- mar 29, 2011 • 10:05h
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Esta columna es una calumnia. Una memoria amnésica. Algo que nunca pasó, excepto en mis pesadillas despiertas de los años setenta. Sólo por eso vale la pena inventariar su sentido, inventarle uno llegado el caso. Lo que necesita Cuba ahora mismo no es tanto libertad de expresión como de elucubración.
Santiago Álvarez fue el Narrador de Horrores de mi Infancia. Cada vez que entraba a un cine cubano retumbaban aquellas imágenes en blanco y negro sobrecogedor, con águilas y muertos y música manipuladora que nunca he podido olvidar. Todo era feo, incluso las fábricas y la gente cubana. El capitalismo de las películas de animados era el color amable, con letricas brillantes. La realidad socialista más o menos noticiosa supuraba un austero descolor y una voz disciplinaria en off. Fue así como me hice burgués, aún siendo el hijo único de esos dos proletarios emprendedores que fueron mis padres.
Recuerdo palabras de aquellos noticieros ICAIC. “Revolución”, por supuesto. “Tegucigalpa”, no sé bien por qué. “Imperialismo”, como Juan que se mata, lugar común en cada episodio de odio. “Eficiencia”, “bombardeo”, “heroico”, “sismo”, “misericordia”. No estoy haciendo literatura en este punto, no se hagan los graciosos conmigo: les estoy tecleando de tú a tú. Y recuerdo a James Reagan y a Ronald Carter, presidentes yanquis indistinguibles en sus murumacas de urracas gracias a una edición tremendista. Uno de ellos, por la fecha sería evidentemente Carter, apareció bailando o jugando fútbol en calzoncillos de pata o tal vez en piyamas muy cortos, con una cara de mongo que daba pavor (es posible que la cara no hubiera sido alterada, sino que fuera la original), contoneándose en cámara lenta mientras yo me mareaba a la espera del largometraje de muñequitos y le pedía a mi padre que me sacara de allí, del cine Rex o Dúplex del bulevar de San Rafael.
En el parquecito “Fe del Valle”, un hombre ya mayor llamado Dionisio Manuel Camilo Pardo Fernández (mi padre perdió su tercer nombre con la llegada del carnet de identidad) me tranquilizó. Tenía 60 años y se acaba de retirar, según él para pasar más tiempo en familia. Y lo logró (murió a sus 81 en el 2000). Y también logró dejarme muy claro esa tarde telúrica que el reino de la imagen es perverso, que un poder que emite imaginaciones es indigno, que crecer sería no hacerle caso a ningún patrón de 35 o de 1959 milímetros, que por eso la literatura cubana también era pésima (mi padre no era muy buen lector), que durante los noticieros él cerraba los ojos para descansarlos y “comerse” mejor la película, que yo debería ir aprendiendo a no ver.
Fue una lección que me permitió sobrevivir durante décadas decadentes. Hasta que, ya huérfano ante él y ante la historia sin histología de este país, aprendí por mi cuenta a ver, a violentar imágenes contra imágenes, a poner en crisis la retórica revolucionaria, a ser en fin el más intolerable e ininteligible escritor que sobrevivirá enterrado en esta Isla, más allá de la necrológica de los noticieros (ahora es el de las 8 PM en la televisión el que descoyunta cerebros).
Gracias, papá. Gracias, Carter. Sin saberlo, ustedes fueron mis primeros críticos literarios (se parecían físicamente en algo). Gracias, Santiago Álvarez, por el espanto estético con que generaciones de niños temblamos de viejos cuando oímos pasar un avión.
Orlando Luis Pardo
La Habana






James Reagan…Ronald’s evil twin.
Excelentísima prosa Orlando Luis Pardo; todo el horror que testificas yo también lo viví, por eso una vez más me cago en la madre de Fidel.
la niña linda
Como siempre, tan clara y estupenda tu prosa.. Te admiro..
excelente. fenomenal.