó el visitante. “Iosif orgullosamente enseñaba su dominio.” Brodsky tenía una máquina de escribir y leía mucho de W. H. Auden. En conjunto era más Yaddo [1] que Gulag.

Pero no hay nada que hacer con una leyenda una vez creada. El chiste macabro de Ajmátova en el momento de su detención —“Qué biografía le están escribiendo a nuestro pelirrojo”— contaba la mitad de la historia. Tras su detención, Brodsky aprovecho la oportunidad; construyó su propia biografía. La trascripción del juicio, hecha por una valiente periodista llamada Frida Vigrodova, apareció rápidamente en samizdat y fue enviada al exterior, donde se publicó en muchas lenguas (en los Estados Unidos apareció en The New Leader). Una campaña concertada, dirigida por Ajmátova a la que se unió Jean-Paul Sartre resultó en la liberación anticipada de Brodsky. Para cuando regresó a Leningrado, a finales de 1965, Brodsky era mundialmente famoso y se había desarrollado profundamente como un poeta. Bobyshev ya no tenía ninguna oportunidad.

En 1967, Basmanova dio a luz al hijo de Brodsky y después volvió a romper con él, Ajmátova había muerto el año anterior, dejando ya el astillado coro mágico que se las arreglase por su cuenta. (Bobyshev lo rebautizo como los “huérfanos de Ajmátova.”) Brodsky continuó escribiendo poesía y viajando a lo largo de la Unión Soviética. Cuando los académicos occidentales iban a Leningrado, le visitaban. Su poesía entró en una fase de madurez y total maestría.

Brodsky continuó describiendo su vida. Un poema recuerda una reunión a orillas del mar entre dos amigos y sigue así:

Han pasado muchas olas desde entonces.
Mi amigo se ahogó ya en tierra
en sus propias vacías, pero aún así, acidas mentiras; y yo dejé
de vagabundear.

También contribuyó a describir y recordar su amor por Basmanova. De “Seis años después”:

Tan larga había sido la vida juntos que cuando
la nieve comenzaba a caer, parecía que nunca acababa;
así, para que los copos no estremecieran sus párpados,
los protegía con mi mano, y estos, pretendiendo
no creer ese amor por los ojos,
golpeaban mi mano como mariposas.

No había suficiente espacio en la URSS para Brodsky y los comunistas. “Las autoridades no podían sino sentirse ofendidas por todo lo que hacía,” escribió después su amigo Andrei Sergeev. “Si trabajaba, si no trabajaba, si se paseaba, si estaba de pie, si se sentaba en una mesa, o se tendía para dormir.” Brodsky continuó intentando publicar sus poemas, sin éxito. En un momento dado dos agentes de la KGB le prometieron publicar un libro de sus poemas en papel finlandés de alta calidad si escribía algún informe ocasional sobre sus amigos extranjeros o profesores. Tampoco había un lugar para Brodsky en el creciente movimiento disidente por los derechos humanos que su propio juicio había ayudado a catalizar. Su relación con los disidentes de alguna manera era parecida a la Bob Dylan con los movimientos de estudiantes americanos de aquel momento: comprensiva pero distante.

A principios de los setenta, la rueda geopolítica giró de nuevo, y lo arrastró consigo. Los deseos de Brezhnev de hacer limpieza encajaban bien con la presión occidental para liberar a los judíos soviéticos, y en la primavera de 1972, a Brodsky le dieron tres semanas para hacer las maletas y subirse en un avión hacia Viena. Al contrario que Norenskaya, esto sería un exilio real y duró el resto de su vida.

