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Jorge Luis Borges en el ‘Diario de la Marina’

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    Editor Jefe
  • Abr 17, 201122:13h
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Los vínculos que Jorge Luis Borges tuvo con Cuba es un tema que se puede despachar en unas pocas líneas. Prácticamente no existen rastros de autores o artistas nuestros por los que haya demostrado algún interés. Alguna vez he oído comentar que habló mal de la poesía (¿o fue de la narrativa?) de José Lezama Lima, pero si lo hizo no queda constancia escrita o grabada de ello. De todos modos, es fácil deducir que la escritura del autor de Enemigo rumor, como también la de Alejo Carpentier, estaba en las antípodas de sus concepciones literarias.

Sí encontró afinidades con Virgilio Piñera, a quien conoció en la segunda mitad de la década de los 40, cuando éste se hallaba en Buenos Aires. En 1947, Borges publicó un cuento suyo, “El señor ministro”, en la revista Anales de Buenos Aires, de la que era director. Y en 1955 incluyó otro, “En el insomnio”, en la antología Cuentos breves y extraordinarios, que compiló junto con Adolfo Bioy Casares. Asimismo por intermedio de Piñera, apareció en la revista Ciclón el texto en prosa “Inferno, I, 32”, que el escritor argentino recogió años después en su libro El hacedor (1960). Hasta ahora, era la única referencia conocida de una colaboración suya que hubiera aparecido en una publicación periódica de la isla.

Hace algunos años me dediqué durante varios meses a revisar la colección del Diario de la Marina, que existe en microfilme en la Biblioteca de la Universidad de Miami. Mi propósito era hacer un inventario de todos los artículos de Gastón Baquero que allí vieron la luz. Como ocurre siempre, a lo largo de esa búsqueda fui acumulando hallazgos de textos pertenecientes a otros autores, de los cuales tomé note y, en algunos casos, fotocopié. Entre ellos están dos colaboraciones de Borges.

La primera se publicó en la página 37 del diario habanero, el domingo 28 de julio de 1946. Es un trabajo que data de 1924 sobre el poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875-1910). Borges lo incluyó en Inquisiciones (1925), su primer libro en prosa, que forma parte de las obras que después no aceptó que se reeditaran (no se pudo hacer hasta 1994, cuando ya su autor había fallecido). La otra colaboración que lleva su firma son las versiones al español de tres poemas de Antología de Spoon River, el famoso poemario de Edgar Lee Masters. Aparecieron en la página 50, el domingo 12 de marzo de 1950.

La publicación de esos textos seguramente se debió a la gestión personal de Gastón Baquero. En esos años se desempeñaba como jefe de redacción del Diario de la Marina, donde su opinión tenía un peso decisivo. Gracias a él, en las páginas de opinión de ese periódico colaboraron regularmente Jorge Mañach, Ramiro Guerra, Emilio Ballagas, José Lezama Lima, Francisco Ichaso, así como Ramón Gómez de la Serna, Azorín o Agustín de Foxá. En cualquier caso, aquí están como curiosidad estas páginas que hace varias décadas los cubanos pudieron leer y que llevan la firma del gran escritor argentino.

Carlos Espinosa Domínguez

*   *   *

JULIO HERRERA Y REISSIG

La lírica de Herrera y Reissig es la subidora vereda que va del gongorismo al conceptismo: es la escritura que comienza en el encanto singular de las voces para recabar finalmente una clarísima dicción. De igual manera que en la cosmogonía mazdeísta se oponen belicosos el mal y el bien, fueron armipotentes en su yo la realidad poética y el simulacro de esa realidad. Fue un posible forastero de la literatura, pero al fin entró a saco en ella.

