- abr 02, 2011 • 14:00h
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En Occidente casi todos entramos en el mundo de la lectura a través de los cuentos de hadas que, antes de aprender a leer, otros nos relatan o nos leen. Esas historias nos cuentan las peripecias de criaturas sobrenaturales —magas, brujas, genios, animales fabulosos, príncipes encantados, ogros terribles—, enemigos o amigos de los niños: esos seres que habitan sin asombro en un universo plural donde todo tiene cabida.
Pese a que sé leer desde los cuatro años, no puedo distinguir el momento en que mis mayores dejan de leerme y me abandonan a mis propias lecturas. Creo, más bien, en que hubo un período en que coexistieron ambas cosas, de ahí que los cuentos de hadas y la Biblia, para hablar de escrituras fundamentales, participan para mí de esta dualidad: me llegan directamente desde un texto o a través de las voces de mi madre y de una de mis tías. Ambas leían muy bien, hasta con cierto énfasis declamatorio que hacía hablar en sus voces a todos los personajes de un relato. No hace tanto encontré, en el catálogo de una librería de viejo en Madrid, un ejemplar de Cuentos de hadas italianos de la misma edición de uno que fue mío a mediados de los años cincuenta. Al recibirlo me estaba deparada una extraordinaria emoción: por un instante creí recuperar la voz de mi madre en una cápsula de tiempo.
Cuando hablamos de cuentos de hadas en un sentido más específico nos referimos a tres colecciones que constituyen el canon de esta tradición y que responden al nombre de sus autores o compiladores: Charles Perrault, los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen.
Perrault, cuya vida transcurrió casi enteramente en el largo reinado de Luis XIV, fue un francés que practicó profesionalmente sus diversas aficiones intelectuales: poeta, ensayista, arquitecto (tan importante como para ser uno de los que dirigió las obras de Versalles), dramaturgo, biógrafo. Casi al final de su vida publicó una obra que él consideró menor y por la cual, sin embargo, lo reconoce la posteridad: Histoires ou Contes du Temps Passé, más conocida por Les Contes de ma Mère l’Oye (Cuentos de antaño o Los cuentos de Mamá Oca); prodigiosa colección que contiene relatos infantiles tan emblemáticos como “Caperucita roja”, “La bella durmiente del bosque”, “El gato con botas”, “La cenicienta” “Pulgarcito”, entre otros igualmente famosos. ¿Puede imaginarse un autor que tenga en su currículo semejantes relatos?
Sin embargo, Perrault no fue autor de estos cuentos en el sentido más estricto de creaciones de su imaginación. Él tan sólo puso por escrito por primera vez, y reunió en una colección, lo que había pertenecido durante siglos al folclor europeo. Mamá Oca, o Mamá Ganso, era una manera de llamar a las abuelas, madres o nanas que habían entretenido a innumerables generaciones de niños con esas historias. Se dice que Perrault no hizo más que transcribir los relatos que le contaba a su hijo la niñera, añadiéndoles algún aderezo formal, como son las moralejas en verso que aparecen al final de cada cuento.
El nombre genérico de cuentos de hadas, con que se han definido hace mucho estos relatos, responde a la presencia en muchos de ellos de unos personajes fabulosos surgidos en antiguas mitologías y subsistentes bajo ciertas transformaciones o disfraces en la religiosidad sincretista del cristianismo. Ninfas, espíritus bienhechores asociados con algunos lugares, fuerzas demoníacas, humanos transformados por artes mágicas, deidades destronadas que provienen tanto del Mediterráneo como de las tradiciones celtas y germánicas son algunos de los caracteres que caben dentro de la categoría de las hadas, si bien en estos relatos folclóricos que hace mucho llamamos “literatura infantil” suelen asumir la apariencia de mujeres, ya sean bondadosas o malvadas.