En Viena, Brodsky se reunió con Carl Proffer, un profesor de literatura ruso de la Universidad de Michigan, que estaba iniciando Ardis, una pequeña editorial. Proffer sabía que el héroe de Brodsky, Auden, estaba de vacaciones cerca de allí, y decidieron visitarlo. A pesar no haber sido advertido por adelantado, Auden le dio la bienvenida al poeta exilado y algunos meses después Brodsky escribió a casa a Loseff, empleando palabras inglesas recién descubiertas:

W. H. Auden bebe su primer martini a las 7.30 de la mañana, tras lo cual revisa su correo y lee el periódico, marcando la ocasión con una mezcla de jerez y scotch. Después toma su desayuno, que puede consistir en cualquier cosa a condición de que vaya acompañada de un rosado o un clarete local, no recuerdo en qué orden. En ese momento se sienta a trabajar. Probablemente porque usa una estilográfica, tiene en la mesa de despacho, cerca suyo, en lugar de un tintero, una botella o lata de Guinnes, que es una cerveza negra irlandesa que desaparece a lo largo del proceso creativo. Alrededor de la una de la tarde, almuerza. Dependiendo del menú, esta comida está decorada por tal o cual cola de pollo [2], o cocktail. Tras la comida, una siesta, que es, creo, el único punto seco del día.

Y así comenzó la encantada vida de Brodsky en Occidente.

Brodsky es mencionado de pasada en las nuevas memorias sobre Susan Sontag de la novelista Sigrid Nunez. Es 1976 y Brodsky ha comenzado a salir con Sontag. Es romántico, perturbador, casi calvo. “Nada de eso importa,” anuncia un día. “Ni el sufrimiento, ni la felicidad o infelicidad. Ni la enfermedad. Ni la prisión. Nada.” (“Bien, eso es europeo,” Nunez escribe, como indirecta para Sontag.) Otra vez, invita a todo el mundo a comida china, su favorita en Nueva York. Sentados alrededor de la mesa con Sontag, su hijo y la joven Nunez, Brodsky es el pater familias bohemio. Nunez le describe susurrando a su pequeño, improbable clan: “¿No somos felices?”.

Esta es la imagen que uno tiene de Brodsky en América: un fugitivo exitoso. Tan sólo desde el lado ruso puede verse lo difícil que era, y también lo que mucho que significaba. Para miembros de esa generación soviética, América lo era todo. Oían su música, leían sus novelas, traducían su poesía. Cogían trocitos y partes de EE UU allá donde podían (incluyendo sus viajes a Polonia). América “era como una patria de reserva para nosotros,” escribió después Sergeev (que había traducido entre otros a Robert Frost). Cuando a mediados de los setenta se presentó la oportunidad, muchos fueron. Fue sólo cuando llegaron allí que descubrieron que se habían perdido.

Brodsky fue uno de los primeros. Años después, llegó suficiente gente como para que se formasen comunidades rusas en Boston, New York, Pittsburgh, pero en 1972 América era tan solitaria como el pueblo de Norenskaya. No habían muchos rusos con los que hablar, se quejaba Brodsky en sus cartas a casa, y, en lo que se refiere a los profesores de literatura rusa, “Habían acabado por parecerse a sus temas como los amos a sus perros.” Así que nada de eso. Los poemas de Brodsky durante esos primeros años en Estados Unidos están llenos de la más desnuda soledad. “Una tarde de otoño en una humilde aldea / orgullosa de aparecer en el mapa,” comienza uno de ellos, y concluye con la imagen de una persona cuyo reflejo en el espejo desaparece, lentamente, como el de una farola en un charco que está secando. El emprendedor Proffer persuadió a la universidad de Michigan de hacer de Brodsky un poeta residente; Brodsky escribió un poema sobre un colega profesor. “En el país de los dentistas,” comienza, “cuyas hijas encargan ropa / de catálogos de Londres… / Yo, cuya boca aloja ruinas / más totales que el Partenón, un espía, un intruso, la quinta columna de una civilización podrida,” enseño literatura. El narrador llega a su casa de noche, cae en su cama aún vestido, y llora hasta quedar dormido. Ese año Brodsky escribió un poema indicando que, al ser forzado a abandonar Rusia, perdió un hijo. “Mi querido Telémaco,” comienza, “la guerra de Troya terminó,”. Y sigue:

Ya no sé donde estoy, ni qué se muestra enfrente.
Una isla sucia, al parecer,
arbustos, túmulos, gruñidos de cerdos,
un jardín desolado y una reina,
hierbas y piedras… Mi querido Telémaco,
cuando viajas durante tanto tiempo,
todas las islas se parecen,
y el cerebro pierde la cuenta de las olas,
llora el ojo, turbio de horizonte,
y la carne de las aguas nos obstruye el oído.
Ya no recuerdo como acabó la guerra,
y cuántos años tienes tampoco lo recuerdo.