Le sojuzgó el error que desanima tantos versos de su época: el de confiarlo todo a la connotación de las palabras, al ambiente que esparcen, el estilo de la vida que ellas premisan. Esa falacia es bien merecedora de que la escudriñemos. Su preferencia busca lo lúcido de la objetividad, las cosas cuya virtud está en la forma o en la riqueza de recordación que estimulan. Es manifiesto que la palabra aquí sabe resplandecer; es innegable que en el solo dictado de voces como cisternas, patio, alcarraza, parecen ya ir incluidas la generosidad de tiempo, la compostura varonil y el anhelo de fresco y de quietud que informan el ambiente moro. El error del poeta (y de los simbolistas que se lo aconsejaron) estuvo en creer que las palabras ya prestigiosas constituyen de por sí el hecho lírico. Son un atajo y nada más. El tiempo las cancela, y la que antes brilló como una herida hoy se oscurece como una cicatriz. A ese empeño visual juntó una terca voluntad de aislamiento, un prejuicio de personalizarse. Remozó las imágenes; vedó a sus labios la dicción de la belleza antigua; puso crujientes pesadeces de oro en el mundo. Buscó en el verso preeminencia pictórica; hizo del soneto una escena para la apasionada dialogación de dos carnes. Significativa de esa época es la secuencia de poesías que intituló Los Parques Abandonados, escrita en los alrededores del novecientos. Traslado un soneto de su iniciación:

“Fundióse el día en mortecinos lampos
Y el mar y la cantera y las aristas
Del monte, se cuajaron de amatistas, ´
De carbunclos y raros crisolampos.

“Nevó la luna y un billón de ampos
Alucinó las caprichosas vistas,
Y embargaba tus ojos idealistas
El divino silencio de los campos.

“Como un exótico abanico de oro,
Cerró la tarde en el pinar sonoro!…
Sobre tus senos, a mi abrazo impuro.

“Alejáronse tus blandas y tus cintas,
Y erró a lo lejos un rumor oscuro
De carros, por el lado de las quintas!”

Este poema suscita en mí varias anotaciones. Inicialmente, quiero confesar la regalada irrealidad del comienzo. Es evidente que la entereza del primer cuarteto no hace sino parafrasear una imagen que iguala al de los pasajes en el atardecer al duradero resplandor de las joyas. Individualizar las piedras, deteniendo lo que es morado en amatistas, lo encarnado en carbunclos y lo áureo en crisolampos, es un prolijo elaborar que nada justifica. (Concedo a crisolampo la significación etimológica de brillo de oro. El epíteto raros es una indecidora cuña.) En lo de nevó la luna ya se recaba una eficaz incantación poética; pero en seguida viene ese billón, tan fácilmente reemplazado a millar, y esos dos balbucientes adjetivos y ese silencio que se introduce en los ojos. Después en vívida secuencia, el abanico es una reiterada salpicadura de lujo, la frase abrazo impuro es promisora de la realidad, y los dos admirables versos últimos redimen el poema. Con el incidente que narran, entra en escena el tiempo, una intrínseca luz subleva el mármol de las líneas y la vehemencia de lo transitorio dramatiza el conjunto.

Esta gradual intensidad y escalonada precisión del soneto —ya tan vecina de nosotros, que su numerosa ausencia en los clásicos nos zahiere como una decepción— es asimismo significativa del arte actual. No la practicó el Siglo de Oro, cuyo conjetural anhelo fáustico vinculábase aún a las tutelas apolíneas de la ataraxia y la ecuanimidad. (Los versos más ilustres de Quevedo no están situados casi nunca en el remate de la última estrofa.)

