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Notas sobre la libertad y la esclavitud aceptada

  • Mar 28, 201113:19h
  • 9 comentarios

Nunca olvidaré el momento en que mi razón supo en La Habana que yo no conocía la libertad.

Fue cuando una argentina (se llamaba Doris y era de Misiones) encendió un cigarro Malboro.

La manera de encenderlo y después de llevarlo al aire con las primeras volutas saliendo de sus dedos entrecruzados, describió en el vestíbulo del hotel Riviera la forma visual de mi vergüenza.

“Yo quiero poseer ese gesto”, me dije con descubridor entusiasmo de esclavo.

Me di cuenta, también, que no entendía la libertad, por desconocida, pero el Malboro ardiendo me mostró que podía verla y hasta suponerla.

Entonces no había leído ese pasaje en el cual Reinaldo Arenas, viajando en tren por los Estados Unidos, relata cómo vio un gesto para él inimitable. El de un muchacho americano lanzando un balón a un cesto.

La conclusión de Arenas era descorazonadora: quien ha nacido y crecido en el totalitarismo nunca podrá lanzar un balón con tanta ignorada indiferencia.

Es decir que ni los que aceptan o se quedan, ni los que nos rebelamos con los pies del totalitarismo, podremos disfrutar de esa normalidad congénita. Algo nos iguala en nuestro desencanto: el haber crecido sabiendo que nos vigilan y nos prohíben todo.

Pero quiero suponer que algo nos diferencia; los matices de nuestra resignación, las opciones de nuestra réplica. Y esto me ha obligado a tratar de responder a esta pregunta:

¿Qué origen tiene la servidumbre voluntaria? O lo que es lo mismo: ¿por qué ciertos pueblos dan la apariencia de aceptar con resignación y como destino el poder omnipresente de un tirano?

En un libro escrito a los 18 años y publicado en 1576, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Montaigne, dice no poder comprender, anoto, por qué razón tantos hombres, ciudades y países soportan a un tirano cuyo único poder depende precisamente de ellos, de su resignación o de su rebeldía: “Los tiranos son grandes porque nosotros estamos de rodillas”, escribe La Boétie.

El amigo de Montaigne parte de un principio: “El poder no es divino, viene de la servidumbre de los hombres”. La falta de libertad es antinatural y logra imponerse, entreteniendo al pueblo, dando algunas gratuidades, honorando a los adulones cortesanos, imponiendo en fin, la tiranía… por la costumbre.

“La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”, escribe La Boétie, “uno no añora nunca lo que nunca ha conocido”, concluye.

La voluntad acostumbrada a obedecer, no cuestiona a la rutina, no desafía al tirano.

Más que precursor de una concepción revolucionaria, el Discurso sobre la servidumbre voluntaria puede considerarse un antecedente de la desobediencia civil, que siglos después desarrollaran Henry David Thoreau y Gandhi, entre otros.

Y fue Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica quien resolvió el dilema de la eterna obediencia divina: la ley injusta no es ley, la desobediencia no puede en esos casos producir efectos negativos superiores a la propia ley. Es decir, que lo injusto justifica la rebelión o, al menos, el desacuerdo.

El mes de enero del 2011 no es el comienzo de una década, sino también de una ola de protestas contra las tiranías de varios países árabes. Primero en Túnez y después en Egipto. Y cada vez que alguien decide saber cómo hacer para encender un cigarro como lo hizo aquella argentina para mí en el hotel Riviera de la Habana de los 90, me vuelvo politólogo y leo, reflexiono y asocio. Trato más bien de explicarme tres cosas: el cómo y por qué ocurrió, y su posible relación, por supuesto, con el caso de Cuba.

Desde Timothy Garton Ash, hasta Moisés Naim, Mark Thompson, Thomas L. Friedman, Manuel Castels y Mario Vargas Llosa, por sólo citar algunos, todo el mundo coincide en lo inédito del carácter y la manifestación de estas protestas.

Estamos en presencia, parece ser, de un nuevo tipo de revolución.