Eventualmente, Brodsky escapó el país de los dentistas a un pequeño apartamento con jardín en Morton Street, en el West Village, que le alquiló una profesor de NYU, y aceptó un puesto docente en Mount Holyoke, en Massachussets occidental. Encontró su nivel, socialmente, y sus quejosas cartas a casa tomaron un raro giro. Una iba así: “La semana pasada, tuve la primera conversación desde hace tres años sobre Dante y fue con Robert Lowell.”

En 1976, se reunió con Brodsky en los Estados Unidos su viejo amigo Loseff, que se convirtió en su mejor lector y en un cercano observador de su vida americana. En Leningrado, el ratón de biblioteca Loseff había trabajado como editor de una revista infantil. En Estados Unidos, se instaló inicialmente, como Brodsky, en Ann Arbor, trabajando para Proffer en Ardis, antes de mudarse a Nueva Inglaterra, en el caso de Loseff a Dartmouth, donde enseño literatura rusa hasta su muerte el 2009.

Como biógrafo, Loseff es honorable, sumamente inteligente y casi sobrenaturalmente bien informado. Muestra cómo las experiencias importantes de la vida de Brodsky aparecen en sus poemas —de hecho, el libro fue escrito como un proyecto al margen mientras Loseff preparaba una edición anotada de dos volúmenes de la poesía de Brodsky, que aparecería en Rusia a finales de aquel verano. Nunca se adentra más de los absolutamente necesario en la vida personal de Brodsky. “El libro es del estilo del ‘todo lo que querrías saber sobre Brodsky pero temías preguntar’, si lo que temías preguntar era acerca de su metafísica y no sobre su esposa,” escribió un reseñista del libro cuando éste salió en Rusia.

Pero Loseff también ha dejado un libro de ensayos autobiográficos, Meander, publicado póstumamente en ruso, en 2010, editado por el poeta Sergei Gandlevsky. No menos leal y cariñoso hacia Brodsky, los breves ensayos de este libro son mucho más personales y afables, y Brodsky aparece en ellos bajo una luz ligeramente diferente. Loseff llega a visitarlo a New York para comer comida china y leer poesía. También para recibir ropa: de acuerdo a Loseff, Brodsky siempre estaba comprando grandes cantidades de ropa en las tiendas de segunda mano de Manhattan y dándoselas a Loseff, que era aproximadamente de la misma talla. Un ensayo se inicia con Loseff cuidando la casa de Brodsky en Morton Street; de súbito suena el teléfono en medio de la noche y una voz femenina del otro lado de la línea, hablando inglés y confundiendo a Loseff con Brodsky le pide saber que está haciendo. “Estúpidamente dije ‘dormir’,” escribe Loseff. “Lo que comenzó a pasar del otro lado de la línea me causó algún embarazo, así que colgué el auricular, con tacto innecesario.” El ensayo continua defendiendo a Brodsky de las acusaciones de ser un mujeriego.

En esos ensayos, Loseff es capaz de decir algunas de las cosas que Brodsky no pudo. Incluso después de mudarse a Nueva York, Brodsky continuó manteniendo la distancia. A cualquier entrevistador que le preguntaba, le decía que EE UU es tan sólo “una prolongación espacial.” O bien en su “Canción de cuna de Cape Cod” (en la traducción de Anthony Hecht):

Escribo desde un Imperio cuyos enormes flancos
se extienden bajo el mar. Habiendo probado dos
océanos y los continentes, ciento que conozco
lo que el mismo globo debe sentir: no hay ningún lugar al que ir.

Loseff nunca podría ser tan frío. Estaba fascinado con América. “Incluso ahora, habiendo vivido aquí treinta años” escribe, “ha veces siento una extraña euforia: ¿soy realmente yo, viendo esta tierra extraña con mis propios ojos, tomado por esos otros olores, hablando a los locales en su idioma?”.