Su intensidad no es subidora; quiere ser lisa y fiel. Apartando algunos sonetos de una evidente configuración escolástica, realizaremos que tal vez los únicos desmentidores de esta igualdad son el soneto LXXXI de la segunda musa y el XXXI de los enderezados a Lisi en el libro que canta bajo la invocación a Erato. Ganoso de una más inquieta y remansada hermosa, el propio Herrera varió la forma de sus composiciones. Puso su voz en la montaña, acabó su eviterna confesión de amante en el crepúsculo y enseñoreó las arduas amplitudes del verso alejandrino. Hizo poemas en que todas las líneas sobresalen, como las de un alto relieve. Por los manejos de una sagaz alquimia y de una lenta transustanciación de su genio, pasó del adjetivo inordenado al iluminador, de la asombrosa imagen a la imagen puntual. En ese entonces —he aludido a la fecha en que Los Éxtasis de la Montaña se hicieron— su docta perfección pudo mentir alguna vez leve facilidad. No de otra suerte el lidiador mata con sencillez. Fue siempre muy generoso de metáforas, dándoles tanta preeminencia, que varios hoy lo quieren trasladar a precursor de creaciones. No es esa su mejor ejecutoria, y en el concepto intrínseco de precursor hay algo de inmaduro y desgarrado, que mal le puede convenir. Herrera y Reisig es el hombre que cumple largamente su diseño, no el que indica bosquejos invirtuosos que otros definirán después. Está todo él en sí, con aseidad, nunca en función de forasteras valías. No es el Moisés merodeador que vislumbra la tierra de promisión y solo alcanza de ella el racimo de uvas que, atravesado en un madero, los exploradores le traen y la certeza de que la pisarán sus hijos; es el Josué que entre el apartamiento de las aguas cruza a pie, enjuto la corriente y pisa la ribera deleitosa y celebra la pascua en tierra deseada y duerme en ella como en mujer sumisa a su querer. No es primavera balbuciente su verso. Lo anterior, claro es, mira a Los Éxtasis de la Montaña, que están situados por entero en la lírica. Luego, su estro andariego tornó a solicitarle y prefirió esquivarse en caprichos a recabar dos veces una misma hermosura.

He de añadir un par de observaciones que harán más pensativa mi alabanza y de algún provecho al leyente. La inicial es atañedera a un peculiar un peculiar linaje de metáforas que Herrera y Reissig frecuenta. Quiero hablar de esas frases traslaticias que para esclarecer los sucesos del mundo aparencial los traducen en hechos psicológicos. Ya Goethe y Hölderlin nos pueden suministrar algún ejemplo de esa figura. En castellano, ninguno es tan ilustremente hermoso como el incluido en este dístico del uruguayo:

“Y palomas violetas salen como recuerdos
De las viejas paredes arrugadas y oscuras”.

Mi observación final atañe a la exactitud de la métrica y a la estudiosa uniformidad de sus temas: gentiles y católicos, pero invariablemente realizándose en el mismo escenario montañés. Esta uniformidad que muchos culparán de pobrería, y que solo mi pluma sabrá calificar de acierto, incluye para los avisadores una resplandeciente didascalia. Entendió Herrera que la lírica no es pertinaz repetición ni desapacible extrañeza, que en su ordenanza, como en la cualquier otro rito, es impertinente el asombro y que la más difícil maestría consiste en hermanar lo privado y lo público, lo que mi corazón quiere confiar y la evidencia que la plaza no ignora. Supo templar la novedad, ungiendo lo áspero de toda innovación con la ternura de palabras dóciles y ritmo consabido. Lo antiguo en él parece auroso, y lo inaudito se juzgó por eterno. A veces dijo lo que ya muchos pronunciaron, pero le movió el no mentir y el intercalar después verdad suya. Lo bienhablado de su forma rogó con eficacia lo inusual de sus ideas.

Este concepto abarcador, que no desdeña recorrer muchas veces los caminos triviales, y que permite la hermanía de la visión de todos y del hallazgo novelero, alcanza innumerable atestación en la segura dualidad de la vida. El arcano de tu alma es la publicidad de cualquier alma. Intensamente palpa el individuo aquellos sentires que se extrañaron con la especie: el miedo ruin, la amotinada y torpe salacidad, la esperanza lozana, el desamor de sitios inhabitados y estériles, la sorpresa implacable y pensativa, que suscita la idea de un morir, la reverencia de las límpidas noches. Ellas encarnan la sustancia del arte, que no es sino recordación. El grato anunciamiento que hace duradero los mármoles, que cimbran las guitarras y que las estrofas persuaden, es pasadizo que nos devuelve a nosotros, a semejanza de un espejo.