Tal como ha llegado a nosotros, el cuento de hadas es un producto típicamente medieval, surgido en Europa cuando la espléndida cultura urbana que caracterizó al imperio romano se había fragmentado en incontables dominios, y las grandes ciudades, con excepción de Constantinopla, se habían contraído notablemente. Se trata de un género rural, cuyos personajes suelen ser labriegos, pastores o “reyes” y “príncipes” que moran en castillos situados también en medio de la naturaleza y bastante asequibles a sus súbditos, lo cual hace pensar en señores feudales más que en soberanos de grandes estados. Éste es el ambiente, casi sin salvedades, de los cuentos de Perrault —provenientes en su mayoría de Europa Occidental y Central— que se replica en otras tradiciones parecidas, más lentas en plasmarse por escrito, tales como los cuentos de hadas rusos.
Si una constante tienen los cuentos de hadas es el espíritu de justicia social que puede acreditársele a un principio cristiano subyacente en todos ellos y resumido en el dicho evangélico de “los primeros serán postreros, y los postreros, primeros”, que ha de marcar, como pocas doctrinas, toda la civilización occidental. En una sociedad tan inmóvil y estratificada como la feudal, donde los siervos sólo por excepción pueden abandonar su estado, estos relatos folclóricos son una constante puerta de redención para los menos afortunados, quienes mediante actos de heroísmo (Pulgarcito), triquiñuelas (El gato con botas) o favores mágicos que vienen a recompensar la bondad (La cenicienta) consiguen llegar rápidamente al ápice de la escala social.
Los héroes y heroínas de estos cuentos suelen ser los más débiles, ineptos, indefensos o tontos de la familia, que casi siempre es el núcleo donde los relatos se generan. En una sociedad donde los primogénitos eran favorecidos por el mayorazgo, que les garantizaba el traspaso casi íntegro del patrimonio familiar —lo cual llevaba muchas veces al segundón a optar por la carrera eclesiástica—, el tercer hijo ya venía al mundo con muchas desventajas. Entre los pobres, el hijo mayor también era el principal beneficiario (El gato con botas comienza con una partición de bienes: un molinero que reparte todo lo que tiene entre sus tres hijos; al mayor de los cuales le deja el molino; al segundo, un asno; y al más pequeño, un gato —el cual, como sabemos, es el responsable de cambiar la suerte del héroe). Los cuentos de hadas tienden a favorecer a los que la sociedad condena de antemano a la derrota.
Es recurrente que el héroe de estos cuentos suela ser el último de una tríada que logra tener éxito allí donde los dos que le anteceden (frecuentemente sus hermanos) han fracasado. Sucede así con el menor de los príncipes de El pájaro de oro, que no se queda dormido y logra ver y —posteriormente— atrapar al ave que roba las manzanas de oro; y con el hijo simplón, también el tercero, de El ganso de oro; y con Cenicienta, a quien le sirve la zapatilla de cristal luego de los inútiles esfuerzos de sus dos hermanastras. Si el tres es un número de perfección, también lo es el siete; no en balde son siete los enanos de Blancanieves, y Pulgarcito es el séptimo y último de sus hermanos.
Llama la atención que en la Europa medieval, donde la Iglesia llegó a ejercer un dominio tan absoluto sobre las conciencias y proliferaron tanto las órdenes monásticas, la religión oficial apenas tenga cabida en los cuentos de hadas. Los prodigios que los caracterizan no son milagros atribuibles a los santos, ni a apariciones de la Virgen ni a la propicia intervención de los ángeles que el catolicismo venera; sino a seres que viven al margen de la fe oficial, a fuerzas que habitan en medio de la naturaleza, junto a los ríos, a la sombra de ciertos árboles, en castillos encantados, en grutas y cabañas perdidas en lo profundo de los bosques, y que a veces se encarnan en animales capaces de hablar y obrar. Todo lo cual denota la supervivencia de un repertorio de tradiciones de inconfundible sabor pagano que logró eludir en la narración oral, durante siglos, la censura y la represión eclesiásticas.