Los políticos y respetados pensadores e intelectuales, autores de graves discursos y gruesos tratados, y directores de institutos y academias… una vez más se equivocaron.

Y se equivocaron por dos razones: primero, por subestimar la rabia contenida y los deseos de modernidad de los jóvenes árabes (que por supuesto son como todos los humanos), y segundo, también por la falta de modelo de referencia al cual agarrarse.

Nos damos cuenta ahora que el apoyo de los EE UU y de Occidente a tiranos corruptos como Ben Ali y Moubarak para frenar al fundamentalismo islámico, terminó siendo un error que obvió a quienes nacidos o crecidos en plena globalización, aspiran a las ventajas y a la dignidad de ser libres.

Ahí están los teléfonos móviles, Internet, Facebook y Twiter citándose como soportes de la comunicación inmediata, de una sociabilidad que se trasmite de manera instantánea y global.

Y aunque la palabra revolución es la que menos me excita de todo el diccionario, hay que reconocer que estas revoluciones de los países árabes son sumamente atractivas, como el jazmín, o el humo que salía de las manos de la argentina: no están estructuradas alrededor de una personalidad, una ideología, ni un partido, no gritan consignas militantes ni contra el Occidente, no matan aún cuando mueren los manifestantes, no destruyen…

Un principio parece coincidir en estas nuevas rebeldías: la libertad de sus espíritus. Ser libres, así de simple, decir NO sin violencia física. Un único objetivo une a estas personas durante 18 días en una plaza pública: echar fuera al tirano.

Cabe preguntarse entonces, ¿qué ha cambiado desde Étienne de La Boétie y la turista argentina en el hotel habanero? Quiero pensar que en lo esencial nada: ser libre es natural, y acostumbrarse a no serlo es una silenciosa aberración que un buen día se interrumpe por la ira.

¿Y por qué no en Cuba?, me preguntan siempre, estudiantes, amigos, desconocidos, malintencionados y enemigos. En estos días más, claro, cuando dos tiranos han salido corriendo. Y la respuesta, me decía antes de leer a La Boétie, necesita la escritura de un mamotreto.

La respuesta a la pregunta de por qué en Cuba no sucede lo mismo que en Túnez y en Egipto se complica, creo, en sus detalles, pero no en lo esencial: no hemos aprendido a decir BASTA al mismo tiempo y en múltiples espacios.

La manera en que los cubanos tratamos de ser libres no ha perturbado lo suficiente la siesta de la corte. Acatamos por pereza e indiferencia, o por sobrestimar el poder de la represión. Disentimos en espacios reducidos. O nos vamos a otro país, como yo, a tratar de encender un cigarro como lo hizo aquella argentina (se llamaba Doris y era de Misiones), un atardecer de enero en el vestíbulo del hotel Riviera de La Habana.

Armando Valdés-Zamora
París

Ilustración: Tai Ma Campos, “Hazañas de un chulo”, 2010

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9 respuestas
Comentarios

  • cespedes cespedes dice:

    la carcel cubana, de los tiranos existe por el miedo a lo desconosido, y saber que todos los vecinos nos espian, y eso despues lo denuncian al DTI y se aplica la terrorifica palabra patria o muerte, para los que quieren ser libres auque sea solo una ves en su vida,pobres de nuestros padres , pobres de nuestros hijos y pobres de nuestros nietos, por no tener los padres el valor de pedir libertad, por la que lucho. Carlos manuel de cespedes y del castillo.

  • Gabriel dice:

    A los niños maltratados por sus padres se les distinguen por su mirada. Es especial.

    ¿Será posible que pase algo semejante con los ciudadanos de tiranías?

  • ¿Por qué no en 2011 (o cualquier año posterior a 1959) y sí en 1868 y 1895, o aun, en menor escala, 1933 o 1959? Porque el primer tirano que conoció Cuba fue Fidel Castro. Bastante tiránicos se volvieron los españoles después de Yara y Baire, pero no antes. Y Machado y Batista no eran ni tiranos en pañales.