El inglés del Brodsky mejoró rápidamente. Poco después de su llegada a los Estados Unidos, comenzó a publicar ensayos traducidos del ruso por sus amigos, en la prensa intelectual. En 1977 compró una máquina de escribir de segunda mano en Manhattan y pronto estaba escribiendo los ensayos directamente, con un inglés flexible, juguetón, irónico, a través del que a veces podías oír la voz poética de su ruso. En esos ensayos, muchos de los que aparecieron en The New York Review of Books, Brodsky escribió con gran simpatía de los poetas que más admiraba: Marina Tsvetaeva, Osip Mandelstam, Anna Akhmatova, y, en la otra orilla Robert Frost y, especialmente, Auden. De esa manera podía pagar sus deudas. Podía también, en varios ensayos autobiográficos, de presentar de nuevo sus dolorosas experiencias. Como escribió en un ensayo sobre sus padres, que murieron a mediados de los ochenta, incapaces de ver a su hijo tras su expulsión de la URSS.

Escribir sobre ellos en ruso hubiera tan solo acelerado su cautividad, su reducción hasta la insignificancia, con el resultado de una aniquilación mecánica. Se que uno no debe igualar el estado con el idioma, pero era en ruso como a dos ancianos, yendo a través de numerosas cancillerías estatales y ministerios con la esperanza de obtener un permiso para viajar al exterior para ver a su único hijo antes de que murieran, les fue repetido, durante doce años, que el Estado consideraba esa visita “sin propósito claro.” Cuando menos, la repetición de esta expresión prueba cierta familiaridad del estado con la lengua rusa. Por lo demás, si hubiera escrito todo eso en ruso, esas palabras nunca hubieran visto la luz bajo el cielo ruso. ¿Quién las leería? ¿Un puñado de emigrantes, cuyos parientes habían muerto o morirían bajo circunstancias similares? Ya conocían esa historia demasiado bien.

Su inglés le permitió asegurarles a sus padres una cierta libertad. Pero había algo que no podía hacer: transformar su poesía rusa en poesía inglesa. Inevitablemente, Brodsky lo intentó, y no fue tímido al respecto. Apenas su ingles alcanzó los niveles mínimos comenzó a “colaborar” con sus traductores; finalmente los suplantó. Los resultados no fueron tanto malos como desiguales. Por cada estrofa exitosa, había tres o cuatro metidas de pata —gramaticales o idiomáticas, o simplemente malsonantes. Peor aún, para los lectores acostumbrados a la poesía angloamericana de posguerra, las traducciones de Brodsky rimaban, no importa que obstáculos apareciesen en su camino.

Desde el principio le había tocado a Brodsky el experimentar todas las luchas de su generación, como dicen los rusos sobre su propia piel. Su inmigración no fue una excepción. Se ahorró la perdida de status social que atormentó a otros inmigrantes (en realidad, las memorias de inmigrantes posteriores que lo habían conocido en Leningrado están llenas de historias acerca de cómo Brodsky no les había presentado a otra luminaria, o fingido no verles cuando estaba dando una conferencia en cualquier lugar). Aunque su salud era débil (tuvo su primer infarto en 1976), escapó a las preocupaciones materiales de tantos inmigrantes. Pero no se ahorró la dislocación, la incomprensión. Fue incapaz de ver que los cambios sociales que habían hecho resonar su poesía en ruso habían obviado ese mismo tipo de poesía en Estados Unidos. Escribiendo sobre su generación de rusos idealistas, lo dejó más claro: “Desesperanzadamente aislados del resto del mundo, pensaron que por lo menos ese mundo era como ellos; ahora saben que es como los demás, sólo que mejor vestido.”

Durante su última década Brodsky obtuvo increíbles niveles de éxito. Le fue concedido el Premio Nobel de Literatura en 1987. Después pasó bastante tiempo en Italia, se casó con una joven estudiante de ascendencia rusa e italiana, se convirtió en Poeta Laureado de los Estados Unidos, y se mudó a Brooklyn. En 1993, su esposa dio luz a una hija, que llamaron Anna.