En la compilación de Perrault, acaso por ser la más antigua o por refinado sadismo de este autor, los cuentos son portadores de una violencia y crueldad descarnadas que se atenúan cuando algunos de ellos reaparecen en la posterior compilación de los hermanos Grimm. Dos ejemplos servirán para ilustrarlo: en La caperucita roja de Perrault el relato concluye cuando el lobo se come a la niña preguntona. El final feliz del cazador que mata al lobo, le abre el vientre y saca vivas a Caperucita y a su abuela pertenece al corpus de los Grimm. Del mismo modo, la versión de La bella durmiente que recogen éstos, y que nos es más conocida, concluye cuando la princesa despierta y todo está esperándola igual que un siglo antes, incluso sus padres. En la versión de Perrault, los padres de la princesa son excluidos del hechizo y abandonan el castillo donde su hija y toda la corte van a dormir por un siglo, de suerte que cuando la princesa despierta no se los encuentra, porque han muerto hace mucho. Y algo aún más atroz: la madre del príncipe que se casa con la Bella Durmiente es una ogresa que intenta —en ausencia de su hijo cuando ya éste es rey— comerse a sus dos nietos y a su nuera, para terminar lanzándose a un foso lleno de sapos y culebras. Me resulta difícil imaginar a una madre de nuestros días leyéndoles esta coda a sus hijos a la hora de dormir.
Mucho más aterrador es, sin duda, el cuento de Barbazul —que sólo aparece en el repertorio de Perrault—, en el cual la curiosidad de la octava esposa del personaje que le da nombre al cuento la impulsa a entrar en un habitación, con el piso encharcado en sangre, en la cual encuentra a sus siete predecesoras degolladas y colgadas de sendos ganchos. Estoy seguro de que muchos educadores actuales encontrarían esta trama algo perturbadora para la mentalidad infantil, si bien es cierto que los niños están más dispuestos que muchos adultos a aceptar, sin mayores aprensiones, las escenas truculentas de un relato que realmente les interese.
Otro rasgo típico de los cuentos de hadas es la activa participación de animales que tienen la virtud de asumir conductas humanas, como en las fabulas (género que cuenta con el prestigioso antecedente de Esopo, que Jean de la Fontaine, contemporáneo de Perrault, revivió en la Francia del siglo XVII). Con más frecuencia, los animales que aparecen son seres humanos que han sido víctimas de algún hechizo, o agradecidos auxiliares de los protagonistas. El más conocido de este zoomorfismo es La bella y la bestia, que también le debemos a Perrault, cuya conmovedora historia nos es tan familiar.
Más de un siglo después de la aparición de los cuentos de Perrault, los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm publicaban en colaboración lo que llegaría a ser su obra más renombrada: Kinder- und Hausmärchen (Cuentos infantiles y domésticos), la cual abundaba en notas eruditas y pretendía ser una contribución al folclore y no un compendio de cuentos para niños.
Ambos hermanos, que habían hecho aportes de valor en los campos de la gramática, la filología y la historia de la lengua y la literatura alemanas, pasaron trece años, por el tiempo que en Europa se libraban las guerras napoleónicas, haciendo acopio de cuentos populares, sobre todo de los distritos de Hesse y de Hanau, que hasta ese momento parecían poco afectados por la industrialización. Ellos decían estar particularmente agradecidos a la esposa de Wilhelm, que había oído muchos de esos cuentos de labios de su nana, así como a la esposa de un granjero que contaba con un repertorio prácticamente ilimitado. La colección, con más de doscientos relatos, se publicó en dos volúmenes, uno en 1812 y otro en 1814, y los editores no tardaron en descubrir en ellos una cantera para el entretenimiento de los niños.
A la dedicación de los hermanos Grimm le debemos algunos de los cuentos que más estimularon nuestra imaginación en la infancia, tales como Hansel y Gretel, El pájaro de oro, El sastrecillo valiente y tal vez el más conocido, traducido y popularizado de todo el género: Blancanieves y los siete enanitos. La historia de Blancanieves la conocemos desde pequeños, como obra suelta, argumento de historietas, dibujos animados y películas. Sin embargo, ninguna de estas versiones es enteramente fiel al texto de los Grimm, en el cual, por ejemplo, la madrastra consigue engañar a Blancanieves —con el propósito de matarla— no una sola vez, sino tres veces (en la primera ocasión intenta estrangularla, y en las otras dos recurre al veneno, que sólo parece tener éxito en la última). Asimismo, la doncella no resucita gracias a un beso de amor del príncipe, sino a la caída de uno de los lacayos que carga el féretro de cristal y que da lugar a que éste se rompa. La brusca sacudida le hace expulsar a la muchacha un trocito de manzana que le obtura la garganta; por lo cual podría afirmarse que Blancanieves no fue realmente envenenada, sino que sufrió una especie de catalepsia por obstrucción o ahogo.