*    *    *

POEMAS DE EDGAR LEE MASTERS

Edgar Lee Masters, uno de los grandes poetas contemporáneos americanos, ha muerto a los 81 años en Filadelfia. Autor de una biografía de Lincoln que se considera de las mejores, precisamente por los puntos polémicos que contiene.
Ofrecemos aquí una breve selección de sus poemas, traducidos por el poeta y escritor argentino Jorge Luis Borges.

ANA RUTLEDGE

Oscura, indigna, pero salen de mí
Las vibraciones de una música eterna;
«Sin rencor para nadie, con caridad para todos».
En mí el perdón de millones de hombres para millones
Y la faz bienhechora de una nación
Resplandeciente de justicia y verdad.
Soy Ana Rutledge que reposa bajo esta yerba,
Adorada en vida por Abraham Lincoln,
Desposada con él, no por la unión
Sino por la separación.
Florece para siempre, oh república,
Del polvo de mi pecho.

PETIT, EL POETA

Simientes en una vaina seca, tic, tic, tic,
Tic, tic, tic, como una discusión entre insectos
—Y ambos desfallecidos que la fuerte brisa despierta—
Pero el pino hace una sinfonía con ellos.
Triolets, rondeles, villanelas, sextinas,
Baladas a docenas con el mismo viejo argumento:
Las nieves y las rosas de ayer se han desvanecido,
Y, ¿qué es el amor sino una rosa que se marchita?
La vida a mi alrededor en el pueblo:
Tragedia, comedia, valentía, verdad,
Coraje, fidelidad, heroísmo, fracaso
—Todo eso en el telar y ¡con qué dibujos!
Monte, pastizales, ríos y arroyos?
Ciego toda mi vida a todo eso.
Triolets, sextinas, villanelas, rondeles,
Simientes en una vaina seca, tic, tic, tic,
Tic, tic, tic, qué minúsculos yambos.
Mientras Homero y Whitman rugían por los pinos.

CHANDLER NICHOLAS

Bañándome cada mañana,
Afeitándome, vistiéndome después,
Pero nadie en la vida para alegrarse
Con mi trabajada apariencia.
Caminando cada día, respirando hondo
En pro de mi salud,
Pero la vitalidad, ¿de qué me sirvió?
Adelantando cada día la mente
Con meditación y lectura.
Pero nadie con quien canjear sabidurías.
No era un ágora, no era un banco de liquidación
Para lo intelectual, Spoon River.
Buscando, pero no buscado de nadie:
Maduro, afable, utilizable, pero no utilizado.
Encarcelado aquí en Spoon River,
Menospreciado por los buitres de mi hígado.
Devorándose solo.

5 respuestas
Comentarios

  • En las páginas de La Marina seguramente encontró cosas más interesantes, escritas por los cubanos mencionados o por otros que ya nadie menciona, y son éstas las que debiera divulgar. Pero, claro, Borges es Borges, y sus migajas valen más que el manjar de otro, o por lo menos así ha dictado la crítica.

  • RC dice:

    En las “Memorias” de Bioy, que sacó Tusquets, hay una simpatica nota sobre Piñera del 18 de junio de 1956:

    “A la noche comen en casa Borges, Wilcock, Peyrou y dos maricas cubanos, de la revista Ciclón: Rodríguez Feo, el director, y Virgilio Piñera, el secretario de redacción. Rodríguez Feo es rico, buen mozo, menos literario que su amigo, más muchacho de sociedad; físicamente recuerda un poco a Octavio Paz; Piñera es delgado, con cabeza de perro flaco de empuñadura de paraguas; es modosito, silencioso, un poco lúgubre, no del todo incapaz de formular en la conversación frases (más o menos) bien construidas. Los dos tienen inconfundible voz y entonación maricas. Si formaran pareja, Piñera ha de sufrir por los éxitos y las infidelidades de Rodríguez Feo.”

  • oscar canosa dice:

    Oye, Carlos, te la comistes encontrando estos articulos. En mi opinion, Borges siempre fue mas estudioso de la escritura que escritor. Muy difícil para la mayoria.

  • Y también habló poco y mal de Martí. No vale buscar la cita.