  • Pedro Julio Suarez dice:

    Lo he leido tres veces seguidas, no pude copiarlo para enviarlo a Cuba. Cuando leo articulos como estos, de cubanos en el exilio, siento un profundo pesar por todos esos, que dentro de Cuba no pueden leerlo, que ni siquiera conocen de la existencia de tantos y tantos magnificos escritores que conforman la diaspora intelectual cubana. No esta lejano el dia que podamos regresar todos, y que Armando pueda, con sus hijos, disfrutar de las playas cubanas.

  • ADVIL PM dice:

    Este texto me parece genial. Por la urticaria cubana ante la palabra revolucion, le llamo rebelion. Lo que esta sucediendo en Africa del Norte es inedito, se estudiara un antes y un despues de estos hechos.

    Felicito al autor por este articulo.

    A la vez, los comentarios me recordaron lo que me dijo una amiga en 1980 que me hizo ver las cosas diferentes, como los “gestos” que fulminan comentados por aca:

    El primo de mi amiga tenia una obsesion con tener botas de vaquero desde nino. Nunca pudo conseguir unas en Cuba. El muchacho se fue por el Mariel. La primera carta que la familia recibio de el fue una foto, sin palabras: el muchacho estaba retratado con unas botas de vaquero.

  • lector radical dice:

    Armando y ANÓNIMIO. Qué reconfortante cuando uno descubre que no era un bicho raro con pretensiones extravagantes o ajenas. Son dos historias-confesiones de un profundo contenido humano, contadas de forma irrepetible, en la que pueden verse reflejados otros muchos de nosotros con el mismo origen. Gracias.

  • ANÓNIMO dice:

    Debo confesar, un poco avergonzado, aún bajo la máscara del anónimo, que yo también sufrí en La Habana el estremecimiento del gesto ajeno. Ingresado en el Hospital Naval tuve por compañero de habitación a un inglés, Brian, cuyos gestos sofiísticados hasta la naturalidad me sedujeron tanto que decidí absorverlos e imponérmelos. Brian era lo que yo quería ser, sin saberlo, el poseedor de gestos de un hombre libre. Ya un poco obsesionado no me perdía una película inglesa tratando de engrosar el repertorio de gestos, al final la integración fue tal que en Londres, décadas después, en una sastrería de Jermyn Street antes de hablar, el empleado me había tomado por inglés y no ocultó su desconcierto por la equivocación “es que ha estado usted revisando las telas de una manera como sólo suelen hacerlo los caballeros aquí” me insitió dos veces. Lejos de alegrarme, llegue a mi hotel tan deprimido que me tiré en la cama a sollozar, me sentía más escalvo que nunca de mi tristes orígenes totalitarios, sólo que ahora era poseedor de una mecánica gestual que los enmascaraba. Una auténtica crisis de legitimidad.

    Marshall McLuhan, un sociólogo hoy casi olvidado y ligeramente rechazado en su día, bajo el pretexto de “profeta intuitivo” anunció que la comunicación instantánea y simultánea global traería una uniformidad en los gustos del vestir, los alimentos, el diseño industrial y el arte por el cruce entre naciones convertidas en aldea global. No recuerdo si la libertad concursaba en los cambios. lo cierto es que ha sucedido para el resto del planeta. Por alguna desconocida fisura penetran las modas sociales en Cuba, baste mencionar el hipismo o el frikismo, antes, a pesar del aislamiento brutal en las comunicaciones. No es de extrañar que por esa extraña puerta invisible penetre el movimiento hacia la libertad que hoy sacude el mundo árabe. Jean-François Lyotard, otro ya viejo pensador, nos advierte que con Fidel Castro termina la era de los gobernantes de grandes discursos para dar paso a la performabilidad, donde los dirigentes serán removidos por la vía de la rotura del lazo social, si fallan en sus deberes.

    PS. Debo pedir disculpas por la extensión de este comentario, para lo cual sólo tengo como excusa aquello que Lezama llamó la vivencia de un texto suscitante

  • Mahavishnu dice:

    Genial.

  • Ojala no llegue el momento en que todos extrañemos la paz de los dictadores árabes…