Con la publicación de los cuentos de los hermanos Grimm, el género parece alcanzar su madurez como definitivo asentamiento de una tradición oral centenaria que va a encontrar émulos en otras literaturas europeas, entre las cuales merecen destacarse los Cuentos populares rusos que, a mediados del siglo XIX, reúne en un volumen Aleksandro Nikolaevich Afanasiev. Pese a que al cuento de hadas ruso pueden apuntársele algunas peculiaridades que trascienden la idea de que se trata de simples relatos infantiles (mayor profundidad, significado más complejo y espiritualidad más intensa, rasgos que responden quizás a arraigadas creencias chamánicas anteriores a la llegada del cristianismo), comparte con sus homólogos de Europa Central y Occidental casi todas las características generales señaladas antes e incluso algunos temas y argumentos.
El ejemplo más notorio es El pájaro de fuego que inspiró el ballet de Stravinsky y la coreografía de Fokine y que es prácticamente idéntico a El pájaro de oro de los hermanos Grimm. En ambos cuentos (el nombre completo de la versión rusa es El príncipe Iván, el pájaro de fuego y el lobo gris) hay un rey que tiene tres hijos y un árbol de manzanas de oro en su jardín. Todas las noches, un pájaro de plumaje dorado viene y se roba una manzana. El rey, irritado por este hurto consuetudinario, le pide a sus hijos que traten de capturar al ladrón. Como es usual en estos relatos, los dos primeros hijos se duermen en la espera, pero el tercero logra sorprender al ave y, aunque no la atrapa, se queda con una de sus plumas y ése es el comienzo de una aventura que lo llevara a países lejanos y lo hará dueño del pájaro y de otros animales fabulosos, así como del amor de una princesa. Mientras en el cuento de los Grimm, el rey y sus hijos no tienen nombres, en el de Afanasiev el monarca es el zar Vyslav Andronovich y sus tres hijos se llaman Dimitri, Vasili e Iván. Difieren también en que un zorro es quien ayuda al tercer hijo en el relato recogido por los hermanos Grimm, en tanto es un lobo gris en la tradición rusa.
A diferencia de sus famosos predecesores, el danés Hans Christian Andersen escribió cuentos de hadas de su autoría, siguiendo las pautas de un género que ya para la fecha (1835-37) estaba muy bien definido. Los relatos de Andersen, a los que le dio en su lengua el nombre genérico de Eventyr (Cuentos de hadas) no tuvieron una aceptación inmediata, pero al tiempo de su muerte (1875) estos cuentos infantiles habían logrado eclipsar a todo el resto de sus obras.
Los cuentos de Andersen se caracterizan por ser mucho más largos que los de Perrault y los hermanos Grimm, y tanto, que algunos podrían considerarse noveletas. A él le debemos algunos títulos que se incluyen, sin duda, entre los primeros del género: El ruiseñor, Las zapatillas rojas, El patito feo, Una princesa verdadera, La sirenita, El traje del rey… que han servido no sólo para entretener a generaciones de niños, sino que algunos de sus desenlaces se han convertido en lugares comunes del habla. Cuando decimos que tal o cual persona es “un patito feo”, para dar a entender que es un incomprendido llamado a encontrar un medio propicio donde realizarse, o que “el rey va en cueros”, para significar que no hay modo de ocultar un engaño o un fraude, le estamos haciendo un homenaje a Andersen. Los personajes de su invención resultaron ser tan reales que la estatua de La Sirenita hace mucho que se convirtió en el primer símbolo de la ciudad de Copenhague.
