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Citas de Voces 7

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    Editor Jefe
  • abr 12, 201111:04h
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“La manipulación de los medios oficiales que se presenta en Las razones de Cuba es tan manifiesta que la gente la ha incorporado rápidamente al repertorio de choteo que caracteriza al pueblo cubano. “¿Viste ya la tercera temporada de la telenovela de espionaje de los Castro?”, pregunta un amigo a otro. Y no faltan vendedores de periódico que aprovechan el momento para incentivar la venta: “¡Vaya, el agente en Granma!”, pregón que, a la vez, expresa una disimulada ironía: el verdadero “agente” es la prensa oficial.
No obstante, más allá del malogrado intento de ‘embutir’ a los televidentes, el precio de la puesta en escena se les encarece en otros sentidos igualmente contraproducentes, porque al pretender fabricar enemigos imaginarios desde la pantalla también han hecho la promoción de un activismo disidente que está cobrando mayor reconocimiento. En un país donde los medios están en manos de la clase en el poder, podría afirmarse que los hechos no existen hasta que son divulgados por esos medios. Si a esto se suma la acelerada pérdida de credibilidad de dicha clase y la necesidad social de búsqueda de nuevos espacios de expresión —como se refrenda en el sostenido crecimiento de nichos alternativos de la sociedad civil—, podría afirmarse que la desinformación como nueva política del gobierno está condenada a la derrota.”—Miriam Celaya, pág. 4.

“Quién sabe en qué tipo de hombre Fontes se habrá convertido, pero en la Lenin, escuela que el Herald, estúpidamente, describió como “reservada para hijos de la élite” (mi madre, si alguien quiere saberlo, fregaba bandejas en un comedor escolar), nada lo distinguía demasiado de otros muchachos, ni siquiera haber solicitado una plaza en la carrera de Contrainteligencia, que, en contra de lo que alguien ha dicho, no era la que seguían los estudiantes de más bajas notas, sino, en la primavera de 1990, una opción popular, de halo casi romántico, los chiquillos no creían que se convertirían en chivatos, sino en David, el héroe de “En silencio ha tenido que ser”.
Otros en el grupo también escogieron Contrainteligencia: varios, amargamente decepcionados, la abandonaron, se desligaron como pudieron de aquella tenebrosa empresa. Fontes, por lo visto, ha hecho carrera como espía, y su infame conferencia merece el escarnio que ha recibido, aunque el linchamiento público del conferencista sea, a la postre, casi más desalentador (por lo que anuncia en el futuro de Cuba: vendettas, persecuciones, ajusticiamientos sangrientos) que la evidencia, francamente innecesaria, de que el gobierno cubano considera más peligrosa a Yoani Sánchez que a Marta Beatriz Roque, más a los jovencitos que se cuelan sin autorización en Internet y exploran el mundo exterior que a los grupos de la tradicional oposición ilegal. (…)
Desafortunadamente, la conferencia de Eduardo Fontes, si algo prueba, es que en La Habana, o al menos, en los círculos de la inteligencia, los análisis políticos son sorprendentemente infantiles, el lenguaje y las ideas son de una bastedad insultante, el discurso es tan rudimentario y esquemático que uno se pregunta si esos coroneles a los que Fontes estaba hablando alguna vez han leído algo más que el periódico Granma, manuales militares y discursos de Fidel. Peor aún, la conferencia demuestra el empecinamiento del autoritarismo, su radical inflexibilidad, su tenaz resistencia a la apertura de una sociedad civil democrática, y su miedo cerril a Internet, a la que, aunque Fontes les asegure lo contrario, los coroneles y mayores del Ministerio del Interior siguen considerando un invento del diablo. Quiero creer que Fontes, ante una audiencia más ilustrada, tendría, al menos en lo formal, ya que lo conceptual no tiene remedio, una actuación más decorosa. En la Lenin él era mucho mejor.”—Juan Orlando Pérez, pág. 10.

“Un buen día a finales de los noventa los cubanos nos despertamos en un país en que un teniente recién graduado cobra mucho más que cualquier universitario con un par de décadas de trabajo. Y sus entradas, las del teniente, no quedan ahí…
Hoy un oficial recibe una cuota extra de alimentos (buena parte del pollo que se compra en los EE UU, y al que los demás mortales, por lo menos los de los pueblos y ciudades pequeñas de campo, muy raramente tenemos la posibilidad de encontrar en nuestros platos), de ropa y zapatos, tiene no se sabe cuántas más posibilidades de acceder a una casa que el universitario de marras, compra electrodomésticos en tiendas segregadas, donde un televisor le cuesta diez veces menos que en las tiendas de todos, disfruta de bien surtidos centros de recreación, y cuenta con excesivas facilidades para acceder a balnearios de lujo (sería muy educativo armar un álbum con las risueñas fotos de bien vitaminados coroneles y generales en Varadero, disfrutando de sus “ventajitas”).
A tal punto han llegado las ventajas y privilegios, que aun en violación de la elástica Constitución vigente, ser hijo o pariente cercano de militares se ha convertido en factor muy importante, a veces imprescindible, para ingresar no solo en el ejército mismo, sino para acceder a posiciones dentro del aparato con cierto grado de “confiabilidad”.
De este modo en Cuba ha surgido una casta militar detentadora del poder, cuyos máximos representantes ocupan la primera fila en el Consejo de Ministros.” —José Gabriel Barrenechea, pag. 24.

“En Cuba no tenemos una gran tradición poética, y sería ingenuo pensar que podemos llevar un inodoro al museo. A nosotros nos basta con un tibor.”—Lizabel Mónica, pag. 48.

“Recuerdo un cuento de Onelio Jorge
Cardoso, cándido y moralejizante
ante la criminalidad cubanita de un
nieto descubierto en sus crueldades
zoológicas por el abuelo.

Recuerdo un colisable ahogado en
aquella malta de botellas sin marca
que venían en cajones a las bodegas
real-socialistas de los años setenta.

Recuerdo tíos nobles del campo
decapitando por piedad gaticos (y
sobre todo gaticas) recién nacidos.

Recuerdo lagartijas quirúrgicamente
torturadas en la literatura de
Reinaldo Arenas y en las memorias
conversadas del Fidel Castro niño (yo
les tenía miedo y me daban asco al
tacto, las lagartijas).

Recuerdo el bestialismo como una de
las bellas artes locales, así en el
surco como en los suburbios (hay
hasta una yegua muerta medio
violada por Los Chicos Malos que
narró Guillermo Rosales antes de
pirarse de la cabeza y de Cuba).

Recuerdo a Nietzsche, llorando
prendido al cuello de un caballo que
era rematado a porrazos por un
europeo.

Recuerdo un gallo que murió de mano
en mano a lo largo y amateur de la
“ola” en el Estadio Latinoamericano.

Recuerdo a un perro blanco enorme
que hubo que sacrificar delante de mí
porque un carro acababa de arrollarlo
(la dueña desconsolada no paraba de
repetir: ya no te veo más, ay, ya no
te veo más).

Recuerdo las gargantas borboteantes
de sangre y aire y espuma y peste de
los carneros y palomas equiparados
por una muerte brujera, todo con tal
de salvar al viejo sucio y cascarrabias
que de todas formas a las pocas
semanas murió, rabiando y sin la
ecuanimidad de sus sacrificados.

(…)

Orlando Luis Pardo, pág. 63

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