castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Cultura

PD en la red

La mujer del Coronel, por Carlos Alberto Montaner

  • may 30, 201116:54h
  • 3 comentarios

Soy el capitán Eduardo Berti y nunca pensé que el destino me deparara la incómoda tarea de llevarle a Arturo el sobre amarillo. Traté de que me relevaran de esa desagradable responsabilidad, pero no tuve éxito. La vida está llena de inesperadas paradojas. Le expliqué al general Bermúdez que Arturo y yo nos conocíamos desde la adolescencia, lo que le agregaba sal a la herida, pero fue inútil. Alegué que su esposa, Nuria, la bella Nuria, era también mi amiga, y que los tres habíamos estudiado en la misma escuela. No me hizo caso. Pareció no escucharme, o no le dio la menor importancia a mis argumentos. “El coronel Arturo Gómez ?me dijo?, es un soldado duro, fogueado y herido en cien batallas, un héroe de la Revolución, y sabrá enfrentarse a esta calamidad como un verdadero hombre”. Y luego agregó: “Ser engañado por la esposa no envilece a nadie, salvo a la adúltera”. Esto lo dijo ensayando un gesto grave, teatral, como el de quien conoce las claves profundas de la vida y proclama una verdad definitiva. Hizo una pausa, me miró fijamente a los ojos y remató la frase con un énfasis probablemente exagerado: “pero sólo si el agraviado interrumpe inmediatamente el vínculo que los une”. Hizo un gesto en demanda de aprobación. Sonreí e incliné la cabeza cortésmente, para que no adivinara que todo aquello, francamente, me parecía ridículo.
El “sobre amarillo”, que entonces asociábamos a “Cartas amarillas”, una melancólica canción de Nino Bravo, era como popularmente se denominaba la rutinaria notificación con que el Ejército y el Partido les comunicaban a ciertos oficiales entregados a misiones internacionalistas que su esposa les había sido infiel. El porqué utilizaban un sobre amarillo, o más bien color “manila”, era algo que jamás pregunté y nadie me explicó, pero supongo que el color amarillo se ha asociado a la cobardía tradicionalmente, o acaso (no lo sé) era una forma elemental de no confundir la correspondencia en un tema tan absolutamente delicado. No obstante, el origen del color del sobre me resultaba menos enigmático que la obvia pregunta de por qué las autoridades del país se sentían autorizadas para inmiscuirse en la vida privada de las personas penetrando en sus secretos de entrepiernas.
Siendo yo mismo las dos cosas —militar y comunista—, aunque sólo hubiese alcanzado el grado de Capitán y mi militancia partidista fuera más pasiva que entusiasta, nunca me atreví a indagar sobre las razones de esa intromisión en la intimidad familiar, pero supongo que tenían que ver con la imagen colectiva de la Revolución. Un buen revolucionario es un hombre sin tacha dotado de una moral superior y aceptar ser un cornudo, tras saberlo, era una deshonra que empañaba la conciencia política del conjunto de los camaradas, aunque ese severo juicio moral no incluía al adulterio masculino, que se aceptaba de buen grado y, de alguna manera, potenciaba la percepción del varón. “El espíritu de cuerpo —como solían decir con un juego de palabras un tanto pueril en los cursillos de formación ideológica— se defiende manteniendo saludable el cuerpo del espíritu”.
Me parecía exagerado que me enviasen desde La Habana a Angola con el único objetivo de entregarle a Arturo el sobre amarillo, pero Bermúdez en un tono confidencial me explicó los otros motivos ocultos de mi misión. Extraoficialmente, además de entregarle el sobre con la mayor discreción, yo debía convencer a Arturo de que se divorciara de Nuria sin escándalos ni violencia, para evitar un incidente como el del ex embajador Manolo Hernández, quien mató de un tiro en la espalda al amante de su mujer tras recibir la fatal notificación, liquidando, de paso, su brillante carrera política. Además, con el gesto ambiguo con que se dicen estas cosas, dando a entender que algo sabía del tema, debía advertirle que Raúl Castro, el ministro de Defensa, estaba considerando seriamente ascenderlo a General, de manera que sería una pena tremenda que un percance como este, provocado por la liviandad de una mujer sin corazón, o con demasiado corazón, arruinara su futuro y perjudicara los planes extraordinarios que la Revolución tenía con él.
Pero todavía había más. Tras esa labor, a mitad de camino entre la asistencia psicológica y la intriga burocrática, se suponía que debía acompañar a Arturo de regreso a La Habana para que disolviera su matrimonio, dándole refuerzo emocional si lo necesitaba, y disuadiéndolo con mi compañía para que no se le ocurriera desertar en la escala que hacía el avión en Lisboa, dado que un hombre humillado por la infidelidad de su mujer podía llegar a pensar que la mejor solución a su infortunio era escapar para no tener que enfrentarse a la vergüenza del adulterio y a los comentarios maliciosos de sus compañeros de armas. No se trataba, en este caso, de que Bermúdez o el alto mando desconfiaran de las convicciones políticas de Arturo, demostradas con creces en diversos momentos de su vida, sino que un hombre despechado y golpeado en su amor propio era capaz de cualquier locura.
(…)


Seguir leyendo el primer capítulo en PDF
.

Comprar la novela en Amazon.

Publicado en
,
Tags
3 respuestas
Comentarios

  • Cuco dice:

    Yo traté de acercármele hace como 12 años y su respuesta fué..”nadie nos apoya,nadie nos quiere,etc”…y ahí se diluyó la cosa. Me planchó completo y puedo comprender.
    Seré de los primeros en comprar su novela pues su pensamiento me ayudó mucho aunque no lo comparto del todo.
    Bienvenida esa novela!…

  • Anonimo dice:

    Qué bonito que escribe Carlos Alberto, che!

  • EL BOBO DE LA YUCA dice:

    PD: Por el primer capítulo, es novela de amador.

    Por ejemplo: en un párrafo describe a la tal Nuria como “alta, delgada”. Suponemos que si el autor nos llama la atención sobre ser “alta y delgada” es porque realmente lo era.

    Pero resulta que un par de párrafos después, bailando con ella en la Red, [ella] “seguramente
    percibió mi pene erecto sobre su vientre”.

    Con lo que podemos concluir que el narrador era gigante o tenía una cabilla de película.