Así como la prosa de Perrault tiene el colorido de su época, y los hermanos Grimm escriben con una precisión casi clínica por respeto a sus fuentes, Andersen es un estilista que, al mismo tiempo, jamás se olvida del público al cual se dirige: su elegancia va pareja con su sencillez —dos ingredientes difíciles de conciliar. En todos sus relatos puede encontrarse, además, la voluntad didáctica del que quiere, sin pedantería, ofrecerle una lección moral a sus lectores, una lección que casi nunca deja de estar teñida por una cierta melancolía, a pesar de los finales felices.
El siglo XIX fue la época en que los cuentos de hadas alcanzaron su auge con numerosísimas ediciones en muchas lenguas. Perrault, los Grimm y Andersen descuellan sobre todos los demás como los grandes clásicos de un género. La literatura infantil no ha carecido luego de creadores, como el notable caso de Lewis Carroll y sus dos célebres novelas (Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo) en plena era victoriana, o el de J.R.R. Tolkien y su famosa saga El señor de los anillos, entre una larga lista de autores en el siglo XX; pero ya estamos ante un fenómeno diferente, que si bien participa de lo fabuloso y lo sobrenatural, carece de la gratuita ingenuidad del auténtico cuento de hadas.
Yo he seguido leyendo a los clásicos del género. Mientras escribo esta nota se apilan sobre mi mesa distintas ediciones primorosamente encuadernadas e ilustradas que manoseo con fruición. Nunca me sentiré lo bastante viejo para abandonar esos textos por los que entré en el fascinante mundo de la lectura y que aún espero sirvan para enseñarme.
Sin embargo, si tuviera que elegir un solo cuento de hadas como el más importante y aleccionador entre todos, tendría que acordarme de La bobina maravillosa, que no pertenece a ninguna de estas colecciones y cuyo autor nunca supe quién fue. El argumento trata de un niño príncipe que se aburre y se impacienta con su infancia y sueña con saber cómo será el futuro. Ante su insistente reclamo, se le aparece un hada que le entrega una bobina de oro por la que asoma un hilo, tirando del cual el niño podrá ver lo que le reserva el porvenir. Entusiasmado, el príncipe hala del hilo y recorre en poco tiempo toda su vida hasta llegar a la vejez. Satisfecha su curiosidad, quiere volver a la niñez, pero descubre horrorizado que la bobina gira en un solo sentido. Recuerdo el pavor que sentí al leerlo a los siete años, no menor del que siento al recordarlo ahora, más de medio siglo después.
Vicente Echerri
Nueva York
Ilustraciones: The Brothers Grimm Illustration Clutch (Sleeping Beauty): Household Stories from the Collection of the Brothers Grimm; illustrated by Walter Crane, Translated by Lucy Crane Copyright, 1882, by Macmillan & Co.;
Las ilustraciones Art Nouveau de Félix Lorioux aparecieron en la edición de los Contes de Perrault de 1927. Aquí más.
Ilustración de Gustave Doré para Pulgarcito; Aquí más;
Andersen: Original papercut design, intricately cut and depicting several popular motifs including ballet dancers, windmill men with heart-shaped windows, pierrots, Ole Lukoie or sandmen, flower garlands, palm trees, storks, and gnomes [..and dated] 1870.”







me encanto esta leccion pq es muy interesante y muy reflexionante y le encanto a mi hija de 5 años
Yo conocía “Una princesa verdadera” como “La princesa y el guisante”.
Buen escrito, Echerri.
The Fairy Tales of Charles Perrault, todos los otros autores y fábulas que menciona Echerri, y muchos más, están en amazon.com de gratis -en formato digital.
Qué agradable lectura. Suscribo lo q dice el Dr Fortes y agregaría con pesar (ojalá me equivocara) q ya los niños de hoy no les interesan esas lecturas ni tampoco Verne, Salgari, Dumas….Asistimos al inédito tiempo en que ya los niños no leen lo que leyeron sus padres,abuelos y bisabuelos. Todo lo contrario,hay montones de padres que hoy leen lo que ya leyeron sus hijos y no lo que leyeron sus padres…Interesante.
