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Travel poem (apunte de viaje)

  • may 29, 201122:07h
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Qué tienen los pájaros de Montclair que cantan, desesperados, en la madrugada,
y hay algo triste en ese canto,
algo que ni siquiera los placeres de la madera pulida, y el verdor de la primavera,
y la agradable sensación de caminar entre una nube de gotas pequeñísimas logra aliviar.

En Miami, en cambio, hay un pájaro que canta como un teléfono móvil,
un traqueteo cuasimecánico,
equidistante del gorjeo y el trino,
último estadío evolutivo del pájaro onomatopéyico, tal vez.

Mi teléfono suena como ese pájaro, o viceversa.
Me lo vendió un árabe caricaturesco,
de mirada taimada y manos regordetas, llenas de anillos,
que en el fondo de una tienda de bikinis escuchaba un sermón
sincopado del que yo sólo entendía la palabra “Ne-tan-ya-hu”.

Ya había escuchado ese sonido en la guía
de pájaros, el libro con teclas que los niños pulsaban una y otra vez,
sucedáneo enciclopédico de ruiseñores enjaulados.

Mientras camino por Alton Road
escucho una maraña de sonidos humeantes
y pienso en aquel jardín de hace años,
donde reinaban estatuas descabezadas y hoy
quedan tres o cuatro trozos de mármol entre una plantación de rosas de injerto.

En esa época tenía pensamientos ordenados,
conocía mi tribu de palabras,
creía ser feliz en el desistimiento.

Ahora me interesan más la lógica suicida
de la ingratitud, la súbita aceleración de los pelícanos,
las garzas de pico rojo y curvo,
o el porqué de ese súbito impulso que me hace recoger algún palo en el suelo
como cuando era niño,
y llevarlo como única compañía durante las horas de caminata.

Ernesto Hernández Busto
En Miami

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