Como a menudo sucede, Brodsky fue más visible durante sus últimos años como ensayista y propagandista de la poesía que como poeta. Sus ideas sobre la importancia moral de la poesía —heredadas de los poetas de la Edad de Plata, incluyendo a Mandelstan, que había muerto por su poesía— eventualmente se endurecieron hasta la categoría de dogma; su discurso del Premio Nobel insistía en que la “estética es la madre de la ética” y todo eso. La poesía, argumentó, era inmortal: “Lo que se está creando ahora en ruso o inglés, por ejemplo, asegura la existencia de esos lenguajes el próximo milenio.” Pero eso no era cierto, como Brodsky acabó por reconocer en un gran y furioso poema posterior, “Sobre la independencia ucraniana,” en el que amonestaba a los ucranianos independentistas por dejar a un lado la lengua rusa. Dice “Id con Dios, cosacos de pies alados, atamanes, carceleros,” y concluye:

Simplemente recordad, cuando también os llegue el momento de morir, valentones,
cuando arañéis vuestro colchón y sufráis claramente, que olvidareis
las flatulencias de Taras y murmurareis los versos de Alexander.

Es decir, de Alexander Pushkin. Pese a sí mismo, el poema es una angustiosa admisión de que un Estado ruso y unos súbditos que hablen el ruso siguen siendo vitales para el proyecto de la poesía rusa.

Brodsky nunca volvió a Rusia. Ni vio de nuevo a Marina Basmanova, aunque su hijo, Andrei, le visitó una vez en Nueva York y los dos no congeniaron. Una amiga recuerda a Brodsky llamándola a Boston para preguntarle si debía comprarle un VCR al joven, aunque, se quejaba Brodsky, el joven había abandonado la Universidad y se negaba a trabajar. En 1989, Brodsky escribió su último poema a “M.B.,” su vieja musa, describiéndose en un paseo, respirando el aire fresco y recordando a Leningrado. “No te equivoques conmigo,” y continúa:

Tu voz, tu cuerpo, tu nombre
no significan ya nada para mí. Nadie los destruyó.
Es sólo que, para olvidar una vida, una persona necesita vivir
por lo menos otra vida. Ya he cumplido esa parte.

El coro mágico se había fracturado. Incluso Rein y Naiman acabaron por pelearse, con Naiman acusando a Rein en una de sus muchas memorias de llevar un pote de mermelada de albaricoque a una cena y comérselo entero. A finales de 1996 Brodsky murió, de su tercer infarto, después de una vida en la que no se había cuidado muy bien. “Si no te puedes fumar un cigarrillo con el café de la mañana, levantarse no tiene sentido” —había dicho en una ocasión.

Bobyshev acabó por emigrar a los Estados Unidos. Se instaló en Illinois, donde también enseño literatura. Tras la muerte de Brodsky publicó su recuento de sus años jóvenes, incluyendo el asunto con Basmanova. Hay una gran escena en la que visita a su tía en Moscú. Ajmátova se encuentra en la ciudad al mismo tiempo y le llama mientras él está fuera. Cuando regresa, su tía se encuentra atónita. “¿Es posible que te haya llamado Anna Ajmátova?” le pregunta, “Sí, claro” contesta sin darle importancia el joven Bobyshev. “¿Qué dijo?”

El libro acaba con Bobyshev, ya en América, llamando a Brodsky en New York. No han hablado en dos décadas, pero Bobyshev tiene que discutir un asunto importante relativo a Ajmátova, y los dos ponen brevemente sus diferencias a un lado. Resuelven la materia, y entonces Brodsky pregunta: “¿Te gusta Estados Unidos?” No es fácil, dice Bobyshev, pero sigue siendo un lugar interesante. “¿Qué es lo interesante?” pregunta Brodsky. Bobyshev dice que todo es interesante, los colores, las caras, todo. “Hmmm,” dijo Brodsky. Y colgaron.

[1] Una comuna de escritores norteamericana en medio de los bosques.

[2] Brodsky alude a la supuesta etimología inglesa de la palabra cocktail, cola de gallo.

Este artículo fue publicado originalmente en The New Yorker. Traducción: Juan Carlos Castillón.

Publicado en
1 respuestas
Comentarios

  • nicolas lara dice:

    gracias ernesto por tu blog y por este poeta judío ruso que pudo haber sido cubano. otra vez, gracias.