Gracias.
No hay nada peor para el Futuro que el engreimiento de generaciones Pasadas.
No me recuerdo haber leido, ni que me leyeran cuentos de ni~os. Yo estaba mas influido por mi Padre, y al igual que cierto conocido mio, disfrutaba de El Corsario Negro, las aventuras de Arsenio Lupin y sobre todo, Sherlock Holmes. Lo mas que mi Madre pudo contribuir a mi imaginacion, fue llevarme a ver El Mago de Oz, que todavia me impresiona.
El texto me ha aclarado una bronca que he tenido en casa.
Leyendo a mis hijos la historia de Blancanieves en un libro alemán, me sorprendí con el final (el pedazo de manzana que sale de la boca de blancanieves). Mi esposa me decía que esa historia había sido siempre así y por eso compré en España un libro español “con la versión de toda la vida”.
Las historias eran tan distintas que parecerían que tratan de cosas diferentes. Yo me quedé pensando que estos alemanes comunistas (el libro fue publicado en la RDA) habían mutilado el cuento, imagino que mi esposa pensará que los gallegos habían profanado la historia germana.
En fin, es solo una anécdota. Muy bueno el texto.
Yo pienso que madure demasiado rapido pues mis libros favoritos eran :Corazon,El Pequeno Principe y el Tabano.
Ensayo disfrutable y a la vez profundo, una fórmula mágica que cada vez se hace más rara en un mundo dominado por la media y la baja cultura, y un mundo también dominado por los juguetes electrónicos de mano por donde corren juegos atroces, más bien propios de una época de barbarie. Recordar que existen todavía los maravillosos cuentos de nuestra infancia es una noble tarea civilizadora. Gracias a PD y al autor por este regalo sabatino.
Los títulos de los cuentos que menciono en el texto son los de las versiones que leí de niño, algunas de los cuales poseo. Como se trata de traducciones, un mismo cuento puede tener más de un título. Busquen en Google “Una princesa verdadera” y “El traje del rey” y no se sentirán defraudados. Atribuyo esta falta de uniformidad, al menos en el caso de “Una princesa verdadera”, a las fuentes de donde se tradujeron al español, que deben haber sido el francés, el inglés y tal vez el alemán (dudo que haya traducciones directas del danés). En francés, este cuento se llama “La princesse au petit pois”, mientras en inglés se llama “The Real Princess”. Pienso que la versión que yo leí debió ser una traducción del inglés.
En cuanto a “El traje del rey”, que puede encontrarse en versiones españolas del siglo XIX y de principios del siglo XX , pienso que obedece a un “ajuste” cultural (ya que en España no había emperadores) y hasta veladamente antimonárquico, que hizo popular la expresión “el rey va en cueros” cuando Alfonso XIII estaba aún en el trono.
Seria de tontos inhibir la imaginacion de los Ni~os.
Cuando niño por un dia de Reyes me regalaron un libro llamado Cuentos y Leyendas de America del Sur y en el se encontraban unas historias fantasticas y embrujadoras para los niños.
En ese libro habia cuentos como las Sandalias del Chasqui el mensajero del Inca, y el cuento de la bebida llamada Chicha, que segun la leyenda del cuento fue el origen del lago Titicaca. Siempre me quede impresionado por este libro y hubiera querido tenerlo aqui para regalarselo a mis hijos y nietos.
El traje nuevo del emperador” es el título completo. El otro, “La princesa y el guisante” no “La princesa verdadera”, y así, algunas erratillas más, pero muy bien, excelente texto. De toda la blogoesfera cubana, solo en PD pueden leerse cosas así. Excelente revista sabatina dominical!
Es uno de los textos más iluminadores que he leído sobre el origen de la LI, escrito con sencillez y profundidad, con ese talento que hace que avancemos en la lectura sin perder un instante. Lo guardo y lo paso a otras personas. Mil gracias.
Si se habla de Magia, hay que ir mucho mas atras.